¡Hoy empieza la Fiesta del Cine Mexicano! Aquí todo lo que tienes que saber

¡Cine mexicano a solo $20 pesos en todo el país! Estas son las películas que podrás disfrutar.

Si septiembre es el mes para celebrar todo lo mexicano, el cine no podía quedarse fuera. Y es que aunque hay un prejuicio enorme sobre nuestra producción cinematográfica (que después del Cine de Oro no vale la pena consumirla) esta se merece una verdadera fiesta para demostrar lo contrario.

Por eso la industria completa, encabezada por la Secretaría de Cultura, el IMCINE y el CANACINE organizó la Fiesta del Cine Mexicano: 7 días en los que podrás ver algunas de las mejores y las más queridas películas mexicanas en el cine por solo $20 pesos. Todos los cines comerciales se están uniendo, además de algunos espacios independientes como la Cineteca Nacional y espacios de streaming como FilmIn Latino. En estos últimos encontrarás selecciones muy especiales.

Se transmitirán filmes de todas las épocas: 11 contemporáneas que van a vivir un reestreno; 4 clásicos fantásticos y 2 películas completamente nuevas. La cartelera toca todos los géneros, pero se guía bajo el lema: “Historias que sí nos pasan”, la idea es que los mexicanos no enamoremos de nuestro cine porque en su multiplicidad de estilos, pretensiones políticas, géneros, presupuestos, al fin y al cabo, lo que refleja, es nuestra deliciosa diversidad.

Estas son las películas que forman parte de la lista oficial, pero aquí puedes encontrar las carteleras de los espacios independientes y mucha más información.

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Reestrenos:

  • A ti te quería encontrar
  • Cuando los hijos regresan
  • El habitante
  • Hazlo como hombre
  • La boda de Valentina
  • La leyenda del Charro Negro
  • La región salvaje
  • Más sabe el Diablo por viejo
  • Prometo no enamorarme
  • Sueño en otro idioma
  • Ya veremos

Clásicos (e imperdibles)

  • El lugar sin límites
  • Rojo Amanecer
  • Arráncame la vida
  • Dos tipos de cuidado.

Para poder ser proyectadas, estas cuatro joyas fueron restauradas, lo que implicó un gran y valioso esfuerzo.

Estrenos

  • Hasta los dientes
  • El día de la unión También en Más de México: 

7 películas nacionales están incluidas en la colección más exquisita de cine

Chicuarotes: la película que está abriendo una reflexión urgente sobre la realidad en México

La nueva película de Gael García plantea una serie de preguntas indispensables con una potencia memorable.

La relación que establecemos con el lugar donde vivimos –sea el pueblo, la colonia o el barrio– no siempre es fácil. A veces, lograr que prevalezca el sentido de pertenencia y las ganas de hacer comunidad, requiere que seamos muy tercos; sobre todo cuando el contexto que nos rodea es bastante desalentador.

Pero hay en los mexicanos un sentido de resiliencia –una deliciosa necedad– que siempre nos convoca a “estar mejor” y a buscar otros caminos. Esta energía, que distingue a nuestros paisanos, se deja ver profusamente Chicuarotes (2019), la nueva película dirigida por Gael García Bernal.

“Chicuarotes”, palabra que se usa para definir una actitud “terca” o “necia”, se utiliza también como el gentilicio para nombrar a los habitantes del barrio de San Gregorio Atlapulco, en la emblemática alcaldía de Xochimilco en la Ciudad de México.

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Este barrio es el lugar donde toma lugar la historia del filme, que cuenta un episodio en la vida de “Cagalera” y “Moloteco”, dos adolescentes que emprenden una búsqueda peculiar (pero que tristemente se repite entre muchos) para cambiar sus circunstancias. En el camino pondrán en cuestión todas las definiciones que los guían, especialmente la de “sueño” o “aspiración”. 

Xochimilco, donde se filmó esta película, tiene un aura mística y entrañable. Para quien no lo sepa, se trata de una zona al sur de la Ciudad de México que está repleta de tradiciones. Es también lugar que guarda conocimientos ancestrales ligados a la agricultura en chinampas. 

Estos elementos clave para la identidad de la zona –destacando, por supuesto, al enigmático ajolote– son delicadamente retratados en la película y aparecen frente a los personajes como preciosos talismanes: objetos mágicos que podrían cambiar la realidad, si tan solo se permitieran escucharlos. 

Como en otros barrios mexicanos, en San Gregorio hay fuertes dinámicas sociales (en muchos sentidos violentas) que ponen en riesgo la composición de la colectividad. Sin embargo, la belleza y la fuerza de la cultura y las tradiciones se manifiestan como promesa. Tal vez por eso, muchos en Xochimilco están tan profundamente enamorados de los ajolotes: los conciben como un digno representante de lo que son. 

Pero los personajes de “Chicuarotes” habitan una tragedia personal: ajolotes, chinampas y antiguas tradiciones se les presentan como signos transparentes, no como fundamentos para cambiar de vida.

La dura propuesta audiovisual, mucho más que una invitación a la reflexión, se planta frente a uno como una exigencia de compromiso; no solo con la experiencia del filme, también con el contexto que está dibujando (inspirado en una de las múltiples aristas de la realidad mexicana) y, sobre todo, con uno mismo

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Aunque la conversación que abre “Chicuarotes” es una que genuinamente duele abordar, es urgente que se ponga en nuestras mesas. Es un regalo, en muchos sentidos, que una película tenga la capacidad de volver a sacudirnos.

Para muchos, el cine es un espacio frívolo, superficial, un momento para “desconectarnos”; pero es su capacidad de sumergirnos en la vida de otro –en su mundo– la que lo transforma en una herramienta que deberíamos aprovechar para conectarnos.

Si “Chicuarotes” abre preguntas sobre el estado de nuestra sociedad, tal vez sin ofrecer respuestas, es porque nos quiere recordar que solo desde la propia trinchera se puede construir un mundo mejor; un territorio donde todos vislumbremos la materialización de nuestras aspiraciones. Por eso verla es un compromiso: cuando vivas la historia que tiene para contar, no podrás quedarte de brazos cruzados.

Festival Hola México: una probadita del nuevo cine mexicano (al otro lado de la frontera)

Estas 4 películas se proyectarán en la edición 11 del Hola Mexico Film Festival en Los Ángeles y no podemos esperar para verlas.

El cine mexicano está viviendo una segunda época dorada. “Roma”, “Museo”, “Cómprame un revólver”, son solo algunas de las nuevas composiciones audiovisuales cuyos nombres retumban en el circuito local, pero también internacional.

La lista continuará ampliándose y no es extraño: en México tenemos mucho que decir y la boyante creatividad nacional nos ha permitido traducir estas historias al formato del séptimo arte con elegancia e ingenio. Por eso algunas de las nuevas propuestas que están presentándose en festivales por todo el mundo nos emocionan muchísimo. Uno de esos festivales es “Hola Mexico Film Festival”, una propuesta endémica de Los Ángeles, dedicada a mostrar el estado del cine contemporáneo de nuestro país, al otro lado de la frontera.

En su edición número 11 serán proyectados nuevos clásicos (como la ya mencionada y muy celebrada ROMA); una buena muestra de cine comercial, y una selección de historias que relatan micro-realidades de México que frecuentemente son ignoradas. Entre ellas hay 4 historias que consideramos imperdibles. Aquí te las presentamos.

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Huachicolero

Tocando una serie de temas que urgen discutir, “Huachicolero” es una propuesta que simplemente no podemos ignorar. En esta película Lalo, el personaje principal, es un joven que buscando dinero decide involucrarse con un grupo de huachicoleros; por supuesto la situación se complica, exhibiendo que, por donde la veas, la estructura social de nuestro país tiene fracturas enormes que tenemos que empezar a reparar.

Rita: el documental

Este precioso documental, lleno de música —de La Santa Sabina, por supuesto— celebra la vida de Rita Guerrero, activista, zapatista y vocalista de la épica banda de rock mexicana.

Niebla de culpa

La protagonista de esta película en blanco y negro es Marina de Tavira (nominada a un Oscar por “Roma”); pero esas cosas no son las únicas que este filme comparte con la aclamada de Cuarón, pues también decide abordar temas de desigualdad, ruralidad y trabajo doméstico. Aunque el tráiler promete una narración menos “localizada”, menos enfocada en memorias personales y mucho más poética.

Feral

El buen cine de terror no abunda y no solo en el cine mexicano. Parece que ese género prefiere concentrarse en “asustar” a través de una serie de artimañas técnicas y narrativas predefinidas, que en contar una historia. Pero “Feral” podría ser un antídoto a esta crisis.

MUSEO es una película preciosa e incidentalmente verdadera (RESEÑA)

Esta reseña no pretende decir la verdad, aunque por accidente se encuentre con ella.

La historia esperada, la que todos quieren ver, es la siguiente: en la madrugada del 25 de diciembre de 1985 (sí, en la Navidad del año del sismo), fueron robadas más de 100 piezas del Museo Nacional de Antropología. Los ladrones: dos jóvenes de no más de 25 años, veterinarios ambos.

¿Cómo lo hicieron? Fácil: Carlos Perches y Ramón Sardina, mexicanos y compañeros de crimen, planearon el atraco durante seis meses, según reportaron las autoridades y para no fallar ni una, visitaron el museo más de 50 veces. Así, se dieron cuenta de que la seguridad era mínima y que lo más importante era evitar las miradas indiscretas de los guardias de, que evidentemente estaban distraídos gracias a las fiestas.

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Sabían perfectamente qué estaban haciendo y cómo se hacía. A la mañana siguiente de lo que los medios de la época calificaron como “El robo del siglo”, la nación entera tuvo noticia del asunto y, así, se inauguró el misterio. A pesar de las múltiples detenciones y teorías policiales que involucraron crimen organizado, narcotráfico y tráfico de arte y otros objetos culturales, las piezas estuvieron desaparecidas por 4 años.

En 1989, por el “pitazo” de un narco, las autoridades dieron con ellas en el clóset donde fueron escondidas por los ladrones, después de ser sustraídas de su sitio de origen (del museo, claro). Llevaba apenas unos meses en el poder Carlos Salinas de Gortari, cuando celebró este triunfo con una conferencia de prensa en el museo y posteriormente, una comida, en un restaurante de lujo.

Narra este final feliz Xochiketzalli Rosas para El Universal con tanta maestría que no hace falta volver a escribirlo:

“Así, mientras el jefe del ejecutivo, los miembros de su gabinete y los diversos invitados abandonaron el museo y celebraban, allá, entre el mármol y el tezontle quedaron los visitantes de todos los días y en la pequeña sala en nichos rigurosamente vigilados, un tesoro y su misterio reposaron de nuevo en las sombras del museo.”

La verdad es narrativa

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Extrañamente, esa historia no es la que se dedica a narrar Museo, la película de Alonso Ruizpalacios, protagonizada por Gael García y Leonardo Ortizgris; en todo caso esa es la historia que poetiza, pero eso ya lo discutiremos más adelante.

No, la historia que nos cuenta Museo es una réplica de la original. La historia original es, claro, el complejo ensamblaje que se armaron los medios, desde el momento en que se enteraron del robo, hasta este preciso instante. Y Museo es una réplica, una pieza que aparenta (por su fachada, por su presencia mediática y la historia que evoca) ser algo que no es. Sin embargo, no por eso es menos verdadera, en todo caso, es su delicioso desdén, cuando se trata de narrar el mundo, lo que la hace tan fantástica.

La evidencia de que estamos frente a un collage, frente a una poesía, antes que frente a un documental (o por lo menos una de esas piezas que pretenden serlo) se nos presenta en las primeras escenas de Museo; pero una realmente icónica es aquella donde se narra cómo llegó a Chapultepec la enorme figura de Tláloc, extraída desde el lago de Texcoco. Las imágenes fueron sacadas directamente de un clip del Museo Nacional de Antropología y el guión, prácticamente es el mismo.

Sin embargo, hay algo que, en la repetición se suma; como cuando miras un fractal, pero en las separaciones entre patrón y patrón, línea y línea, se manifiesta otra forma que también se repite. Así funciona más o menos toda la trama, a la que se le unen la cinematografía y otros detalles como las actuaciones y los sonidos. Sobre cosas que existen, se construyen calcas, pero hechas casi con descuido, casi gritando que son copias.

Así, mientras que el ensamblaje que es esta película, se “chinga” detalles de todos lados, también lo hace como le viene en gana, haciendo que el conjunto valga más que la suma de las partes. Y sí, esta película es un robo, en tantos sentidos; pero tal vez, es necesaria su forma, para poder describir articuladamente unos cuantos robos más.

El robo de Tláloc es uno que destaca: cuando se llevaron la figura de piedra de su lugar de origen (un sitio muy lejano al museo), los habitantes se quedaron tristes; pero el dios no se quedó de brazos cruzados. La cápsula documental del mismo MNA narra: “Es curioso observar que aún cuando el reporte del tiempo no pronosticaba lluvia para ese día, al entrar Tláloc a la Ciudad de México cayó un aguacero torrencial que duró una hora y media, un hecho por demás inusitado para esa época del año.”  

Si llovió o no llovió ese día, es lo que menos importa. El recurso es puramente narrativo, lo mismo que la tristeza de la gente a la que despojaron de su deidad. Aquí la cosa es quién está contando las historias, quién se adjudica este poder divino, de narrar. Alonso Ruizpalacios y el equipo que hizo posible este cuento audiovisual, se empoderaron en serio. Cada detalle de la película genera una tensión enorme entre lo que es verdadero y lo que es falso, aunque, simultáneamente la tensión se disuelve, casi con la misma fuerza, como asumiendo que el producto final está abierto, es poroso y está puesto para toda clase de interpretaciones.  

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Muy distinta era la historia que se agenciaron y distribuyeron los presidentes de la época y con la que crecieron los ladrones, en la película llamados Juan (Gael García) y Benjamín (Leonardo Ortizgris). Pero Juan y Benjamín no eran tan ingenuos, por lo menos no se pensaban pendejos y esa historia nacionalista alimentada por tipos como Luis Echeverría y José López Portillo no los convencía. Incluso se sugiere que a los personajes les importa un bledo la verdad, lo que los mueve son las vivencias. El contacto directo con eso que se promete, a ver si es cierto. ¿Pero y si no? Pues no importa.

Aunque vivir así, tiene consecuencias, cuestionar la historia, profanar las vitrinas que la envuelven podría ser terrible. Algunos, lo consideran incluso un acto de lesa cultura y nacionalidad, por lo menos así llamó Jacobo Zabludovsky en las noticias de la mañana del 25 de diciembre al robo de Juan y Benjamín (o Carlos y Ramón, dependiendo de quién esté narrando).  

Y Jacobo no estaba solo, funcionarios, y probablemente también ciudadanos, refunfuñaron frente al noticiero, sospechando que solo gente miserable, sin pasado, sin futuro, podría haber cometido crimen tal. Ojalá, tal vez se susurraban, se pudran en su maldición de pendejez. ¿Pero no es acaso la pendejez la maldición de ser humano? La imbecilidad pura, pues, la incapacidad de saber qué pasó en el pasado y que será del futuro, la condición de estar sujetos al espacio-tiempo de cada caso.  

Como los personajes, no puede hacer uno más que imaginar y a través de uno mismo dar con un par de respuestas, mientras dura la contemplación deliciosa de las piezas que están enfrente, tal vez dioses de oro en miniatura hechos por hombres o películas de 35 mm, proyectadas en gran formato hechas por otros hombres.

Un sujeto asediado por su destino decide dejarlo atrás

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Cuando se trata de buscar la verdad, la pregunta adecuada es el por qué. Y a quien esta película marchita en lugar de hacer vibrar, es a quien se muere por saber la respuesta correcta a la pregunta de los 50 millones de pesos: ¿por qué lo hicieron?

Dicen que la policía nunca pudo averiguarlo, pero el asunto era, por mucho, lo que intrigaba deliciosamente a la audiencia de los noticiarios. El 17 de junio del 89, por ejemplo se publicó este artículo en Proceso, donde se cita al director del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Roberto García Moll:  “dice que —en forma personal— cree que los ladrones ‘están enfermos, porque para puntada es una puntada muy dolorosa y lastimosa’”.

Cuando no hay respuesta suficiente, la locura es la única verdad posible. ¿Pero será la locura síntoma de que un sujeto (uno como Juan o Benjamín), harto de las circunstancias, harto de saber el fin último de su vida, decide dejar de luchar por la verdad que le ha sido narrada? La vida está llena de mitologías que nos son genuinamente ajenas y otras que simplemente asumimos.

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En Museo se yerguen orgullosas, haciendo reír y llorar a la audiencia. El retrato de la familia clasemediera y sus clichés, por ejemplo, son pequeñas joyas históricas, pero que, contrario a las que se encuentran en el museo, estas sí se sienten nuestras. Por otro lado las mitologías que ensamblamos sobre la familia, la política, los desastres naturales (recordemos que el robo fue en 1985), sirven para hacer valer acontecimientos específicos y ¿después? ¿Tenemos que conformarnos con la verdad ya narrada?

Ruizpalacios en Museo sugiere que no. El truco más obvio y fantástico está inscrito en la cinematografía, en hacerla evidente, en denotarla. Hay un par de escenas, de hecho que exageran la cualidad de cine a tal grado, que no hay manera de “olvidar que estás viendo una película”. Algo así como la escena icónica de Persona de Ingmar Bergman (1966), donde, en el momento de máxima tensión de la película, el film parece atorarse y quemarse.


Y no solo es la actuación y las decisiones visuales las que nos dicen “te estamos engañando”, el audio cumple un papel fundamental y hay que ponerle atención. De hecho, el soundtrack de Tomás Barreiro (que es una auténtica joya), también hace su parte, entre el plagio y los efectos exagerados o reforzando los detalles conceptuales de la trama.

Por si fuera poco, constantemente se nos recuerda que hasta el más terrible drama al que las narraciones del mundo nos hayan atado, hasta el destino más asediante es fútil, junto al auténtico aparecer, junto a la verdad verdadera de que la vida, como la película, como los dramas de ambas y como las mitologías, van a terminar por terminarse. En pocas palabras, la muerte es otro de los personajes que tienen presencia en cada uno de los niveles de Museo.

Un día, alguien se cansó de toda narración y empezó a hacer poesía

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Al hacerse la pregunta por la verdad, Museo, se pregunta por el origen, no solo el de las cosas, pero también de las ideas, de las historias, de toda clase de narraciones. Pero, al no contestar ninguna pregunta, al dejar el mundo de sus personajes y lo que suponemos que el mundo nuestro incompleto, lo que construyen es auténtica poesía.

Al sugerir huecos en los personajes, me sugieren a mí que probablemente no sé bien qué estoy haciendo, pero que, definitivamente, hay una fuerza interior que me impulsa. Esa fuerza bien podría ser nuestra tradición, pero no la “tradición” como la hemos comprendido o la pintan los museos; tampoco como un conjunto de políticas de vida de las que no somos dueños, sino como la manifestación de la propia subjetividad en cada una de las cosas que toca nuestra mirada.

Si hay una especie de verdad o moraleja en Museo, tal vez sea que “chingarnos algo” apropiarnos de la narración de una cosa, desarticularla, (tal vez, usar las reliquias nacionales para hacer cocaína o llevarnos a Tláloc a hacer lluvia donde no pertenece) es hacer poesía.

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Ahí va Tláloc…

Para cerrar, un dato curioso sobre la película. Al parecer replicaron en Estudios Churubusco las salas del MNA, para tener control de las escenas y como espectador puedo decir que lo hicieron con una precisión tal, que si no lo sabes, no tienes motivos ni para sospecharlo. En su defensa (y en la de cualquier artista y casi cualquier cinematógrafo) se puede argumentar que no te están engañando, en su lugar te están diciendo: esto es una verdad ensamblada en un andamiaje de artificios, pero, francamente, ¿eso te importa? ¿Cuál de tus verdades no se yergue así?

La más hermosa de tus verdades es comparable con aquel Tláloc afuera del MNA: con su pinta tan radiante que cualquiera podría jurar que siempre ha estado ahí, pero tú sabes, secretamente, que ese elemento corresponde a otro lado, lo robaste y, solo por eso, es tuyo.

Dicen distintas fuentes que, después del robo, todos los mexicanos querían ver las vitrinas vacías. Tal vez lo que les provocaba tanta intriga era la historia en blanco o, desde otro lugar, la posibilidad de una historia.

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María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.