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Recuerdo de Lucía Zárate, liliputiense y vedette mexicana

Liliputiense: Por alusión a los habitantes de Liliput, imaginados por J. Swift, 1667-1745, en sus Viajes de Gulliver. 1. adj. Dicho de una persona: Extremadamente pequeña o endeble.

Real Academia Española


Lucía Zárate fue una vedette mexicana de fama internacional. Fue exhibida por años para presumir su extraordinariamente baja estatura, como una pequeñísima poesía que es recitada en un extraño escenario, frente a ojos interesados en develar lo evidente y nada más.

Medía poco más de 50 centímetros cuando alcanzó su altura máxima. Era la mujer más pequeña del mundo y también la celebridad mexicana más demandada a finales del siglo XIX.  De su vida no sabemos mucho, aunque quedan algunas fotografías, un par de datos sueltos y algunas especulaciones hechas por novelistas como Jordi Soler, autor de “El cuerpo eléctrico”, libro donde se inventa la vida de Lucía.

Sabemos con bastante certeza que nació en el municipio de Úrsulo Galván, Veracruz en 1864 y fue la primer persona en ser identificada por padecer enanismo primordial ostidisplástico microcefálico Tipo II (Majewski Osteodysplastic) enfermedad que mantiene equilibradas las dimensiones de la persona, a pesar del enanismo; exceptuando la nariz, que no deja de crecer y suele ser prominente.

Cuando tenía 12 años su familia la llevó a vivir a Estados Unidos, donde fue expuesta como curiosidad en la Exposición del Centenario de Filadelfia y de ahí saltó a la fama. Pronto fue incluida en un espectáculo de circo, donde acompañada por Francis Joseph Flynn (apodado General Mite), quien sufría la misma enfermedad, realizaba un extraño acto donde representaban escenas cotidianas romantizadas, ocasionalmente interrumpidas por la aparición de un “gigante” chino, un sujeto de más de dos metro de altura llamado Chang.

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La gente no podía resistirse a esta “rareza” muy al estilo de nuestro contemporáneo David Lynch. En un artículo de 1889 del Washington Post se describe a Lucía Zárate como: “un pequeño pero poderoso imán para atraer al público.”

Por supuesto Lucía y General Mite no eran los únicos sujetos de esta indescriptible explotación a la “visualidad” de sus cuerpos. En Estados Unidos y Europa el cabaret combinado con el “freak show” fue especialmente popular durante el siglo XIX. Las personas de clase alta de las comunidades occidentales no podían evitar la deliciosa fascinación que estas “rarezas de la naturaleza” les provocaban y se permitían sentirla en los circos; sin culpa alguna, ni remordimientos.

Los “freaks” no tenían más que exhibirse. Hacer cualquier cosa. Se dice que el acto de Lucía no implicaba más que pasearse por el escenario, imitando escenas del hogar, ataviada con un infantil vestido que sutilmente resaltara su ínfima belleza. Y sí parece existir una extraña infatuación del público y los medios de la época hacia ella. Era común que la describieran como curiosa, linda y coqueta.

Pero a pesar de la cuestionable industria en la que vivió inmersa, cuenta el escritor Jordi Soler que sus giras no eran menos lujosas que las de cualquier otra estrella: “viajaba con una asistente personal, una traductora, una cocinera, sus padres y alguno de sus hermanos de talla normal; a este séquito habría que agregar las cajas con ingredientes para preparar la comida que toleraba su frágil organismo, su extensa colección de joyas y los baúles donde guardaba su ropita mínima”.

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Además, en 1884 Lucía decidió montar su propia compañía de espectáculos y ganaba tanto dinero que sus padres adquirieron un par de ranchos en Veracruz. Por otro lado, fue invitada para actuar frente a celebridades de talla real como la reina Victoria de Inglaterra y el zar Nicolás en Rusia.

Su muerte, en 1890, fue trágica, pero curiosamente no relacionada a la enfermedad que la hizo rica. De viaje en un ferrocarril rumbo a San Francisco, durante una gira, el tren quedó aislado a causa de una tormenta de nieve que los dejó varados por 13 días. Lucía murió de hipotermia, dejando tras de sí un legado de extraños chismes que no dejan de impresionarnos o de seducir intensamente nuestra curiosidad.

En múltiples medios que relatan su vida se hace una curiosa anotación: en ninguna de las fotografías que de ella nos quedan se le ve sonriente. Tal vez no sea tan extraño. La historia de Lucía Zárate, pequeña vedette mexicana es sin duda una rareza, pero hay algo en el afán de hacerla “espectacular” que sin duda podría ser reprochado. Habrá que pensarlo.  

Ana Paula de la Torre Diaz

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