El azul maya que tiñe al mundo a través del arte

No brilla en el imaginario como el popular rosa nacional, pero este azul nos define…

Se ha escuchado hablar de “el pantone mexicano”; una gama de colores endémicos que tiñen nuestra gastronomía, arte y también paisaje cotidiano. Destaca, por supuesto el llamado “rosa mexicano”, un tono inconfundible, inmortalizado en la obra del arquitecto Luis Barragán.  Pero conoces el menos brillante y mucho más enigmático azul maya?

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El pigmento fue inventado por la épica civilización y está hecho con los azules de la planta añil (comúnmente utilizada para teñir tejidos), una arcilla llamada atapulgita y otros compuestos minerales. Es común encontrarlo en murales, edificios mayas antiguos, piezas de cerámica y códices. Además, funcionó como materia prima de algunos grandes pintores de la época colonial. 

Esto último despierta curiosas intrigas en historiadores y otros estudiosos del arte; pues en  Europa el azul era un color extremadamente prestigiado y solo los artistas adinerados lo utilizaban. Su azul “ultramarino” se fabricaba usando lapislázuli, una piedra preciosa extraída de minas en Afganistán. Así, antes de que se inventaran los colores sintéticos, el azul era un auténtico lujo en al “viejo continente”. Este hecho nos recuerda que los colores, esos espectros que simplemente damos por hecho, también tienen una historia y que muchos de esos fueron inventados.

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En el arte esto es todo un asunto. Hay sujetos que “patentan” colores y los vuelven de uso exclusivo (sí, aunque parezca absurdo) como el azul de Yves Klein; el negro más oscuro del mundo (Vantablack), que ahora pertenece a Anish Kapoor  y nadie más lo puede usar; o el rosa más rosa, que pertenece al artista Stuart Semple pero que sí puedes comprar (a menos que seas Anish Kapoor).

Así, el azul maya es mexicano y su fabricación accesible lo transformó en un color icónico de nuestra tierra, que ligaba tradiciones tan lejanas como a los antiguos mayas con los pintores criollos.

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Pero mientras que los mayas usaban el pigmento en rituales (como pintar de azul a las víctimas de sacrificio que terminarían en los cenotes, según el cronista Diego de Landa Calderón) y para decorar sus templos; en la colonia fue típico ver este peculiar azul adornando otros símbolos: los católicos. Y la producción azul mexicana era inmensa; especialmente frente a la europea, que se reservaba el ultramarino sólo para detalles muy especiales, como las vestimentas de la virgen.

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En México era muy popular la obra de Baltazar de Echave Iba, llamado “El Echave de los azules”, que como su papá, también pintor, usaba azules indiscriminadamente y de formas que provocarían la envidia de los más grandes pintores europeos de la época. ¿Pero qué le iba a hacer? El azul maya estaba a solo unos pasos y teñía al mundo mexicano a través del arte.

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Tan peculiar es el color que el periodista Devon Van Houten Maldonado dice que no importaba qué tanto se esforzaran estos pintores en parecer absolutamente europeos en su estilo; el azul maya siempre los delataba como criollos. Y a nosotros, ver estos cuadros, también nos provoca una extraña sospecha: el azul recuerda inmensamente al cielo que cubre esta tierra. ¿No te parece?

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*Pinturas de Baltazar de Echave. Imágenes: 1) Mural de Bonampak, “Músicos y bailarines”; 2) Murales de Chichén Itzá/Getty images.

Malitzin, Malinche, Marina: las caras del personaje más controvertido de nuestra historia

Como su nombre, ella se transformó una y otra vez, para ser símbolo y arquetipo, villana e intérprete, víctima y, para algunos, victimaria.

Marina fue el nombre que los españoles le dieron por no poder pronunciar el suyo. Pero Malinalli, fue nombrada así en honor a la diosa de la hierba, y algunos años después, su familia le añadió un nombre más, Tenepal, que significa “la que habla con mucha vitalidad”. Después, fue llamada Malitzin, que significa “noble prisionera”

Otro de sus muchos nombres, “Malinche”, que hoy se define en los diccionarios como una “persona, movimiento o institución que comete traición” (y de ahí el término “malinchista”). Cabe mencionar que los indígenas también llamaron Malinche al mismo Cortés. Se cree que Malinalli nació alrededor de 1500, cerca de Coatzacoalcos, Veracruz, y es uno de los personajes más controvertidos y fascinantes de nuestra historia. 

¿Quién fue la “Malinche”?

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De acuerdo con las crónicas de Bernal Díaz, ella fue una mexica de clase alta, hija de un cacique de la región que hoy es el municipio de Olutla, en Veracruz —frontera cultural entre las regiones maya y náhuatl. Al enviudar su madre, ésta volvió a casarse y tuvo un hijo. Fue entonces cuando Malinalli se convirtió en un miembro incómodo dentro de su familia y fue vendida a traficantes de esclavos. Tras un encuentro entre mayas y mexicas, ella fue cedida al cacique maya Tabscoob, por eso ella hablaba náhuatl y maya a la perfección.

Malinalli fue también parte de un grupo de 20 esclavas que —al lado de algunas piezas de oro y un juego de mantas— fueron dadas como tributo por indígenas de Tabasco a los españoles tras su victoria durante la Batalla de Centla. En este enfrentamiento, un grupo maya dirigido por el cacique Tabscoob perdió ante soldados españoles liderados por Hernán Cortés, en 1519. 

Malinalli fue bautizada por los españoles, poco después, como Marina; algunos historiadores sostienen que la razón fue que la religión católica permitía el concubinato a los españoles sólo con mujeres solteras y forzosamente bautizadas.

Primero fue dada al capitán Alonso Hernández Portocarreño, uno de los más reconocidos de la expedición, pero cuando éste volvió a España, Cortés decidió conservarla por su valor como intérprete, en un principio, del náhuatl al maya. Al lado de Jerónimo de Aguilar —que había naufragado años antes en costas mayas y conocía su idioma—, ella fue una de las herramientas de Cortés al momento de planear y lograr la conquista de México. También fue, se sabe, su amante.

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Ilustración: Pablo Auladeli

Tiempo después, Marina aprendió español. Además de ser intérprete, enseñó a los españoles sobre costumbres sociales y militares de los pueblos prehispánicos de México, algo que ayudó a Cortés a ganar espacios en las sociedades nativas y que culminó en la Conquista.

Tras la caída de Tenochtitlán en 1521 y el nacimiento de su hijo Martín Cortés en 1922, ella habitó una casa que Cortés había construido en Coyoacán, cerca de la capital mexica, enfrente de la que hoy se conoce como la Plaza de la Conchita. Tiempo después, Cortés casó a Marina con otro español, Juan Jaramillo, en Veracruz. Se sabe que ella tuvo otra hija de nombre María Jaramillo. 

¿Sabías que la Malinche y la Llorona están relacionadas?

Tiempo después, Cortés volvió a llevar a Marina con él como intérprete para acallar un levantamiento en Honduras, entre 1524 y 1526. Se sabe poco de su vida posterior a este viaje, aunque algunos calculan que murió durante una epidemia de viruela alrededor de 1529. Sin embargo, un historiador, Sir Hugh Thomas, sostuvo que ella vivió, por lo menos, hasta 1550, algo que dedujo tras hallar correspondencia que hablaba sobre ella y que databa de aquel año.

Malinche, figura mitad leyenda, mitad realidad, víctima de un intenso machismo

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Imagen: Jujomx/Wikimedia Commons

Como ella, su nombre tuvo que volverse muchos nombres. Así también lo ha hecho con el tiempo su papel en la historia: se le ha llamado traicionera, se le ha considerado la encarnación del mestizaje y la injusticia para con los pueblos originarios de México, pero también ha sido considerada (quizá más justamente) una víctima del tiempo que vivió. 

Aunque según Bernal del Castillo, Marina terminó por ser una mujer muy poderosa, ella fue vendida, esclavizada, casada y utilizada como una herramienta de guerra. De hecho, en su poema Malinche, Rosarios Castellanos plantea a esta figura mitad leyenda, mitad realidad como una víctima del machismo y la misoginia que la rodearon en vida:

Malinche

Desde el sillón del mando mi madre dijo: «Ha muerto».

Y se dejó caer, como abatida,

en los brazos del otro, usurpador, padrastro
que la sostuvo no con el respeto
que el siervo da a la majestad de reina
sino con ese abajamiento mutuo
en que se humillan ambos, los amantes, los cómplices.

Desde la Plaza de los Intercambios
mi madre anunció: «Ha muerto».

La balanza
se sostuvo un instante sin moverse
y el grano de cacao quedó quieto en el arca
y el sol permanecía en la mitad del cielo
como aguardando un signo
que fue, cuando partió como una flecha,
el ay agudo de las plañideras.

“Se deshojó la flor de muchos pétalos,
se evaporó el perfume,
se consumió la llama de la antorcha.

Una niña regresa, escarbando, al lugar
en el que la partera depositó su ombligo.

Regresa al Sitio de los que Vivieron.

Reconoce a su padre asesinado,
ay, ay, ay, con veneno, con puñal,
con trampa ante sus pies, con lazo de horca.

Se toman de la mano y caminan, caminan
perdiéndose en la niebla.”

Tal era el llanto y las lamentaciones
sobre algún cuerpo anónimo; un cadáver
que no era el mío porque yo, vendida
a mercaderes, iba como esclava,
como nadie, al destierro.

Arrojada, expulsada
del reino, del palacio y de la entraña tibia
de la que me dio a luz en tálamo legítimo
y que me aborreció porque yo era su igual
en figura y en rango
y se contempló en mí y odió su imagen
y destrozó el espejo contra el suelo.

Yo avanzo hacia el destino entre cadenas
y dejo atrás lo que todavía escucho:
los fúnebres rumores con los que se me entierra.

Y la voz de mi madre con lágrimas ¡con lágrimas!
que decreta mi muerte.

*Fuente:

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo.

María González de León
Autor: María González de León
Escritora, guionista y editora web. Estudió letras inglesas; escribe películas y series. Ha trabajado en medios como Faena Aleph y Pijama Surf. Le gustan la música, el yoga y los vampiros.

Nuevo mega sitio de mamuts descubierto en el Estado de México redefine nuestra prehistoria

El descubrimiento de más de 800 huesos de mamut en unas trampas confeccionadas por humanos cambia la perspectiva que se tenía sobre la relación de nuestros antepasados con estos mega animales.

No es la primera vez que se encuentran restos de mamuts en México, pero este hallazgo en el sitio “Tultepec II” en el Estado de México es, probablemente, el más impresionante de la historia. 

10 meses de excavación e investigación constante por parte de un equipo del INAH, resultó en la recuperación de 824 huesos de, por lo menos, 14 animales atrapados en una trampa confeccionada por humanos hace aproximadamente 15 mil años

Se trata de dos trampas en línea, rectángulos en la tierra de mucha profundidad donde se atrapaban mamuts. Hoy son evidencia de que nuestros antepasados prehispánicos no sólo cazaban a estos enormes herbívoros de forma esporádica y espontánea: su relación con estos animales involucró un intenso proceso y estrategia que, al finalizar, representaba un triunfo enorme en su lucha constante por sobrevivir.

Mamuts en México

¿Y cuántas personas se necesitan para atrapar a un mamut? Según explican los investigadores, eran grupos de 20 o 30 cazadores que “azuzaban con antorchas y ramas hasta separar a algún ejemplar y dirigirlo a estas trampas. Una vez allí, era rematado desde fuera y luego venía un largo proceso de aprovechamiento del animal.” 

Este aprovechamiento tenía múltiples vertientes: los mamuts eran comidos, incluidas partes como sus lenguas, que pesaban 12 kilos. Sus huesos servían como materia prima y además los restos eran acomodados en un sentido posiblemente ritual.

Como explicó Pedro Francisco Sánchez Nava, coordinador nacional de Arqueología del INAH el descubrimiento “representa un parteaguas, una piedra de toque sobre lo que hasta ahora imaginábamos fue la interacción de bandas de cazadores-recolectores con estos enormes herbívoros […].” Como relata el boletín del Instituto, es claro que los primeros habitantes de la Cuenca de México sabían aprovechar su entorno y organizarse

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Los restos de mamuts en México nos sugieren algo sobre los primeros habitantes de esta tierra

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“[…] [el descubrimiento] nos va a permitir trabajar de la mano con otros colegas en un estudio interdisciplinario y en colaboración con centros universitarios de todo el mundo en el estudio de este periodo tan importante porque habla, para el caso de América, de los primeros hombres que poblaron este gran territorio y su adaptación al medio ambiente y su manera de sobrevivir”. Así lo declaró Diego Prieto, director del INAH

“Tultepec II”, como se llama a este sitio arqueológico, ya es parte de la lista de megasitios de mamut y, sin duda, es fascinante este descubrimiento. Pero no solo porque nos habla de la fauna, de los cambios en la Tierra. Sobre todo porque nos sugiere un poco sobre cómo se organizaban nuestros ancestros entre sí, cómo se relacionaban con el espacio que habitaban.

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Hallazgo de mamuts en México: un curioso proceso reflexivo

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Una curiosidad es que las trampas fueron excavadas al final del Pleistoceno, durante un momento de intensa inestabilidad y cambios en el clima, cuando los polos comenzaban a congelarse y el nivel del mar bajó, lo que expuso enormes llanuras, donde la estrategia de caza sería más eficiente y el hacer las trampas más sencillo.

En condiciones extrañamente reflexivas fueron descubiertas, cuando buscando establecer un relleno sanitario (para almacenar la basura ligada a nuestro propio cambio climático) se encontraron los restos de mamut. 

El paralelismo es muy interesante: nos recuerda que a pesar de las inclemencias del clima, los nuestros siguen aquí, 15 mil años después; probablemente porque encontraron la forma de ejecutar hazañas como cazar mamuts. Con un poco de suerte aprenderemos ahora lo que nos toca, para sobrevivir.

*Fuentes:

“Descubren en Tultepec, Estado de México, contexto inédito de cacería y destazamiento de mamuts”, Boletín den INAH.

“En Tultepec, “hallazgo único” de sistema de trampas para mamuts: INAH”, Redacción de Aristegui Noticias.

*Imágenes: INAH

Sismos prehispánicos: investigadores siguen la pista a los temblores que sacudieron a los antiguos mexicanos

Investigadores han hallado en antiguos registros mexicas pistas sobre uno de los fenómenos naturales más intrigantes del planeta: los sismos.

Los sismos podrían considerarse el fenómeno natural más intrigante del planeta. Su carácter enigmático recae en que —hasta el momento— son absolutamente impredecibles. Esto los convierte en la metáfora perfecta —o tal vez, la plena evidencia— de que, sobre la existencia tenemos, en realidad, poco control. Como bien decimos en México, con resignada aceptación y ácido cinismo: “cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no te toca, ni aunque te pongas.”

Y, a sabiendas de que nuestras explicaciones sobre estas sacudidas de la tierra se han quedado cortas, son muchos los investigadores y científicos que han recurrido al pasado en busca de respuestas. Se trata de entender cómo han sido los sismos en la historia de México.

Sin embargo, los recuentos explícitos en tiempos prehispánicos escasean y lo poco que nos queda son algunas fechas dispersas, magnitudes subjetivas y explicaciones menos frías que las de la ciencia. En esta maraña de narraciones e interpretaciones hay muchos datos interesantes y ocultos; pistas sobre lo que implican hoy los sismos que se vivieron en el México prehispánico.

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¿Qué sabemos sobre los sismos prehispánicos?

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Imagen: Daralí Ribéry

Así, frente a los sismos, la ciencia se ha topado con varios callejones sin salida y recurre a la historia. Lo que hoy sabemos sobre los temblores prehispánicos es gracias a la investigación de antiguos documentos, códices y expresiones como las pinturas rupestres. 

Las antiguas narraciones describen las vivencias, sensaciones y mitos que, en su momento, dieron razón de ser a estos desastres repentinos. Científicos, historiadores, arqueólogos y antropólogos, hoy tienen que tender puentes entre estas “interpretaciones” y las formas de medición contemporánea, para precisar la información.

Los Anales de Tlatelolco son una de las fuentes en la que los investigadores están buscando respuestas. Se trata de la relación histórica más antigua escrita en alfabeto latino y en idioma náhuatl. 

En esta relación se relata que la tierra se “partió” al centro de nuestro país el 19 de febrero de 1575. Según lo que ahí se cuenta, el temblor ocurrido fue de muy amplias magnitudes y generó derrumbes y deslizamientos de la tierra muy intensos. 

Este es uno de los temblores más antiguos de los que se tiene registro y hay distintos investigadores interesados en aprender más sobre ellos. Sobre todo porque es importante comprender que vivimos en una zona muy activa y solo haciendo conciencia de la magnitud real que tuvieron estos fenómenos en el pasado, podemos prepararnos para ellos en el futuro; especialmente porque se van descubriendo posibles zonas sísmicas de las que no se tenía conciencia. Así lo explica Luis Quintanar, sismólogo de la UNAM, citado por National Geographic.

¿Cómo vivían los sismos nuestros antepasados?

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Sobre un terremoto ocurrido en 1455, los Anales de Tlatelolco dicen: “[…] hubo también terremoto y la tierra se agrietó y las chinampas se derrumbaron; y la gente se alquilaba a otra a causa del hambre”. En el presente, los contemporáneos comulgamos con un buen fragmento de esta narración. Quienes lo han vivido pueden presumir que comparten esta experiencia mundana con los habitantes esta tierra de hace más de 500 años. 

Pero, ¿cómo vivían los sismos prehispánicos nuestros ancestros? Bernardino de Sahagún escribió: “Cuando tiembla la tierra, rociaban con agua todas sus alhajas, tomando el agua en la boca y soplándola sobre ellas, y también por los postes y umbrales de las puertas y de la casa; decían que si no hacían esto, que el temblor llevaría aquellas casas consigo; y los que no hacían esto eran reprendidos por los otros; y luego que comenzaba a temblar la tierra comenzaban a dar gritos; dándose con las manos en las bocas, para que todos advirtiesen que temblaba la tierra. Luego tomaban a sus niños con ambas manos, por las sienes, y los levantaban en alto; decían que si no hacían aquello que no crecerían y que los llevaría el temblor consigo”.

El sismo prehispánico tenía un carácter metafórico, sagrado: era una sacudida cosmogónica; para los mexicas incluso, podía ser una muestra de cómo se vería el fin del mundo. Para representar este hecho, tenían glifos: el de temblor combinaba ollin (movimiento) y tlalli (tierra). 

¿Y cómo explicaban los tlalollin? Según la historiadora y antropóloga Virgina García, citada por El País, los mexicas “suponían que el sol y otros cuerpos celestes caminaban bajo la tierra conforme se hacía de día o de noche. Quizá por eso explicaban que un temblor no era más que un tropiezo terrestre, un tropiezo de la tierra con el sol, cuando el astro se escondía por el horizonte.” Es una explicación perfectamente lógica para la época y comprobable, por lo menos a simple vista. 

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Además, pensaban que los temblores estaban ligados a fenómenos como las heladas, las nevadas, la actividad de los volcanes, los cometas, eclipses y, según Virgina García, también a muertes, acontecimientos políticos y guerras. Probablemente se les entendía como procesos cíclicos.

Y aunque hay registros gráficos —en los jeroglíficos— y fechas señaladas; sobre la duración de los temblores más antiguos registrados, lo que sabemos es gracias al sincretismo espiritual, más propio de principios de la colonia. Explica la historiadora que, para “calmar la ira divina”, durante los temblores se rezaba. Así, sabemos que “antes de que se generalizara el uso de los relojes, los sismos se medían con rezos, entonces, te decían: el temblor duró un credo, el temblor duró dos salmos o el temblor duró un salmo rezado con devoción; eso quería decir que duró mucho más.”

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Lo que sabemos sobre los sismos prehispánicos (y contemporáneos) es muy poco

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Imagen: Héctor Guerrero. En San Juan Parangaricutiro, de la tierra emergió un volcan, que definitivamente nadie esperaba.

Se trata de apenas un parpadeo frente a la historia extensísima de nuestro planeta. No sabemos si esta información podrá expandirse pronto; pero las investigaciones continúan, pues a la larga, se podrían detectar nuevos patrones y antiguas áreas sísmicas que llevan mucho tiempo inactivas, protegiendo en el futuro a las comunidades en riesgo.

Lo que sí sabemos es que nuestros antepasados también los experimentaron; con la misma incertidumbre, echándole la culpa al sol, la luna y los eclipses, conectándose con su yo más devoto y espiritual; pero, sobre todas las cosas, sabemos que, a pesar de estos tremendos desastres, los antiguos mexicanos no se rindieron: las ciudades fueron reconstruidas, la vida siguió con muchísima fuerza. Como muestra, hoy estamos aquí, más de 500 años después y a pesar de todo.

Fuentes:

“Ancient Aztec records reveal hidden earthquake risk” de Robin George publicado en National Geographic.

“La tierra tropezaba con el sol: así se vivían los temblores en el México prehispánico” de Anna Lagos, publicado por El País.

“Creencias y registro de sismos en el México prehispánico” de María Luisa Santillán, publicada por el portal Ciencia UNAM, DGDC.