México le debe mucho a este hombre: descanse en paz Miguel León Portilla

Don Miguel León Portilla es una figura fundamental en la conciliación de los mexicanos con su historia.

La erudición es un capital que fácilmente impresiona a cualquiera. Pero cuando esta se combina con un compromiso apasionado, con un sentido de responsabilidad, entonces ocurren cosas maravillosas. Y esto es precisamente lo que Don Miguel León Portilla nos demostró con creces a lo largo de su espectacular trayectoria. 

Gracias a su incansable y lúcido trabajo los mexicanos sabemos hoy mucho más de nuestro pasado, estamos más cerca de honrar una verdadera comunión con esas raíces culturales e identitarias que representan, sin duda, el mayor tesoro que poseemos como sociedad. La épica labor de hermanar a un pueblo con su historia, de promover que se refleje en ella con nitidez y orgullo, y de encontrar respuesta a algunas de las más relevantes interrogantes de su identidad, es una a la que el Dr. León Portilla contribuyó de manera brillante y francamente inspiradora.

Merecedor de numerosas distinciones, entre ellas la obtención del Premio Nacional de Ciencias y Artes (1981) o la Medalla de Honor Belisario Dominguez (1995) así como 28 doctorados Honoris Causa de universidades alrededor del mundo, México celebrará y recordará por siempre a uno de sus más sustanciosos eruditos. 

En +DeMX nos unimos a esta luto que, además, tiene un eco determinante de agradecimiento. 

Entre sus publicaciones destacan:

  • Quince poetas del mundo náhuatl (1993)
  • Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares (1961)
  • Tiempo y realidad en el pensamiento maya (1968)
  • El reverso de la conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas (1964)
  • Visión de los vencidos (1959). (Su obra más popular)

*Imagen:Notimex

Una charla con Don Miguel León-Portilla: generosas reflexiones para los mexicanos

Hoy más que nunca debiéramos escuchar palabras sabias para navegar la compleja existencia; Don Miguel León-Portilla extrajo su sabiduría de la filosofía prehispánica y los grupos originarios, para luego compartirla con nosotros.

La riqueza histórica de México es indiscutible. Extrañamente, pocos mexicanos reconocemos que esa riqueza continúa, que late y sonríe, que muta, se alimenta y, sobretodo, que siente. En pocas palabras, que es una historia viva y que nosotros somos parte de ella; la historia está al servicio del presente, y su función es justo nutrir la experiencia viva.

Tal vez por eso, cuando tuvimos oportunidad de conversar con Don Miguel León-Portilla, jamás hizo distinción entre los indios “muertos” —las culturas prehispánicas— y los indios “vivos” —sus descendientes que hoy conforman los pueblos originarios. Él no sólo estudió la historia de unos, también alcanzó una comunión con la filosofía de los otros. Nos demostró así que la sabiduría es empatía, que el conocimiento se experimenta y que no hay una sola mirada al pasado o presente, sino muchas visiones, incluida, y de forma determinante, la de los vencidos.

Más allá de las decenas de libros que escribió y los incontables reconocimientos académicos que recibió, Don Miguel fue, antes que un erudito, un humanista –aquel que se maravilla con la humanidad, y que al hacerlo la honra. Fue, también, un maestro en el más amplio sentido: su legado como historiador e investigador es inmenso, pero su lectura de la vida resulta a la vez ejemplar.

¿Cómo cultivar la identidad local dentro de un mundo global?

Hay que hacer un esfuerzo y ¿por qué es importante? Es importante porque ese esfuerzo me va a permitir moverme en la vida. Si yo no sé quién soy, si yo no sé qué es México, pues no me puedo mover; porque voy como un pasajero sin equipaje, sin boleto, un amnésico. Y, por desgracia, grandes sectores de la población de México tienen esa manera de enfermedad… ¡Es verdad! No les interesa nada. Y yo pienso que la vida es muy interesante: vamos a conocer nuestro país, vamos a conocer regiones de nuestro país, vamos a tratar con la gente de nuestro país.

Que el mexicano que quiera ahondar en sus raíces hurgue no sólo especulativamente en la biblioteca; pero debería igualmente —o más— en la realidad viviente. Un mexicano que de verdad quiera captar la realidad, pues. tiene que salir de su casa hoy día: eso es México.

Pero lo primero es, digamos, desde donde [están] ustedes insistir en conocer el medio en que han nacido; ahondar en él tanto a través de lo que otros han dicho, como a través de tu experiencia.

Lecciones de los grupos indígenas de México y sus culturas originarias

Si definimos qué es un indígena, son pueblos originarios; quiere decir, los que estaban ahí antes de que cualquier otro llegara. Esos son indígenas, los que desarrollaron una cultura primigenia, los que sufrieron los impactos terribles de la conquista.

Hay una edición que hemos hecho en tres tomos que se llama “Cantares mexicanos, poesía náhuatl”. Hay un tesoro de sabiduría ahí y esa sabiduría existe hoy, la tienen ellos, existe. […] los indígenas han seguido pegados a la naturaleza, yo creo que ahí tenemos un reservorio de vida; yo sí creo que los indios son una fortuna para los países que tenemos su presencia. Hay una sola cosa que yo sí celebro: que estén los indios, que vivan sus lenguas que han sido tan despreciadas.

Mira, yo tengo aquí cantidad de obras en náhuatl, y en un texto dice: “la ceiba, el ahuehuete, estos árboles nos dan sombra, estos árboles son la vida para nosotros, bajo su sombra podemos vivir.” Ahora piensa en un maderero que lo ve y dice: “¿Cuánto cuesta el  metro cúbico de madera?”. Son dos maneras de acercarse […] la codicia como tal no es acompañante de la cultura indígena. Tampoco son santos, no, pero tienen otro aprovechamiento a la vida. Para mí la literatura náhuatl de veras me ha servido para mi filosofía vital.

Sobre México y la mexicanidad

Yo siempre digo: México es un país joven y viejo a la vez; viejo por sus raíces indígenas, y joven en cuanto a que nació a la vida moderna hace poco. Somos un país rico y pobre, somos un país muy desigual, sumamente desigual.

Voy a ser rapidísimo. Estoy escribiendo mis memorias, y yo me presento como una persona que tiene sus raíces en una familia de clase media tradicional mexicana. En esa familia nadie dijo: “somos de origen español”, a pesar de que sí era verdad; pero no, este tema nunca interesó. Ahí tengo retratos de toda la familia. Entonces, ¿son puros gachupines? ¡Pues no! Entonces, ¿son indios? ¡Tampoco! Sería absurdo decir que soy indio. Somos mexicanos. 

A 500 años de la conquista, en primer lugar, vamos a ver que el tema de la conquista está presente en el ser mexicano, en cuanto que descendemos de conquistadores y de conquistados… ¡todos! ¿Que usted es zapoteca? ¡Sí!, pero usted fue conquistado por los mexicas… Y ¿usted es otomí? Pues los otomíes estaban al servicio de los aztecas. ¡Qué barbaridad! Entonces, partiendo de eso, no vamos a desgarrarnos ya más; al revés: vamos a hacer ocasión de eso; de reflexionar sobre nuestro ser, sobre nuestro destino.

Sobre el asombro como flujo vital

Cuando uno es muy joven y sales al campo todo te fascina; o, por lo menos, a mí me fascinaba. Iba yo caminando en medio de un bosque y las ramas de los árboles estaban con rocío, y yo veía el arcoíris en ese rocío… Y es así, esto es difícil, ya: tener la capacidad de asombrarte. ¡Mira! Yo tengo noventa y tres años casi… ¡Si yo no trabajara aquí diario, ya estaría muerto! ¡Y trabajo porque tengo grande asombro!

Sobre la deuda de México ante sus grupos indígenas

El indio quiere que le hablen en su lengua; pero no solamente en la lengua, sino en la lengua que capta su espíritu, en la lengua que capta su cultura. En México y América Latina tenemos esa enorme riqueza, pero claro, cómo están ellos: siglos de dominación, siglos de abatimiento, siglos de desprecio, ahí está el problema. [Hay que] quitarles ese tipo de obstáculos.

[Debemos] darles su lugar. En el siglo XVI, el gran Sahagún —Fray Bernardino— hizo el colegio de Santa Cruz para indígenas, [donde] los maestros de medicina fueron indígenas, y los maestros que estudiaban los códices fueron indígenas. O sea, participaron con toda la fuerza que habían tenido antes [de la conquista].

Sahagún dice: “hemos destruido su sistema de educación y ahora no saben a dónde ir”. Otro fraile le preguntó a un indio: “tú dices que antes ustedes eran responsables, no se emborrachaban, no robaban, no mentían, yo veo que ahora hacen todo eso”. Y este le dijo: “¿Sabes, padre?, nosotros lo que teníamos, ustedes nos han dicho que no valía nada y nos han enseñado cosas que no hemos entendido nada. ¿Sabes, padre?, nos quedamos nepantla”. ¿Y qué es nepantla? Es ‘en medio’. El ídolo antiguo vino a descartarse por lo nuevo. Eso es lo que les ha pasado a muchos indios, quedaron nepantla.

Entonces, sacarlos de ese ‘nepantla’. Pero sacarlos no para enseñarles inglés; no, eso no: los sacamos para que sean factor de presencia, factor que contribuya a hacer de México. Tener maestros de ellos en diversos campos: la cocina indígena por ejemplo, lo de los turistas; es decir, que el indio se sienta orgulloso, orgulloso de serlo.

Unas palabras para los jóvenes mexicanos

Mira hijo, te ha tocado vivir en una época en que no es fácil abrirse camino; pero piensa que en todas las épocas, la más difícil es en la que uno vive. Entonces, piensa que es una época difícil, pero piensa que si es difícil es un reto, y la vida es un reto. La vida, dice el Libro del Eclesiastés, la sabiduría es como un combate del hombre en la vida, en la tierra… Yo le diría eso. Piensa que te ha tocado un tiempo difícil, como es natural, pero que toda dificultad es un reto y que tenemos, en el caso de México, una mina gigantesca de informaciones, de posibilidades para armarnos y poder caminar mejor.

Ciudad de México, enero 2019.

Javier Barros Del Villar
Autor: Javier Barros Del Villar
Editor digital con aspiraciones carpinteras. Mexicano.

Reconocen a Juan Villoro y este dona premio a las comunidades zapatistas

Obtuvo el premio excelencia en letras José Emilio Pachecho 2016 y advirtió que el zapatismo tiene un valor de justicia muy importante.

Para muchísimas personas en el mundo las comunidades autónomas zapatistas tienen un gran valor histórico. Son vivos ejemplos de cómo comunidades nativas pueden pervivir con sus propias costumbres aún dentro de un mundo capitalista y globalizado.

Así, son consideradas como un parteaguas que rompe el paradigma que apunta a que todos debemos vivir como dicta el “acomodo de las cosas” cuando nacemos, y en realidad no es así.

Luego de años de resistencia estas comunidades han conseguido (con sus represalias) que sea reconocido el valor de su propio modo de vida, al menos desde el punto del respeto y la libertad. El zapatismo, en este sentido, ha sido muy importante para el mundo, y será un referente cada vez más recurrente.

Hace unos días Juan Villoro fue el cuarto mexicano en recibir el premio excelencia en letras José Emilio Pachecho 2016, antes lo habían obtenido Elena Poniatowska, Fernando del Paso y José Emilio Pacheco. Siendo uno de los intelectuales más importantes del país es une referente no solo literario y periodístico: también es una voz importante como líder de opinión que se ha vuelto.

Lo extraordinario de su premio es que Villoro decidió donarlo (de unos 150 mil pesos) a las comunidades zapatistas. Dijo dijo que no puede recibir un premio en tierra maya sin pensar en quienes piden justicia en tzoltzil, tzeltal o tojolabal, y desean que algún día, en este país, se pueda mandar obedeciendo:

Para continuar, así sea de manera simbólica, sus tareas de salud y educación.

Agregó también que “la literatura cuenta la trama oculta de la vida, los días que no se nombran, y que en esta época de quebrantos  en donde vivimos, no dejamos de imaginar mundos posibles.”

La donación del premio de Villoro, más allá del beneficio económico (que como él dicta es más bien simbólico) es una manera de mantener en la conciencia colectiva el valor del zapatismo, que día a día nos ha dicho, con el ejemplo, que “otros mundos son posibles en un mundo donde quepan muchos mundos”.

*Imagen: cronicadexalapa.com

Lydia Cacho gana Premio de Derechos Humanos en Nueva York

El galardón conviene colectivamente al sumar su margen de protección y que así persista en una construcción de una realidad más justa desde el periodismo.

El periodismo ha estado ligado a la lucha por el respeto de los derechos humanos desde siempre por ser un contrapeso del poder. Ahí donde este mete sus manos investigadoras las capas de la realidad en algún punto muestrarán a los actores de poder inmiscuidos, y sus roles.

Hacer por ello un periodismo de profundidad es siempre peligroso, y como lo decía el periodista por excelencia Richard Kapuściński, el periodismo no puede ser hecho por cínicos. El verdadero periodismo es siempre alcanzado por personas comprometidas, involucradas en una persecución ética (incluso inconsciente) de una mejor realidad.

En México Lydia Cacho ha sido en las últimas décadas un personaje crucial en el periodismo de este país. Nos ha dado pistas, por ejemplo, de cómo funciona la red de trata de mujeres mundial, y cómo está ligada al poder político.

Cacho nos ha develado cómo algunos actores de poder “caciquiles” tan arraigados en los estados tejen alianzas cómplices en los más intrincados y oscuros negocios como la trata de mujeres, e incluso la pederastia.

No necesita más presentación, es un personaje involucrado desde lo más hondo de su búsqueda personal en una mejora de la realidad social y ahora ha ganado uno más de los reconocimientos sumados a su carrera. Y de algún modo a todos este galardón nos dignifica, pues es una manera de otorgarle más prestigio, con ello más poder, y de algún modo protección para continuar siendo un contrapeso del poder desde el periodismo.

El próximo 9 de mayo a Cacho le será entregado el Premio ALBA/Puffin al Activismo en Pro de los Derechos Humanos, otorgado por los Archivos de la Brigada Abraham Lincoln (ALBA), y que este año también reconoce también al periodista Jeremy Scahill.

El comunicado retomado (que es una increíble noticia) apunta:

En ambos lados de la volátil frontera entre México y Estados Unidos, Lydia Cacho y Jeremy Scahill han dedicado sus carreras a exponer la corrupción, violencia y abuso de poder que es omitido en los medios de comunicación dominantes. El trabajo de Cacho y Scahill ejemplifica la intersección del periodismo expositivo y el activismo por los derechos humanos; el compromiso de los dos a romper los silencios más profundos que han incitado investigaciones sobre las guerras fantasma de Estados Unidos en Oriente Medio y en Africa y también sobre el uso de la censura, tortura y corrupción por la parte del gobierno de México.