Mira las calaveras intervenidas por artistas en Canadá por el Día Internacional de la Muerte (VIDEO)

La fascinación por la milenaria filosofía sobre la muerte en México ha llevado a la creación del Día Internacional de la Muerte.

Como sabrás, el Día de Muertos es una de las tradiciones más admiradas de México y de un origen antiquísimo. Ello porque más allá de ser un ritual ancestral, muestra una filosofía de la muerte en la que esta se concibe con naturalidad, incluso con humor, entre otras cualidades.

Por ello en diversos países en la víspera de este día se hacen manifestaciones que muestran la afinidad con esta filosofía. En Canadá, Ari de la Mora, artista y curadora independiente, es la creadora del Día Internacional de la Muerte en Vancouver.

Este año se hizo la segunda muestra de una exhibición de calaveras intervenidas por numerosos artistas. El proceso, sin embargo, es más complejo de lo que parece. De la Mora contactó a mujeres artesanas de la cultura popoloca de Puebla, etnia que elabora alfarería desde hace milenios.

Los artistas representan a la muerte en estas calaveras según su cultura y estilo artístico, desde un reconocimiento indirecto; una apropiación de una visión admirable en muchos sentidos.

Conoce más de los resultados del proyecto, acá.

La vida después de la muerte entre los mexicas

A al menos 4 lugares muy distintos se dirigían las almas de los aztecas según el tipo de muerte que tuvieron.

El México actual es uno de los pocos países a nivel mundial donde se tiene una fiesta relacionada con la muerte. Podemos afirmar que los mexicanos tenemos una visión muy compleja de dicho fenómeno. Esta situación era algo muy común entre los pueblos originarios o prehispánicos. Para ellos la muerte no era algo que temer, simplemente era parte de un ciclo de regeneración. La muerte daba vida, fertilizaba la tierra, alegraba los marchitos corazones de los dioses e incluso era una promesa de una mejor existencia. A diferencia del catolicismo y de las religiones monoteístas que nos dicen que dependiendo de la forma en que vivimos, iremos a diferentes espacios del “más allá”, (como el infierno, el purgatorio o el cielo) en la religión politeísta de los mexicas lo dictaba la forma y las circunstancias en que morías. Por ejemplo, si morías en batalla o sacrificado te dirigirías a un lugar diferente al que irías si hubieras muerto por un trueno, ahogado, o de viejo. En este breve texto mencionaremos los 4 espacios a los que podían ir los antiguos nahuas después de la muerte.

aztecas vida despues de la muerte

El primer espacio era el Tlalocan, la morada de la deidad Tláloc y de sus acompañantes, los Tlaloques. Un espacio lleno de agua, de vegetación, de neblina y de lluvia. En otras palabras el paraíso añorado por cualquier campesino de la antigüedad. A este lugar se dirigían los que morían por un rayo, ahogados, o por enfermedades de la piel como lepra, sarna, bubas, gota e hidrópicos. Incluso, aquellos que morían ahogados no eran incinerados, sino enterrados ya que los sacerdotes mexicas pensaban que sus cuerpos habían sido tocados por los Tlaloques y requerían un tratamiento especial. Esto debido a la hinchazón, al color azul que tomaba la piel y a la ausencia de ojos y lengua en muchas ocasiones. Parece que este concepto es antiguo, ya que existe un mural en el complejo habitacional de Tepantitla en Teotihuacán donde, de acuerdo a varios investigadores entre ellos Alfonso Caso, se recrea la visión idílica del Tlalocan. Aunque existe otra teoría que dice que dicho mural representa la vida cotidiana de la gran Tollan.

mural tlalocan aztecas despues de la muerte

 Fragmento del mural llamado “El Tlalocan”. Tepantitla, Teotihuacan.

El segundo lugar era el paraíso solar llamado Tonatiuhichan a donde iban todos aquellos que habían muerto durante el combate o sacrificados en el altar de alguna deidad. Sahagún lo relata así en laHistoria general de las cosas de la Nueva España, Libro III:

Los que se van al cielo son lo que mataban en las guerras y los cautivos que habían muerto en poder de sus enemigos: unos morían acuchillados, otros quemados vivos, otros acañavereados, otros aporreados con palos de pino, otros peleando con ellos, otros atábanles teas por todo el cuerpo y poníanlos fuego y así se quemaban.

Aquellos hombres que morían de esta forma estaban destinados a acompañar a Tonatiuh, el sol, desde el amanecer hasta su cenit, entonando cantos y bailando con el corazón inflamado de alegría. Posteriormente, quienes acompañaban al sol del cenit hasta su ocaso eran las mujeres divinas o cihuateteo. Se trataba de aquellas que habían perdido la vida en otro tipo de batalla, al dar a luz a su primer hijo. Eran consideradas grandes combatientes y en igualdad con los grandes guerreros que ofrecían su vida en el campo de batalla. Incluso los jóvenes guerreros buscaban cortarle el dedo índice al cadáver de estas mujeres para portarlo como un talismán de valor durante sus primeras batallas. Cito a Sahagún nuevamente sobre el tratamiento que le daban al cuerpo de una mujer fallecida durante su primer parto:

“jabonábanla los cabellos y la cabeza, y vestíanla de las vestiduras nuevas y buenas que tenía, y para llevarla a enterrar su marido la llevaba a cuestas donde la habían de enterrar o incinerar… luego se juntaban todas las parteras y viejas y acompañaban el cuerpo; iban todas con rodelas y espadas y dando voces, como cuando vocean los soldados al tiempo de acometer al enemigo, y salíanlas al encuentro los mancebos que se llamaban telpochtin, y peleaban con ellas por tomarlas el cuerpo de la mujer, y no peleaban como de burla o como por vía de juego sino peleaban de veras”.

Como lo mencioné antes, esta batalla que se daba en las calles de Tenochtitlán y Xaltilolco era para robarles un dedo o su cabello. Es importante mencionar que los guerreros después de acompañar durante cuatro años al sol regresaban a la tierra como aves de hermoso plumaje, más específicamente como colibríes para deleitarse por siempre con el aroma y el néctar de las flores.

El tercer lugar al que se podía ir después de muerte entre las sociedades nahuas del posclásico era al famoso Mictlán, el espacio sin ventanas, el lugar de la obscuridad donde residía Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl o Mictlancihuatl. Se dirigían a dicho lugar quienes morían de viejos o por enfermedades comunes. Los nahuas creían que cuando el sol se hundía por el oeste, era porque iba a alumbrar a los muertos. De esta forma Tonatiuh se volvía un sol del inframundo.

lugares aztecas iban depues muerte

Representación de Mictlantecuhtli. Encontrado en la Casa de las Águilas

Cuando una persona moría bajo estas circunstancias se le recogían las piernas, se las amarraban, para posteriormente cubrir el cuerpo con mantas de algodón si era noble o mantas ixtle si era común. Posteriormente se le derramaba agua en la cabeza al tiempo que se le decía “Esta es la que gozasteis viviendo en el mundo”. Era parte del ritual colocarle una piedra verde en su boca para que fuera un receptor de su tonalli o energía vital cuando abandonara el cuerpo. Antes de incinerar el bulto mortuorio se sacrificaba un perro para que acompañara al difunto hasta el Mictlán. Finalmente se incineraba el cuerpo junto con las diversas ofrendas que se le habían otorgado al difunto, no sin antes haber alanceado o golpeado el bulto mortuorio. Es importante aclarar que el sacrificio del perro, de preferencia de color bermejo se debía al trayecto que tenía que realizar el muerto para llegar a su hogar de eterno descanso el Mictlán. Este trayecto consistía en atravesar el lugar donde las dos montañas chocan entre sí, ocho páramos, ocho collados, el lugar de la lagartija verde y el de la serpiente, el lugar donde sopla el viento frío de navajas, un lugar donde eran atacados por felinos y finalmente atravesar montado y auxiliado por el perrito bermejo el río llamado Chiconahuapan.

Otros nombres del Mictlán son Tocenchan y Tocenpapolihuiyan que significa “nuestra casa común” o “nuestra casa común de perderse”. También Ximoayan “donde están los despojados, los descarnados” o simplemente Huilohuayan “ donde todos van”.

Existía un último lugar que existía más allá de la vida de acuerdo a la cosmovisión mexica y estaba reservado para los niños que no podían valerse por sí mismos o que eran de cama. Llevaba el nombre de Chichihuacuauhco. En dicho lugar existían arboles con senos femeninos que surgían de sus troncos y ramas derramando gran cantidad de leche. En este espacio los pequeños difuntos se alimentaban y se preparaban para regresar a la tierra y tener una segunda oportunidad de vida. Sahagún en sus Primeros Memoriales lo describe así:

“ El que moría muy niñito y era una creatura que estaba en la cama se decía que no iba allá al mundo de los muertos, sólo iba allá al Xochatlapan. Dizque allí esta erguido el árbol nodriza, maman de él los niñitos, bajo él están haciendo ruido con sus bocas los niñitos , de sus bocas viene a estarse derramando leche”

 

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*Imagen: 1 y 3) sabbhat.deviantart.com/art/Mictlantecuhtli-404002165

 

*Fuentes:

Matos Moctezuma, Eduardo, Muerte a filo de obsidiana, SEP, México, 1986, 153 pp.

De Sahagún, Bernardino, Historia general delas cosas e Nueva España, Porrúa Sepan cuantos…,México, 2006, 1061 pp.

Graulich, Michel, El sacrificio humano entre los aztecas, FCE, México, 2016, 477 pp.

 

 

 

 

 

 

Enrique Ortiz
Autor: Enrique Ortiz
Escritor, conferencista y divulgador de la historia mesoamericana. En busca de las raíces de una nación llamada México. Mejor conocido en el mundo digital como Tlahtoani Cuauhtemoc
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Simbología del ritual de Día de muertos

Durante los Días de muertos, las calles de México se atavían de gran significado, la más elegante es sin duda la ofrenda.

Los misterios siempre habrán de invocar a la explicación. Y cuando no es posible observarlos, se imaginan. Se miran con ese otro ojo de la mente que construye su criterio con recuerdos, con lo que hay. El ritual de la muerte en México, el 1 y 2 de noviembre, es esa clase de misterio que, por un lado, se observa y se ejemplifica con símbolos pero por otro se imagina construyendo canales hacía el pasado. 

La costumbre popular de ofrendar a los muertos en estas fechas es tan antigua como la propia civilización que antecedió la conquista y poco más. Incluso, hubo quienes afirmaron que el mexicano ha vivido y dormido con la muerte desde hace mucho tiempo. Se ríe con ella y se ríe de ella. Lo espera ella sentada en cada esquina; el mexicano lo sabe por eso es tan imprescindible ofrendarle cuando se puede. 

Pero, volviendo a los símbolos, es preciso recordar que las antiguas culturas mexicanas contemplaron y estudiaron la naturaleza para atestar de significado a los que serían sus próximos símbolos de vida –uno de los más fuertes es por su puesto la muerte. Por eso es que no puedes encontrar más verdad sobre México que en sus símbolos, sus verdades cósmicas. No se puede ignorar la costumbre (un mero instrumento que conduce al símbolo) pero sobre todo no hay probabilidad de olvidar lo importante que es respetar estos símbolos para nuestra cultura.

Durante los Días de muertos, las calles de México –aún presumiendo su apabullaste globalización– se atavían de gran significado, la más elegante es sin duda la ofrenda.

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La ofrenda mortuoria posa sus raíces en las danzas y los llamados cantos de lamentación que culturas como la azteca llevaban a cabo al respecto de sus muertos. Se oían pronunciar estos “lamentos” armónicos comúnmente cuando los guerreros morían; las viudas y los hijos salían de sus casas al sonido de ellos, y proceder a realizar un pequeño ritual que involucraba las armas del difunto, su vestimenta y sus insignias. Algo como lo que hoy se acostumbra cuando las pertenencias del difunto se colocan sobre una ofrenda

Los guerreros muertos estaban vivos gracias a este ritual, que entre otras cosas celebraba el regreso de los guerreros a la “dimensión telúrica”, el origen. Luego de cuatro días de baile, los cuerpos eran sometidos a un  proceso de amortaje para convertirse en bulto. Aquí iniciaba la ofrenda de alimentos.

Con la ofrenda se da por sentado que existen tantos símbolos como ingredientes folclóricos en ella; un ritual que eleva su importancia a la que se tiene por los difuntos queridos. Desde aquél entonces y hasta hoy en día –a unos 500 años de la colonización y la mezcolanza de culturas–, la ofrenda sigue teniendo por fin elogiar y alimentar a los muertos.

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Algunas de las insignias más populares de la ofrenda y su traducción son:

Comida 

Generalmente la favorita de los difuntos. También pueden agregarse placeres mundanos como los cigarros o el alcohol, si estos eran del agrado del fallecido. La tradición ha permitido mantener platillos típicos mexicanos como el mole con arroz. 

Flores

Especialmente la flor de cempasúchil. Sirve de guía para los muertos de regreso al más allá. 

Copal

Purifica. El copal también sirve de alimento  a los espíritus, de guía a su regreso al más allá y ahuyenta las malas energías.

Veladoras (fuego)

Papel picado

Un puente entre la vida y la muerte.

Calaveras 

Ya sea de azúcar o de chocolate, representan el espíritu de cada difunto de la familia.

Pan de muerto

Sirve de alimento a los espíritus. Antiguamente este alimento no existía, pero en su lugar se contaba con el sacrificio del corazón de una joven que posteriormente era introducido a una olla de amaranto hirviente.

Cruz de cal, semillas o flores

Son los cuatro puntos cardinales que antiguamente se asimilaban a las cuatro deidades de los cuatro elementos.

Imagen del difunto (o de un santo devoto)

La mezcla de culturas ha permitido que la devoción de las antiguas deudas haya cambiado de nombre. Hoy en día muchas ofrendas posan en su cúspide la imagen de un santo a quien se le reza para que interceda por sus difuntos. En otras ocasiones se expone la imagen de los difuntos ofrendados.

Sal

Para purificar las almas de los niños.

Vaso de agua

Para calmar la sed del espíritu.

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Como bien se observa, en cada ofrenda se representan los elementos naturales (agua, tierra, fuego, viento; vaso con agua, semillas y flores, veladoras y papel picado respectivamente), justo como se hacía en épocas antiguas. El símbolo que es la ofrenda, es un reflejo de una ley cósmica que hasta la fecha hemos comprendido imaginando recuerdos, un símbolo que se dice eterno porque ha nacido de una verdad universal: la muerte.

*Imágenes: 1) Roberto Robles – Flickr / Creative Commons; 2) Damián Rondana  – Flickr / Creative Commons; 3) Ivan Hernández – Flickr / Creative Commons; 4) Miguel Arzola – Flickr / Creative Commons

El culto a la Santa Muerte: de la cosmovisión prehispánica a la actualidad

Memoria sagrada y ancestral. La muerte ha sido un referente en todas las etapas de México y un recordatorio para no temer al más allá de la vida.

Quién teme la muerte no goza la vida

Mateo Alemán

El culto a la Santa Muerte es una práctica ritual mucho más antigua de lo que se cree. Si bien, fue en 2001 cuando Enriqueta Romero erigió el primer altar a la Santa Muerte en el corazón de Tepito, en la Ciudad de México, este rito poco aceptado en la modernidad posa sus orígenes en el México prehispánico

En la antigüedad, el equilibrio de la vida no podía darlo sino la muerte. Figura en la filosofía prehispánica como una divinidad: Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl –dios y diosa de la muerte, protectores del Mictlán– en la cultura azteca, o Ah Puch, dios del Xibalbá o inframundo, en la cultura maya. Como todas las energías que dialogan sobre el cosmos, la muerte fue un referente para ofrendar al menos desde hace unos tres mil años. Y el hecho mismo de venerarla tan frecuentemente resultaba un recordatorio para no temer a su carácter desconocido. 

Mictlantecuhtli
                                                              Mictlantecuhtli

Un aspecto peculiar sobre la cultura ancestral mexicana que interesa en el mundo, es el hecho de poseer a la muerte en la cotidianidad. La capacidad de reírnos y aceptarla con alegría como un destino, forma parte de una tradición milenaria que llevamos los mexicanos en la sangre. No sorprende pensar, por ejemplo, que los días 1 y 2 de noviembre se celebran a los muertos con flores y colores folclóricos.

Pero el culto a la Santa Muerte fue más allá del papel metafórico-espiritual. 

El siglo XX fue testigo del nacimiento de un sincretismo extraordinario, donde el culto a la muerte y el catolicismo mostraron una versión alterna de una de tantas prácticas paganas de la época. La adoración de un esqueleto al que llamaban “muerte”, fue santificado al igual que un santo católico, ocultándose por siglos del señalamiento cristiano.

culto a la santa muerte

Tuvo un segundo aire en los años sesentas, pero con las reformas creadas a la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, en los años 90’s, se popularizó oficialmente como un fenómeno religioso. 

Contrario a lo que muchos piensan, la figura de la Santa Muerte es un símbolo de justicia, más no de venganza. La imagen que de ella se ha difundido en miles de réplicas de todos tamaños, sostiene en sus manos una balanza de equidad. Su fin primordial es el de interceder a favor del milagro. Sus creyentes piden principalmente por amor, dinero, buena suerte y protección. 

Hoy en día alrededor de 5 millones de devotos de la Santa Muerte portan su imagen en distintas formas peculiares. Collares, pulseras o tatuajes; en camisetas, en las paredes de sus casas, en la música y por supuesto en altares de todos tamaños. Y aunque el número de creyentes ha bajado considerablemente en los últimos años, y con la aparición de San Judas Tadeo –también, un santo de los milagros–,  la muerte sigue siendo un símbolo en la psique colectiva de México, hoy y siempre.

santa muerte mexico

*Fuentes: 

Flores Martos Juan Antonio, Abad Gonzalez Luisa, “Etnografías de la muerte y las culturas en América Latina”, ediciones La Mancha, 2007.

 

*Imágenes: 1) vocativ.com; 2) sabbhat.deviantart.com; 3) Creative Commons; 4) nuestramirada.org