¿Ya escuchaste a Octavio Paz recitar a Juan Gabriel?

En un universo paralelo hasta el gran escritor Octavio Paz rinde homenaje a Juanga recitando la letra de "Corresponde".

El domingo 28 de agosto Alberto Aguilera Valadez “Juan Gabriel” murió en Estados Unidos. Tras consagrarse como uno de los máximos ídolos populares de las últimas décadas, el festivo cantautor murió de la única forma posible para él, del corazón. Millones de lamentos inundaron literalmente las redes sociales y cientos de medios alrededor del mundo dedicaron espacios al suceso y a su figura. Y es que “Juan Ga”, sus letras y carisma, fungieron durante años como un catalizador sentimental de muchos.

Lo que muy pocos saben es que el llamado “Divo de Juárez” fue alguna vez incluso homenajeado por el Nobel mexicano Octavio Paz. Esto ocurrió allá en 2012, 14 años después de la muerte del brillante escritor, en un universo paralelo. El improbable tributo germinó gracias al artista sonoro Benjamin Moreno Ortiz. Originario de Querétaro, Moreno se abocó a crear una serie de piezas en las que se escucha a Paz declamando la letra de “Corresponde”, de Juan Gabriel, “Triste Canción”, de El Tri, o “La Puerta Negra”, de los Tigres del Norte, entre otras. 

Las simpáticas aberraciones son producto de un paciente proceso que implicó extraer palabras de audios en los que se escucha a Paz declamando sus propios poemas, y pegarlas hasta empatar la letra de las canciones populares. 

Juan Gabriel fue un embajador natural de México ante el mundo. De hecho, murió justo después de una presentación en Inglewood, California, como parte de su gira titulada “México es Todo”. Su paso por este mundo lo celebramos millones, incluido, por lo visto, el gran Octavio Paz

Y aquí “La Puerta Negra” y “Triste Canción”

 

Sobre el polémico discurso de Rubén Albarrán en el Senado (VIDEO)

El músico y activista sorprendió a todos con un potente discurso que vale la pena escuchar y discutir.

La conciencia sobre la violencia de género está, cada día, ganando más terreno. En espacios donde era inimaginable escuchar sobre este tema, el asunto es cada vez más importante y está permitiendo la apertura a conversaciones sobre problemas relacionados. 

Por ejemplo, recientemente en el Senado de la República se llevó a cabo el foro “Los costos de la masculinidad tóxica: retos y alternativas para la igualdad y el bienestar” donde la idea era demostrar cómo ciertas actitudes culturales le cuestan al Estado vidas, pero también dinero. 

La premisa, de entrada, es muy extraña, pero se presta para llamar la atención de muchos sujetos que siguen sin entender la violencia de género (entre otras formas violentas de tratar a algunos grupos sociales) como uno de los problemas más graves que estamos enfrentando los mexicanos.

Uno de los invitados al foro fue el músico y activista Rubén Albarrán. El también integrante de Café Tacvba dio un potente discurso que vale la pena escuchar y discutir. 

No solo porque escandalizó a muchos de los presentes y ha causado revuelo en las redes sociodigitales, también porque pone sobre la mesa una serie de problemas muy urgentes que, a su parecer, derivan todos de eso que hoy se llama masculinidad tóxica.

Mira el discurso de Rubén desde el minuto 38:

A todo esto ¿qué es la masculinidad tóxica?

El concepto contemporáneo es una derivación de una idea central en los estudios de género. Se trata del concepto de “masculinidad hegemónica” popularizado por la socióloga Raewyn Connell. Se define como una serie de prácticas que aseguran la posición dominante de los hombres frente a las mujeres. Estas prácticas pueden ser sutiles o inmensamente violentas.

El origen de esta actitud es elusivo, aunque sí ha sido analizado por distintos investigadores a lo largo de la historia y hay muchas teorías sobre por qué esta “masculinidad hegemónica” se repite en distintas culturas. 

Hay tres preguntas que cada uno de nosotros debe hacerse con respecto a este asunto. La primera es si estas actitudes tienen una función real en nuestras vidas personales. En caso de que la tengan ¿esta función es probar el dominio de un género sobre otro? Si lo es ¿por qué deberían los hombres asegurar su dominio sobre las mujeres? 

Al señalar la existencia de eso que se manifiesta como “masculinidad hegemónica” y reconocerla en uno mismo, cabe la posibilidad de construir la masculinidad propia desde otro sitio. Es un ejercicio valioso que, además, puede repetirse con otros rasgos “tóxicos” de la identidad, otros rasgos que nos hacen pensar que somos más o menos importantes que cualquier otro sujeto.

Los puntos clave del discurso de Rubén Albarrán

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El excéntrico Rubén le da al clavo con muchos de los ejes que trató durante su discurso. Pero vamos paso a paso. Mientras que a algunos les parece detestable que se dirigiera a los Senadores con el apelativo de Hijos de la Chingada, hay que entender un poco el contexto que el activista quiso plantear. 

Más que una “mentada de madre”, Albarrán estaba haciendo un llamado a la madre. Y cuando decimos madre, lo hacemos en un sentido muy amplio: a nuestras mamás, por un lado; a la Tierra y a quienes la protegen, incluso al lado maternal que, como explica Albarrán, todos guardamos. 

Sin hacerlo necesariamente explícito, Albarrán mienta el conocido texto de Octavio Paz (“El laberinto de la soledad”) para relatar nuestra historia compartida. Los mexicanos, dice, somos hijos de un padre que explota y daña a nuestra madre: el padre, sin duda son los conquistadores españoles y la madre es nuestra tierra y el conjunto de culturas y etnias que la habitaban. 

Pero el padre es toda manifestación de “patriarcado”. El padre es la explotación contemporánea del territorio que ahora siempre viene acompañada del permiso de nuestros propios gobiernos (aprovecha aquí para hacer una dura crítica al Tren Maya). El padre somos también cada uno de nosotros y nosotras cuando permitimos esta explotación y cuando nos aprovechamos de los demás. 

El padre es la violencia que subordina igual a las mujeres, a la tierra, a las minorías. Y los hijos, somos esos que replicamos, tal vez sin saberlo, esa llamada “masculinidad tóxica”. Por su parte, Albarrán agradece a esa madre y padre culturales y metafóricos, pero les urge cambiar y les recuerda que él va a ser otro. 

Que aunque se reconoce en su mestizaje y se reconoce igualmente masculino y femenino, él no va a ser explotado, ni permitirá que sus hijos lo sean. Aunque la idea es intrincada y puede ser difícil descomponerla para extraer de ella algo más que una impresión superficial, desencantada y escandalizada, hay que hacer el esfuerzo.

No nos escapemos de la sensación de incomodidad o tristeza que este discurso podría provocar. Sin duda hay algo ahí que nos con-mueve. Y recordemos que no se trata de bandos contrarios, como dijo alguna vez con elocuencia uno de los nuestros: La polarización es más o menos el peor camino que colectivamente podemos elegir, aplica tanto para fifis vs chairos como, todavía peor, hombres vs mujeres

Tenemos que cambiar la manera, no en la que entendemos a los demás, sino en la que nos construimos a nosotros mismos. Asumir que encarnamos una multiplicidad y que los rasgos de la misma (género, etnicidad, sexualidad, lengua, estatus económico) son maleables. Son como la masa del maíz que en muchos sentidos nos forma. 

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María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Los pachucos: la seductora comunión entre rebeldía y elegancia

Ser pachuco es bailar la vida a ritmo de danzón, mambo y resistencia (todo, siempre, envuelto en contracultural elegancia).

A la pregunta ¿qué es un pachuco? no existe respuesta correcta o incorrecta. Porque el pachuco no es algo que se defina por un color, por una actitud y ni siquiera por una forma de baile. El pachuco es una gama de colores y una multiplicidad de actitudes y bailes, siendo incluso portadores de un basto caló.

Todo lo que son se forjó al calor de los movimientos migratorios de los años 40 del siglo pasado, y por eso un pachuco es las fronteras que cruzó, los anhelos que dejó y las nostalgias recurrentes de estar en tierra extraña. Y es también la elegancia ante la facha de quienes los discriminaban.

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Ahora el pachuco es como un fantasma: una figura con un halo de misterio que en ocasiones se pasea por las calles de Ciudad Juárez, o que arma bailongos de mambo, danzón y chachachá los sábados en Balderas, removiendo la memoria de los más grandes y retrayendo la historia a los más jóvenes.

Muchas plumas han vertido tinta en busca de la esencia del pachuco (y de las pachucas). ¿Se trata de un movimiento o son sólo unas pandillas cerradas? ¿Es moda banal o identidad permanente? ¿Son agresividad o ternura? Quizás cabría pensar que son todo eso: que hay una dialéctica del pachuco que no puede conocer extremos absolutos, como los que Octavio Paz intentó ubicar en el capítulo El Pachuco y otros extremos en su obra El laberinto de la soledad (1963).

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Pero lo que importa no es lo que otros hayan dicho del pachuco, sino lo que el pachuco hizo para ser lo que fue y lo que es actualmente. Aunque ahí bien cabría recordar a José Agustín cuando define a los pachucos como el primer movimiento contracultural mexicano, y que se trató “de una rebelión instintiva y visceral” que encontró grandes incomprensiones.

En aquellos fantasmas de carne y hueso que pueblan las ciudades puede aún reconocerse al pachuco en esas contradicciones que lo hacen un símbolo perenne, que lidia con las posibilidades del olvido pero que se yergue orgulloso de sus colores extravagantes, sus grandes cadenas y sus más que conocidos sombreros. Por eso su presencia es grandilocuente e inspira respeto como provoca alegría.

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Así, el pachuco baila un danzón permanente con la realidad para mantener la dignidad del ser mexicano y, también, la felicidad de ser mexicano. Una felicidad, por cierto, particularmente pachuca de la cual Tin Tan fue el mayor exponente, y que se ha vuelto un festejo permanente en las actuales comunidades de jóvenes pachucos. Es ahí donde la existencia discurre en un compartir con los otros, creando colectividad en donde quiera que se esté y organizando fiestas de solidaridad, como el Club Pachucos Juárez 656, en Ciudad Juárez, que organiza bailes caritativos y que documentó fabulosamente el sitio Roads and Kingdoms.

Sigamos, pues, cultivando la memoria y el gusto por estas expresiones culturales mexicanas como el pachuco, que son parte de nuestra historia. Y festejemos el ser mexicanos a su manera: bailando pa’ gastarle la suela al cacle.

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* Bibliografía: Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, 1964, México
*Imágenes: 1) y 3) Francesco Giusti; 2) Flickr Angeloux

Recorriendo el Laberinto de Paz

El Pachuco, las máscaras, la chingada... un breve recorrido por el Laberinto de la Soledad de Octavio Paz que aún hoy mueve consciencias y despierta controversia.

 

El texto parte de una situación personal de confusión,

de soledad, de desconcierto del autor,

y de allí, desde esa confusión, desde esa soledad,

se transita a la historia, al mundo,

a la vida, a la sociedad.

                                                                   Alejandro Rossi

 

A finales de los años cuarenta Octavio Paz se mudó a Los Ángeles por un tiempo. Caminando por las calles de esa ciudad reconoció un aire de mexicanidad, fue cuando se preguntó ¿Quién es el mexicano?

El Laberinto de la Soledad se publicó por primera vez en 1950. El texto recibió aplausos, elogios, rechazos y críticas. El autor esbozaba un complejo ensayo sobre el mexicano. Un intento de análisis sociológico, histórico y hasta psicológico, narrado con esa voz poética que lo distingue, como con ecos de Piedra de Sol.

Debido a la posición económica del poeta, a la distancia que logró tomar, parecía que el autor estaba desligándose del dolor y el sufrimiento que los cambios, las guerras y la historia, habían infligido en el pueblo mexicano.

Una gran mayoría de escritores y académicos confronta a Octavio Paz con José Revueltas. Aún hoy en día existen quienes se reconocen partidarios de uno u otro como si fueran banderas contrarias. Identificarse con un autor sucede de manera natural, pero en este caso, tanto Paz como Revueltas son una clara demostración del espectro que se abrió en la literatura mexicana, literaturas que han representado al país en sus diversas formas, “desde un Paz hasta un Revueltas”.

Para comenzar a recorrer el laberinto se nos presenta la figura que cautivó al premio nobel. El pachuco, “Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma”. Asocia la rebeldía del pachuco con la de un adolescente que se disfraza para no asumir su identidad, quedándose a medias, ni mexicano ni americano. Cierra el primer capítulo proponiendo que en términos históricos México es un país adolescente, si se le compara por ejemplo con algunos países europeos.

Continuando el camino por el laberinto retoma las máscaras. Dice que están introducidas en el lenguaje popular, los rodeos, el albur. “El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza.”. Describe la resignación como una virtud, “Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad”. Y propone que las características de lo femenino y masculino también están en el habla y las expresiones. “Para los mexicanos la mujer es un ser oscuro, secreto y pasivo”. Las máscaras que describe Paz, las que se esconden en el silencio o en las frases coloquiales, son la armadura para postergar el reconocimiento de nuestra condición mexicana.

Pero las máscaras también se caen. En las fiestas, reuniones y ceremonias, el mexicano llega al derroche económico y emocional. “Algo nos impide ser. Y porque no nos atrevemos o no podemos enfrentarnos con nuestro ser, recurrimos a la Fiesta.”. En la fiesta hay un acto de solidaridad con los otros mexicanos, también aparecen las confidencias y declaraciones más íntimas. “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia de morir, sino la del vivir.” Y en nuestra relación con la muerte se muestra también nuestra relación con la vida; como está todo lo que queremos decir en lo que callamos.

“¡Viva México, hijos de la chingada!” se grita en celebraciones y fiestas. Paz aprovecha la figura de la Malinche para ligarla a la chingada. La Malinche como el mito que encarna la mujer indígena que traicionó a su pueblo. Los mexicanos como hijos de una madre que ha traicionado y un padre conquistador, “luchamos con entidades imaginarias, vestigios del pasado o fantasmas engendrados por nosotros mismos.”. ¿Quién es la Chingada?, se pregunta Paz, y responde que se trata de una madre mítica que ha sufrido y también una madre que ha sido violada.

el laberinto de la soledad

Integrándonos a otra de las vertientes del laberinto nos encontramos con la etapa posterior a la Conquista. Cuando la población criolla es una mayoría, se busca la independencia. “Si México nace en el siglo XVI hay que convenir que es hijo de una doble violencia imperial y unitaria: la de los aztecas y la de los españoles.”. No solo se mezclan rasgos y razas, también creencias y tradiciones. Sin olvidar que desde el comienzo de la Conquista el indio encuentra un zona segura dentro de la Iglesia.

Pero el mismo tipo de gobierno que se tenía en la Conquista continúa a manera de Virreinato Mexicano. Hasta la Reforma, con ella viene la negación de la Conquista, la negación del pasado indígena y del catolicismo. Una minoría pensante impone su esquema. Y el único que se anima a tomar las riendas es Porfirio Díaz, quien organiza al país pero prolonga el feudalismo y abraza el positivismo. Se funda a México sobre una noción general (y hasta Universal) del Hombre sin tomar en cuenta la condiciones del país ni a la sociedad; se reduce a un sueño, a una utopía.

Llegada la Revolución se busca la verdad, y sin tener un plan, en la lucha se va definiendo. “La explosión revolucionaria es una portentosa fiesta en la que el mexicano, borracho de sí mismo, conoce al fin, en abrazo mortal, al otro mexicano.”. Finalizada la Revolución se busca reconstruir al país, pero son pocos los pensadores que ofrecen una guía. Vasconcelos y Justo Sierra son los precursores de la educación. Pero en cuanto a ideologías se importan de otros países, haciendo un pastiche a favor del progreso; se continúa con la imposición de formas extranjeras para impulsar a la sociedad mexicana.

Pasada la segunda Guerra Mundial “Vivimos, como el resto del planeta, una coyuntura decisiva y mortal, huérfanos de pasado y con un futuro por inventar.”.

Al finalizar, Paz enuncia lo que sería el comienzo de la situación actual, delineando una condición que hoy es más evidente: las diferencias abismales entre ricos y desposeídos. “La historia muestra que nunca una clase ha cedido voluntariamente sus privilegios y ganancias.”. Cierra concluyendo que México es un país que históricamente ha evadido y sigue evadiendo cuestionarse y reconocerse.

La idea del laberinto es la metáfora de una realidad que se consume a sí misma sin encontrar otra forma de enfrentar su complejidad. Pero el camino recorrido dentro del mismo laberinto genera vistazos de diversas verdades que otorgan alguna noción del país. Y es entonces cuando Paz integra la idea del amor, como un acto solitario (el recorrido de un laberinto propio en la soledad), un cuestionamiento, una acción en la cual se “es”. Pero los mexicanos no hemos podido definir una concepción totalizadora del amor porque nuestro amor es individual, por lo que no nos constituimos como México, pero sí como individuos habitando en México, viviendo esa soledad.

Este texto es apenas una descripción superficial acerca del tratamiento del Laberinto de la Soledad de Octavio Paz. Como se estipula al principio, el ensayo es complejo, primero porque intenta aborda una totalidad histórica, segundo porque utiliza un lenguaje que alcanza cierto barroquismo, tercero por es una lectura que afecta a cualquier mexicano, ya que se trata de aceptar una “verdad dolorosa”, o de negar que la totalidad y la profundidad de los mexicanos está descrita en 231 páginas, y que no hay más.

El Laberinto de la Soledad forma parte de algunos planes de estudio de las preparatorias en México. Por su complejidad, un adolescente de 15 años tarda más tiempo en realizar su lectura y necesita de la guía del maestro.

Hace algunos años, Marco, estudiante de tercer semestre de preparatoria, tuvo que exponer Los hijos de Malinche frente a clase. Desde cierta distancia se apreciaba que las páginas de ese capítulo estaban completamente en amarillo, ya que en su intento por resumirlo había subrayado la totalidad del texto. Cuando se le señaló lo que había hecho el alumno aseguró que todo le parecía importante.

*Imágenes: 1 y 2) Pinturas de Francisco Toledo

 

 

 

Lucía Treviño
Autor: Lucía Treviño
Lectora. Interesada por el lenguaje. Curiosa. Originaria de la frontera.