El Son jarocho: idílicas historias destinadas a ser cantadas

Un breve recorrido por el Son Jarocho, para quien gusta de deleitarse con exquisita música del folclore mexicano.

La historia más entrañable de un pueblo está sin duda en sus mitos, sus leyendas; y en muchos casos, por ejemplo el de México, también en la música. Las expresiones armónicas que de su tradición emanan, han sido producto de un mestizaje cultural que oscila entre lo mágico y lo impredecible. Porque de la pluralidad de ideas, de etnias e incluso de habitantes foráneos que han sido parte de la población mexicana en distintas épocas, se ha sabido moldear una identidad musical como ninguna otra. Es el caso del idílico Son Jarocho, la expresión veracruzana por excelencia. 

Adentrarnos al Son Jarocho es descubrir la nostalgia de una lírica que deambula en pena a través de alegres cantos lúdicos. A pesar de que muchas de sus interpretaciones abordan temas de mal de amores y tristezas, sus ejecutantes, los jaraneros, siempre buscarán la manera de volverlo un exquisito trago de beatitud. Y además resulta una expresión poética que se ha mantenido auténtica con el paso de los años, incorruptible, por eso es que siempre será uno de los emblemas más deleitantes de la cultura sureña de México.  

Oaxaca, Tabasco, y primordialmente Veracruz, vieron nacer a este género por primera vez en el siglo XVIII, de un híbrido entre la música tradicional española, especialmente de la zona de Andalucía, y los ritmos africanos de la cuenca del Caribe. Es por aquella época que empiezan a resonar los “sones” de africanos que interpretaban poesía colonial acompañados de instrumentos de cuerda (especialmente la jarana) y percusión, mientras que el público que escuchaba, danzaba simplemente al “son” del jarocho interprete. 

son jarocho 3Dentro del Son Jarocho existe una variedad de expresiones muy bellas: los hay llaneros, serranos y urbanos; de montón, de pareja, para niños y de madrugada; conjuntos, soneros, tríos y también fandangueros. En cuanto a su forma musical, se rige por figuras y pregones, que corresponde a lo instrumental y al canto, respectivamente. Cada son tiene su tema, y por tema una figura muy especial, por ejemplo: en una canción de nombre “El siquisirí”, se aborda al amor en dos sextillas, mientras que en otra que se hace llamar “Las Justicias” se cantan décimas a lo divino. Algunas ocasiones la ingeniosa improvisación de sus letras es la protagonista de la ejecución. Por eso es que siempre resulta tan fascinante escucharlo, sus temáticas son un emblemático acto de misterio y espontaneidad. Además, el Son Jarocho se canta en “versadas”, a través de estrofas hermosas, que pueden rimar o no, pueden repetirse o no, y pueden decirse al derecho y en seguida pronunciarse de forma regresiva… o no. 

Pero el Jarocho no sólo se conforma de música, poesía y canto, también es un incentivo de la danza, especialmente la del zapateo. Y con la danza vienen también sus bellos trajes típicos, folclore que formaliza y sella con broche de oro el convite. 

Se dice que el Son Jarocho es uno de los ejemplos más bellos de lo que ocurre cuando hay mestizaje; cuando hay simbiosis entre culturas, híbridos de penas y alegrías, de aceptar derrotas y resignarse a las victorias, de injusticias pero también de recompensas. El Son Jarocho es solo uno de tantos umbrales que nos proyectan el pasado vaporoso del majestuoso México antiguo, siempre mirando más allá del bien y el mal. 

* Imagen: 1) Eduardo Llerenas

Cultiva tu sensibilidad con estas preciosas frases extraídas de canciones de banda

Sin duda en la música grupera hay un tono irremediablemente machista; pero también una invitación a cultivar la sensibilidad…

Puede no gustarte la banda, claro, y también es posible que saque lo peor de ti —en muchos sentidos— desde lo terriblemente clasista, hasta lo irremediablemente machista. Lo que es seguro es que, si eres mexicano, has oído banda muchas, muchas veces y, probablemente, te sabes más de una canción.

El género musical más popular en este país —por cierto endémico—  sin duda ha despertado controversias en muchas ocasiones y no carece de ávidos detractores y fanáticos surreales. Pero es una pregunta la que nos mueve hoy a ponerlo en discusión: ¿puede la música de banda, madre de los narcocorridos, ser una herramienta para cultivar la sensibilidad?

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Banda El Recodo

Y es que resulta curioso no solo el romance que se traen los mexicanos con la banda, también la frecuencia con que desde este género se habla de amor, vulnerabilidad y sufrimiento. En la vertiente que sea —duranguense, sinaloense, grupera y hasta norteña— encontramos inolvidables himnos a la pasión que con potentes instrumentos de viento, acordeones y sombreros abren pequeños espacios para amar y dejarse amar.  

Por otro lado

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“El Coyote”

…La música de banda es extremadamente machista, claro. La escena está dominada en gran medida por hombres bigotones; sombrerudos que apenas están abandonando el look “ranchero” curiosamente asociado con el vigor, la rudeza y, por supuesto, la masculinidad.

Las letras también lo demuestran: las mujeres (parejas, novias, esposas) son una suerte de accesorio, una propiedad que puede modelarse de formas cuestionables y también extremadamente violentas. El despecho, los celos, las caricias forzadas, la búsqueda constante (que sabe un poquito a acoso), el odio, el olvido, estos clásicos —evocados al final de casi cualquier fiesta— encuentran su manifestación más intensa en la música de banda.

Y, al mismo tiempo, estos hombres tremendos, presuntamente definidos (no sólo como hombres, también como sujetos) se prestan al quiebre, a través de curiosas frases que, en realidad, cultivan la sensibilidad y los revelan tremendamente vulnerables.

Una cosa que se exalta frecuentemente es el llanto: llorar como niño, llorar sin parar, llorar hasta el cansancio, que los ojos parezcan manantial, llorar de felicidad, llorar de coraje. Y es precioso: sin miedo (tal vez con bebida en mano) se rompe el cliché, estos hombres sí lloran. A veces, incluso, lloran emberrinchados; el punto es que se admiten quebrados, se admiten lastimados y confundidos; como si esa histeria que había sido atribuida a las mujeres, esa “irracionalidad”, también los golpeara y lo hiciera constantemente. De pronto sus personajes estereotípicos parecen multidimensionales: se avientan a perder la postura firme y dejarse llevar por el llanto.

Las voces lastimeras, que raspan los oídos, que cortan el sereno nocturno, acompañadas por un acorde que se repite una y otra y otra vez, sugieren una sensibilidad plena, deliciosa, una paradójica reconciliación con los sentimientos que, previamente habían tachado de “femeninos”.  

El sauce y la palma, Banda El Recodo

Qué largas se me hacen
las horas sin verte,
joven de mi alma, la dueña de mi amor,
porque eres un ángel bajado del cielo
que le das consuelo a mi pobre corazón…

Mi credo, K-Paz de la Sierra

Por donde vayas iré
Con una venda en los ojos
Lo que decidas haré
El amor, cuando es verdad, es uno solo…

Mi enemigo el amor, Pancho Barraza

Perdí su amor por zonzo
Por reclamarle a lo tonto
Y también me vi cobarde
Le dije tantas tonteras
Dudé de mi compañera
No me fui aunque me corriera
Mi enemigo era el amor

Y por amor
Le lloré como un chiquillo
Para pedirle perdón
Su corazón
Lastimado y ofendido
Me negaba su cariño
¡Ah Dios mío! ¡Qué dolor!

Te soñé, El Coyote y su Banda Tierra Santa

… Que sufre tanto por ti y que lloraba sin parar
Que mis ojos parecían un manantial
Y que conocí el amor a través de tu piel
Y que volaban corazones de papel
Te soñé, te soñé…  

Entre beso y beso, La Arrolladora Banda El Limón

… Y entre beso y beso, decirte que te amo
Y que tú me pidas que me calle con tu mano
Que guarde silencio, que te desconcentro
No puedo sacar de mi cabeza ese momento
Tu mirada de ángel, arañando el cielo…

El color de tus ojos, Banda MS

Esto que siento
no se puede comparar
y si ves que me sonrojo
si te burlas no me enojo
yo solo sé
que de ti me enamoré…

*Imágenes: 1) K-Paz de la Sierra; 2) Agencia Enfoque; 3) Crédito no especificado.

Anatomía de la poesía campesina, el huapango arribeño

Los campesinos de la Sierra Gorda Queretena tocan el huapango arribeño, un bello género musical que cautiva a quien lo escucha.

Los campesinos de la Sierra Gorda Queretena siembran sus rimas en el canto. Para ellos, el huapango  arribeño es una poesía musical y las fiestas, una oportunidad para verlas echar raíces. Muchos de los músicos de este género, aprendieron el arte desde niños.

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Algunos se adentraron al canto por la intuición; otros, de la mano de un familiar que tenía conocimiento básico de las notas musicales. Inclusive, hay quienes recuerdan con brillo en los ojos el momento en que fueron introducidos al huapango arribeño a través de las palabras:

“Mi jefe. mi apá, sabía muy a penitas las vocales… entonces andábamos en la milpa y  así donde había tierrita suelta allí le decía: ¿cómo son éstas? me enseñó que así y así…”

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La manera en la que aprenden es muy significativa. Es una prueba de que el conocimiento no siempre se transmite en las escuelas. Para estos músicos, el talento se lleva en la sangre. La pasión por el instrumento o el recitar los versos que la acompañaban se descubrió en ellos como una joya genuina a lo largo del tiempo. Ellos hilan la música con el pleno dominio de cada nota –aunque suelen asignarles apodos, como la floja  o la baja.

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En relación a las letras con las que acompañan su poesía, la manera de proceder de cada músico también es diferente. Algunos de ellos se basan en la poesía oral. Entonces, su principal herramienta es el recuerdo, la memoria con la que han escuchado a otros decir sus canciones. Los que han aprendido a escribir sellan sus versos en un cuaderno. Pero, independientemente del método, el huapango arribeño termina por pintarse de manera indeleble en la memoria de quienes lo escuchan. 

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El ritmo

La letra no es el único pilar del huapango arribeño, la rima y su cadencia es otro factor vital. De acuerdo a sus ejecutores, la poesía del huapango es rítmica, sin esto, no es música.  De aquí viene la importancia de conocer la métrica de los versos, que pueden ser octasílabos, décimas, entre otros. Sin un conocimiento de estos conceptos claves, el huapango arribeño se vuelve un lenguaje indescifrable para quien pretende tocarlo y, sobre todo, cantarlo para cada hora el día.

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El tiempo huapangero

Sí, así es, el huapango arribeño no sólo es un género. Para muchos, éste  podría considerarse como una manera de contar el tiempo. Antes, cuando se solía tocar todo el día, los músicos se ponían de acuerdo en qué tono tocar, dependiendo la hora:

“a veces cuando empezábamos de día, tocábamos en el tono de sol mayor, y cuando se hacía de noche, digamos a las nueve, diez de la noche, tocábamos  en el tono de re mayor hasta la una. De la una para adelante agarrábamos el tono de A mayor”

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El asociar el huapango con el paso de las horas resulta un indicador de la fuerte conexión del músico con la naturaleza y las notas que ejecuta. De esta manera, se nos demuestra que el huapango arribeño es más que un género musical. El destino de sus ejecutores también es distinto. Cada músico ve en el huapango arribeño como una manera de conocer el mundo, ampliar sus conocimientos y relacionarse con la naturaleza. 

 

Fandango fronterizo (son jarocho en la frontera para reconectar a la comunidad)

El son jarocho es social por naturaleza y por eso musicaliza un encuentro en la frontera entre E.U. y México.

El son jarocho se toca en conjunto. Se puede decir con gusto que esta música es comunitaria por naturaleza. El zapateo, los versos y las notas tocadas por las cuerdas, se conjugan en un delicioso diálogo que reúne a todos los participantes bajo el rico halo de la música. Una pieza de son siempre deviene en jolgorio. El son llama siempre a vincularse.

Así, no resulta tan extraño que jaraneros de ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos se quisieran juntar a tocar son. Pero no podían, por las mismas razones que las familias fronterizas se ven apenas algunas veces al año y sólo a través de los huecos de ese extraño conjunto de barrotes y rejas que es el muro.

Yo no podía comprender cómo era posible que no pudiéramos reunirnos alrededor de una tarima como en Veracruz, siendo que eso era lo que me había hecho acercarme al son y enamorarme de su particularidad, llena de esa magia y misticismo campesino que se podía transportar a mi mundo urbano.

Jorge F. Castillo, Jaranero de las Californias

Así empezó el Fandango fronterizo, una fiesta que se realiza cada año en el Parque de La amistad, en la frontera entre Tijuana y San Diego. Desde 2008, se reúnen en mayo jaraneros de todos lados a tocar son “hasta que el cuerpo aguante” o las autoridades que patrullan la frontera, les pidan que se retiren.

El son jarocho manifiesta lo comunitario

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El fandango tienen sus orígenes como tradicional fiesta en Veracruz (de donde viene el son jarocho). Músicos, versadores (cantantes que recitan las coplas, con un particular grito, típico en el género), bailarines y espectadores, se reúnen en torno a la tarima, donde se zapatea vigorosamente. El son es música que se disfruta en sociedad y la fiesta del fandango guarda protocolos que se siguen para mantener las danzas bastante organizadas, y que se valen del respeto que cada miembro de esta comunidad, ensamblada cada vez en lo espontáneo, le tiene a los otros.

El (primer) Fandango fronterizo fue todo un éxito y terminó a las 5 PM cuando los agentes de la patrulla fronteriza se acercaron a decirnos que solo una canción más y nunca se esperaron que la bamba duraría treinta minutos. En fin, fue genial verlos preguntar, cuánto duraba esa canción mientras los versos volaban de un lado a otro de la frontera sin parar.

Jorge F. Castillo

Fandango fronterizo para reencontrarse

El Fandango fronterizo, es, por supuesto, un evento muy peculiar. Hay una tarima de cada lado de la frontera y los que zapatean, a penas adivinan la figura del que está en frente. Y, aún así, con esta visión de fondo, el Fandango fronterizo no deja de ser una fiesta. Mucho más que eso: es un movimiento cultural, para, en palabras de sus organizadores “reclamar el espacio”. Los versos cantados alternan, entre los de sones populares mexicanos y otros que hacen alusión a la situación migrante y este panorama histórico que nos pintan las fronteras.

Felizmente no sólo asisten mexicanos. El tejido crece, con la participación de amantes del son jarocho nativos de Estados Unidos. Además, el evento llama a sujetos que reconocen un fenómeno similar, en sus propios países.

La música se cuela deliciosamente entre las fronteras

La música se manifiesta poderosamente. Y es que el ejercicio de intercambiar bienes simbólicos es efectivo a la distancia, pues corrompe esa frontera que, extrañamente, es apenas milimétrica. Los meñiques de sujetos en ambos lados se entrelazan y ese tacto discreto reconforta, pero también intensifica la añoranza. La música te abraza deliciosamente; la música se cuela entre las fronteras.