MUSEO es una película preciosa e incidentalmente verdadera (RESEÑA)

Esta reseña no pretende decir la verdad, aunque por accidente se encuentre con ella.

La historia esperada, la que todos quieren ver en el cine, es la siguiente: en la madrugada del 25 de diciembre de 1985 (sí, en la Navidad del año del sismo), fueron robadas más de 100 piezas del Museo Nacional de Antropología. Los ladrones: dos jóvenes de no más de 25 años, veterinarios ambos.

¿Cómo lo hicieron? Fácil: Carlos Perches y Ramón Sardina, mexicanos y compañeros de crimen, planearon el atraco durante seis meses, según reportaron las autoridades y para no fallar ni una, visitaron el museo más de 50 veces. Así, se dieron cuenta de que la seguridad era mínima y que lo más importante era evitar las miradas indiscretas de los guardias de, que evidentemente estaban distraídos gracias a las fiestas.

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Sabían perfectamente qué estaban haciendo y cómo se hacía. A la mañana siguiente de lo que los medios de la época calificaron como “El robo del siglo”, la nación entera tuvo noticia del asunto y, así, se inauguró el misterio. A pesar de las múltiples detenciones y teorías policiales que involucraron crimen organizado, narcotráfico y tráfico de arte y otros objetos culturales, las piezas estuvieron desaparecidas por 4 años.

En 1989, por el “pitazo” de un narco, las autoridades dieron con ellas en el clóset donde fueron escondidas por los ladrones, después de ser sustraídas de su sitio de origen (del museo, claro). Llevaba apenas unos meses en el poder Carlos Salinas de Gortari, cuando celebró este triunfo con una conferencia de prensa en el museo y posteriormente, una comida, en un restaurante de lujo.

Narra este final feliz Xochiketzalli Rosas para El Universal con tanta maestría que no hace falta volver a escribirlo:

“Así, mientras el jefe del ejecutivo, los miembros de su gabinete y los diversos invitados abandonaron el museo y celebraban, allá, entre el mármol y el tezontle quedaron los visitantes de todos los días y en la pequeña sala en nichos rigurosamente vigilados, un tesoro y su misterio reposaron de nuevo en las sombras del museo.”

La verdad es narrativa

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Extrañamente, esa historia no es la que se dedica a narrar Museo, la película de Alonso Ruizpalacios, protagonizada por Gael García y Leonardo Ortizgris; en todo caso esa es la historia que poetiza, pero eso ya lo discutiremos más adelante.

No, la historia que nos cuenta Museo es una réplica de la original. La historia original es, claro, el complejo ensamblaje que se armaron los medios, desde el momento en que se enteraron del robo, hasta este preciso instante. Y Museo es una réplica, una pieza que aparenta (por su fachada, por su presencia mediática y la historia que evoca) ser algo que no es. Sin embargo, no por eso es menos verdadera, en todo caso, es su delicioso desdén, cuando se trata de narrar el mundo, lo que la hace tan fantástica.

La evidencia de que estamos frente a un collage, frente a una poesía, antes que frente a un documental (o por lo menos una de esas piezas que pretenden serlo) se nos presenta en las primeras escenas de Museo; pero una realmente icónica es aquella donde se narra cómo llegó a Chapultepec la enorme figura de Tláloc, extraída desde el lago de Texcoco. Las imágenes fueron sacadas directamente de un clip del Museo Nacional de Antropología y el guión, prácticamente es el mismo.

Sin embargo, hay algo que, en la repetición se suma; como cuando miras un fractal, pero en las separaciones entre patrón y patrón, línea y línea, se manifiesta otra forma que también se repite. Así funciona más o menos toda la trama, a la que se le unen la cinematografía y otros detalles como las actuaciones y los sonidos. Sobre cosas que existen, se construyen calcas, pero hechas casi con descuido, casi gritando que son copias.

Así, mientras que el ensamblaje que es esta película, se “chinga” detalles de todos lados, también lo hace como le viene en gana, haciendo que el conjunto valga más que la suma de las partes. Y sí, esta película es un robo, en tantos sentidos; pero tal vez, es necesaria su forma, para poder describir articuladamente unos cuantos robos más.

El robo de Tláloc es uno que destaca: cuando se llevaron la figura de piedra de su lugar de origen (un sitio muy lejano al museo), los habitantes se quedaron tristes; pero el dios no se quedó de brazos cruzados. La cápsula documental del mismo MNA narra: “Es curioso observar que aún cuando el reporte del tiempo no pronosticaba lluvia para ese día, al entrar Tláloc a la Ciudad de México cayó un aguacero torrencial que duró una hora y media, un hecho por demás inusitado para esa época del año.”  

Si llovió o no llovió ese día, es lo que menos importa. El recurso es puramente narrativo, lo mismo que la tristeza de la gente a la que despojaron de su deidad. Aquí la cosa es quién está contando las historias, quién se adjudica este poder divino, de narrar. Alonso Ruizpalacios y el equipo que hizo posible este cuento audiovisual, se empoderaron en serio. Cada detalle de la película genera una tensión enorme entre lo que es verdadero y lo que es falso, aunque, simultáneamente la tensión se disuelve, casi con la misma fuerza, como asumiendo que el producto final está abierto, es poroso y está puesto para toda clase de interpretaciones.  

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Muy distinta era la historia que se agenciaron y distribuyeron los presidentes de la época y con la que crecieron los ladrones, en la película llamados Juan (Gael García) y Benjamín (Leonardo Ortizgris). Pero Juan y Benjamín no eran tan ingenuos, por lo menos no se pensaban pendejos y esa historia nacionalista alimentada por tipos como Luis Echeverría y José López Portillo no los convencía. Incluso se sugiere que a los personajes les importa un bledo la verdad, lo que los mueve son las vivencias. El contacto directo con eso que se promete, a ver si es cierto. ¿Pero y si no? Pues no importa.

Aunque vivir así, tiene consecuencias, cuestionar la historia, profanar las vitrinas que la envuelven podría ser terrible. Algunos, lo consideran incluso un acto de lesa cultura y nacionalidad, por lo menos así llamó Jacobo Zabludovsky en las noticias de la mañana del 25 de diciembre al robo de Juan y Benjamín (o Carlos y Ramón, dependiendo de quién esté narrando).  

Y Jacobo no estaba solo, funcionarios, y probablemente también ciudadanos, refunfuñaron frente al noticiero, sospechando que solo gente miserable, sin pasado, sin futuro, podría haber cometido crimen tal. Ojalá, tal vez se susurraban, se pudran en su maldición de pendejez. ¿Pero no es acaso la pendejez la maldición de ser humano? La imbecilidad pura, pues, la incapacidad de saber qué pasó en el pasado y que será del futuro, la condición de estar sujetos al espacio-tiempo de cada caso.  

Como los personajes, no puede hacer uno más que imaginar y a través de uno mismo dar con un par de respuestas, mientras dura la contemplación deliciosa de las piezas que están enfrente, tal vez dioses de oro en miniatura hechos por hombres o películas de 35 mm, proyectadas en gran formato hechas por otros hombres.

Un sujeto asediado por su destino decide dejarlo atrás

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Cuando se trata de buscar la verdad, la pregunta adecuada es el por qué. Y a quien esta película marchita en lugar de hacer vibrar, es a quien se muere por saber la respuesta correcta a la pregunta de los 50 millones de pesos: ¿por qué lo hicieron?

Dicen que la policía nunca pudo averiguarlo, pero el asunto era, por mucho, lo que intrigaba deliciosamente a la audiencia de los noticiarios. El 17 de junio del 89, por ejemplo se publicó este artículo en Proceso, donde se cita al director del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Roberto García Moll:  “dice que —en forma personal— cree que los ladrones ‘están enfermos, porque para puntada es una puntada muy dolorosa y lastimosa’”.

Cuando no hay respuesta suficiente, la locura es la única verdad posible. ¿Pero será la locura síntoma de que un sujeto (uno como Juan o Benjamín), harto de las circunstancias, harto de saber el fin último de su vida, decide dejar de luchar por la verdad que le ha sido narrada? La vida está llena de mitologías que nos son genuinamente ajenas y otras que simplemente asumimos.

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En Museo se yerguen orgullosas, haciendo reír y llorar a la audiencia. El retrato de la familia clasemediera y sus clichés, por ejemplo, son pequeñas joyas históricas, pero que, contrario a las que se encuentran en el museo, estas sí se sienten nuestras. Por otro lado las mitologías que ensamblamos sobre la familia, la política, los desastres naturales (recordemos que el robo fue en 1985), sirven para hacer valer acontecimientos específicos y ¿después? ¿Tenemos que conformarnos con la verdad ya narrada?

Ruizpalacios en Museo sugiere que no. El truco más obvio y fantástico está inscrito en la cinematografía, en hacerla evidente, en denotarla. Hay un par de escenas, de hecho que exageran la cualidad de cine a tal grado, que no hay manera de “olvidar que estás viendo una película”. Algo así como la escena icónica de Persona de Ingmar Bergman (1966), donde, en el momento de máxima tensión de la película, el film parece atorarse y quemarse.


Y no solo es la actuación y las decisiones visuales las que nos dicen “te estamos engañando”, el audio cumple un papel fundamental y hay que ponerle atención. De hecho, el soundtrack de Tomás Barreiro (que es una auténtica joya), también hace su parte, entre el plagio y los efectos exagerados o reforzando los detalles conceptuales de la trama.

Por si fuera poco, constantemente se nos recuerda que hasta el más terrible drama al que las narraciones del mundo nos hayan atado, hasta el destino más asediante es fútil, junto al auténtico aparecer, junto a la verdad verdadera de que la vida, como la película, como los dramas de ambas y como las mitologías, van a terminar por terminarse. En pocas palabras, la muerte es otro de los personajes que tienen presencia en cada uno de los niveles de Museo.

Un día, alguien se cansó de toda narración y empezó a hacer poesía

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Al hacerse la pregunta por la verdad, Museo, se pregunta por el origen, no solo el de las cosas, pero también de las ideas, de las historias, de toda clase de narraciones. Pero, al no contestar ninguna pregunta, al dejar el mundo de sus personajes y lo que suponemos que el mundo nuestro incompleto, lo que construyen es auténtica poesía.

Al sugerir huecos en los personajes, me sugieren a mí que probablemente no sé bien qué estoy haciendo, pero que, definitivamente, hay una fuerza interior que me impulsa. Esa fuerza bien podría ser nuestra tradición, pero no la “tradición” como la hemos comprendido o la pintan los museos; tampoco como un conjunto de políticas de vida de las que no somos dueños, sino como la manifestación de la propia subjetividad en cada una de las cosas que toca nuestra mirada.

Si hay una especie de verdad o moraleja en Museo, tal vez sea que “chingarnos algo” apropiarnos de la narración de una cosa, desarticularla, (tal vez, usar las reliquias nacionales para hacer cocaína o llevarnos a Tláloc a hacer lluvia donde no pertenece) es hacer poesía.

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Ahí va Tláloc…

Para cerrar, un dato curioso sobre la película. Al parecer replicaron en Estudios Churubusco las salas del MNA, para tener control de las escenas y como espectador puedo decir que lo hicieron con una precisión tal, que si no lo sabes, no tienes motivos ni para sospecharlo. En su defensa (y en la de cualquier artista y casi cualquier cinematógrafo) se puede argumentar que no te están engañando, en su lugar te están diciendo: esto es una verdad ensamblada en un andamiaje de artificios, pero, francamente, ¿eso te importa? ¿Cuál de tus verdades no se yergue así?

La más hermosa de tus verdades es comparable con aquel Tláloc afuera del MNA: con su pinta tan radiante que cualquiera podría jurar que siempre ha estado ahí, pero tú sabes, secretamente, que ese elemento corresponde a otro lado, lo robaste y, solo por eso, es tuyo.

Dicen distintas fuentes que, después del robo, todos los mexicanos querían ver las vitrinas vacías. Tal vez lo que les provocaba tanta intriga era la historia en blanco o, desde otro lugar, la posibilidad de una historia.

También en Más de México: “Extraño pero verdadero” es una brillante visión de nuestra oscura realidad

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

“Extraño pero verdadero” es una brillante visión de nuestra oscura realidad

Esta joya del cine mexicano contemporáneo delicadamente te sacudirá toda indiferencia...

“Ante los ojos testigos somos solo una palabra en un pedazo de papel”

Extraño pero verdadero (Lipkes, 2018)

Ávidos de significado, vamos los humanos buscando símbolos. Cuando necesitamos dosis ínfimas, los encontramos encarnados en “banalidades”. Si el ansia es grande, nos perdemos en el laberinto del arte, la religión y otras expresiones del estilo.

Pero cada espacio donde decidimos invertir tiempo cumple con características cuidadosamente definidas: nos quedamos solo con eso que tiene cabida en nuestra identidad, con eso que nos hace sentir cómodos, en cada caso. Lo demás lo tiramos a la basura. ¿Y esa basura a dónde se va? ¿Quién la recoge?

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La basura simbólica y la material se parecen mucho. Sobre todo en este país, donde no terminamos de hacernos cargo de ninguna, solo la dejamos caer. La basura material son envases, bolsas de plástico, televisiones antiguas, juguetes rotos y cáscaras de naranja. La simbólica son las las cosas que no nos gustan, las malas noticias, las responsabilidades que evadimos, las pequeñas violencias que articulamos.

A veces depositamos la basura “donde va”, aunque de su destino final sabemos poco. Pero hay sujetos encargados de esconderla, responsables de alguna forma de procesar eso que nosotros ya no queremos ver, de eso que preferiríamos no saber más. ¿Quiénes son estos sujetos? ¿Y cómo son sus vidas? Las respuestas son alumbradas en “Extraño pero verdadero”, una película imperdible de Michel Lipkes.

Técnicamente magnífica, por las buenas actuaciones, el genial soundtrack y una impecable fotografía en blanco y negro, regala una narración brillante. La trama es extrañamente sencilla: Jonathan y Yesi son dos trabajadores de un camión de basura y están enamorados. Sus vidas mantienen una frágil y desencantadora estabilidad, hasta que se encuentran con un cadáver entre los desechos que tienen que transportar.  Esta alteración los envuelve en una vulgar aventura, en donde tienen que luchar contra una fuerza malévola y buscar a toda costa lo que, dadas las circunstancias, podría considerarse un final feliz.

Pero las grandes lecciones de la película son las que se manifiestan silenciosamente. Como otras grandes del cine mexicano, no se guarda ningún detalle sobre los mundos que nuestros medios masivos deciden invisibilizar, en el mejor de los casos, o victimizar, en el peor. Así, descubrimos uno de los miles de Méxicos que alberga esta tierra: el México de la basura.

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La película enfatiza en algo muy duro: hemos naturalizado el hecho de que trabajar en la basura es relativamente “indigno”; y nos pone a pensar sobre el asunto: la basura es un trabajo indigno porque nosotros tratamos a la basura de manera indigna. Si no fuera por eso, tal vez esos desechos no serían tan evidentemente basura.

La basura está sucia porque no la separamos correctamente, no la limpiamos, no la composteamos en su caso, nos importa un bledo si puede o no reciclarse. Nos importa aún menos continuar produciéndola.

Así, es improbable que la basura sea un asunto limpio; al contrario es un revoltijo de desechos, irresponsabilidad y desdén. Y quienes se encargan de este revoltijo, pasan a ser agentes transparentes que alejan a los otros sujetos de todo lo que podría ponerle trabas a la también frágil y desencantadora “estabilidad” de nuestro México contemporáneo.

Así, se transforman en extraños fantasmas, en ángeles guardianes de la limpieza, pero que tienen que transitar constantemente de la “vida cotidiana” de los que tiramos basura, al infierno de “los basureros”, desiertos con dunas hechas de basura, donde residen toda clase de cosas (hasta cadáveres).

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Estos contrastes tremendos se hacen evidentes en “Extraño pero verdadero”, que juega descaradamente con la división entre lo bueno y lo malo. La basura es mala, sin duda, pero el bien y el mal se transforman aquí en categorías de interpretación que van cambiando de significado en distintos terrenos: la basura de unos es el oro de otros; pues los personajes aprovechan la basura de múltiples formas para sobrevivir. En primer lugar, es la materia prima de su oficio.   

No es solo la división entre bien y mal lo que se complejiza. Haciendo honor al título, también aquella que puede marcarse entre lo extraño y lo verdadero. La película presenta momentos de explícito surrealismo, donde (como en la obra de David Lynch y Luis Buñuel, por ejemplo) nos sugiere que todo lo que está pasando es un sueño; pero que, de alguna forma, es verdadero dentro de la lógica narrativa de esta fantasía; en ese sentido, tal vez nunca despiertes.

Es muy crudo encontrarse con que así funciona nuestra realidad local. Lo malo, la basura de nuestra realidad, nos parece un extraño sueño; pero la verdad es que su materialidad nos está alcanzando. Su veneno se filtra en nuestra imaginación, en los medios, las películas, las noticias.

Como la basura que no dejamos de producir, está volviendo a nosotros. En el mar, por ejemplo,  casi hay más basura que peces. En México, por ejemplo, hay cada día más noticias de violencia que de cualquier otro tipo.

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Al mismo tiempo, esta película, como luz que alumbra las regiones que hemos oscurecido a propósito, nos recuerda que si todo esto que estamos dejando fuera, en la basura, fuera tratado con un poquito de dignidad, las cosas podrían ser distintas. La basura podría ser un recurso y quienes se hacen cargo de ella, sin duda deberían ser tratadas como personas. Y las cosas extrañas que se cuelan a nuestra región de verdad podrían resolverse.

La película no regala el lujo de hacernos responsables. Y es que ante los ojos testigos, los sujetos y los significados que se están dejando al margen, son solamente palabras en un pedazo de papel, palabras aisladas, que no importan, que no simbolizan, que no resuenan. Pero si nos detenemos a escucharlas, todo podría cambiar. Podríamos hacernos de muchos pequeños finales, que dadas las circunstancias, serían bellísimos.

No te pierdas “Extraño pero verdadero” en tu cine más cercano y sigue apoyando el cine nacional.

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

¡Hoy empieza la Fiesta del Cine Mexicano! Aquí todo lo que tienes que saber

¡Cine mexicano a solo $20 pesos en todo el país! Estas son las películas que podrás disfrutar.

Si septiembre es el mes para celebrar todo lo mexicano, el cine no podía quedarse fuera. Y es que aunque hay un prejuicio enorme sobre nuestra producción cinematográfica (que después del Cine de Oro no vale la pena consumirla) esta se merece una verdadera fiesta para demostrar lo contrario.

Por eso la industria completa, encabezada por la Secretaría de Cultura, el IMCINE y el CANACINE organizó la Fiesta del Cine Mexicano: 7 días en los que podrás ver algunas de las mejores y las más queridas películas mexicanas en el cine por solo $20 pesos. Todos los cines comerciales se están uniendo, además de algunos espacios independientes como la Cineteca Nacional y espacios de streaming como FilmIn Latino. En estos últimos encontrarás selecciones muy especiales.

Se transmitirán filmes de todas las épocas: 11 contemporáneas que van a vivir un reestreno; 4 clásicos fantásticos y 2 películas completamente nuevas. La cartelera toca todos los géneros, pero se guía bajo el lema: “Historias que sí nos pasan”, la idea es que los mexicanos no enamoremos de nuestro cine porque en su multiplicidad de estilos, pretensiones políticas, géneros, presupuestos, al fin y al cabo, lo que refleja, es nuestra deliciosa diversidad.

Estas son las películas que forman parte de la lista oficial, pero aquí puedes encontrar las carteleras de los espacios independientes y mucha más información.

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Reestrenos:

  • A ti te quería encontrar
  • Cuando los hijos regresan
  • El habitante
  • Hazlo como hombre
  • La boda de Valentina
  • La leyenda del Charro Negro
  • La región salvaje
  • Más sabe el Diablo por viejo
  • Prometo no enamorarme
  • Sueño en otro idioma
  • Ya veremos

Clásicos (e imperdibles)

  • El lugar sin límites
  • Rojo Amanecer
  • Arráncame la vida
  • Dos tipos de cuidado.

Para poder ser proyectadas, estas cuatro joyas fueron restauradas, lo que implicó un gran y valioso esfuerzo.

Estrenos

  • Hasta los dientes
  • El día de la unión También en Más de México: 

7 películas nacionales están incluidas en la colección más exquisita de cine

10 películas mexicanas para celebrar el orgullo LGBT

Te dejamos una lista de cine mexicano que también se une a la celebración por la diversidad…

Hay un montón de prejuicios curiosos sobre el cine mexicano. Uno tal vez el más arraigado y equivocado  es que en este país no se hace buen cine. Y vale la pena desmentirlo: en México se hacen fantásticas películas que, además, se abren a la posibilidad de trabajar cualquier clase de tema. Al fin y al cabo, el cine es una preciosa herramienta, que permite a quien está narrando presentar al espectador la perspectiva de un otro con quien tal vez no había podido relacionarse. El cine invita a la comprensión.

Así, queremos recordar películas mexicanas que abren la discusión sobre la sexualidad. Algunas son verdaderas curiosidades, que valen más por sus riesgos en la trama que por su cinematografía. Otras, son joyas en la historia de nuestro cine. Sea por celebrar la diversidad; por curiosidad, o porque no le has entrado a estos temas y buscas una buena excusa, aquí te dejamos 16 películas mexicanas sobre la comunidad LGBT que tienes que ver.

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Los marcados de Alberto Mariscal, 1971

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Auténtica tragedia que cuenta la historia de dos bandidos que son pareja y que atacan a un pueblo protegido por “El marcado”. Un clásico de héroes y villanos con un toque ciertamente setentero. De hecho fue en este año, cuando comenzó a levantarse en México el movimiento que defendía y quería visibilizar la homosexualidad.

El lugar sin límites de Arturo Ripstein, 1978

Un auténtico clásico, no solo entre estas temáticas, también del cine mexicano. El guión está basado en la novela homónima del escritor chileno José Donoso. La Manuela es travesti, ella y su hija “la japonesita” son prostitutas, pero se enamoran del mismo hombre. El drama no se hace esperar, pero a pesar del título y el extraño tono con el que el narrador del trailer insinúa la trama es, en efecto (como se dice ahí mismo) “una película que revela el aspecto más sórdido de la represión sexual” Checa la entrevista que le hizo el Canal 22 a Ripstein. La historia detrás del filme es muy interesante. Puedes ver la película completa aquí.

Las apariencias engañan de Jaime Humberto Hermosillo, 1983

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La trama de este drama ochentero es, sin duda, extremadamente complicada. Lo que te podemos decir es que abre la discusión sobre la diferencia entre género y orientación sexual y toca temas como la transexualidad y bisexualidad, sumergiendo al espectador en la misma confusión que toca a cada uno de los personajes involucrados mientras se encuentran consigo mismos.

El callejón de los milagros de Jorge Fons, 1994

Basada en la novela homónima del escritor egipcio Naguib Mahfuz. El filme que ganó muchísimos premios (incluyendo 11 Ariel) pinta una trama complicada. Está dividido en cuatro partes, cada una cuenta la visión de distintos personajes que viven en la misma calle. Don Rulito, un hombre machista, que resulta ser homosexual. Alma, (Salma Hayek) una chica preciosa con una historia trágica. Susanita, una “solterona” enamoradiza y otros tantos que sufren por asuntos de amor y sexualidad.

Y tu mamá también de Alfonso Cuarón, 2001

Ya un clásico del director, protagonizado por Gael García, Diego Luna y la española Maribel Verdú, relata el viaje de los tres por Oaxaca y sus costas. La trama se transforma en un delicado drama que aborda cuidadosamente la bisexualidad, la política del sexo y también el panorama político de nuestro país, especialmente los asuntos de corrupción y violencia. Muy vigente, sin duda.

Quemar las naves de Francisco Franco Alba, 2007

Un drama adolescente que cuenta la historia de dos hermanos que, frente a la trágica muerte de su madre, tienen que enfrentarse al hecho simple y brutal de crecer. Entre tanto, explorar una sexualidad incestuosa y confusa con otros chicos que comienzan a inmiscuirse en sus vidas. La expresión que titula el filme, “quemar la naves” es una deliciosa curiosidad: se le atribuye a Hernán Cortés, que, según se cuenta, durante la conquista inhabilitó sus navíos para advertirle a sus hombres que “pase lo que pase” no habría retirada.

Todo el mundo tiene a alguien menos yo de Raúl Fuentes, 2012

Con cuidado y de forma inteligente, esta película denuncia la forma opresiva en la que se suelen construir todas las relaciones amorosas, sin importar la sexualidad de los involucrados. Alejandra, harta de sus relaciones pasadas, se involucra con María, una adolescente con la que lleva una pasional y demandante relación…

Carmín tropical de Rigoberto Perezcano, 2014

Si afirmas que en México no se hace buen cine, tienes que ver esta película. Es sutil, es hermosa, cada cuadro es simbólico y digno de explorarse detenidamente. No es, en realidad, una historia que aborde la sexualidad de los personajes, pero sí es protagonizada por sujetos poco convencionales y les permite narrarse sin prejuicios. Se trata de la historia de Mabel una muxe de Juchitán que regresa a su pueblo para investigar la muerte de su mejor amiga. El final es aterrador, pero los momentos que lo anteceden son extremadamente conmovedores. No dejes de verla.

Te prometo anarquía de Julio Hernández Cordón, 2015

Con radical frescura y honestidad, la ficción presenta de manera verosímil a jóvenes personajes que no suelen ser retratados en el cine mexicano. Miguel y Johnny son amigos, amantes, skaters y traficantes de sangre. Por supuesto, las cosas no salen bien y eso da lugar a una magnífica trama. El lado técnico de esta película es también imperdible.

Casa Roshell de Camila José Donoso, 2017

El documental nos cuenta sobre la Casa Roshell y sus personajes. El espacio es un club de travestismo y feminización desde lo masculino; pero funciona como un refugio, un espacio abierto para la práctica que estos hombres delegan a lo nocturno. De día se disfrazan de su género biológico. De noche se descubren.