Recorriendo el Laberinto de Paz

El Pachuco, las máscaras, la chingada... un breve recorrido por el Laberinto de la Soledad de Octavio Paz que aún hoy mueve consciencias y despierta controversia.

 

El texto parte de una situación personal de confusión,

de soledad, de desconcierto del autor,

y de allí, desde esa confusión, desde esa soledad,

se transita a la historia, al mundo,

a la vida, a la sociedad.

                                                                   Alejandro Rossi

 

A finales de los años cuarenta Octavio Paz se mudó a Los Ángeles por un tiempo. Caminando por las calles de esa ciudad reconoció un aire de mexicanidad, fue cuando se preguntó ¿Quién es el mexicano?

El Laberinto de la Soledad se publicó por primera vez en 1950. El texto recibió aplausos, elogios, rechazos y críticas. El autor esbozaba un complejo ensayo sobre el mexicano. Un intento de análisis sociológico, histórico y hasta psicológico, narrado con esa voz poética que lo distingue, como con ecos de Piedra de Sol.

Debido a la posición económica del poeta, a la distancia que logró tomar, parecía que el autor estaba desligándose del dolor y el sufrimiento que los cambios, las guerras y la historia, habían infligido en el pueblo mexicano.

Una gran mayoría de escritores y académicos confronta a Octavio Paz con José Revueltas. Aún hoy en día existen quienes se reconocen partidarios de uno u otro como si fueran banderas contrarias. Identificarse con un autor sucede de manera natural, pero en este caso, tanto Paz como Revueltas son una clara demostración del espectro que se abrió en la literatura mexicana, literaturas que han representado al país en sus diversas formas, “desde un Paz hasta un Revueltas”.

Para comenzar a recorrer el laberinto se nos presenta la figura que cautivó al premio nobel. El pachuco, “Todo en él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones, enigma”. Asocia la rebeldía del pachuco con la de un adolescente que se disfraza para no asumir su identidad, quedándose a medias, ni mexicano ni americano. Cierra el primer capítulo proponiendo que en términos históricos México es un país adolescente, si se le compara por ejemplo con algunos países europeos.

Continuando el camino por el laberinto retoma las máscaras. Dice que están introducidas en el lenguaje popular, los rodeos, el albur. “El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza.”. Describe la resignación como una virtud, “Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad”. Y propone que las características de lo femenino y masculino también están en el habla y las expresiones. “Para los mexicanos la mujer es un ser oscuro, secreto y pasivo”. Las máscaras que describe Paz, las que se esconden en el silencio o en las frases coloquiales, son la armadura para postergar el reconocimiento de nuestra condición mexicana.

Pero las máscaras también se caen. En las fiestas, reuniones y ceremonias, el mexicano llega al derroche económico y emocional. “Algo nos impide ser. Y porque no nos atrevemos o no podemos enfrentarnos con nuestro ser, recurrimos a la Fiesta.”. En la fiesta hay un acto de solidaridad con los otros mexicanos, también aparecen las confidencias y declaraciones más íntimas. “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia de morir, sino la del vivir.” Y en nuestra relación con la muerte se muestra también nuestra relación con la vida; como está todo lo que queremos decir en lo que callamos.

“¡Viva México, hijos de la chingada!” se grita en celebraciones y fiestas. Paz aprovecha la figura de la Malinche para ligarla a la chingada. La Malinche como el mito que encarna la mujer indígena que traicionó a su pueblo. Los mexicanos como hijos de una madre que ha traicionado y un padre conquistador, “luchamos con entidades imaginarias, vestigios del pasado o fantasmas engendrados por nosotros mismos.”. ¿Quién es la Chingada?, se pregunta Paz, y responde que se trata de una madre mítica que ha sufrido y también una madre que ha sido violada.

el laberinto de la soledad

Integrándonos a otra de las vertientes del laberinto nos encontramos con la etapa posterior a la Conquista. Cuando la población criolla es una mayoría, se busca la independencia. “Si México nace en el siglo XVI hay que convenir que es hijo de una doble violencia imperial y unitaria: la de los aztecas y la de los españoles.”. No solo se mezclan rasgos y razas, también creencias y tradiciones. Sin olvidar que desde el comienzo de la Conquista el indio encuentra un zona segura dentro de la Iglesia.

Pero el mismo tipo de gobierno que se tenía en la Conquista continúa a manera de Virreinato Mexicano. Hasta la Reforma, con ella viene la negación de la Conquista, la negación del pasado indígena y del catolicismo. Una minoría pensante impone su esquema. Y el único que se anima a tomar las riendas es Porfirio Díaz, quien organiza al país pero prolonga el feudalismo y abraza el positivismo. Se funda a México sobre una noción general (y hasta Universal) del Hombre sin tomar en cuenta la condiciones del país ni a la sociedad; se reduce a un sueño, a una utopía.

Llegada la Revolución se busca la verdad, y sin tener un plan, en la lucha se va definiendo. “La explosión revolucionaria es una portentosa fiesta en la que el mexicano, borracho de sí mismo, conoce al fin, en abrazo mortal, al otro mexicano.”. Finalizada la Revolución se busca reconstruir al país, pero son pocos los pensadores que ofrecen una guía. Vasconcelos y Justo Sierra son los precursores de la educación. Pero en cuanto a ideologías se importan de otros países, haciendo un pastiche a favor del progreso; se continúa con la imposición de formas extranjeras para impulsar a la sociedad mexicana.

Pasada la segunda Guerra Mundial “Vivimos, como el resto del planeta, una coyuntura decisiva y mortal, huérfanos de pasado y con un futuro por inventar.”.

Al finalizar, Paz enuncia lo que sería el comienzo de la situación actual, delineando una condición que hoy es más evidente: las diferencias abismales entre ricos y desposeídos. “La historia muestra que nunca una clase ha cedido voluntariamente sus privilegios y ganancias.”. Cierra concluyendo que México es un país que históricamente ha evadido y sigue evadiendo cuestionarse y reconocerse.

La idea del laberinto es la metáfora de una realidad que se consume a sí misma sin encontrar otra forma de enfrentar su complejidad. Pero el camino recorrido dentro del mismo laberinto genera vistazos de diversas verdades que otorgan alguna noción del país. Y es entonces cuando Paz integra la idea del amor, como un acto solitario (el recorrido de un laberinto propio en la soledad), un cuestionamiento, una acción en la cual se “es”. Pero los mexicanos no hemos podido definir una concepción totalizadora del amor porque nuestro amor es individual, por lo que no nos constituimos como México, pero sí como individuos habitando en México, viviendo esa soledad.

Este texto es apenas una descripción superficial acerca del tratamiento del Laberinto de la Soledad de Octavio Paz. Como se estipula al principio, el ensayo es complejo, primero porque intenta aborda una totalidad histórica, segundo porque utiliza un lenguaje que alcanza cierto barroquismo, tercero por es una lectura que afecta a cualquier mexicano, ya que se trata de aceptar una “verdad dolorosa”, o de negar que la totalidad y la profundidad de los mexicanos está descrita en 231 páginas, y que no hay más.

El Laberinto de la Soledad forma parte de algunos planes de estudio de las preparatorias en México. Por su complejidad, un adolescente de 15 años tarda más tiempo en realizar su lectura y necesita de la guía del maestro.

Hace algunos años, Marco, estudiante de tercer semestre de preparatoria, tuvo que exponer Los hijos de Malinche frente a clase. Desde cierta distancia se apreciaba que las páginas de ese capítulo estaban completamente en amarillo, ya que en su intento por resumirlo había subrayado la totalidad del texto. Cuando se le señaló lo que había hecho el alumno aseguró que todo le parecía importante.

*Imágenes: 1 y 2) Pinturas de Francisco Toledo

 

 

 

Lucía Treviño
Autor: Lucía Treviño
Lectora. Interesada por el lenguaje. Curiosa. Originaria de la frontera.

Alfonso Reyes: sobre por qué la originalidad no debe ser forzada

Uno de los grandes pensadores mexicanos nos habla sobre la crisis de la originalidad y cómo ha sido vendida como un producto, paradójicamente insustancial.

Tal vez, por consecuencias azarosas del destino, algunas personas derraman una originalidad apreciable a los ojos de cualquiera. La historia nos ha enseñado que esta autenticidad es espontánea en algunos, y que el resultado es una completa idea desconocida hasta entonces, que no ha sido creada jamás.

En este sentido, estaríamos hablando de la originalidad como un don, acaso como un milagro, que no le sucede a cualquiera. Este dato es falso, o más bien poco profundo. Para los que no tenemos la fortuna de destacar por una originalidad de nacimiento no todo está perdido. La clave está en no pensar en cómo ser original, sino en analizarnos como individuos.  

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Al respecto, el escritor Alfonso Reyes dedicó algunos breves párrafos a ilustrar cómo la originalidad ha sido forzada –y evidencia que ha pasado durante siglos–, pues nadie en este mundo está excluido de ser original; nadie podría nacer con aquella dicha, pero sí, en cambio, con la suerte de saber observarse a sí mismo. Se trata de una “originalidad que no se busca sino se encuentra”, nos dice, y continua:

Esta originalidad no buscada es fruto de procesos tan inevitables como lo son todos los procesos de la naturaleza. 

Reyes creía que la clave para encontrar esa originalidad estaba en el autoconocimiento, en obligarse a ser quién se es, y defenderlo a toda costa sin importar los escenarios, mucho menos una reputación:

 El descubrirse a si mismos es, más bien, descubrir al hombre abstracto que hay entre nosotros, al universal, al arquetipo, y abrazarse a él con fervoroso entendimiento platónico. 

 

La originalidad del Romanticismo

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Por otro lado, Alfonso Reyes habla sobre la probabilidad de que nadie, a su vez, se excluya de ser un farsante de la autenticidad, pues como bien nos comparte, la originalidad también puede ser vista como un objetivo y no como una consecuencia, tal vez, de la sensibilidad:

Se nos dice que una de las ideas motrices del Romanticismo fue la preocupación por la originalidad entendida como un fin en sí, como meta directa. . . ¡y es un by-product! [subproducto]

Para entender esta idea es necesario ponerse un poco en contexto:

En pleno desdoblamiento del Romanticismo europeo, en el siglo XIX, los hombres y mujeres de literatura encontraban la originalidad como una forma de rebeldía. El artista y escritor de este ciclo personificaba el espejo de la angustia y el tormento, efectos acaso evidentes de la sobrecargada historia de sucesos nacionalistas en occidente. 

Las bellas artes para entonces comulgaban con la visión del artista como profesión; la obra como objeto de mercado. El impulso plausible de aquellos románticos, no fue sino la capacidad de imaginar, soñar y sensibilizarse frente a este paradigma burgués; conectarse con el mundo natural, para regresar a nociones de origen, que les permitiesen asimilar una exquisita variedad de pantones desde la realidad en su obra. 

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Sin embargo, cabe señalar que los parámetros del romanticismo fueron también criticados por Alfonso Reyes. La postura romántica era radicalmente opuesta al movimiento de la Ilustración –una hazaña sin duda innovadora–, pero su extremismo algunas veces llegaba a otros confines, donde la originalidad era vista con cierta arrogancia y anclada a una serie de vicios humanos, tan banales como el mismo acto de considerarse un artista con “sensibilidad”.

En este sentido, las palabras de Alfonso Reyes parecen tan frescas como en aquella época. Escribe:

Cuando el poeta, cuando el artista declaran que al fin se han descubierto a sí mismos, a veces solo logran desagradar a los demás. Y es que confunden la originalidad con la indisciplina, y creen haber encontrado su ruta por entregarse a sus impulsos temperamentales, a sus manías, a sus tics nerviosos.

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Reyes no estaba en contra de utilizar la sensibilidad como vía de acceso a la originalidad, ni tampoco a favor del arte y literatura como productos. Lo que en algunas breves líneas cuestiona, es que la originalidad sea vista como un acto individual y no como lo que realmente es: una obra colectiva, que no es ajena a los matices que nos regala la vida, ni a las perspectivas del otro, ni del pasado, ni a la gama de ideas que ya se han servido al mundo en bandeja de plata: 

Aunque tal angustia [la de alcanzar la originalidad] hace crisis en los extremosos, tanto que todos acaban por resultar triviales, habría que meditar mucho la sentencia de un maestro ultra, Lautréamont, quien dice que el milagro no puede ser obra individual, sino colectiva. 

. . . No entendamos groseramente la doctrina. No se trata de collage, sino de absorción, digestión, refundición de los temas tradicionales. Toda creación es re-creación, y recreación.

 

*Referencia: Obras Completas de Alfonso Reyes, Tomos VIII y XII, Fondo de Cultura Económica.

*Ilustraciones: Joanna Neborsky

 

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Licenciada en Derecho por la UNAM. Editora por profesión. Música por convicción.

Los pachucos: la seductora comunión entre rebeldía y elegancia

Ser pachuco es bailar la vida a ritmo de danzón, mambo y resistencia (todo, siempre, envuelto en contracultural elegancia).

A la pregunta ¿qué es un pachuco? no existe respuesta correcta o incorrecta. Porque el pachuco no es algo que se defina por un color, por una actitud y ni siquiera por una forma de baile. El pachuco es una gama de colores y una multiplicidad de actitudes y bailes, siendo incluso portadores de un basto caló.

Todo lo que son se forjó al calor de los movimientos migratorios de los años 40 del siglo pasado, y por eso un pachuco es las fronteras que cruzó, los anhelos que dejó y las nostalgias recurrentes de estar en tierra extraña. Y es también la elegancia ante la facha de quienes los discriminaban.

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Ahora el pachuco es como un fantasma: una figura con un halo de misterio que en ocasiones se pasea por las calles de Ciudad Juárez, o que arma bailongos de mambo, danzón y chachachá los sábados en Balderas, removiendo la memoria de los más grandes y retrayendo la historia a los más jóvenes.

Muchas plumas han vertido tinta en busca de la esencia del pachuco (y de las pachucas). ¿Se trata de un movimiento o son sólo unas pandillas cerradas? ¿Es moda banal o identidad permanente? ¿Son agresividad o ternura? Quizás cabría pensar que son todo eso: que hay una dialéctica del pachuco que no puede conocer extremos absolutos, como los que Octavio Paz intentó ubicar en el capítulo El Pachuco y otros extremos en su obra El laberinto de la soledad (1963).

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Pero lo que importa no es lo que otros hayan dicho del pachuco, sino lo que el pachuco hizo para ser lo que fue y lo que es actualmente. Aunque ahí bien cabría recordar a José Agustín cuando define a los pachucos como el primer movimiento contracultural mexicano, y que se trató “de una rebelión instintiva y visceral” que encontró grandes incomprensiones.

En aquellos fantasmas de carne y hueso que pueblan las ciudades puede aún reconocerse al pachuco en esas contradicciones que lo hacen un símbolo perenne, que lidia con las posibilidades del olvido pero que se yergue orgulloso de sus colores extravagantes, sus grandes cadenas y sus más que conocidos sombreros. Por eso su presencia es grandilocuente e inspira respeto como provoca alegría.

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Así, el pachuco baila un danzón permanente con la realidad para mantener la dignidad del ser mexicano y, también, la felicidad de ser mexicano. Una felicidad, por cierto, particularmente pachuca de la cual Tin Tan fue el mayor exponente, y que se ha vuelto un festejo permanente en las actuales comunidades de jóvenes pachucos. Es ahí donde la existencia discurre en un compartir con los otros, creando colectividad en donde quiera que se esté y organizando fiestas de solidaridad, como el Club Pachucos Juárez 656, en Ciudad Juárez, que organiza bailes caritativos y que documentó fabulosamente el sitio Roads and Kingdoms.

Sigamos, pues, cultivando la memoria y el gusto por estas expresiones culturales mexicanas como el pachuco, que son parte de nuestra historia. Y festejemos el ser mexicanos a su manera: bailando pa’ gastarle la suela al cacle.

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* Bibliografía: Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica, 1964, México
*Imágenes: 1) y 3) Francesco Giusti; 2) Flickr Angeloux

¿Sabías que la primera novela hispanoamericana es mexicana?

El Periquillo Sarniento, con humor, relata la vida de un personaje singular poco antes de la Independencia de México.

En 1816, el mismo año en que inició la lucha por la independencia de México, fue publicada la primera novela hispanoamericana del mundo: El Periquillo Sarniento.

En aquél tiempo ya se aludía a México como México, y no únicamente como la Nueva España. Como ejemplo tenemos parte de las primeras líneas de esta novela:

Nací en México, capital de América Septentrional, en la Nueva España. Ningunos elogios serían bastantes en mi boca para dedicarlos a mi casa patria; pero, por serlo, ningunos más sospechosos.

Su autor, José Joaquín Fernández de Lizardi, es considerado como uno de los pensadores más influyentes para el movimiento insurgente que resultó en la lucha por la independencia. Fundó el periódico El pensador mexicano (de donde le viene su sobrenombre), el cual fue vetado por las autoridades por infundir el pensamiento crítico.

Lejos de lo que podría penarse, Lizardi estudió con muchas dificultades económicas pese a haber nacido en una familia criolla. Nació pobre, y murió pobre, y en el inter de su vida se esforzó férreamente por que México fuese un país más justo a través de la educación.

Por ello, podría decirse que su obra, estuvo fuertemente abocada a la propagación de ideas que hicieran que los habitantes de México cuestionaran su realidad social. El Periquillo Sarniento, por su parte, fue muy exitosa, sobre todo luego de su muerte, ya que narra con una voz con la que el pueblo se podía identificar las pericias de un personaje llamado Pedro Sarmiento, alias “el Periquillo Sarniento”, que en su lecho de muerte decide relatar a sus hijos sus andanzas por el México preindependiente, y con mucho humor, nos muestra la realidad social a la que todo hombre está supeditado según su época, así como a las limitaciones o bondades de la propia personalidad.

Sobre todo, esta novela fue un llamado en su tiempo a reconocer las intolerables injusticias sociales, que bien pueden cambiar si se toma conciencia y se forja un camino a la voluntad.

Esta novela continúa siendo todo un clásico, y te invitamos a leerla en el siguiente enlace.

 

*Imagen: Ilustración original para la cuarta edición de El Periquillo Sarniento