Aspectos sobre el culto a la luna de los antiguos mexicanos

Los mexicas y otras culturas mesoamericanas conocían la gran influencia de la luna en nuestras vidas, desde la fecundación, el nacimiento, la agricultura, y por ello la honraban.

La luna es quizá el astro y símbolo más asociado a los ciclos. Como la luna nace, crece y vuelve a nacer de manera perenne, ha sido motivo de asombro para el humano, ¿no es así el ciclo de la vida y la muerte también?

Por ello para los antiguos mexicanos la luna estuvo siempre asociada a aspectos también apreciados en otras culturas como nacimiento, crecimiento, plenitud, decaimiento y muerte; a  la lluvia, la vida de las plantas, la menstruación y por consiguiente, la fertilidad y la reproducción. También se le asociaba al tiempo y al destino, a la regeneración y a la oposición de la luz y la oscuridad.

Para los mexicas, la luna (metzli) guardaba una relación estrecha con el agua, sabían, que esta influía en enormemente en este líquido vital. El texto del investigador Yólotl González Torres, Algunos Aspectos del Culto a la Luna en el México Antiguo, nos concede una atrayente síntesis sobre este tema, y de él extraemos la información que a continuación compartimos.

Estaba íntimamente asociada al pulque:

El animal lunar por excelencia es el conejo y en los mitos de la creación este fue arrojado al rostro de la luna por Papáztac, uno de los dioses del pulque. “Los dioses del pulque son llamados los Centzon totochtin “cuatrocientos conejos”, y uno de los principales se llama Ome TochtIi “dos conejo”. Estos dioses junto con Mayahuel, la diosa del maguey, llevan en su indumentaria adornos como el yacametztli, “nariguera de la luna”, y en sus escudos el glifo lunar. En algunas ocasiones, el vestido de Mayahuel estaba adornado con cuartos crecientes.

En lo religioso:

“Estaba directa o indirectamente relacionada con gran número de dioses; entre los principales se encuentran Tláloc y otros dioses del agua, Quetzalcóatl, Tezcatlipoca y los dioses del pulque, y aún Huitzilopochtli, o más bien el dios que adoraba Huitzilopochtli, es decir, Tetzauhtéotl. Así lo encontramos en Cristóbal del Castillo” … aquel mágico que llamaban el dios agorero (Tetzauhtéotl) les dijo que él era la luna (Metztli); así que también por esto se llamaron Quetzalcóatl usa como pectoral una sección de caracol, el ehecailacatzcózcatl, símbolo del viento y de la luna.” Varios investigadores consideran a Toci-Teteo Innan y a Xochiquétzal como las diosas lunares por excelencia. Piensan que la primera es la luna vieja y la segunda la luna joven. Como Toci es identificada con Tlazoltéotl y con Mayáhuel, a todas ellas se les considera diosas lunares.

Asociada a la toltequidad y el agua:

Se piensa que “Tula era la ciudad de la luna, que estaba situada al oeste. Como ciudad de los tules, la relacionaba con el agua, razón por la cual, dice, los toltecas usaban mantas y ropas pintadas de azul y tocados en forma de caracol. Además era una ciudad que existía antes del nacimiento del sol, que estaba habitada por los antepasados, por los primeros hombres”.

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A los caracoles:

“Sabiendo que el principal nombre que recibía el dios de la luna era Tecciztécatl, pensamos que lógicamente el Tecucizcalco, “la casa de caracoles”, era un lugar en donde se adoraba a la luna. e templo, dice “debía de ser dedicado a la luna porque los antiguos mexicanos la llamaban Tecuciztécatl.  Además dice que en este templo estaba  el dios Omeácatl, que tiene atributos nocturnos y lunares y que parece ser una de las advocaciones de Tezcatlipoca.”

A la agricultura:

“La asociación entre luna y vegetación es tan fuerte, que muchos dioses de la fertilidad son también divinidades de la luna”.

A lo femenino:

“Thompson tiene la teoría que en toda Mesoamérica las deidades lunares son concebidas como femeninas, y que si Tecciztécatl, deidad que se convirtió en luna, es de sexo masculino, no tiene mayor importancia, porque el caracol está más bien relacionado con el interior de la tierra y con el principio femenino.”

En los Códices:

La luna está asociada al norte, a Mictlán, el país de los muertos.

Para los mexicas, según nos explica González Torres, la luna estaba presente en su cosmovisión como un elemento que hacía converger los ámbitos del agua, vegetación, muerte, renacimiento; no hacía falta nombrarla directamente. Sin sobreexplicaciones, estaba presente en su esencia sagrada como una obviedad en aspectos múltiples y fundamentales de la vida cotidiana y ritual.

*Fuente: Algunos Aspectos del Culto a la Luna en el México Antiguo/Yólotl González Torres.

Si la Luna fuera de pulque: un precioso mito ilustrado

En la versión de este ilustrador mexicano, las disputas entre el conejo y el tlacuache determinan las fases lunares…

Los mitos mexicanos son absolutamente entrañables. Especialmente porque resguardan en su interior una conexión indeleble con la naturaleza y las formas de vida que la conforman; particularmente con los animales y las plantas. Hay muchas leyendas antiguas en donde los animales son los protagonistas y de sus acciones dependen distintos ciclos o posibilidades del mundo.

Es natural en ese sentido, que estas historias continuen permeando el imaginario y sirvan de inspiración para los artistas mexicanos contemporáneos. Entre ellos resalta por su ingenio y simplicidad el trabajo del ilustrador David Álvarez, que en su libro “Noche antigua” hace un cuidadoso pastiche de diversas narraciones y mitos del México antiguo.

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Entre ellos hay una explicación preciosa que da razón a las fases lunares. En su versión, son las disputas entre el conejo y el tlacuache lo que las determina. Ambos animales son vitales en la cosmogonía nahua

El tlacuache, el conejo, el pulque y la Luna

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El tlacuache, por su parte, figura en una linda leyenda que lo describe como un astuto personaje que fue capaz de robarse el fuego para los hombres (algo así como el Prometeo griego). Siempre se le relaciona con el acto de robar, con la picardía, la fiesta y la embriaguez como cuenta Alfredo López Austin en su libro “Los mitos del tlacuache”.  

El pulque es su punto de encuentro con el conejo. El tlacuache gusta beberlo, pero el conejo es una suerte de deidad que lo domina. De hecho, deidades del pulque hay 400, todas representadas por conejos.

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Y entre el conejo y la Luna también hay una relación muy cercana. No solo está estampado el animal en el astro: ambos están asociados a la fertilidad, igual que la blanca bebida embriagante; igual que el maguey de donde es extraída el aguamiel. Otra leyenda cuenta que la Luna es una olla llena de pulque, que se va vaciando para fertilizar la tierra.

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Relata David Álvarez con sus delicadas ilustraciones que el conejo la hace de tlachiquero y extrae el aguamiel para rellenar de pulque la olla de la Luna; pero el tlacuache, ingenioso ladrón, perfora la olla y se bebe el brillante líquido.

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La explicación podría sonarnos infantil, pero, apreciada desde una óptica más sensible puede ser un recordatorio de que hay fuerzas ajenas a nosotros que se encargan de mantener activos esos fenómenos de la naturaleza que nos embelesan. Y tiene sentido tratarlos con la ternura con la que David Álvarez trató a estas leyendas.

Descubren un túnel al inframundo en Teotihuacán (VIDEO)

Esta ciudad no solo guarda una plaza lunar que dibuja literalmente cráteres, o una cueva de cuatro pétalos subterránea, también un túnel que emula el inframundo.

Hace menos de un año, un hallazgo arqueológico nos acercó a los grandes misterios en torno a Palenque. Un complejo sistema hidráulico debajo de la tumba de Pakal (uno de los gobernantes más queridos del mundo maya) fue descubierto. Su finalidad, según apuntan los estudios, fue el crear el camino para que K´nich Janaab´Pakal descendiera a las aguas del inframundo.

La misteriosa cultura teotihuacana, como muchas más de Mesoamérica, también abundó en la concepción del inframundo. La ciudad de Teotihuacán es aún todo un enigma (se sabe muy poco de esta cultura), y recién se descubrió que bajo el suelo de la Plaza de la Luna yace una especie de instalación que emula la superficie lunar. En el sitio han sido descubiertos cráteres, estelas lisas de piedra verde y conductos que simulaban al universo.

También sabemos que la Pirámide del Sol está construida en relación a una cueva con forma de flor de cuatro pétalos ubicada debajo de la misma.  La plaza lunar, por su parte guarda 3 altares en su interior. Se trata, así, de una ciudad magnífica, enormemente mística. Ahora, investigadores del INAH confirmaron el hallazgo de un túnel (hasta ahora se ha descubierto que tiene 10 metros de profundidad) y que se trata de una emulación a el inframundo.  

La leyenda del Conejo en la Luna

Seguro de niño encontraste el parecido del dibujo de la luna al del conejo, el cual se ganó ese privilegiado lugar gracias a su nobleza.

Para los antiguos mexicanos no era casualidad que un conejo habitara la luna. Según describe Alfredo López Austin en su libro El Conejo en la Cara de la Luna “el conejo es el animal asociado con el licor fermentado (el pulque), con el sur y con la naturaleza fría de las cosas; y la luna es el astro relacionado con la embriaguez y con las transformaciones de los procesos de fermentación, con la menstruación y el embarazo”. Ambos seres, entonces, han estado milenariamente vinculados con temas similares.

En numerosos grupos prehispánicos existen leyendas sobre la morada perenne del conejo en la luna como el caso de los chinantecos, mexicas, mayas, tsetsales, mixtecos, purépechas, etc. 

Presentamos algunas leyendas sobre la llegada del conejo a la luna  y su arquetípico significado desde distintas tradiciones:

La leyenda teotihuacana registrada en la Historia general de las cosas de la Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún:

Antes de que hubiese día, se reunieron los dioses en Teotihuacan y dijeron, ¿Quién alumbrará el mundo? Un dios rico (Tecuzitecatl), dijo yo tomo el cargo de alumbrar el mundo. ¿Quién será el otro?, y como nadie respondía, se lo ordenaron a otro dios que era pobre y buboso (Nanahuatzin). Después del nombramiento, los dos comenzaron a hacer penitencia y a elevar oraciones. El dios rico ofreció plumas valiosas de un ave que llamaban quetzal, pelotas de oro, piedras preciosas, coral e incienso de copal. El buboso (que se llamaba Nanauatzin), ofrecía cañas verdes, bolas de heno, espinas de maguey cubiertas con su sangre, y en lugar de copal, ofrecía las postillas de sus bubas. A la media noche se terminó la penitencia y comenzaron los oficios. Los dioses regalaron al dios rico un hermoso plumaje y una chaqueta de lienzo y al dios pobre, una estola de papel. Después encendieron fuego y ordenaron al dios rico que se metiera dentro. Pero tuvo miedo y se echó para atrás. Lo intentó de nuevo y volvió para atrás, así hasta cuatro veces. Entonces le tocó el turno a Nanauatzin que cerró los ojos y se metió en el fuego y ardió. Cuando el rico lo vio, le imitó. A continuación entró un águila, que también se quemó (por eso el águila tiene las plumas hoscas, color moreno muy oscuro o negrestinas, color negruzco); después entró un tigre que se chamuscó y quedó manchado de blanco y negro. Los dioses se sentaron entonces a esperar de qué parte saldría Nanauatzin; miraron hacia Oriente y vieron salir el Sol muy colorado; no le podían mirar y echaba rayos por todas partes. Volvieron a mirar hacia Oriente y vieron salir la Luna. Al principio los dos dioses resplandecían por igual, pero uno de los presentes arrojó un conejo a la cara del dios rico y de esa manera le disminuyó el resplandor. Todos se quedaron quietos sobre la tierra; después decidieron morir para dar de esa manera la vida al Sol y la Luna. Fue el Aire quien se encargó de matarlos y a continuación el Viento empezó a soplar y a mover, primero al Sol y más tarde a la Luna. Por eso sale el Sol durante el día y la Luna más tarde.

En la versión mexica de Leyenda del Conejo en la Luna retomada del texto Leyendas Mexicanas para disfrutar en Familia.

Quetzalcóatl, el dios grande y bueno, se fue a viajar una vez por el mundo en figura de hombre. Como había caminado todo un día, a la caída de la tarde se sintió fatigado y con hambre. Pero todavía siguió caminando, caminando, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y la luna se asomó a la ventana de los cielos. Entonces se sentó a la orilla del camino, y estaba allí descansando, cuando vio a un conejito que había salido a cenar.  

–¿Qué estás comiendo?, – le preguntó.la leyenda del conejo en la luna

Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?

–Gracias, pero yo no como zacate.

–¿Qué vas a hacer entonces?

–Morirme tal vez de hambre y de sed.

El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo;

–Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí.

Entonces el dios acarició al conejito y le dijo:

–Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.

Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo:

–Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.

 

La leyenda chinanteca (extracto de El Conejo en la Cara de la Luna de Alfredo López Austin):

Entre los chinantecos, pueblo que vive en el estado de Oaxaca, se cuenta que Sol y Luna eran dos niños, hermano y hermana. Los pequeños Sol y Luna mataron al águila de los brillantes ojos: Luna tomó el ojo derecho, que era de oro; Sol recogió el ojo izquierdo, que era de plata. Tras mucho caminar, Luna sintió sed. Sol prometió decirle dónde había agua a condición de que permutaran los ojos del águila; además, le impuso a su hermana la condición de que no bebiera el agua hasta que el Cura conejo bendijera el pozo. Luna desobedeció y su hermano le golpeó el rostro con el Cura Conejo; a esto se debe que Luna tenga hoy la cara manchada.

 

*Imágenes: 2) Vovan13