4 diseñadores de alta costura que se han inspirado en la lucha libre (FOTOS)

La lucha libre, mezcla de fantasia, humor y destreza, ha llevado al mundo también una estética inigualable de heroísmo e iridiscencia.

Hacia 1863, cuando en México se llevaba a cabo la Intervención Francesa, Enrique Ugartechea creó y desarrolló el deporte-espectáculo por excelencia del país, la lucha libre, y se convirtió en el primer luchador de este tipo en el mundo, inspirado en la antigua lucha grecorromana.

Para la primera década del siglo XX, existían ya compañías que propulsaron la carrera de numerosos luchadores. En 1930 este deporte-teatral era ya tan popular que se creó la Empresa Mexicana de Lucha libre, el antecesor directo del Consejo Mundial de Lucha Libre. Desde entonces este deporte ha llamado la atención del mundo por su excentricidad, teatralidad, mezcla de humor, pero también de destreza física.

Y entre sus cualidades notables, se encuentra la estética. Sus trajes, siempre eléctricos, y sus mascaras, tan estridentes, son un mundo de creatividad solo conseguida (en su tipo) por este mundo de la lucha libre. La geometría que rodea los orificios de los ojos, las botas, lo plateado, metálico, tornasol, es inconfundible esta nueva estética traída al mundo por esta fantasía-deporte.

Su influencia estética, dede luego, ha incidido en el mundo, y una de sus manifestaciones se muestra en pasarelas de diseñadores de distintas nacionales donde están presentes las máscaras, naturalmente, pero sobre todo la iridiscencia es la que permea estos trajes, tan extravagantes como teatrales y luminosos.

Hoy te presentamos diseñadores internacionales de alta costura inspirados por la lucha libre, musa sobre todo desde los años 80, su presencia en la moda es esporádica, y siempre continua:

 

Manfred Thierry Mugler

moda inspirada lucha libre Manfred Thierry Mugler

moda inspirada lucha libre Manfred Thierry Mugler

En 1984, este diseñador alemán, quien para estas fechas ya había adquirido gran prestigio, lanzó su colección conocida como F/W. En esta pasarela (que se convirtió en un ring) colmada de licras, leotrardos, máscaras, botas de lucha, etc, las modelos hicieron demostraciones, homenajeando a personajes como El Santo, Blue Demon y Mil Máscaras.

 

Yukihiro Teshima

Yukihiro Teshima influencia moda lucha libre

Yukihiro Teshima  moda lucha libre influencia

A este diseñador japonés su abuelo lo llevó a la lucha cuando tenía solo 7 años, quedó impresionado. Ahora es un prestigiado diseñador que creó su marca Yukihero Pro-Wrestling inspirada en este deporte. Sus colecciones estás basadas en la estética de este espectáculo, con artículos para ambos sexos. En 2013, en el Tokyo New Designer Fashion Grand Prix, sus modelos llamaron la atención del mundo con sus originales trajes, todos alusivos a la lucha libre y su brillo.

 

Markus Kupfer

lucha libre influencia moda Markus Kupfer

moda lucha libre influencia Yukihiro Teshima

Su colección S/S 2016 estuvo inspirada en la lucha libre. A partir de su estética creó vestidos, faldas, chaquetas, pantalones, e incluso la actriz Maisie Williams de Game of Thrones, hizo famoso uno de sus atuendos en eventos sociales.

 

Jean Paul Gaultier

lucha libre influencia moda Jean Paul Gaultier

lucha libre influencia moda Jean Paul Gaultier

lucha libre influencia moda Jean Paul Gaultier

Para su colección Primavera- Verano 2015, dentro de Le Gran Rex, en París, modelos con máscaras y estridentes atuendos desfilaron en una simulación de una competencia llamada Miss Lucha Libre.

Imágenes: 2,3 y 4) Europeana;  5) Yukihero Facebook; 7)Markus Lupfer; 11) AFP/ Getty Images

19S: el día que “glitcheó” mi subjetividad (CRÓNICA)

Si México fuera “uno solo” no aguantaríamos nada. Son nuestros quiebres los que nos hacen resilientes.

Con cariño para las chicas de LCD y Sandra, Marén, Yolanda, Andrea, Ian y Javier

Por comprenderme.

Glitch: un quiebre y/o una disrupción en el flujo esperado de un sistema.

Nick Briz

“Únicamente quien supiera contemplar su propio pasado como un producto de la coacción y la necesidad, sería capaz de sacarle para sí el mayor provecho en cualquier situación presente. Pues lo que uno ha vivido es, en el mejor de los casos, comparable a una bella estatua que hubiera perdido todos sus miembros al ser transportada y ya sólo ofreciera ahora el valioso bloque en el que uno mismo habrá de cincelar la imagen de su propio futuro”.

Walter Benjamin, Dirección única, 1928


La muerte nos va a agarrar parejo. Por eso en secreto la llamaré “la democrática”, la horizontal, la incluyente. Lo que plantea su materialidad  no discrimina, como invariablemente hacemos nosotros, los sujetos.

El 19 de septiembre de 2017 llegué tarde a la oficina en la Condesa, CDMX. Estaba decidiendome entre escribir una nota sobre Alberto Kalach y una sobre maíz transgénico, cuando de pronto, a pesar del simulacro, de la efeméride y de todo pronóstico sobre lo poco poéticas que son nuestras vidas, empezó a temblar. Lo sentí inmediatamente, como un jalón que, específicamente se enganchó a mi corazón. Este, haciendo lo posible por no frenarse, dio un vuelco y luego otro. Mi mirada buscó la de la chica que estaba escribiendo junto a mí: corre. Una confirmación extraña y después los gritos, anunciando a todos, que paradójicamente, había que abandonar la casa: estaba temblando.

No era como otras veces. La intensidad, la tierra haciendo resonar sus benditas entrañas lacustres, nunca había conocido esa sensación. Pero fue en ese instante, cuando miré hacia arriba y los cables en el cielo dejaron de formar patrones cuadrados y se transformaron en ondas intensas, imparables —como olas de la costa de Oaxaca—  que comprendí que algo en mí estaba quebrándose para siempre.

 
 
 
 
 
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Mi cuerpo quería desparramarse, fracturarse. El enfrentamiento con La Democrática, que siempre había esperado —como supongo que hace casi cualquier mexicano, desde que empezó la guerra contra el narco— no se anunció, no me alertó y en ese aparecer espontáneo me hizo hincarme. “Párate, no puedes estar en el piso”, que, por cierto, estaba rompiéndose, también, como yo. El abrazo de la otra redactora me contuvo y su rostro, implorando mi calma que, francamente, nunca llegó. Pero me levanté, a tiempo para ver caer pedazos enteros del edificio de enfrente, sobre todo ese grande que cayó sobre un perrito o gatito negro, cuyo torso terminó aplastado y funcionó, para mí, como evidencia suficiente de que el mundo que conocía había terminado.

“Mi hermana”, murmuré y luego grité múltiples veces, desnudando mi propia estructura y anunciando que, en efecto, solo quería confirmación de que mi hermana estaba bien. Los momentos que siguen son confusos, el gas inundó las calles y un par de ventanas estallaron. Corre. De nuevo. Corre. Cientos de sujetos corriendo sin rumbo, solo para encontrarse con otros cientos. El control: lo perdí. Fue inmediato. Perdí el control. Pasaba de la ansiedad, de la risa, a los gritos, al llanto incontenible. Perdí el control: mi estructura se evidenció de tal manera, con tanta transparencia, que desaparecí.

Confirmé rápidamente el bienestar de mi hermana y de tantos otros queridos. Por el momento, las cosas estaban estables. Ironía. La calle era un caos y la noticia repentina de que el epicentro había sido en Morelos me cayó terrible, soy de allá y mi casa allá está, con mi mamá y otra hermana. Y mis amigos de antes. Y los cerros. Y las cosas que conozco.

Mi papá me compartió un mensaje que dejó más en claro el panorama: la lista de edificios que, hasta el momento, habían sido registrados como colapsados. Escuelas, primarias, multifamiliares completos. Muchos cerca de mi casa.

Una buena amiga me recogió y realizamos una travesía inmensa desde la Condesa, hasta la Alberca Olímpica.

Algunos episodios notables:

  1. Insurgentes, abarrotada de seres humanos, anticipando que los próximos días, las calles iban a pertenecer a los peatones y no a los coches.
  2. La farmacia, donde compré sueros a 30 pesos (“Lucrando con el temblor”, le dije cínicamente a la tendera) y un par de cajas de ketorolaco, estaba prácticamente vacía; delatando a mi ser paranoico que probablemente habría escasez, pero estaba equivocada, en los días que siguieron, no faltó nada.
  3. Una mujer vendiendo plátanos, hizo eco en lo que restaba de humanidad en mí y compré un par de kilos que cargué psicoticamente hasta la casa y terminé regalando a brigadistas.
  4. Una señora de 90 años en silla de ruedas, y su cuidadora de más de 60, que me llevé conmigo y mi amiga, y los plátanos, en una escena que me recuerda (y no sé bien por qué) a El Viaje de Chihiro.
  5. Los de la marina corriendo formados, cargando picos y la visión lejana del primer edificio colapsado que presencie en la vida.

Llegar al departamento no fue agradable. Mi pésima reacción había marcado una distancia seria entre mi subjetividad y las de los demás. Yo era un peligro, dadas las circunstancias. De ahí en adelante se hizo mucho: además de ayudar a controlar el tráfico en una ciudad sin semáforos, no dormir por 6 días, ayudar en los acopios, cargar, perseguir derrumbes, el momento más importante fue la breve participación que tuve en las brigadas.

No quisiera repetir lo que posiblemente todos han pensado. Sí, la solidaridad fue inmensa. Escuché por ahí la frase: “tranquilos, todos tienen derecho a ayudar”, mientras nos formaban y vestían con cascos y guantes para acercarnos más o menos protegidos a los derrumbes a cargar piedra. Éramos tantos. Pero lo increíble, lo que realmente me marcó fue que “no éramos uno”, México no “fue uno” ese día, para nada. La Democrática no agarró parejo. No ese día. Éramos un chingo, eso sí, y éramos absurdamente distintos y era obvio que no veníamos ni del mismo lado, ni estábamos cortados con la misma tijera; pero estábamos juntos.

El glitch, la falla espontánea en el sistema, la acumulación de tensiones que culminó en caos, me partió en miles, me hizo perder el control y cuando me encontré con mis cimientos, no había nada (en serio, nada, carajo, es carne), pero entre esas grietas, lo que vi, lo que sentí, fue a un chingo de personas. Unas me dieron comida, otras café, unas me abrazaron, me protegieron, me llamaron, me buscaron. Me subí al coche de un hombre desconocido: ¿en qué clase de circunstancia haría tal estupidez?  El señor nos llevó a varias chicas apretujadas a un derrumbe. Feliz de hacer algo, de poner en marcha el coche, de funcionar como un puente entre la geografía y la materialidad-peatón y no ser un vehículo predominante en el diseño de lo urbano.

Una anécdota divertida, que resume para mí el estar-juntos:

19-septiembre-19s-sismo-temblor-reflexion-cronica
Todos dieron lo que tenían. Por suerte lo que ellos tenían eran tacos al pastor…

El 20 de septiembre de 2017, llevábamos horas formados intentando pasar al derrumbe en Petén (lugar que nunca voy a olvidar), acababan de sacar a alguien, pero sin vida: los ánimos bajaron. Estaba lloviendo. Hacía frío. Estaban al borde de sacar a otra persona más, con vida. “¡Mazos! ¡Mazos!” comenzaron a gritar todos. Necesitaban mazos. Así, todos gritabamos, el mensaje se corría y alguien en algún momento llegaría con un mazo; un pinche mazo, era la distancia entre el afuera y el adentro para alguien. No llegaba, gritábamos como idiotas y no llegaba. Llegó. Silencio. Puño en alto. A la espera. Tal vez sale. Tal vez sale y bien. En eso, de la nada, un tipo llega corriendo a la zona con una cantidad absurda de vasos, desbordando vasos. “¡Aquí están, aquí están los vasos!” gritó emocionado, convencido de su utilidad. “Mazos, pendejo” le dijo alguien. Todos nos empezamos a reír, también el de los vasos, risas y llanto, claro. Risas a lo cabrón. Unos minutos después se alzaron los puños. Los mazos (y los vasos) cumplieron su cometido. Alguien salió con vida. ¿Quién? Pues qué chingados importa. Estaba vivo.

No tengo nada contra La Democrática. En cualquier caso, nos va a agarrar parejo. Ese día aprendí eso. Pero así como ella, también entendí que nuestra identidad, la narración de estas subjetividades trabajando en conjunto, también puede ser como la muerte, agarra parejo. Yo lo viví, no se me olvida. Cada vez que aparecen los gandallas, que matan a alguien o lo desaparecen, me acuerdo de que ustedes también pueden agarrar parejo. De que si hoy tiembla (bendita poesía), van a venir por mí. Y yo voy a ir por ustedes. Hoy, solo hoy, no importa lo que significa ser mexicano.

Cortesía de Juan Villoro, para quienes no saben quiénes son: son el lugar donde habitan; son el espacio que administran. ¿Y de dónde son? Son del lugar donde recogen la basura. Y yo también. Ahí te espero.

Epílogo

 
 
 
 
 
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La muerte natural no existe: cualquier muerte es un asesinato. Y si no se protesta, se consiente. Yo desconfiaría aún con el dedo en Su llaga.

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El 23 de septiembre de 2017 volvió a temblar. Una cosa llevó a la otra y terminé con un ataque de ansiedad imparable y terrible. Como nunca antes sentí la distancia entre mi subjetividad y la de otros. Yo era un peligro, dadas las circunstancias. Perdí mucho ese día. Además del control, la confianza de mis amigos.

Estaba tan quebrada que tuve que delegar mi propia vida a otras personas. Tuve que pedir cuidados y protección, explícitamente. Me dio coraje, hoy todavía me da coraje, tenerle tanto miedo a la muerte. Me da coraje no hablar de eso. Me da coraje que tú o tus amigos, o tu familia, hayan vivido una desgracia. Una “pérdida irreparable”. La pérdida de la vida es reprochable, porque siempre implica una pérdida de la posibilidad. Y hace parecer que los cuidados en vida son inútiles. Pero no creo que lo sean.

A todos los que están sufriendo, por esta y otras catástrofes hago una promesa solemne: prometo cuidar la vida, prometo luchar por la posibilidad dentro de la posibilidad. Prometo mantener la calma, hasta donde me sea posible. Claro que también prometo permitir mis quiebres, porque a ellos les debo estas lecciones vitales. Estas vivencias.

Sigo en la CDMX, todavía no estoy lista para despedirme.

Con el puño en alto.

También en Más de México: Reflexiones de grandes escritores mexicanos sobre el sismo de 1985 que hoy valiera releer

*Imágenes: Destacada: AFP; Cuartoscuro.

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Lecciones de vida de El Santo, el Enmascarado de Plata

La filosofía de vida de El Santo es fuente de valiosas lecciones para cualquiera; aquí una pequeña probada.

Recibir lecciones de El Santo, un hombre que vapuleaba a las momias de Guanajuato, que peleó y venció a científicos locos, marcianos, mujeres vampiro y otros maléficos seres, y que protagonizó más de 50 películas, no puede ser menos que un honor.

Porque Rodolfo Guzmán Huerta, el hombre detrás de la icónica mascara plateada, no sólo sabía dar buenos golpes a sus enemigos, también emanaba una especie de sabiduría kitsch, que hasta la fecha nos puede servir de guía. El Santo era tenaz, temerario, en el ring pero también inteligente en la vida.

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Hoy, que la Red está plagada de consejos, recomendaciones y otras directrices del estilo, parece obligado voltear a ver la ejemplar figura del Santo y escuchar atentamente las lecciones que nos fue dejando a lo largo de su carrera.

Congruencia

Yo debo tener una conducta irreprochable, porque los niños creen en mi. En mis películas siempre los defiendo del mal, siempre hago justicia, arreglo entuertos; en la vida real debo responder a los ideales que vivo en la pantalla; han hecho de mi un ídolo.

La congruencia es una de las virtudes más admirables que alguien puede mostrar. El Santo era un ejemplo en el ring, en la pantalla y en la vida cotidiana, aceptaba la responsabilidad que la admiración del público le imponía, y mantenía una coherencia entre su rol de superhéroe y el de ser humano.  

Ser humildes

No soy sino un obrero de la lucha libre.

El Santo tenía bien presentes sus raíces. Nunca olvidó que fue obrero antes de ser una estrella; una humildad de la que tenemos mucho que aprender.

Valorar aquello a lo que te dedicas 

Creo que nosotros, los luchadores, a base de nuestro granito de arena, de nuestro esfuerzo cotidiano, hemos hecho del deporte que amamos una cosa más grande.

Con cariño y respeto hablaba del deporte que amaba. Un ejemplo de colaboración y de tenacidad que todos debemos seguir para hacer mejor, para nosotros y para todos, aquello que nos apasiona.

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Disciplina y entrega

Antes de ser payaso, el luchador debe ser atleta.

Más allá de la envoltura o, en este caso, el simple “show”, hay que entregarse con disciplina y seriedad a lo que sea que queramos dedicar nuestro tiempo y energía. 

Imágenes: 1)paola gonzález 2) zares del universo 3) econsulta

*Fuentes: “El Santo”: A dos que tres caídas, de Elena Poniatowska

Carteles viejos de lucha libre (FOTOS)

Desde el mítico enfrentamiento de Kawamula y Hércyles Sampson, la lucha libre mexicana no ha parado de sumar aficionados: estos carteles viejos de lucha libre lo muestran.

No es sorpresivo que en el deporte de espectáculo más popular del mundo, la lucha libre, su adecuación mexicana haya merecido un nombre propio por su estilo único: la lucha libre mexicana.

El país llamado como más surrealista por los propios creadores del surrealismo (Dalí o Bretón), México, adoptó la lucha libre: famosa por su estilo de llaveo a ras de lona y aéreo; por sus diferencias en la técnica luchística, acrobacias, reglas y folclor propio; las umisiones rápidas, umisiones elevadas y peligrosos saltos fuera del ring.

Aunque los inicios de la lucha libre se habían desarrollado apenas en el siglo XIX, para 1910 en México este deporte comenzó a ser muy popular desde la llegada de las primeras empresas del rubro. Desde entonces la afición fue aumentando en un México donde distintas clases sociales se sentían identificados con el surrealismo de esta práctica.

Presentamos algunos carteles viejos que muestran cómo este “deporte de espectáculo” ha perdurado trayendo humor, aunque sí, también una inverosímil adrenalina a millones durante décadas.