Escucha el cover que hizo Lila Downs de “Clandestino”, la icónica canción migrante de Manu Chao

La genial Lila Downs ensambló una cumbia para protestar por las injusticias contras las y los migrantes que buscan cruzar a Estados Unidos.

De alguna manera, todos somos migrantes o, por lo menos, hijos de la migración. Sin embargo, asumimos la existencia de fronteras y las conjuramos para protegernos. Tiene sentido, las fronteras contienen formas. Pero cuando dejamos que se endurezcan, nos volvemos injustos con quienes, como nosotros, también están en transición.

Esta actitud se ha hecho muy presente en tiempos recientes. Y, no: tristemente no se limita a un país, sucede en todos lados. Incluso en México no hemos sabido cómo recibir a los migrantes. Aunque es definitivo: la crisis migratoria en Estados Unidos está tremenda y, sobre todo porque pareciera que los humanos no terminamos de entender que, quien migra, lo hace buscando vivir tranquilo.

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A Lila Downs, querida cantante, artista y activista mexicana este tema la enciende profundamente. Pero su reacción es preciosa y esta vez decidió presentarnos un genial cover estilo cumbia de la icónica canción “Clandestino” de Manu Chao.

Mientras que la pieza original es de 1998 y habla sobre los migrantes a las ciudades europeas y la forma peyorativa en que se acostumbraba referirse a ellos (como “clandestinos” o “ilegales”), la versión de Lila se concentra en la problemática de Latinoamérica y le mete un toque fresco y, sin duda, muy local.

Además, aprovecha para tratar el asunto desde la mirada femenina y mencionar a los niños migrantes; pues, cuando hablamos de migración, olvidamos también que hay muchos niños involucrados en este tipo de movimientos y que, cuando una familia decide migrar, en gran medida lo hace para mejorar sus destinos.

Al final, la versión de Lila sí te toca en lo más profundo, pero lo hace de una manera muy especial, activando tus sentidos, dándote ganas de cantar y bailar. Tal vez así nos entra más fácil el mensaje.

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Pozole: un entrañable y divertido cortometraje sobre ser chicano

Buscando reencontrarse con un lado de su identidad, Maia visita a su familia mexicana y, por supuesto, todo sale chistosamente mal. Ve este genial cortometraje aquí.

Ser mexicano es un juego de azar. En el enorme espectro de diversidades y posibilidades, nunca sabes cómo te toca representar a este inmenso país. Especialmente porque tenemos 32 estados ultra distintos, 68 idiomas, miles de colores e infinitas culturas de las que eres parte en mayor o menor medida. 

Sin embargo, una identidad tan elusiva, cambiante y variada como la mexicana tiene que buscar de dónde agarrarse para poder afirmar su propia existencia. Así que nunca faltan los rasgos esterotípicos y los clichés, que casi adquieren un carácter sagrado entre las familias, sobre todo, las que son atravesadas por la “binacionalidad”. 

Es el caso de muchas familias chicanas que, empapadas de la también compleja cultura estadounidense, buscan, a como de lugar, rasgos a los cuales anclarse para poder decirse mexicanos. Y es que, cuando se trata de identidad, ¿qué tanto se podrá estirar la liga, sin perderse? 

Un poco de esto retrata de forma super ingeniosa, divertida y entrañable “Pozole” (2019), un cortometraje dirigido por Jessica Méndez Siqueiros, chicana y vegana. 

Pozole, un entrañable corto sobre ser chicana y vegana

Buscando reencontrarse con el lado mexicano de su identidad, Maia, una chica con identidad binacional, pero que apenas habla español, visita a su familia mexicana en el cumpleaños de su abuelita y, por supuesto, todo sale chistosamente mal. La pieza tiene tintes auto-reflexivos, pues —como su personaje— Jessica Méndez había conectado poco con su lado “latino”  y con la forma en que los rasgos personales de su propia identidad la alejan de “lo mexicano”. 

Desde su visión, no saber español y, sobre todo, ser vegana son casi pecados mortales a los ojos de una familia “tradicional mexicana”, que, por supuesto, pone la carne y el maíz al centro de la dieta y las ganas enormes de hablar y echar el chisme constante como eje central de la conexión social. 

Como ella lo explica: para la comunidad chicana, no hablar español y no comer carne es “un asunto más grave, porque hay una sensación de pérdida si decides dejar ir algo que es tan culturalmente importante.”

En el corto, la noticia de que Maia “la gringa” es vegana, genera tanto shock que termina por matar a la abuela y eso provoca un caos tremendo entre los otros tíos, tías y primos que salen a escena. Con este panorama frente a ella, Maia debe decidir si aflojar un poco su identidad personal —por lo menos por un rato— para acercarse a su familia o alienarse. La conclusión es brillante y preciosa. 

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Aunque, lentamente, la industria cinematográfica comienza a abandonar los clichés sobre la mexicanidad, aún queda mucho trabajo por hacer. “Pozole” es muy ingenioso en ese sentido: los clichés no son gratuitos, sino que develan lo frágil que es en realidad la identidad nacional y lo mucho que necesita estas anclas para definirse hacia el exterior. Por otro lado, la composición visual es preciosa y sin duda, cada detalle recuerda a México porque provoca cierta nostalgia. 

Además, que Méndez se haya inspirado en la cinematografía de Wes Anderson para generar sus encuadres y colorear la fotografía, es otro punto a favor: nos dice que se quiere tomar en serio esta narración y la vuelve personal: está hablando del otro, mientras se narra a sí misma; en lugar de hablar de lo mexicano con un tono visual “folklorizado”, como hacen muchos otros.

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“Pozole” es para disfrutar y compartir, como una buena comida familiar, con sus dramas, sus risas, sus enojos y cuestionamientos sobre la propia identidad y pertenencia:

Adéntrate en la cultura afromexicana, sus símbolos y misterios (GALERÍA)

Por siglos los afromexicanos han cultivado una identidad llena de influencias indígenas, coloniales y africanas.

Fue hasta hace muy poco que las comunidades afromexicanas obtuvieron reconocimiento del Estado. Y probablemente en ese momento se hizo consciente de su existencia una enorme parte de la población de México. A partir de entonces, este grupo que, por siglos, ha cultivado una identidad llena e influencias indígenas, coloniales y africanas, se ha vuelto uno de los rasgos más fascinantes del complejo tejido cultural de nuestro país. 

Sus costumbres, sus símbolos y narrativa histórica poco han sido retratadas y menos narradas a gran escala desde los mismos miembros de este grupo que habita la Costa Chica en Guerrero y Oaxaca. Pero estamos ávidos de entenderlos y rastrear la forma en que ellos han influenciado nuestro pasado e identidad presente.

Al interior del misterio de las culturas afromexicanas

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“El Cimarrón y el Fandango” es el título de una espectacular serie de fotografías que se adentra en los misterios de la cultura afromexicana. Cortesía de la genial Mara Sánchez Renero, las imágenes, construidas con una surreal potencia, muestran la mágica cotidianidad que envuelve a estos grupos. 

Lo más visible, es que estas personas viven rodeadas de una naturaleza abundante y profunda; de la que se alimentan y a la que rinden culto, a través de rituales que invocan, curiosamente, figuraciones que normalmente asociamos a algunos países del continente africano.

Estas comunidades costeñas viven de su entorno, de la pesca y el ganado. Son hábiles vaqueros y también fantásticos bailarines. Su música —particularmente las chilenas, los merequetengues y sus sones— es tal vez la expresión que mejor ha encontrado cómo filtrarse hacia otras regiones de México. Pero la danza tiene un sentido ritual. “El Cimarrón y el Fandango” hace referencia precisamente a un baile que habla sobre esclavitud y libertad.

La esclavitud, un concepto que poco ha permeado el vocabulario histórico de México, tiene aquí un significado muy importante. Las comunidades afromexicanas son descendientes de los esclavos africanos traídos por los españoles a México en tiempos de la Conquista. Su historia, con la que pocos han conectado, es una que urge ser escuchada.

“Los afromexicanos han estado en el limbo”

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Dijo Mara Sánchez al New York Times: “Son mexicanos y tienen los mismos derechos que todos. Pero están en una situación similar a la de las comunidades indígenas, teniendo que lidiar con […] recursos limitados.” Tal vez adentrarnos a narrativas como la propuesta por esta fotógrafa es el primer paso para reforzar la importancia cultural de este grupo y la diversidad de nuestro país. A continuación, habrá que escuchar las historias y aprender de las vidas narradas por ellos mismos.

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Tamales de resistencia: la lucha de una joven migrante para pagar su educación

Haciendo una declaración de identidad y alimentando a las masas friolentas con delicias nacionales, esta mexicana es nuestra nueva heroína.

Ser migrante —y, particularmente indocumentado— es un asunto duro y que modifica todo; sobre todo la identidad. Y eso es muy valioso: movernos, encarnar otras formas de vivir, habitar nuevos paisajes; eso nos hace más flexibles, más empáticos y más resilientes. Por otro lado, son muchos los migrantes que han descubierto que su gran fortaleza reside en eso que los forma: su cultura.

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Elizeth Argüelles es, por eso mismo, nuestra nueva heroína. Desde niña llegó a Estados Unidos para vivir con su mamá (otra migrante indocumentada que se fue a Chicago, buscando una mejor vida) y ayudar en el negocio familiar. Ahora tiene 23 y continúa madrugando los viernes, sábados y domingos para cocinar y vender en la calle delicias mexicanas —tamales y atole— para alimentar a las masas friolentas.

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Elizeth y su mamá

Con el dinero que recauda de las ventas, paga algunos de los gastos que implica atender a la Universidad Dominican. Y la labor es durísima, pero lo ha hecho desde que tiene 9 años y está perfectamente orgullosa de ello. Mientras que, cuando era niña, en la escuela la llamaban “tamalera” y se burlaban de ella sus compañeros, ahora ella dice (para el Chicago Tribune): “Ha sido una bendición ser tamalera y ser la hija de una tamalera… Tengo por mis venas resistencia.”

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La declaración de la veracruzana es preciosa, pues no solo en Estados Unidos (también aquí) se desdeñan labores indispensables y profundamente simbólicas, como la de los tamaleros y tamaleras. Agarrados de prejuicios históricos injustificables y anclados de un deleznable clasismo, muchos piensan que hay trabajos menos valiosos que otros.

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Pero lo que envuelve hacer tamales es un enorme amor por la cultura local, unas ganas enormes de mantener activo un sabor tradicional, la necesidad de emprender un negocio propio (y no responderle a nadie más que a uno mismo). Para Elizeth “el tamal es resistencia” y gracias a las friegas que se ha metido no tiene “miedo a trabajar, a encontrar soluciones y hacer algo de la nada.”

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Y, aunque en nuestro país la movilidad social es seriamente escasa y decir “échale ganas” o “eres pobre porque no trabajas” es un auténtico insulto, su declaración es muy refrescante y tenemos que permitir que nos inspire. Ella lo resume así: “No permitiré que mi ‘estatus” defina quién soy, pero dejaré que me empodere.” Y ante esa postura, no podemos ofrecer mucho más que respeto y profunda admiración.

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