Conoce a Romeyno Gutiérrez, prodigioso pianista rarámuri

Este increíble pianista indígena se ha transformado en un embajador de la cultura rarámuri en una sociedad donde urge conocer formas nuevas de pensar.

Un músico prodigioso siempre asombra. La perfección en la técnica llama a nuestra curiosidad y las sensaciones que puede provocar un intérprete exquisito son enormes y nos atraen intensamente. Por otro lado, parece siempre sorprendernos mucho cuando el “prodigio” es un sujeto inesperado, como Romeyno Gutiérrez, el pianista rarámuri.

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El joven de la Sierra Tarahumara fue llamado Romeyno para honrar a Romayne Wheeler, un estadounidense que decidió irse a vivir con su piano a esta hermosa zona del país, porque lo que encontró ahí fue una vida excepcional, absolutamente distinta al mundo occidental en donde había sido criado.

En la comunidad de Retosachi, Wheeler se hizo amigo de Juan Gutiérrez, el gran violinista de la zona. Cuando nació el primer hijo de Juan, Romayne decidió apadrinarlo y al niño le regalaron el nombre de quien después se convertiría en su maestro de piano. Aunque nadie podría haber especulado que Romeyno Gutiérrez terminaría siendo uno de los más grandes concertistas mexicanos.



Por otro lado, entre los rarámuris la música es de inmensa y muy compleja calidad y siempre los acompaña en momentos festivos y rituales, en donde acostumbran bailar y cantar dirigidos por intrincadas percusiones y feroces violines con composiciones que no le piden nada (absolutamente nada) a la música clásica europea.

En ese sentido, nuestra sorpresa fundada en el hecho “exótico” de un pianista rarámuri es, en el mejor de los casos, ingenua. Además, más que acercar a su pueblo a la cultura occidental, Romeyno se está transformando en un embajador de la cultura rarámuri en una sociedad donde urge conocer formas nuevas de pensar.

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Romanyne Wheeler entendió esto en el instante en el que puso un pie en Retosachi. En sus palabras, la comunidad rarámuri práctica “de forma cotidiana, esa doctrina de vivir para los demás, de todos ser uno”, como si sus subjetividades resonaran constantemente, como células de un mismo organismo, que se cuidan y acompañan para poder existir.

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Sin duda, una forma de organizarse (hacerse órgano, pues) muy distinta a la que conoce y ejecuta Occidente. Para Romeyno Gutiérrez, la experiencia de estar entre los dos mundos es muy extraña. Como comentó para Sin Embargo:

Muchas veces yo también me hago preguntas que nunca he podido resolver, si ha sido bueno o malo para mí salir. Malo porque he aprendido muchas mentiras, en la comunidad no hay mentiras, no hay groserías y en la ciudad siempre andamos a contrarreloj, siempre hay mucho estrés. Allá no existe nada de eso, si trabajas sólo una hora no pasa nada y acá en la ciudad, pues te corren.

Fue bueno porque pude conocer otro mundo y malo porque ya estoy acá, estoy viviendo como de la ciudad […]

Y aunque, evidentemente, encuentra algo precioso en la música occidental (especialmente en las piezas de Chopin, sus favoritas) que explota y nos deja ver cuando toca el piano, Romeyno trae consigo el espíritu de la Sierra, y eso es lo que nos comparte, con sus palabras, su vestimenta y con arreglos especiales para piano hechos por Wheeler, de algunas de las canciones tradicionales de su comunidad.

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Por otro lado, con lo que Romeyno recauda en los conciertos, apoya a su pueblo en la construcción de un hospital y una escuela, el primero tristemente imprescindible, pues, a pesar de la hermosa eficiencia de la vida en la Sierra, la falta de agua (provocada por factores externos a ellos y tristemente cercanos a la vida “de ciudad”) les genera hambrunas y enfermedades. Así, se vuelve muy importante involucrar a su comunidad en este tipo de procesos de “desarrollo” e infraestructura.

Pero podría ser distinto, si quienes estamos explotando desmedidamente recursos que son para todos nos diéramos la oportunidad de escuchar a Romeyno y sorprendernos, no porque él sea un fenómeno sorprendente, sino porque nos urge estar sorprendidos de nuestras propias formas de vida; para bien, cuando escuchamos a Chopin, para mal, cuando entendemos que somos esclavos de un sistema que vive de los recursos de otros.

Un poema audiovisual a los rarámuri, cortesía de Jorge Drexler (VIDEO)

Guaguarongos: los geniales jorongos para quitarle el frío a tu perro

Los textiles mexas se están filtrando a todos los rincones del diseño, pero su más simpática versión son estos “guaguarongos”.

El gusto por nuestras artesanías tradicionales viene y va. Pero a nosotros nos encanta ver que se filtren a todos los rincones del arte y el diseño contemporáneo, porque significa que seguimos encontrando maneras de reinventar, cuestionar y replantear eso que ya consideramos bien nuestro.

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Pero quizá la versión más simpática de estas reinvenciones de las artesanías tradicionales son los “guaguarongos”, geniales jorongos que sirven para quitarle el frío a las mascotas. Los jorongos son una pieza de ropa típica de distintas regiones del país que aún sigue produciéndose con antiguas y preciosas técnicas, aunque esta pequeña versión es la más insólita y enternecedora.

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Los guaguarongos nacieron por iniciativa de Fernanda Valdés Ferrer, que, enamorada de los perros, se alió con artesanos de Contla de Juan Cuamatzi, Tlaxcala, para fabricar estas detalladas prendas y formar la marca Tamal In. ¿Por qué de Contla? porque ahí hay una fina y muy arraigada tradición en torno a los textiles artesanales, que además de construir inigualables diseños, son muy cómodos y calientitos.

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Hay jorongos de todos los tamaños, pues se pueden encargar prácticamente a la medida de cada mascota. Dependiendo del tamaño, varia el precio, aunque un porcentaje de las ganancias de Tamal In se dona a refugios para perros.

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Sin duda es una forma muy innovadora de consumir artesanías, que se celebra, porque implica devolver a nuestro imaginario cotidiano diseños que cuentan la historia de las comunidades que los tejen.

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Si te enamoraste de los guaguarongos, no dudes en comprarle uno a tu mascota y apoyar las múltiples causas que se desenvuelven entre sus hilos.

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Explora seductores microuniversos en los collages de Guillermo Flores (GALERÍA)

Piérdete por un rato en las complejas y preciosas construcciones de este diseñador mexicano.

El diseño mexicano, especialmente en su dimensión gráfica, es precioso. Sobre todo porque para inspirarlo hay una enorme gama de cosmogonías y mitologías locales que entretejen culturas y temporalidades. Así, parece que no nos es difícil imaginar complejas y preciosas construcciones que se escapan de las dimensiones que consideramos “reales”.

Guillermo Flores es uno de esos talentosos creadores que, inspirado por objetos, plantas y animales cotidianos, genera composiciones fantásticas. El creador de Orbeh Studio es uno de los diseñadores mexicanos más destacados y no solo gráficos. Su trabajo también lo ha llevado al terreno del arte contemporáneo, el diseño web, la fotografía y el branding.

De hecho ha colaborado con marcas enormes como el Cirque du Soleil y Nike; aunque lo que más nos conmueve son sus creaciones personales. Su estilo está inspirado en las antiguas ilustraciones de las viejas enciclopedias y almanaques, especialmente los de temas naturalistas. Así, en su obra se repiten motivos como aves, nopales y flores; pero también máquinas antiguas y elegantes sujetos que las utilizan, pero de formas extrañas.

La atención inmensa a cada uno de los detalles es lo que vuelve a sus figuraciones tan seductoras. Podrías pasarte horas observando la escena y saboreando todas las texturas, sonidos y situaciones que propone. Además, el ensamblaje saca a las cosas de su lugar esperado o reconocible y las reorganiza de maneras insospechadas, ampliando profundamente su significado y posibilidades.

Te compartimos una selección de los collages de Guillermo Flores, deliciosos microuniversos para perderse y encontrarse.

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Los rarámuri y el sentido divino de correr

Para los rarámuri, correr es un trance que te desliga del ego y te reúne con la tierra.

Los rarámuri, cultura milenaria del norte mexicano, pueden correr hasta por tres días seguidos. Su mente y cuerpo son superados por una voluntad mística, impresa en el sentido divino de correr. Al mismo tiempo, correr significa reunirse con la tierra, comprenderla en un eterno espiral de movimiento: “cuando corres en la tierra y corres con la tierra, puedes correr para siempre”, dice un proverbio rarámuri.

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La intención y el sentido son suficientes para consumar este acto mágico, focalizando la energía que trasciende lo que conocemos o comprendemos, en un acto que a otros les pareciera cotidiano o perfectamente insignificante. Pero para los rarámuri correr es un acto ritual, que persiste en ese sentido a pesar de cinco siglos de intentos de evangelización cultural.

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No en vano, a quienes habitan en esta comunidad los conocemos como sujetos de “pies ligeros” y la fortaleza inaudita de sus corredores es memorable. Hombres y mujeres recorren las escarpadas brechas adentradas en la Barranca del Cobre; día y noche, atraviesan sierras casi inhóspitas.

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Otro de sus más valorados proverbios habla de la fortaleza “¡Quien no aguanta no vale!”. Y, como a su tierra, los rarámuri viven y recorren el aguante profundamente. Su contexto geográfico es tan radical, inmerso en una dinámica de constantes sequías y fríos intensos, que la voluntad resulta vital para sobrevivir. Los rarámuri han soportado las inclemencias de su entorno por siglos, y el más arraigado símbolo de su admirable espíritu, es precisamente el milenario hábito de correr.

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Equipados con la sencillez de su complexión, recorren sus tierras, hacen suyo el entorno –que son ellos mismos–, y trascienden el cuerpo y la mente con su voluntad. Sus ancianos y jóvenes, que en su cosmogonía son adultos desde los catorce años, llegan a correr hasta tres días seguidos sin descanso, ingiriendo cantidades pequeñas de comida y agua.

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Por otro lado, sus cuerpos delgados, livianos pero fuertes, son una extensión de la ligereza de su concepción del mundo. Y, simultáneamente, trascender el “yo”, mediante el rito de correr, es un ejercicio ancestral: los límites del cuerpo son rebasados por la intención.

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Los rarámuri corren con sencillas sandalias puestas: una suela de cuero atada con un lazo al pie y la pierna. Y así se aprecia entre los grandes corredores de la sierra Tarahumara, como Ciro Chacarito y la contemporánea Lorena Ramírez. Pero correr así, con la intención de hacer vibrar hasta lo más recóndito de uno mismo, poco tiene que ver con las sandalias y los caminos. Sus recorridos se convierten en auténticos trances.

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Es posible que para ser dueño de uno mismo, tal vez haya que trascender toda clase de reminiscencia de lo que se es; tal vez hay que fundirse con el profundo movimiento del mundo y los rarámuri alcanzan ese estado en la más sencilla de las expresiones físicas: corriendo.

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