Sobre el complejo arquetipo de la madre mexicana

En un contexto particularmente espinoso, los mexicanos hemos logrado cultivar un concepto que desborda amor: el de la madre.

De entre los símbolos que tejen esa identidad que llamamos “mexicana”, la idea de la madre sobresale por ser especialmente compleja. La figura de la maternidad es en nuestra tierra inmensamente venerada y la mitología construida en torno a ella abarca creencias prehispánicas, católicas y hasta ecologistas.

El punto culminante de esta devoción intensísima es sin duda “El Día de las Madres”, una fecha que en México tiene un peso enorme; igual para las madre que para los hijos. Y aunque sobre el origen de esta celebración pocos han comentado, hay sin duda una polémica fuerte sobre la figura que la efeméride refuerza.

¿Por qué celebramos el Día de las Madres?

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Según una investigación publicada en la década de los 80 realizada por Marta Acevedo (y citada aquí), el Día de las Madres es un acto reaccionario contra uno de los primeros movimientos feministas del país. Se cuenta que en 1922, Rafael Alducín, entonces director de Excélsior, promovió la efeméride, apoyado por José Vasconcelos (secretario de educación), la Cruz Roja Mexicana y el Episcopado.

Explica la investigadora que el acto tenía una motivación política y era silenciar las opiniones derivadas del primer congreso feminista (evento que ocurrió en Yucatán en 1916), que planteaban asuntos como el uso de anticonceptivos y la maternidad como una elección, no un destino para las mujeres. Su tesis no ha sido confirmada por la historia oficial, por otro lado, la fiesta sí carga con un lado muy oscuro que refuerza ideas concretas sobre lo que las mujeres son o deben ser.

La madre y la Tierra

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Por otro lado el amor tremendo que se profesa en México por las madres tiene un lado espiritual en el que no está de más enfatizar. En gran medida, está ligado al culto a la virgen de Guadalupe, la figura que encarna nuestro mestizaje en todo su esplendor.

La “virgencita” es morena, análoga a Tonantzin-Coatlicue (madre de Huitzilopochtli) y símbolo inequívoco de fertilidad (y por lo tanto de la tierra). Por ser una figura construida en el sincretismo, se presta para ser estandarte de todos nosotros, es la “santa patrona” de los mexicanos y, cuida y representa a sus devotos sin importar sus orígenes o estados de vida.

Esta sensación de incondicionalidad, de amor profundo que no depende de tu materialidad, sino de tu forma de estar en el mundo (de tu bondad; de tu compromiso) es en gran medida sustento de la espiritualidad local. La madre y su cariño —que se extiende infinitamente— se manifiestan en su forma más pura en la Tierra. Sin extendernos demasiado: pensemos que la Tierra nunca nos ha negado nada de lo que tienen para dar.

La madre como arquetipo de la vida

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Volviendo brevemente a Coatlicue, Alfredo López Austin la describe como “una de las más vigorosas representaciones de que la muerte es la generadora de la vida.” En muchos sentidos, la madre da su vida para que exista la vida. Y eso no se “celebra” porque, francamente es inevitable; pero sí debe agradecerse y de forma intensa y profunda.

Tal vez es este sentimiento lo que nos provoca una pasión y gratitud tan inmensa hacia las madres, hacia la noción de maternidad (sin duda perfectamente retratada en la canción “Amor eterno” de Juan Gabriel). Y, ese agradecimiento debe practicarse, pero nunca como un acto de coerción o ligado a una idea fija de lo que implica ser mujer. Hay que agradecer la vida todos los días.

Afortunadamente, a pesar del contexto particularmente espinoso que habitamos, los mexicanos hemos logrado cultivar un concepto que desborda amor.

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*Imágenes: Marcela Taboada.

Sobre el polémico discurso de Rubén Albarrán en el Senado (VIDEO)

El músico y activista sorprendió a todos con un potente discurso que vale la pena escuchar y discutir.

La conciencia sobre la violencia de género está, cada día, ganando más terreno. En espacios donde era inimaginable escuchar sobre este tema, el asunto es cada vez más importante y está permitiendo la apertura a conversaciones sobre problemas relacionados. 

Por ejemplo, recientemente en el Senado de la República se llevó a cabo el foro “Los costos de la masculinidad tóxica: retos y alternativas para la igualdad y el bienestar” donde la idea era demostrar cómo ciertas actitudes culturales le cuestan al Estado vidas, pero también dinero. 

La premisa, de entrada, es muy extraña, pero se presta para llamar la atención de muchos sujetos que siguen sin entender la violencia de género (entre otras formas violentas de tratar a algunos grupos sociales) como uno de los problemas más graves que estamos enfrentando los mexicanos.

Uno de los invitados al foro fue el músico y activista Rubén Albarrán. El también integrante de Café Tacvba dio un potente discurso que vale la pena escuchar y discutir. 

No solo porque escandalizó a muchos de los presentes y ha causado revuelo en las redes sociodigitales, también porque pone sobre la mesa una serie de problemas muy urgentes que, a su parecer, derivan todos de eso que hoy se llama masculinidad tóxica.

Mira el discurso de Rubén desde el minuto 38:

A todo esto ¿qué es la masculinidad tóxica?

El concepto contemporáneo es una derivación de una idea central en los estudios de género. Se trata del concepto de “masculinidad hegemónica” popularizado por la socióloga Raewyn Connell. Se define como una serie de prácticas que aseguran la posición dominante de los hombres frente a las mujeres. Estas prácticas pueden ser sutiles o inmensamente violentas.

El origen de esta actitud es elusivo, aunque sí ha sido analizado por distintos investigadores a lo largo de la historia y hay muchas teorías sobre por qué esta “masculinidad hegemónica” se repite en distintas culturas. 

Hay tres preguntas que cada uno de nosotros debe hacerse con respecto a este asunto. La primera es si estas actitudes tienen una función real en nuestras vidas personales. En caso de que la tengan ¿esta función es probar el dominio de un género sobre otro? Si lo es ¿por qué deberían los hombres asegurar su dominio sobre las mujeres? 

Al señalar la existencia de eso que se manifiesta como “masculinidad hegemónica” y reconocerla en uno mismo, cabe la posibilidad de construir la masculinidad propia desde otro sitio. Es un ejercicio valioso que, además, puede repetirse con otros rasgos “tóxicos” de la identidad, otros rasgos que nos hacen pensar que somos más o menos importantes que cualquier otro sujeto.

Los puntos clave del discurso de Rubén Albarrán

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El excéntrico Rubén le da al clavo con muchos de los ejes que trató durante su discurso. Pero vamos paso a paso. Mientras que a algunos les parece detestable que se dirigiera a los Senadores con el apelativo de Hijos de la Chingada, hay que entender un poco el contexto que el activista quiso plantear. 

Más que una “mentada de madre”, Albarrán estaba haciendo un llamado a la madre. Y cuando decimos madre, lo hacemos en un sentido muy amplio: a nuestras mamás, por un lado; a la Tierra y a quienes la protegen, incluso al lado maternal que, como explica Albarrán, todos guardamos. 

Sin hacerlo necesariamente explícito, Albarrán mienta el conocido texto de Octavio Paz (“El laberinto de la soledad”) para relatar nuestra historia compartida. Los mexicanos, dice, somos hijos de un padre que explota y daña a nuestra madre: el padre, sin duda son los conquistadores españoles y la madre es nuestra tierra y el conjunto de culturas y etnias que la habitaban. 

Pero el padre es toda manifestación de “patriarcado”. El padre es la explotación contemporánea del territorio que ahora siempre viene acompañada del permiso de nuestros propios gobiernos (aprovecha aquí para hacer una dura crítica al Tren Maya). El padre somos también cada uno de nosotros y nosotras cuando permitimos esta explotación y cuando nos aprovechamos de los demás. 

El padre es la violencia que subordina igual a las mujeres, a la tierra, a las minorías. Y los hijos, somos esos que replicamos, tal vez sin saberlo, esa llamada “masculinidad tóxica”. Por su parte, Albarrán agradece a esa madre y padre culturales y metafóricos, pero les urge cambiar y les recuerda que él va a ser otro. 

Que aunque se reconoce en su mestizaje y se reconoce igualmente masculino y femenino, él no va a ser explotado, ni permitirá que sus hijos lo sean. Aunque la idea es intrincada y puede ser difícil descomponerla para extraer de ella algo más que una impresión superficial, desencantada y escandalizada, hay que hacer el esfuerzo.

No nos escapemos de la sensación de incomodidad o tristeza que este discurso podría provocar. Sin duda hay algo ahí que nos con-mueve. Y recordemos que no se trata de bandos contrarios, como dijo alguna vez con elocuencia uno de los nuestros: La polarización es más o menos el peor camino que colectivamente podemos elegir, aplica tanto para fifis vs chairos como, todavía peor, hombres vs mujeres

Tenemos que cambiar la manera, no en la que entendemos a los demás, sino en la que nos construimos a nosotros mismos. Asumir que encarnamos una multiplicidad y que los rasgos de la misma (género, etnicidad, sexualidad, lengua, estatus económico) son maleables. Son como la masa del maíz que en muchos sentidos nos forma. 

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María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

El enternecedor ritual de la “muerte niña” (GALERÍA)

De entre los rituales mexicanos en torno a la muerte este podría ser uno de los más extraños (pero también preciosos).

De entre las prácticas mexicanas en torno a la muerte, el enternecedor ritual de la “muerte niña” podría ser uno de los más extraños y preciosos. La costumbre de retratar a los difuntos se popularizó en México a mediados del siglo XIX, pero se volvió especialmente importante para las familias católicas que perdían a un niño o niña. 

Si fallecían los más jóvenes de la familia, se acostumbraba vertirlos de “angelitos” y tomarles un retrato en un acto que servía para despedirlos, pero, sobre todo, celebrar su entrada inmediata al cielo. Es común la creencia de que, cuando un niño muere, está libre de pecado; en gran medida porque su “partida prematura” no le da tiempo de corromperse en el terreno mundano. 

La costumbre aún resulta sorprendente para muchos y cada vez es menos practicada, pero desde que llegó a nuestro país y hasta finales del siglo XX era absolutamente común. De hecho, hay fotógrafos cuyos nombres se hicieron grandes en torno a estos retratos mortuorios: Juan de Dios Machain de Jalisco, José Antonio Bustamante Martínez de Zacatecas; Romualdo García de Guanajuato y hasta los hermanos Casasola (que también fotografiaron a Zapata), en el Distrito Federal.

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Juan de Dios Machain. Finales del s. XIX y principios del XX. Plata sobre gelatina. Colección particular.

Además, por más extraña que parezca, no deja de ser de carácter sagrado: desde la elección de la vestimenta, la escenificación en torno al cuerpo y la toma de la fotografía; cada detalle del ritual se ejecuta con cariño, cuidado y la firme creencia de que al niño perdido no lo lamentamos, le celebramos su condición de pureza.

Sin duda, todos los rituales guardan una cualidad consoladora: al practicarlos le otorgamos propósito y explicación a fenómenos que se se escapan de nuestras manos. Nos reconfortan las mitologías que los envuelven, pero también la sensación de que a través de ellos mantenemos activas energías divinas o que, simplemente, están en un plano cuyo lenguaje desconocemos. 

Es muy posible que mantener una cercanía tan intensa con la muerte y entenderla como una posibilidad palpable, una realidad ineludible, nos ayude a navegar mejor la existencia. Los mexicanos no solo “apreciamos más la vida”, sino que sabemos también darle su lugar al evento máximo: la muerte; evento que, aunque no podremos —paradójicamente— experimentar en carne propia, sí nos toca vivir por lo menos un par de veces. 

Así, aunque puede ser desgarrador admirar estos retratos de “muerte niña”, también es inmensamente reconfortante adivinar el cariño de las familias que los ensamblaron.

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Tonantzin, la deidad detrás del culto guadalupano

La virgen de Guadalupe ha sido, además de motivación religiosa, un factor de unidad nacional presentada por la iglesia católica como el máximo milagro mexicano, sin embargo, detrás de su culto existe otro más antiguo.

El relato del Nican Mopohua que significa “ Aquí se narra”  o “Aquí se relata”, es el manuscrito más antiguo en el que se cuenta, en idioma náhuatl, la aparición de la virgen de Guadalupe al indio Juan Diego. Según el historiador Siguenza y Góngora, se le atribuye la hechura de este relato al indio Antonio Valeriano, iniciado por parte de los frayles franciscanos en la escritura y artes en castellano, y quien por cierto fue alumno y profesor del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco.

Actualmente existen tres versiones del manuscrito en la Biblioteca pública de Nueva York pero hasta el momento se ignora cuál es el original. Investigadores del texto concluyen que está escrito bajo el auto sacramental, una epsecie de drama litúrgico muy famoso del siglo XVl, el cual presentaba escenas religiosas para evangelizar a los espectadores, en este caso a los indígenas, ya que éstos solían transmitir su historia de forma oral, y una representación teatral cumplía con éxito la misión de los franciscanos.

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Cada 12 de diciembre en nuestro país se festeja a la virgen morena, la virgen de nuestra raza, una festividad que cuenta acorde a la leyenda del manuscrito, un 9 de diciembre 1531 hizo una aparición frente al indio Juan Diego en el cerro del Tepeyac ubicado al norte de la Ciudad de México.

En este encuentro tan improbable y creído por millones de católicos mexicanos, la virgen le pide a Juan Diego que vaya con el Arzobispo fray Juan de Zumarraga del recién creado virreinato de la nueva España, para que le construyera un templo en lo alto del cerrillo. El fraile no cree en sus palabras, de primera instancia y le pide una prueba. Al regresar a un segundo encuentro divino, la virgen le manda a llevar flores en su tilma y al soltarlas Juan Diego frente al fraile, se concreta el milagro que hasta nuestros días prevalece con fervor: la imagen de la virgen de Guadalupe que apareció milagrosamente impresa entre sus ropas ha perdurado por casi 500 años, ahora impresa en el imaginario colectivo mexicano. La santificada imagen se encuentra en la actual Basílica de Guadalupe siendo prueba fehaciente del milagro. Una historia que todo mexicano sabe desde la niñez.

Ahora repasemos las investigaciones hechas tanto por historiadores guadalupanos como también por los llamados “antiaparicionistas “, quienes dudan, no de la fe sino de la veracidad de esta historia y la importantísima sombra que trae detrás el mito guadalupano. Esta sombra tiene un nombre: Tonantzin. Aquella deidad de la cosmogonia prehispánica, ha dado luz a un mito todavía más antiguo y fundamental para entender el pensamiento actual del mexicano contemporáneo.

Existencia  del templo a Tonantzin en el cerro del Tepeyac

Antes de la conquista española existía un templo de adoración a la diosa Tonantzin –nuestra madre- a la que acudían pobladores de todo el país del Anáhuac como se le llamaba a la federación de tribus. Historias recabadas por los frailes españoles dan cuenta de esto: los mexicas y otros pueblos nahuas creían que en la cima del cerro del Tepeyac se aparecía la madre de los dioses:

La diosa, muy venerada por los indígenas se les aparecía en figura de jovencita, con su túnica blanca ceñida, aunque siempre a uno solo, y le revelaba  cosas secretas”. Fray Juan de Torquemada en “Monarquía Indiana- 1615.

Fray Bernardino de Sahagún manifestó en textos que en el montecillo llamado Tepeaca, tenían un templo dedicado a las madres de los dioses que llamaban Tonantzin a la cual le hacían muchos sacrificios; venían hombres y mujeres de todas las comarcas decían “vamos a la fiesta de Tonantzin”.

 

Tonantzin – Coatlicue

La religión azteca contaba con un misterioso sincretismo que los investigadores no han podido resolver: la mutación de tonantzin en diferentes nombres pero con mismo significado. Así bien, consideraban a Tonantzin, Coatlicue, Cihuacóatl o Tetéoinan como “la madre divina” o “la de falda de serpientes”. Algunos antropólogos creen que bajo el nombre de“Cihuacoatl “La Mujer Serpiente”, también fungía como protectora de las mujeres.

Un relato antiguo mexica cuenta que antes de la llegada de los españoles se escuchaba en el lago de Texcoco un lamento de una mujer llorando que decía: Hijos míos, amados hijos del Anáhuac, vuestra destrucción esta próxima. Los sabios sacerdotes pensaron que era la diosa Cihuacoatl quien les profetizaba la destrucción del Anáhuac. Poco después de la derrota de la tribu mexica, al ser destruido el gran templo mayor y el templo de la virgen en el Tepeyac, también se escuchó el lamento de la diosa, llorando por su morada la cual había sido profanada por el invasor.

Aquí tenemos una relación simbólica que nos lleva a una evolución de la concepción misma de la deidad, que de pasar a lamentar la destrucción del templo, se manifiesta poco después frente al indio Juan Diego en la advocación de la virgen de Guadalupe, rogándole la construcción de una ermita-

 

La original virgen de Guadalupe Española

En el siglo Xlll en la provincia de Cáceres España, y a orillas del río de Guadalupe –palabra de origen moro (árabe) que significa “río de lobos”–, se desarrolló una leyenda la cual cuenta que el vaquero Gil Cordero encontró una estatuilla morena de la virgen Maria, la cual se dice obró varios milagros en aquella comarca. Años después durante la conquista de América fue designada por los reyes católicos como protectora de los indios del Nuevo Mundo al ser de tez morena.

Hernán Cortés, gallardo conquistador de Tenochtitlan, cargaba con su estandarte de la virgen extremeña de la cual era fiel devoto ya que el procedía de la región guadalupana. El historiador mexicano  Edmundo o’ Gorman advierte en algunos de sus apuntes que por el año de 1530 los frailes franciscanos construyeron una ermita dedicada a la virgen española intentando sustituir un rito pagano, por uno católico.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe

La leyenda milagrosa ya mencionada de la imagen plasmada en la tilma del indio Juan Diego, toma otra visión más objetiva, si se analiza las hechuras y símbolos que se manifiesta en la pintura, ya que contiene elementos de ideas totalmente prehispánicos, representados con insignes católicas. Contiene, por ejemplo, retóricas como “La Flor y el Canto”, una de las filosofías, si se quiere ver desde la perspectiva occidental, más avanzadas del mundo nahua.

Esta revisión de la historia del mito guadalupano, retoma una fuerza distinta cuando recordamos el culto a Tonantzin, como así lo presenta uno de los más importantes historiadores-nahuatlos del siglo XX en México, el Dr. Miguel León Portilla, quien aborda la lectura del nican mopohua desde la perspectiva con la que están escritos los hermosos recursos retóricos de la poesía náhuatl.

Conociendo las premisas ya señaladas, el culto a la virgen de Guadalupe ya no es de cuestionarse, mucho menos si son verídicas o no sus apariciones. El núcleo efervecesnte de esta historia épica radica más bien, en ese profundo sentimiento religioso que a casi  500 años –y probablemente mucho más–, continúa llevando millones de personas a la Basílica del Tepeyac a pedirle favores; en esencia, intervenciones milagrosas para ayudarnos a sanar nuestros males.

La fidelidad devota no demerita el culto a la virgen de Guadalupe, al contrario, la enriquece, ya que aporta elementos verídicos y espirituales con una raíz plenamente originada desde nuestros antepasados –la tradición de la fe, el ritual y el mito– y de nuestra rica cultura náhuatl.

Al mexicano –quien se ha visto desnudo cultural como espiritualmente, al quedarse en medio de sus profundas raíces indígenas y los paradigmas impuestos por la religión católica y la visión occidental del mundo, aunado a la cultura moderna estadounidense de la cual ya se encuentra impregnado– solo lo salva la fe. 

 

 Autor: Josue Madrid 

*Fuentes: Miguel León Portilla, “Tonantzin Guadalupe”; Edmundo O’Gorman, “Destierro de Sombras”; Mariano Cuevas, “Álbum histórico Guadalupano”.

*Imágenes: 1, 3) Museo nacional de Antropología; 2) Wikimedia Commons; 4) preguntasantoral.es