Robot-parásito que purifica el agua y alimenta a las plantas es creado por artista mexicano

Se trata de robots biotecnológicos mitad planta que se alimentan de los factores contaminantes de las aguas residuales, al mismo tiempo que la tratan y reutilizan para generar vida.

La biotecnología, robótica, sociología y experimentación con sonido, son temas recurrentes en el arte de Gilberto Esparza, artista mexicano que trabaja con bacterias, celdas microbianas y electrónica análoga para atender a problemáticas ambientales. Sus obras, hasta cierto punto novedosas, plantean el concepto de la vida dentro de una sociedad distópica –no lejos de la realidad actual– donde seres biotecnológicos en forma de parásitos sobreviven a las condiciones extremas de contaminación. Su ingenio científico radica precisamente en ello, en dar solución a un mundo de condiciones ambientales devastadas para engendrar nuevamente vida por medio del arte.

gilberto esparza robots biotecnologicos

No hace mucho, el Laboratorio de Arte Alameda en la Ciudad de México acogió una de sus más completas exposiciones: “Cultivos“, donde Esparza presentó Parásitos Urbanos –moscas electrónicas creadas con residuos de teléfonos móviles que se alimentan de energía– y Plantas Nómadas, este último donde nos plantea la posibilidad de purificar las aguas residuales a través de plantas mitad robot mitad parásito.

gilberto esparza Plantas Nomadas

Esta última es su pieza clave. Se trata de una obra de arte que también es una innovación científica; híbridos nómadas creados a partir de desechos tecnológicos, mismos que utilizan un sistema de locomoción para caminar por la orilla de los ríos en busca de agua contaminada de la cual alimentarse: “A través de diversos sensores busca el agua contaminada y una vez que la localiza interactúa con ella, permitiendo que las bacterias que ahí habitan adopten al robot como su hábitat. Posteriormente, esos mismos microorganismos realizan un proceso de biodegradación de los contaminantes que hay en el agua, purificándola”, advierte Espaza.

Además, el agua tratada por dicho robot biotecnológico es utilizada por su mismo mecanismo para alimentar plantas que lleva dentro, mismas que, en un ciclo perfecto de regeneración de vida, generan energía eléctrica para sustentar al robot, como parte de su fascinante proceso metabólico.

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Lo que aparentemente parece un escenario distópico de Ciencia Ficción es hoy una realidad. Las aguas residuales y los desperdicios arrojados a los ríos y lagos son un problema notorio en México que de plantearse resoluciones, nuestras calles poseerían hermosos escenarios con mucha biota. ¿Te imaginas cómo sería México si se rescatan sus cauces?

 

*Imágenes: 1 y 3) arte-sur.org; 2) agenciasinc.es

19S: el día que “glitcheó” mi subjetividad (CRÓNICA)

Si México fuera “uno solo” no aguantaríamos nada. Son nuestros quiebres los que nos hacen resilientes.

Con cariño para las chicas de LCD y Sandra, Marén, Yolanda, Andrea, Ian y Javier

Por comprenderme.

Glitch: un quiebre y/o una disrupción en el flujo esperado de un sistema.

Nick Briz

“Únicamente quien supiera contemplar su propio pasado como un producto de la coacción y la necesidad, sería capaz de sacarle para sí el mayor provecho en cualquier situación presente. Pues lo que uno ha vivido es, en el mejor de los casos, comparable a una bella estatua que hubiera perdido todos sus miembros al ser transportada y ya sólo ofreciera ahora el valioso bloque en el que uno mismo habrá de cincelar la imagen de su propio futuro”.

Walter Benjamin, Dirección única, 1928


La muerte nos va a agarrar parejo. Por eso en secreto la llamaré “la democrática”, la horizontal, la incluyente. Lo que plantea su materialidad  no discrimina, como invariablemente hacemos nosotros, los sujetos.

El 19 de septiembre de 2017 llegué tarde a la oficina en la Condesa, CDMX. Estaba decidiendome entre escribir una nota sobre Alberto Kalach y una sobre maíz transgénico, cuando de pronto, a pesar del simulacro, de la efeméride y de todo pronóstico sobre lo poco poéticas que son nuestras vidas, empezó a temblar. Lo sentí inmediatamente, como un jalón que, específicamente se enganchó a mi corazón. Este, haciendo lo posible por no frenarse, dio un vuelco y luego otro. Mi mirada buscó la de la chica que estaba escribiendo junto a mí: corre. Una confirmación extraña y después los gritos, anunciando a todos, que paradójicamente, había que abandonar la casa: estaba temblando.

No era como otras veces. La intensidad, la tierra haciendo resonar sus benditas entrañas lacustres, nunca había conocido esa sensación. Pero fue en ese instante, cuando miré hacia arriba y los cables en el cielo dejaron de formar patrones cuadrados y se transformaron en ondas intensas, imparables —como olas de la costa de Oaxaca—  que comprendí que algo en mí estaba quebrándose para siempre.

 
 
 
 
 
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Mi cuerpo quería desparramarse, fracturarse. El enfrentamiento con La Democrática, que siempre había esperado —como supongo que hace casi cualquier mexicano, desde que empezó la guerra contra el narco— no se anunció, no me alertó y en ese aparecer espontáneo me hizo hincarme. “Párate, no puedes estar en el piso”, que, por cierto, estaba rompiéndose, también, como yo. El abrazo de la otra redactora me contuvo y su rostro, implorando mi calma que, francamente, nunca llegó. Pero me levanté, a tiempo para ver caer pedazos enteros del edificio de enfrente, sobre todo ese grande que cayó sobre un perrito o gatito negro, cuyo torso terminó aplastado y funcionó, para mí, como evidencia suficiente de que el mundo que conocía había terminado.

“Mi hermana”, murmuré y luego grité múltiples veces, desnudando mi propia estructura y anunciando que, en efecto, solo quería confirmación de que mi hermana estaba bien. Los momentos que siguen son confusos, el gas inundó las calles y un par de ventanas estallaron. Corre. De nuevo. Corre. Cientos de sujetos corriendo sin rumbo, solo para encontrarse con otros cientos. El control: lo perdí. Fue inmediato. Perdí el control. Pasaba de la ansiedad, de la risa, a los gritos, al llanto incontenible. Perdí el control: mi estructura se evidenció de tal manera, con tanta transparencia, que desaparecí.

Confirmé rápidamente el bienestar de mi hermana y de tantos otros queridos. Por el momento, las cosas estaban estables. Ironía. La calle era un caos y la noticia repentina de que el epicentro había sido en Morelos me cayó terrible, soy de allá y mi casa allá está, con mi mamá y otra hermana. Y mis amigos de antes. Y los cerros. Y las cosas que conozco.

Mi papá me compartió un mensaje que dejó más en claro el panorama: la lista de edificios que, hasta el momento, habían sido registrados como colapsados. Escuelas, primarias, multifamiliares completos. Muchos cerca de mi casa.

Una buena amiga me recogió y realizamos una travesía inmensa desde la Condesa, hasta la Alberca Olímpica.

Algunos episodios notables:

  1. Insurgentes, abarrotada de seres humanos, anticipando que los próximos días, las calles iban a pertenecer a los peatones y no a los coches.
  2. La farmacia, donde compré sueros a 30 pesos (“Lucrando con el temblor”, le dije cínicamente a la tendera) y un par de cajas de ketorolaco, estaba prácticamente vacía; delatando a mi ser paranoico que probablemente habría escasez, pero estaba equivocada, en los días que siguieron, no faltó nada.
  3. Una mujer vendiendo plátanos, hizo eco en lo que restaba de humanidad en mí y compré un par de kilos que cargué psicoticamente hasta la casa y terminé regalando a brigadistas.
  4. Una señora de 90 años en silla de ruedas, y su cuidadora de más de 60, que me llevé conmigo y mi amiga, y los plátanos, en una escena que me recuerda (y no sé bien por qué) a El Viaje de Chihiro.
  5. Los de la marina corriendo formados, cargando picos y la visión lejana del primer edificio colapsado que presencie en la vida.

Llegar al departamento no fue agradable. Mi pésima reacción había marcado una distancia seria entre mi subjetividad y las de los demás. Yo era un peligro, dadas las circunstancias. De ahí en adelante se hizo mucho: además de ayudar a controlar el tráfico en una ciudad sin semáforos, no dormir por 6 días, ayudar en los acopios, cargar, perseguir derrumbes, el momento más importante fue la breve participación que tuve en las brigadas.

No quisiera repetir lo que posiblemente todos han pensado. Sí, la solidaridad fue inmensa. Escuché por ahí la frase: “tranquilos, todos tienen derecho a ayudar”, mientras nos formaban y vestían con cascos y guantes para acercarnos más o menos protegidos a los derrumbes a cargar piedra. Éramos tantos. Pero lo increíble, lo que realmente me marcó fue que “no éramos uno”, México no “fue uno” ese día, para nada. La Democrática no agarró parejo. No ese día. Éramos un chingo, eso sí, y éramos absurdamente distintos y era obvio que no veníamos ni del mismo lado, ni estábamos cortados con la misma tijera; pero estábamos juntos.

El glitch, la falla espontánea en el sistema, la acumulación de tensiones que culminó en caos, me partió en miles, me hizo perder el control y cuando me encontré con mis cimientos, no había nada (en serio, nada, carajo, es carne), pero entre esas grietas, lo que vi, lo que sentí, fue a un chingo de personas. Unas me dieron comida, otras café, unas me abrazaron, me protegieron, me llamaron, me buscaron. Me subí al coche de un hombre desconocido: ¿en qué clase de circunstancia haría tal estupidez?  El señor nos llevó a varias chicas apretujadas a un derrumbe. Feliz de hacer algo, de poner en marcha el coche, de funcionar como un puente entre la geografía y la materialidad-peatón y no ser un vehículo predominante en el diseño de lo urbano.

Una anécdota divertida, que resume para mí el estar-juntos:

19-septiembre-19s-sismo-temblor-reflexion-cronica
Todos dieron lo que tenían. Por suerte lo que ellos tenían eran tacos al pastor…

El 20 de septiembre de 2017, llevábamos horas formados intentando pasar al derrumbe en Petén (lugar que nunca voy a olvidar), acababan de sacar a alguien, pero sin vida: los ánimos bajaron. Estaba lloviendo. Hacía frío. Estaban al borde de sacar a otra persona más, con vida. “¡Mazos! ¡Mazos!” comenzaron a gritar todos. Necesitaban mazos. Así, todos gritabamos, el mensaje se corría y alguien en algún momento llegaría con un mazo; un pinche mazo, era la distancia entre el afuera y el adentro para alguien. No llegaba, gritábamos como idiotas y no llegaba. Llegó. Silencio. Puño en alto. A la espera. Tal vez sale. Tal vez sale y bien. En eso, de la nada, un tipo llega corriendo a la zona con una cantidad absurda de vasos, desbordando vasos. “¡Aquí están, aquí están los vasos!” gritó emocionado, convencido de su utilidad. “Mazos, pendejo” le dijo alguien. Todos nos empezamos a reír, también el de los vasos, risas y llanto, claro. Risas a lo cabrón. Unos minutos después se alzaron los puños. Los mazos (y los vasos) cumplieron su cometido. Alguien salió con vida. ¿Quién? Pues qué chingados importa. Estaba vivo.

No tengo nada contra La Democrática. En cualquier caso, nos va a agarrar parejo. Ese día aprendí eso. Pero así como ella, también entendí que nuestra identidad, la narración de estas subjetividades trabajando en conjunto, también puede ser como la muerte, agarra parejo. Yo lo viví, no se me olvida. Cada vez que aparecen los gandallas, que matan a alguien o lo desaparecen, me acuerdo de que ustedes también pueden agarrar parejo. De que si hoy tiembla (bendita poesía), van a venir por mí. Y yo voy a ir por ustedes. Hoy, solo hoy, no importa lo que significa ser mexicano.

Cortesía de Juan Villoro, para quienes no saben quiénes son: son el lugar donde habitan; son el espacio que administran. ¿Y de dónde son? Son del lugar donde recogen la basura. Y yo también. Ahí te espero.

Epílogo

 
 
 
 
 
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La muerte natural no existe: cualquier muerte es un asesinato. Y si no se protesta, se consiente. Yo desconfiaría aún con el dedo en Su llaga.

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El 23 de septiembre de 2017 volvió a temblar. Una cosa llevó a la otra y terminé con un ataque de ansiedad imparable y terrible. Como nunca antes sentí la distancia entre mi subjetividad y la de otros. Yo era un peligro, dadas las circunstancias. Perdí mucho ese día. Además del control, la confianza de mis amigos.

Estaba tan quebrada que tuve que delegar mi propia vida a otras personas. Tuve que pedir cuidados y protección, explícitamente. Me dio coraje, hoy todavía me da coraje, tenerle tanto miedo a la muerte. Me da coraje no hablar de eso. Me da coraje que tú o tus amigos, o tu familia, hayan vivido una desgracia. Una “pérdida irreparable”. La pérdida de la vida es reprochable, porque siempre implica una pérdida de la posibilidad. Y hace parecer que los cuidados en vida son inútiles. Pero no creo que lo sean.

A todos los que están sufriendo, por esta y otras catástrofes hago una promesa solemne: prometo cuidar la vida, prometo luchar por la posibilidad dentro de la posibilidad. Prometo mantener la calma, hasta donde me sea posible. Claro que también prometo permitir mis quiebres, porque a ellos les debo estas lecciones vitales. Estas vivencias.

Sigo en la CDMX, todavía no estoy lista para despedirme.

Con el puño en alto.

También en Más de México: Reflexiones de grandes escritores mexicanos sobre el sismo de 1985 que hoy valiera releer

*Imágenes: Destacada: AFP; Cuartoscuro.

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Ingenieros mexicanos crean calentadores solares con latas de refresco

Con el calor solar este invento aumenta la temperatura al interior de las casas de una manera muy económica, tanto para las finanzas como para el medio ambiente.

Uno de los aparatos domésticos que más energía eléctrica consume es el calentador eléctrico. Sin embargo, su uso es muy cómodo en lugares fríos, ello aunque son muy costosos para el medio ambiente y para las finanzas del hogar.

En comunidades donde el dinero es escaso y las temperaturas descienden altamente, los calentadores de energía alternativa son muy necesarios para evitar muertes. Los ingenieros mexicanos Omar de la Mora e Ignacio Uruñuela encontraron esta necesidad y diseñaron un calentador elaborado con latas de refresco que ganó un concurso de Intel.

Su invento lo adecuarán en Mezquitic, un municipio en Jalisco de pocos recursos, donde en invierno las temperaturas descienden entre 0º y -7º C.

El proyecto está diseñado para llevarse a cabo en tres fases: el prototipo ya se terminó de trabajar, la producción de los calentadores se realizará en noviembre junto con la brigada de producción y en diciembre se hará la instalación.

Omar señala que, aun cuando este año sólo instalarán cuatro calentadores en la comunidad wixárika de San Andrés Cohamiata, en Intel Guadalajara los están apoyando con la idea de que se forme un voluntariado anual.

La función de los calentadores es templar el aire frío del interior de las casas utilizando sólo el calor del Sol. En el proyecto de los calentadores también está involucrada la organización Tu Techo Mexicano de Occidente AC., entre los proyectos de Tu Techo hay una línea de ecotecnias, como la instalación de estufas ahorradoras de leña.

Puedes contactarlos a sus correos personales:

jignacio.urunuela@gmail.com y omar.delamora@gmail.com.

En la UNAM ya se están haciendo robots de compañía

Justina es capaz de hacer labores domésticas e incluso recordarle a un adulto mayor sobre tomar sus medicinas.

Siempre la tecnología ha tenido su “doble filo”. Por una parte puede deshumanizarnos, alejarnos de las personas de las que estamos cerca, desplazar puestos de trabajo… aunque también nos otorga innumerables posibilidades como la interconexión y la capacidad de mostrar al mundo nuestros proyectos, por ejemplo.

Sobre los robots, humanoides capaces de realizar labores humanas, aunque sigilosamente, son cada vez más una realidad. En México un grupo de estudiantes de distintas y carreras y posgrados de la UNAM han elaborado a Justina, una robot auxiliar con la capacidad de reconocer voces, tomar objetos, limpiar la casa, tirar la basura y hasta tender las camas.

Esta robot estuvo exhibida hasta hace unos días en el Universum (Museo de las Ciencias de la UNAM) y del 30 de junio al 4 de Julio de este año competirá en el Mundial Robo Cup Leipzig 2016 en Alemania.

justina robot UNAM

“Son robots de servicio que van a estar en nuestra casa, oficinas, y escuelas ayudando a los seres humanos en sus tareas cotidianas”, indicó el responsable del proyecto, Jesús Savage Carmona (professor de la facultad de ingeniería), en una entrevista con Notimex.

“A veces los adultos mayores pierden la noción del tiempo, pero Justina les podría decir la hora exacta e incluso a qué hora deben de tomar sus medicinas”.

Justina no es solo un proyecto de este grupo de personas. Como la ciencia misma, es resultado de una investigación interconectada de muchos años, en este caso de quince.

Otro de los robots más destacados en competencias nacionales es Golem-II quien también estuvo expuesto en el mismo museo recientemente.

*Imagen: 1)Justina/ndmx; 2)jornada.unam.mx

[La Jornada]