México de noche: los nocturnos de Xavier Villaurrutia

Una de las voces más poderosas de nuestra poesía le cantó a la noche, a la ciudad, al deseo y a la soledad en piezas que llamó “nocturnos”. Aquí una breve selección…

Pocos fenómenos han inspirado tan incontables obras de arte como la noche y la paradójica luz que vierte sobre algunas cosas. 

Derivado de piezas musicales que en sus inicios se escribían para ser interpretadas de noche, el género poético conocido como nocturno fue cultivado por la poesía romántica y fue, también, uno de los favoritos de grandes poetas hispanoparlantes del siglo XX como Federico García Lorca y Salvador Novo. 

Pero es quizá la colección de nocturnos de Xavier Villaurrutia, reunidos en su poemario “Nostalgia de la muerte” (1938), una de las más deslumbrantes.

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Por insistencia de su padre comenzó a estudiar leyes, pero pronto huyó hacia el mundo de las letras y empezó a publicar sus poemas. Fue parte del grupo literario conocido como Los contemporáneos, al lado de Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, Gilberto Owen, José Gorostiza y Jorge Cuesta —algunos de ellos fueron sus compañeros en la Escuela Nacional Preparatoria. 

Además, Villaurrutia participó en diversas revistas literarias, muchas veces al lado de los grandes de su tiempo como Octavio Paz, y estudió dramaturgia al lado del gran Rodolfo Usigli en la Universidad de Yale. 

Algo que pocos saben es que, el también guionista cinematográfico, escribió con Fernando de Fuentes —uno de los cineastas más importante del periodo previo a la Época de Oro— Vámonos con Pancho Villa” (1935), obra maestra de nuestra cinematografía.

La poesía de Villaurrutia fue tocada de forma íntima por el surrealismo y por una influencia de la ya clásica voz de López Velarde. Sus obsesiones rondaron la muerte, la soledad y la ciudad. 

En los nocturnos esto es implacable: son el epítome de su sensibilidad; una tan particular como universal, tan suya como nuestra. La noche, ahí, se convierte en la irrealidad al ritmo de su música perfecta; es el espacio donde conviven el deseo y la soledad, la angustia y la iluminación, lo humano y el artificio.

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Por su parte, en lo nocturnos, el poeta canta solo, alejado del mundo exterior. Es una voz llena de desazón que casi nunca habla de ningún otro ser vivo o posible compañero; sólo de sus escenarios casi teatrales. Villaurrutia se distingue así de cualquier otra persona, mientras manifiesta un aislamiento guiado por la razón, la conciencia —una soledad voluntaria. 

A continuación una breve y caprichosa selección de estas piezas de Villaurrutia, joyas que aún hoy brillan en medio de la noche.

Nocturno

Todo lo que la noche
dibuja con su mano
de sombra:
el placer que revela,
el vicio que desnuda.

Todo lo que la sombra
hace oír con el duro
golpe de su silencio:
las voces imprevistas
que a intervalos enciende,
el grito de la sangre,
el rumor de unos pasos
perdidos.

Todo lo que el silencio
hace huir de las cosas:
el vaho del deseo,
el sudor de la tierra,
la fragancia sin nombre
de la piel.

Todo lo que el deseo
unta en mis labios:
la dulzura soñada
de un contacto,
el sabido sabor
de la saliva.

Y todo lo que el sueño
hace palpable:
la boca de una herida,
la forma de una entraña,
la fiebre de una mano
que se atreve.

¡Todo!
circula en cada rama
del árbol de mis venas,
acaricia mis muslos,
inunda mis oídos,
vive en mis ojos muertos,
muere en mis labios duros.

Nocturno de la estatua

a Agustín Lazo 

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina. 

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco, 
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo. 
Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra, 
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista 
y jugar con las fichas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces 
hasta oírla decir: “estoy muerta de sueño”.

Nocturno en que nada se oye

En medio de un silencio desierto como la calle
    antes  del crimen 
sin respirar siquiera para que nada turbe mi  muerte 
en esta soledad sin paredes 
al tiempo que huyeron los ángulos 
en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
para salir en un momento tan lento 
en un interminable descenso 
sin brazos que tender 
sin dedos para alcanzar la escala que cae de un
    piano invisible 
sin más que una mirada y una voz 
que no recuerdan haber salido de ojos y labios 
¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?
y mi voz ya no es mía
dentro del agua que no moja 
dentro del aire de vidrio
dentro del fuego lívido que corta como el grito 
Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro 
cae mi voz 
y mi voz que madura 
y mi voz quemadura 
y mi bosque madura 
y mi voz quema dura 
como el hielo de vidrio
como el grito de hielo 
aquí en el caracol de la oreja 
el latido de un mar en el que no sé nada 
en el que no se nada
porque he dejado pies y brazos en la orilla 
siento caer fuera de mí la red de mis nervios 
mas huye todo como el pez que se da cuenta
hasta ciento en el pulso de mis sienes 
muda telegrafía a la que nadie responde 
porque el sueño y la muerte nada tienen ya que 

    decirse.

Nocturno sueño

a Jules Supervielle

Abría las salas
profundas el sueño 
y voces delgadas
corrientes de aire 
entraban

Del barco del cielo
del papel pautado 
caía la escala
por donde mi cuerpo 
bajaba

El cielo en el suelo
como en un espejo 
la calle azogada
dobló mis palabras

Me robó mi sombra 
la sombra cerrada
Quieto de silencio 
oí que mis pasos
pasaban

El frío de acero 
a mi mano ciega
armó con su daga 
Para darme muerte
la muerte esperaba

Y al doblar la esquina 
un segundo largo
mi mano acerada 
encontró mi espalda

Sin gota de sangre
sin ruido ni peso 
a mis pies clavados
vino a dar mi cuerpo

Lo tomé en los brazos 
lo llevé a mi lecho

Cerraba las alas
profundas el sueño 

 

Nocturna rosa

a José Gorostiza

Yo también hablo de la rosa.
Pero mi rosa no es la rosa fría 
ni la de piel de niño,
ni la rosa que gira 
tan lentamente que su movimiento
es una misteriosa forma de la quietud.

No es la rosa sedienta, 
ni la sangrante llaga,
ni la rosa coronada de espinas, 
ni la rosa de la resurrección.

No es la rosa de pétalos desnudos,
ni la rosa encerada, 
ni la llama de seda,
ni tampoco la rosa llamarada.

No es la rosa veleta, 
ni la úlcera secreta,
ni la rosa puntual que da la hora, 
ni la brújula rosa marinera.

No, no es la rosa rosa
sino la rosa increada, 
la sumergida rosa,
la nocturna, 
la rosa inmaterial,
la rosa hueca.

Es la rosa del tacto en las tinieblas, 
es la rosa que avanza enardecida,
la rosa de rosadas uñas, 
la rosa yema de los dedos ávidos,
la rosa digital, 
la rosa ciega.

Es la rosa moldura del oído,
la rosa oreja, 
la espiral del ruido,
la rosa concha siempre abandonada 
en la más alta espuma de la almohada.

Es la rosa encarnada de la boca,
la rosa que habla despierta 
como si estuviera dormida.
Es la rosa entreabierta 
de la que mana sombra,
la rosa entraña 
que se pliega y expande
evocada, invocada, abocada, 
es la rosa labial,
la rosa herida.

Es la rosa que abre los párpados, 
la rosa vigilante, desvelada,
la rosa del insomnio desojada.

Es la rosa del humo, 
la rosa de ceniza,
la negra rosa de carbón diamante 
que silenciosa horada las tinieblas
y no ocupa lugar en el espacio.

Nocturno de la alcoba

La muerte toma siempre la forma de la alcoba
que nos contiene.

Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa,
se pliega en las cortinas en que anida la sombra,
es dura en el espejo y tensa y congelada,
profunda en las almohadas y, en las sábanas, blanca.

Los dos sabemos que la muerte toma
la forma de la alcoba, y que en la alcoba
es el espacio frío que levanta
entre los dos un muro, un cristal, un silencio.

Entonces sólo yo sé que la muerte
es el hueco que dejas en el lecho
cuando de pronto y sin razón alguna
te incorporas o te pones de pie.

Y es el ruido de hojas calcinadas
que hacen tus pies desnudos al hundirse en la alfombra.

Y es el sudor que moja nuestros muslos
que se abrazan y luchan y que, luego, se rinden.

Y es la frase que dejas caer, interrumpida.
Y la pregunta mía que no oyes,
que no comprendes o que no respondes.

Y el silencio que cae y te sepulta
cuando velo tu sueño y lo interrogo.

Y solo, sólo yo sé que la muerte
es tu palabra trunca, tus gemidos ajenos
y tus involuntarios movimientos oscuros
cuando en el sueño luchas con el ángel del sueño.

La muerte es todo esto y más que nos circunda,
y nos une y separa alternativamente,
que nos deja confusos, atónitos, suspensos,
con una herida que no mana sangre.

Entonces, sólo entonces, los dos solos, sabemos
que no el amor sino la oscura muerte
nos precipita a vernos cara a los ojos,
y a unirnos y a estrecharnos, más que solos 

         y náufragos,
todavía más, y cada vez más, todavía.

 

Cuando la tarde…

Cuando la tarde cierra sus ventanas remotas,
sus puertas invisibles,
para que el polvo, el humo, la ceniza,
impalpables, oscuros,
lentos como el trabajo de la muerte
en el cuerpo del niño,
vayan creciendo;
cuando la tarde, al fin, ha recogido
el último destello de luz, la última nube,
el reflejo olvidado y el ruido interrumpido,
la noche surge silenciosamente
de ranuras secretas,
de rincones ocultos,
de bocas entreabiertas,
de ojos insomnes.

La noche surge con el humo denso
del cigarrillo y de la chimenea.
La noche surge envuelta en su manto de polvo.
El polvo asciende, lento.
Y de un cielo impasible,
cada vez más cercano y más compacto,
llueve ceniza.

Cuando la noche de humo, de polvo y de ceniza
envuelve la ciudad, los hombres quedan
suspensos un instante,
porque ha nacido en ellos, con la noche, el deseo.

*Referencia: 

EL FONDO ANGUSTIADO DE LOS ‘NOCTURNOS’ DE XAVIER VILLAURRUTIA”, Manuel Martín-Rodríguez, Universidad de California, publicado por la Revista Iberoamericana.

*Imagen destacada: NASA, CDMX desde las alturas.

3 conmovedoras cartas de Salvador Novo a Federico García Lorca

El poeta mexicano le tenía un amor enorme al gran poeta español. De esto quedan como preciosa evidencia algunas cartas y otras líneas discretas.

De entre los chismes literarios que se guardan entre líneas nuestros grandes escritores, el apasionado amor que le profesó Salvador Novo a Federico García Lorca es uno de los más conmovedores. Elegante y ceremonioso, el poeta mexicano parece haber sido como sus palabras: discreto solo en cierta medida. 

Como dijo el escritor español José de la Colina

Ante una sociedad hipócrita y de una larga tradición en el escarnio, en la represión moral y social de la sexualidad disidente, el poeta de las arrogantes poses dandísticas, el de la sinuosa y guiñadora prosa, el apodado (con gran regocijo suyo) “don Nalgador Sobo”, se arriesgaba a manifestar lo que la clase alta y dizque culta conocía pero hipócritamente pasaba por alto […]

Su encuentro con García Lorca fue fugaz, pero también apasionante y controvertido. De este Novo dejó registro en “Continente vacío”, sus crónicas viajeras. Además quedan 3 preciosas cartas y un poema en que se le “declara”, de forma bastante más que evidente, aunque ciertamente ingeniosa. 

Cuenta Novo que conoció al brillante español en Buenos Aires, en diciembre de 1933. Fueron a desayunar a un restaurante y, aunque era la primera vez que hablaban, se trataron como “amigos de toda la vida”. García elogió los sonetos del mexicano y después le dijo, poniéndose serio: “Para mí, la amista e ya pa siempre; e cosa sagrá; ¡paze lo que paze, ya tú y yo zeremos amigo pa toa la vida!”. Así lo escribe Salvador, haciendo alusión al acento español de Federico.

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Pero tal vez el momento más entrañable de su feliz encuentro es este, que describe el poeta mexicano: 

Tú cantaste La Adelita, que sabías tan bien, y me dijiste que para ti esa canción  simbolizaba todo el México que querías conocer, que Adelita era para ti una mujer viva, de carne y hueso, idolatrada por los sargentos, respetada hasta por el mismo coronel; fiel a su soldado, apasionada, morena y fecunda, y, hechizado por tu conjuro, por tu promesa de hacerle un monumento, cuando paladeabas su nombre, Adela, Adelita, y te conté su vida. 

Porque en Torreón, cuando vivimos la epopeya de Villa, una criada de mi casa, que era exactamente como tú la imaginas, llevaba ese nombre cuando nació esa canción, y decía que a ella se la había compuesto un soldado. Y al proclamarlo satisfecha, con aquella boca suya, plena y sensual como una fruta, no pensaba sino en el abrazo vagabundo de aquel con quien al fin huyó por los montes de aquella estrecha cárcel de su laguna; no imaginó jamás esta perenne sublimación de su vida en un himno que ahora a tus ojos vuelve a prestarle un corazón y que llena el mío del violento jugo de la nostalgia.

Es extraño y muy especial imaginarse a García Lorca entonando, como podía, el corrido suriano más popular del país; buscando tal vez, un lugar común con el poeta mexicano. 

Aunque es curioso pensar que en los asuntos de Revolución, no tenían casi nada en común: Novo era bastante conservador, tanto que cuando el país era presidido por Lázaro Cárdenas le escribió a Lorca que “este México que ha caído en las peores horribles manos” y a Lorca lo mataron por sus ideales socialistas, muchos de los cuales podrían ser comparables a visión de Cárdenas.  

Después de ese crucial desayuno, García y Novo no se volvieron a ver, pues al día siguiente, el primero cayó misteriosamente enfermo. Según los chismes de Sergio Téllez-Pon, otro poeta mexicano, corría entre escritores la historia (desde la boca del mismo Salvador Novo, dicen) de que, después de desayunar, los dos poetas y amigos tuvieron un encuentro de una naturaleza más sensual a orillas del río, lo que causó en Novo una enfermedad respiratoria tremenda, que lo sumió en “un prolongado, febril sueño”. 

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No sabemos, ni nos interesa, si esto efectivamente pasó: todas las palabras y narraciones suman a la construcción de ambas figuras, bien queridas y dignas de protagonizar nuestras mitologías

Después del episodio, Novo envió 3 cartas a García Lorca. No se tiene registro de respuesta. Pero las palabras son igual de disfrutables que cualquier poema. Además, está el poema, en donde él se pinta como una Adela y Federico es “Angelillo”, un torero y aventurero: 

Ella venía de México

—quietos lagos, altas sierras—,

cruzara mares sonoros

bajo de nubes inciertas:

por las noches encendía

su mirada en las estrellas.

Iba de nostalgia pálida,

iba de nostalgia enferma,

que en su tierra se dejaba

amores para quererla

y en su corazón latía

amarga y sola la ausencia.

Él se llamaba Angelillo

—ella se llamaba Adela—,

él andaluz y torero

—ella de carne morena—

él escapó de su casa

por seguir vida torera;

mancebo que huye de España,

mozo que a sus padres deja,

sufre penas y trabajos

y se halla solo en América.

Tenía veintidós años

contados en primaveras.

Porque la Virgen lo quiso

Adela y Ángel se encuentran

en una ciudad de plata

para sus almas desiertas.

Porque la Virgen dispuso

que se juntaran sus penas

para que de nuevo el mundo

entre sus bocas naciera,

palabra de malagueño

—canción de mujer morena—,

torso grácil, muslos blancos

—boca de sangre sedienta.

Porque la Virgen dispuso

que sus soledades fueran

como dos trémulos ríos

perdidos entre la selva

sobre las rutas del mundo

para juntarse en la arena,

cielo de México oscuro,

tierra de Málaga en fiesta.

¡Ya nunca podrá Angelillo

salir del alma de Adela!

(De Nuevo amor y otras poesías, SEP, 1984)

Puedes leer más sobre esta historia aquí.

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Mario Santiago Papasquiaro: dos poemas brutales de un infrarrealista con jeta de santo

Un aullido vibrante penetró violentamente en la elegante producción cultural del México moderno: era la voz de Mario Santiago Papasquiaro.

Se asumía Mario Santiago Papasquiaro, aunque se llamaba José Alfredo Zendejas Pineda. Pero “José Alfredo solo hay uno” y en Santiago Papasquiaro había nacido José Revueltas. Por eso asumió el nombre, elegante por su longitud, distinguido por su sonoridad, pero rebelde, por ser otro que no era el que le habían asignado originalmente.

Nació y vivió en la Ciudad de los Palacios, pero lejos de su elegancia; más bien en sus inframundos, en sus poéticas y apestosas pulquerías, en sus cafés mal iluminados. Estudió apenas filosofía en la UNAM, pero desistió para convertirse en poeta de tiempo completo.

Tal vez tú lo conoces como Ulises Lima, el entrañable amigo de Arturo Belano en “Los detectives salvajes”, la épica novela de Roberto Bolaño (donde, incidentalmente desentraña la identidad nacional). Sí, detrás de Lima está Mario Santiago, hombre inventado a medias por los recuerdos de su viuda, amigos que lo querían y literatos mexicanos que lo detestaban.

Igual que a otros del grupo autodenominado como “infrarrealistas” (en la novela de Bolaño, los real-visceralistas) a Mario Santiago Papasquiaro lo hundieron en un tremendo olvido su soberbia creativa, su “rebeldía sin causa”, la falta de financiamiento por parte del gobierno y el desdén rotundo de quienes en el México moderno protagonizaron la elegante producción cultural.

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Pero a Mario Santiago le importaba poco la “falta de reconocimiento”, especialmente de parte de personajes que consideraba deleznables como Octavio Paz y Carlos Monsiváis. Así, junto a Bolaño y otros amigos nocturnos (delicadamente retratados en “Los detectives”), encontraron la forma de publicar y autopublicarse en revistas de corto tiraje, editadas por ellos mismos.

De su vida hay pistas regadas por todos lados, como gotas de pulque derramadas en una esquina polvorienta; pero francamente, es lo de menos, pues la hipótesis que ilumina la existencia de este texto es que Mario Santiago Papasquiaro, además de ser poeta, además de ser rebelde, encarna a un sujeto desfigurado —anarquista dice de sí mismo— y marginal, en el mejor de los sentidos, que necesitamos revivir.

Con jeta de santo…

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En la historia hay muchos de esos. No es casualidad que los infrarrealistas se identificaran tan profundamente con la generación Beat, tampoco que a Mario Santiago lo llamen el Allen Ginsberg mexicano. Tal vez en el sentido de su poesía, visceral, por supuesto, llena de huecos (y huevos), honesta, desdichada, iluminada, fértil y putrefacta. Inútil, en todo el sentido de la palabra; es decir, perfectamente inoperante, y, por lo tanto, activa, presente, auténtica.

Pero Ginsberg estaba cortado con otra tijera. Era más depresivo que rebelde, parsimonioso, en muchos sentidos, iluminado, también, pero fresco. Secretamente buscaba la calma, la plenitud que solo la felicidad, la pareja, los compromisos socio-civiles, pueden ofrecer. Mario Santiago era un Neal Cassady, pero radical.

Con jeta de santo, por supuesto y un bastón, terriblemente engañoso. La jeta, posiblemente devenir de madrugadas, drogas y alcohol. El bastón, porque tenía la costumbre de caminar largamente por el Distrito Federal y particularmente de cruzar la calle sin mirar a los lados, “jugándole al…”, haciendo suerte con la muerte. En 1980 se ganó el bastón. En 1998 se ganó el final perfecto.

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Se puede decir que en su poesía se vertía de la misma manera en la que cruzaba la calle. Así, algunos piensan que su obra es el resultado de la indisciplina, de la estupidez. Otros pensamos que se requiere de un temple de hierro para elegir ser inoperante, cruzar la calle sin mirar y escribir y publicar auténtica verborrea.

Los sujetos así, los que corrompen el mundo con su estar rizomático, son espectacularmente atractivos, los consagramos por sus actos vivos, mucho más que por su obra y sus memorias. Los anhelamos profundamente por ser sabios disfrazados de ladrones, místicos perfumados con basura, arrogantes y dorados criminales, pero generosos como bosques inmensos.

En una carta a Juan Pascoe, Roberto Bolaño escribió sobre nuestro héroe: “…he descubierto que TODO mi teatro lo he realizado para que Mario Santiago haga el papel principal, para que él haga mi papel, protagonice mis sueños, ¿bonito, no?»” Aunque Papasquiaro no leyó nunca el drama de Bolaño, murió un día después de que el chileno acabara de corregir su novela.

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Ojalá en nuestra generación se hagan manifiestos estos ladrones de sueños.

A continuación dos poemas brutales, cortesía de Mario Santiago Papasquiaro. Son largos, pero te los compartimos completos, porque vale la pena la lectura:

Canción Implacable

Me cago en Dios
& en todos sus muertos
Me cago en la hostia
& en el coñito de la virgen
Me cago en los muertos
del Dios de Dios
En la soberbia de Federico Nietzche
en el cuerpo tembloroso de mi alma
& en las ortigas al aire del ateo
En la muerte prematura de los justos
en la fugacidad del coito & sus centellas
en el verbo animal
en la imaginación-rizoma
en los textos del saber tan destetado
En la raja de los mundos
yo me caigo
Concentrado en el incendio de mis poros
En este alcohol-maleza que me cimbra
en el ojo infinito de mis huellas
en el furor salvaje del desmadre
en la imposible muerte & sus ofrendas
en el barro de áspid que calienta
en las rocas de la amada
en la levitación de mi calaca
en el cojo corazón de lo innombrable
En el aleph acuoso de mis llagas
en la vítrea desazón de mi asesino
en la mano del placer
en la droga anidada en sus colmillos
En el ogro filantrópico & su esposa
en la tumba del azar tan manoseada
en el germen de la lírica / que es caca
En la boñiga aérea
en las lagañas topas
en el cráneo todo esplendor de Charleville
En las ratas que aún huyen del Mar Ebrio
en lo blando
en lo fofo
& en lo inerme
En el eructo de éter de los sapos
en las sangres hirvientes
en las sombras
en el rosa gargajo de las albas
en el vidrio insensato que he escogido como calle en las barrancas de Venus tumefacta
En el platón del festín
en las bacinicas de la tregua
en el hongo podrido & su tridente
En el genealógico tumor de la US Army
en el extenso linaje de la mierda
Abismo & resplandor / azar & viento
Vena abierta de cocxis a clavícula
Regazo de embriaguez
Llama de arpas embozadas
En las ingles sin axilas de Dios-inventamuertos
en el suave & múltiple rumor que hacen 2 lágrimas
en el mar : en sus desiertos :
& en mí mismo.

La Poesía sale de mi boca…

Para Roberto Bolaño, al que presiento ya como mi Maharischi
e iniciador de 1 movimiento cuyo nombre ignoro
& en el cual prometo realizarme plenamente

La poesía sale de mi boca,
asoma las narices / el pene
a lo imprevisto /
el estremecimiento
el resplandor /
& la baba también
& los pelos arrancados a este tiempo
a fuerza de jinetearlo
& desatascarle su rodeo /
& la caspa / & la petrificación
de tantas de las yerbas y raíces
de este mundo / que antes de
morderlas nos vemos obligados
a escupir…
La poesía sale de mi boca,
de mis puños, de cada poro
resuelto de mi piel /
de éste mi lugar volátil, aleatorio /
testiculariamente ubicado /
afilando su daga / sus irritaciones
su propensión manifiesta a
estallar / & encender la mecha
en 1 clima refrigerador
donde ni FUS ni FAS
ni mechas ni mechones
ni un solo constipado
que merezca llamarse constipado,
ni 1 solo caso de Fiebre-Fiebre
digno de consignarse en este
mi inmóvil país
La poesía sale de mi boca,
con 1 pelambre & unas antenas
& unos ojos de mosca/
Con los gorjeos de 1 canario
enjaulado / & los bostezos
cacofónicos bostezos del cuidador
del zoológico /
Noche & día / Roja & negra
con los ovarios de 1 muchacha
con la voz ronca de 1 muchacho
con la mirada vacilante
pero rabiosa / hermosamente rabiosa
de 1 niño marica que no
quiere que lo escondan en 1
barril sin fondo
La poesía sale de mi boca
con la limpia negrura de la gasolina
con el brillo elocuente de 1 foco de 500 voltios
con la emoción & el orgullos
de unos bíceps
dueños de su mundo
(& dentro de la relatividad
del maestro Einstein):
Todopoderosos
Con los colores de 1 vestido
hecho con retazos de telas /
con los sonidos confundidos
caóticamente armonizados
de cientos & cientos de cláxons
distintos /
1 día de embotellamiento
en el periférico
Contra vendavales e inundaciones
(& de cierta manera a
favor de ellos)
contra casas de puertas cerradas
contra soles agusanados
contra cirrosis más allá
del hígado /
contra botellas de refresco
conteniendo urea /
contra niños & niñas
castrados / congelados
el día de su nacimiento /
contra las toneladas
de tierra & basura
que nos caen encima,
cuando lo que 1 quiere
es mostrarse alegre & hermoso
como demostración palpable
de 1 nuevo “renacimiento”
Saltando y corriendo con los
ágiles / poniendo 1 cerillo en
el fundillo de los lerdos /
planeando almuerzos & veladas
con los lúcidos /
poniéndole unas ganas
inmensas a la resolución
de las averías / de Aries a Piscis
de lunes a domingo /
de enero a diciembre
del día 1 al día 31
de tabla apolillada en el piso
a telaraña bailoteando sobre
el techo /
de reventazón en reventazón
de la impresión de 1 cavernícola
al conocer por 1ª vez a 1
mujer desnuda /
el última Ah de un “fulano
cualquiera”, cuando estalle la
3ª Guerra Mundial /
visitando enfermos
saludando sanos
conspirando bajotierra
saboteando sobretierra
deteniéndose / avanzando
apurando su trago
saboreándolo
gargareándolo
masajeándoselo
inyectándoselo
/ rascando, rasguñando
por 1 sol de medianoche
como 2 enamorados excarvándose
como 2 enamorados ensanchando
hasta sus últimas posibilidades
los significantes & el significado
del sistema Braille
como 1 borrachera de
girasoles en círculos / como 1
diadema de dalias la flor
favorita de Judith /
como 1 toque de mariguana
& tocas el Nirvana con las manos
mueves 1 dedo, & te das cuenta
arrancas el pasto & te sonríes /
gusano de maceta / gusano de
tierra roja que no te conocías /
Como 1 psilocibinazo galopante
que hace harina la piedra
de tus 4 paredes /
& te pone en la proa del cometa Kohoutek
& deja tu jarana al descubierto,
toda tu extensión
tu abreviatura,
lista a sacudirse /
a no olvidar la cólera justa
por las cabronadas injustas /
sino a enriquecerla
sino a fortificarle
la mecha al TNT,
sino a explotarle
a revirarle la pupila
Ahora canta el que lloró
hace rato
Grita / Salta / Monta / Eyacula /
el fulano aquel, ya dábanlo
por muerto /
Ahora los cantares duros
las cantatas suaves / las trompetillas
& el regusto de aquel que ha escupido
la tierra & las lagañas
con que habían tapádole los ojos /
La poesía sale de mi boca
a todo tranco de gerundio
a todo flujo de agua potable
a todo virus luminoso
a toda capacidad de contagio
Así va la poesía /
& para ella
no tengo sino alabanzas.

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Este delicado haiku escrito por un niño tabasqueño nos recuerda que la belleza reside en las cosas simples

El haiku ilustrado de Luis Gabriel Vázquez te dejará en un precioso estado de reflexión…

Si hay un acto plenamente universal, probablemente sea la contemplación. Esta, si tenemos que definirla, consiste en poner la atención completa en algo; vertirse absolutamente en la experiencia de una cosa. Para algunos (como los japoneses y, también, los rarámuri) contemplar es un ejercicio espiritual. Cuando dejamos que las cosas hablen, lo que nos dicen podría cambiarnos la vida.

Así, son muchas las culturas que nos invitan a la contemplación, a través de diversas prácticas. Una extremadamente delicada es el haiku, la escritura de poemas mínimos, que cumplen con una serie de reglas fijas y que nacen de contemplar el mundo e invitan a quien lo lee a hacer lo mismo. Extraordinario es el ejemplo escrito e ilustrado por Luis Gabriel Vázquez, un niño tabasqueño de 12 años de edad, que con su pequeña y brillante pieza nos recuerda que la belleza reside en las cosas simples.

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La hazaña puede parecer simple, por la breve factura, pero el haiku es un arte mucho más complicado de lo que aparenta. Las reglas son las siguientes: la pieza normalmente está compuesta por 17 sílabas, en tres versos. El primero y tercero son de 5 sílabas y el que está en medio es de 7.

Los versos no riman, pero el verdadero reto es generar una narración que sugiera dos escenas o imágenes distintas yuxtapuestas y que se cierre en sí misma, es decir: que la pieza sea autosuficiente, es decir, que no solicite más contexto que el que puede ofrecer en 17 sílabas.

Conejo Lunar, bosque de tus estrellas, luz de mis sueños.
Luna Anais Campos Ruiz, 13 años

En ese sentido el haiku de Luis Gabriel es impecable, sugiriendo dos momentos: el caer de la lluvia y el momento en que la tierra huele a mojado, olor, por cierto delicioso y cargado de nostalgia. Además, la sugerencia de que la tierra es besada por la lluvia solo podría haber sido propuesta por quien con absoluta sensibilidad se presta a la contemplación del mundo.

Esta hermosa pieza nos ha dejado en un estado de preciosa reflexión, suspendidos en una burbuja que contempla la lluvia que cae y puede oler, a través de las potentes palabras, una escena cotidiana que nunca volverá a pasar desapercibida.

Otros niños mexicanos autores de haikus hacen un pequeño llamado para recordarnos que: entre todas las cosas que parecen oscurecer el panorama, una nueva generación de poetas y contempladores besa delicadamente el contexto, con palabras que son pequeñas y potentes flores.  

El gato duerme, en su cama de lana, y él roncaba.

Ariadna Guadalupe Morales, 9 años

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