16 productos que despiertan la nostalgia de los mexicanos

Desde los amados Faros, hasta los queridos chicles Motita, estos productos dejaron huella en el imaginario mexicano.

La nostalgia es el dolor que nos convoca al regreso. Y se manifiesta de maneras, ciertamente, misteriosas. Casi siempre se aparece en los detalles, pequeñas cosas que nos recuerdan a tiempos en la vida, tal vez, más sencillos. Para los mexicanos hay algunos objetos, algunos sabores, sonidos, olores que, inmediatamente, nos hacen entrar en trance y nos llevan a este lugar querido.

Y es que a pesar de la inmensa diversidad que caracteriza a esta tierra, algunas cosas se encargan constantemente de reunirnos y nosotros, tan nostálgicos, no queremos olvidarlas, ni dejarlas atrás. A ver qué recuerdos te llevan de vuelta con estos 16 productos que sin falla despiertan la nostalgia mexicana.

Alitas

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Se dice que estos cigarros eran la versión “económica” de los Alas; eran los clásicos para los campesinos y los obreros. Cuando se anunciaban estaban dirigidos siempre a los hombres, con pinta de rancheros, a los “trabajadores”, que los buscaban por su potente sabor.

Yoli

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El delicioso refresco de limón es un auténtico clásico mexicano. Muchos lo probaron por primera vez en su lugar de origen: Guerrero. Ahí nació el querido Yoli, en 1918. Era un cosa realmente especial, porque antes no se encontraba fácil en otras partes del país y el sabor era incomparable. La clásica botella de vidrio fría, dejaba ver el líquido transparente y burbujeante que apaciguaba los calores de la Tierra Caliente.

Miguelitos

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El clásico sobrecito que caía de las piñatas rotas. Algunos fingen no recordar, que se comían más de uno saliendo de la escuela. El Miguelito era pura estimulación al gusto: sal, azúcar y chile, colorante y nada más. Un auténtico “umami”: sabor absoluto. Solo de recordarlo se hace agua la boca.

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Avalanchas

Para los más grandes, además de Triciclos Apache, había Avalanchas. Un juguete extremo, que en estos tiempos se ve poco. El principio era sencillo: una tabla con cuatro ruedas dirigidas por un volante. La ejecución era escandalosa: había que tomar impulso, arriesgarse a chocar con personas, perros y automóviles y, por supuesto, soportar la posible caída.  

Choco-Milk

¿Será posible decir que todos los mexicanos, además de haber comido tortilla, han bebido Choco-Milk? Es el clásico del desayuno, con huevos estrellados o hot-cakes. Inolvidable, por supuesto, el personaje de la marca, Pancho Pantera, que antaño representaba a un joven campesino fortachón y ahora, en su versión contemporánea, es un deportista extremo (fenómeno, sin duda, digno de ser analizado).

Apache

Antes de tu bicicleta con rueditas, tuviste un triciclo Apache. Famosos por su durabilidad, fueron el vehículo de cientos de niños mexicanos que, un par de décadas después, los hacen durar en la memoria.

Mazapanes de La rosa

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De adulto son, francamente, un gusto culposo. Cacahuate y azúcar, nada más. El dulce se fabricó primero en Jalisco, pero es un clásico de todo México y casi un arquetipo en el imaginario. El chiste es abrir delicadamente el plástico que envuelve al mazapán y extraer el dulce cuidadosamente y sin romperlo. Lograrlo es un milagro, aunque desmoronado no deja de ser delicioso.

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Faros

Estos cigarros originarios de Irapuato están volviendo a estar de moda y en todo este tiempo no han cambiado de estrategia. Si la gente los quiere es porque son de papel de arroz y porque su eslogan de siempre es que son naturales. Aunque antes eran apreciados también por las clases campesinas, ahora son vistos en manos de intelectuales y otros miembros de la clase media de la Ciudad de México.

Vocho

En México hay un romance imborrable con el Sedán de Volkswagen. El auto fue muy querido por su precio, funcionalidad, versatilidad y también por su curioso diseño. Era el básico de las familias mexicanas en las ciudades. Se le quiso tanto que, cuando se descontinuó, el último se fabricó en Puebla y una grande comitiva se despidió de él con mariachis.

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Chaparritas

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Muy queridas por los mexicanos fueron estas botellitas de “refresco sin gas”. Originalmente se llamaba a esta bebida “El naranjo”, cuando salió a la venta en 1947; pero en la década de los 50 se les cambió el nombre a “Chaparritas” porque así les decían de cariño sus consumidores.   

Selz soda

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¡Cómo olvidar estos dulces! Ahora son muy difíciles de conseguir, aunque siguen existiendo; pero el sabor y, sobre todo la experiencia, no se olvida. La idea era recrear la sensación de una soda en la boca y por eso los caramelos estaban carbonatados. Husmeando entre fiestas infantiles, tal vez tengas la fortuna de volverlos a encontrar.  

Chicles Motita

La sola mención de estos chicles pone nostálgicos a muchos. Y es que si algo corresponde a otros tiempos “más simples” son los motita. ¿Sabías que podías comprar 10 por un peso? Eran alargados y tenían sabores como plátano y tutti-frutti y ¿cómo olvidar sus fantásticos anuncios en televisión?

Dulces del maguito Sonric’s

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El maguito Sonric’s es un personaje que aún tiene un lugar en el fondo de nuestras mentes. Y las cajitas de dulces eran, tal vez, la sorpresa más encantadora que se podía ofrecer a un niño. Era un paquete considerable con paletas, chiclosos y hasta un pequeño juguete que representaba a los personajes de las caricaturas populares del momento.

Lili Ledy

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Tal vez no sabías que se llamaba así la marca responsable de esas figuras de plástico con las que prácticamente todos los mexicanos nacidos entre 970 y 1990 han jugado alguna vez. Los pequeños muñequitos y muñequitas representando a los personajes favoritos de cómics y caricaturas que acompañaban a los niños a todos lados nacieron en 1950, en la colonia Cuauhtémoc. Para los niños estaban los Aventureros de Acción y, para las niñas, Bárbara parlante (con un sistema de voz con patente mexicana), Señorita Lili y Lili Lagrimitas a quien corresponde el jingle: “Llora y llora y mueve sus manitas, sólo se contenta llevándola a pasear.”

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Lápices Mapita

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Si no coloreaste tus mapas de México con lápices Mapita, probablemente, no hiciste la primaria en este país. ¿Hay que decir más? Estos colores eran la opción barata, de calidad considerable y disponible en prácticamente todas las papelerías. Si no los recuerdas, tal vez sea porque a ti te tocaron los lápices Blancanieves.

Cazares

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Las frituras de maíz con chile en polvo llevan mucho rato entre nosotros, pero forman parte de ese grupo de chatarras que se empiezan a olvidar cuando eres grande. Sin embargo, encontrarse con una bolsita solitaria en un puesto de periódicos es un llamado a volver al querido pasado. Nadie la desaprovecharía…

*Imágenes: 2) todocoleccion.net; 3) Museo del Objeto; 4) shop.latortilla.de; 5) udgtv.com; 6) Chaparritas El Naranjo; 7) alimentaciongastromundo.com; 8) taringa.net; 9) gamedots.mx; 10) Dixón; 11) eldeforma.com

La fantástica historia de la familia migrante que encontró a Jesús en una tortilla

El “mito urbano” del Cristo que se apareció en una tortilla es el acontecimiento real —divino o no— que marcó para siempre la historia de una familia mexicana al otro lado de la frontera.

Las tortillas tienen una dimensión sagrada. Aunque casi nunca las tratamos desde ese lugar, porque nos parecen perfectamente cotidianas. Pero, pensemos que, tal vez, este sencillo alimento es la única cosa que tenemos en común todos los mexicanos. Eso debe ser una cualidad mística.

Aunque una tortilla, entre todas las del mundo, ha sido, desde que salió del comal, motivo de adoración, polémica, misterio y otras pasiones. Se trata de la tortilla en la que se apareció el rostro de Jesús. Y no, no estamos hablando de un “mito urbano”, sino de un acontecimiento —divino o no— que marcó para siempre la historia de una familia mexicana al otro lado de la frontera.

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Angélica, su mamá y la tortilla.

La historia es muy peculiar y siempre es contada con asombro o entre risas; pero, recientemente, la revista Eater publicó la versión de Angélica Rubio, hija de la mujer que puso al comal la tortilla más famosa del mundo.

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Cristo en el Comal

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La tortilla…

“Mi madre fue la primera persona en descubrir la cara de Jesús en una tortilla  —haya sido o no una señal de Dios, esto cambió nuestras vidas.” Fue en octubre de 1977 cuando María Morales Rubio —mujer que había migrado junto a su esposo desde Ojinaga, Chihuahua hasta Lake Arthur, New Mexico en 1950— estaba haciendo el desayuno (burritos de tortilla de harina, frijoles, huevos y chile verde) cuando descubrió en una de sus tortillas una mancha muy particular.

Era “pequeña, pero inconfundible”, describe Angélica, y la devoción católica de María lo confirmó inmediatamente: la quemada en la tortilla tenía la forma exacta del rostro de Cristo. “Hasta este día, mi mamá no puede describir exactamente lo que sintió —escalofríos y una combinación de ‘extraña, alegre y con miedo’— pero, más que nada ella experimentó un llamado profundo a quedarse con la tortilla.”

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La tortilla sagrada.

Y así lo hizo. Rápidamente el chisme se corrió por todo el pueblo y el siguiente día ya había cientos de personas formadas, esperando para ver el milagro, “buscando creer en algo”. La familia terminó por construirle a la tortilla una pequeña capilla, donde reside junto a imágenes de la virgen y otros iconos sagrados que los cientos de visitantes van a depositar junto a ella.

El asunto se transformó en un fenómeno del que probablemente ya habías escuchado. En Estados Unidos, Oprah Winfrey habló de él en un programa suyo, fue referenciado en un capítulo de Los Simpson, y en 2005 se estrenó una película extrañísima que se llama “Tortilla Heaven”, que retrata hiperbólicamente esta historia. Cientos de personas han encontrado a Jesús en sus comidas. ¿Pero habrá un significado superior a la aparición?

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La tortilla es sagrada porque es un punto de anclaje para la identidad

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La pequeña capilla donde está la tortilla.

“La historia, por ridícula que sea, es realmente significativa para mi familia.” En muchos sentidos el proceso de migración había tenido efectos adversos sobre los Rubio, pero la tortilla refrescó mucho las cosas y ayudó a que encontraran su lugar en este terreno indescriptible que es la frontera permanente que habitan los migrantes.

Para Angélica Rubio (hija menor de la familia), la tortilla era, por otro lado, un extraño motivo de vergüenza y enojo. Le molestaba profundamente cómo se explicaba la historia en la cultura popular y que se entendiera a su familia a través de estereotipos nefastos (como los que se aprecian en “Tortilla Heaven”. Pero al final, la tortilla se transformó en un punto de anclaje para su identidad y un recordatorio sobre lo que ella es y quiere construir con esa posibilidad.

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Angélica, su mamá y la tortilla.

Angélica termina su genial texto diciendo: “Hoy me desempeño en la legislatura estatal de New Mexico, que representa a la ciudad fronteriza de Las Cruces en la trinchera de los desafíos que enfrentan nuestras comunidades a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos. Cada vez que tengo la tentación de perder la esperanza, la vuelvo a encontrar pensando en cómo mi madre recuperó la suya a través de una milagrosa quemada en una tortilla a mano recién hecha.”

Lee más textos de Angélica Rubio, la Niña de la Tortilla, aquí.

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Sobre el complejo arquetipo de la madre mexicana

En un contexto particularmente espinoso, los mexicanos hemos logrado cultivar un concepto que desborda amor: el de la madre.

De entre los símbolos que tejen esa identidad que llamamos “mexicana”, la idea de la madre sobresale por ser especialmente compleja. La figura de la maternidad es en nuestra tierra inmensamente venerada y la mitología construida en torno a ella abarca creencias prehispánicas, católicas y hasta ecologistas.

El punto culminante de esta devoción intensísima es sin duda “El Día de las Madres”, una fecha que en México tiene un peso enorme; igual para las madre que para los hijos. Y aunque sobre el origen de esta celebración pocos han comentado, hay sin duda una polémica fuerte sobre la figura que la efeméride refuerza.

¿Por qué celebramos el Día de las Madres?

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Según una investigación publicada en la década de los 80 realizada por Marta Acevedo (y citada aquí), el Día de las Madres es un acto reaccionario contra uno de los primeros movimientos feministas del país. Se cuenta que en 1922, Rafael Alducín, entonces director de Excélsior, promovió la efeméride, apoyado por José Vasconcelos (secretario de educación), la Cruz Roja Mexicana y el Episcopado.

Explica la investigadora que el acto tenía una motivación política y era silenciar las opiniones derivadas del primer congreso feminista (evento que ocurrió en Yucatán en 1916), que planteaban asuntos como el uso de anticonceptivos y la maternidad como una elección, no un destino para las mujeres. Su tesis no ha sido confirmada por la historia oficial, por otro lado, la fiesta sí carga con un lado muy oscuro que refuerza ideas concretas sobre lo que las mujeres son o deben ser.

La madre y la Tierra

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Por otro lado el amor tremendo que se profesa en México por las madres tiene un lado espiritual en el que no está de más enfatizar. En gran medida, está ligado al culto a la virgen de Guadalupe, la figura que encarna nuestro mestizaje en todo su esplendor.

La “virgencita” es morena, análoga a Tonantzin-Coatlicue (madre de Huitzilopochtli) y símbolo inequívoco de fertilidad (y por lo tanto de la tierra). Por ser una figura construida en el sincretismo, se presta para ser estandarte de todos nosotros, es la “santa patrona” de los mexicanos y, cuida y representa a sus devotos sin importar sus orígenes o estados de vida.

Esta sensación de incondicionalidad, de amor profundo que no depende de tu materialidad, sino de tu forma de estar en el mundo (de tu bondad; de tu compromiso) es en gran medida sustento de la espiritualidad local. La madre y su cariño —que se extiende infinitamente— se manifiestan en su forma más pura en la Tierra. Sin extendernos demasiado: pensemos que la Tierra nunca nos ha negado nada de lo que tienen para dar.

La madre como arquetipo de la vida

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Volviendo brevemente a Coatlicue, Alfredo López Austin la describe como “una de las más vigorosas representaciones de que la muerte es la generadora de la vida.” En muchos sentidos, la madre da su vida para que exista la vida. Y eso no se “celebra” porque, francamente es inevitable; pero sí debe agradecerse y de forma intensa y profunda.

Tal vez es este sentimiento lo que nos provoca una pasión y gratitud tan inmensa hacia las madres, hacia la noción de maternidad (sin duda perfectamente retratada en la canción “Amor eterno” de Juan Gabriel). Y, ese agradecimiento debe practicarse, pero nunca como un acto de coerción o ligado a una idea fija de lo que implica ser mujer. Hay que agradecer la vida todos los días.

Afortunadamente, a pesar del contexto particularmente espinoso que habitamos, los mexicanos hemos logrado cultivar un concepto que desborda amor.

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*Imágenes: Marcela Taboada.

Estas hermosas máscaras michoacanas conjuran el lado oscuro de quien las porta (VIDEO)

Un fino corto documental retrata lo poético, místico y divino de nuestra tradición artesanal.

Si uno pretende infiltrarse hacia lo más profundo de cualquier tradición mexicana buscando comprenderla, debe estar preparado para encontrarse con el más complejo y rico de los tejidos simbólicos.

Y es que no hay —simplemente sería inimaginable— una expresión cultural que se diga mexicana y no esté definida por su polisemia. No podría ser de otra forma, pues México se ha construido en un “estira y afloja” entre múltiples culturas que luchan por territorializar la vida cotidiana y la fe de los sujetos que las encarnamos.

Así, para los españoles la vía más efectiva de conquista fue la apropiación de las tradiciones; y, para las culturas nativas, el acto más espectacular de resistencia es corromper las creencias extranjeras con sus particulares formas de simbolizar el mundo. Y esta deliciosa cualidad —nuestra inevitable interculturalidad—  queda impresa y se hace evidente en las artesanías; piezas que, aunque a veces lo olvidamos, cumplen una función ritual o, por lo menos, en esa clase de acto sagrado encuentran su origen.

Un ejemplo excepcional son las hermosas máscaras michoacanas que se portan durante la “danza con el diablo”. Ejecutada como parte de la pastorela, este baile explosivo conjura el lado oscuro de quien interpreta al personaje. Las máscaras son fabricadas a mano por dedicados hombres y mujeres como Felipe Horta.

La labor de Felipe fue preciosamente retratada en este corto documental del director mexicano Mariano Rentería, como parte de una serie de audiovisuales que celebran a los artesanos del estado de Michoacán y nos invitan a revalorar este tipo de trabajo y entenderlo como parte de una manifestación profunda.

Felipe mantiene su taller en el pueblo de Tócuaro y desde hace décadas se dedica a fabricar las coloridas y aterradoras piezas. Su trabajo es una forma de honrar una herencia cultural y una idea de identidad; pero, además, implica un acto absolutamente místico.

En sus propias palabras, la pieza representa la lucha entre el bien y el mal, por eso los colores utilizados son agresivos. Al usar la máscara, dice Felipe, uno se transforma en el personaje, pues hay una “energía” en ella que invoca a este sujeto que el artesano no conoce —el diablo—, pero que puede traer a la vida con las manos. Así, la artesanía materializa lo poético, místico y divino de la danza.

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