Escritores extranjeros a quienes México les cambio la vida (y la obra)

La patria del que escribe es su lengua; y esta, en su habla, tritura el folclor de un país.

México, ombligo de la luna, ha ejercido una extraño y místico embrujo en quienes lo han visitado. Lo anterior por su cultura, pasado, geografía; por sus contrastes ideológicos y sociales. La Suave Patria, además, ha inspirado las letras de grandes escritores y algunos decidieron adoptar la nacionalidad mexicana. Otros también consiguieron interiorizar en su obra el sentir mexicano.

A continuación diez escritores marcados por nuestro país:

1.- Carlos Fuentes (1928-2012).

No necesita presentación, considerado unos de los mejores escritores que México y Latinoamérica haya visto. Nacido en Panamá llegó a vivir al país a los 16 años. Su vida estuvo marcada por la polémica, criticó y alabó el régimen, su obra más reconocida: La Región más Transparente.

2.- Aldous Huxley (1894-1963)

El célebre y reconocido escritor inglés, llegaría a México para escribir, meditar, experimentar con el LSD y pasar el epílogo de sus días en un rancho de Tecate, Baja California, La Puerta, ubicado al pie del cerro del Cuchumá. Huxley ya había visitado Oaxaca donde se sabe, llego en mula a San Pedro.

3.- André Breton (1896-1966)

Poeta francés y padre del surrealismo al que le debemos la frase que le atribuye ser a México el país más surrealista en el mundo. Visitó nuestro país de la mano de Frida y Diego estando Trosky exiliado. Breton dictaría conferencias de sus impresiones en el país, donde habló sobre su visión personal acerca de la cosmovisión indígena y la superposición de diferentes culturas.

4.- Antonin Artaud (1896-1948)

Este controvertido poeta surrealista francés, creador del Teatro de la crueldad e inaugurador del performance moderno, llegó a nuestro país un 7 de febrero de 1936. Afirmó: “Vine a la tierra de México a buscar las bases de una cultura mágica que puede surgir todavía de las fuerzas del suelo indio”. Su visita quedaría inmortalizada en el libro Los Tarahumaras.

andre breton en méxico

5.- D.H. Lawrence (1885-1930)

Escritor inglés, autor de uno de los relatos más eróticos y bellos de la historia de la literatura, El amante de Lady Chatterley. También escribió Serpiente Emplumada cuya narrativa esta basada en la idiosincrasia mexicana y su admiración a la civilización azteca.

6.- B. Traven (1882-1967)

Fue un escritor estadounidense que escribía en alemán y cuyo origen, identidad y fin, es poco claro. Sus escritos de La Sierra Madre y Macario fueron llevados a la pantalla grande. Se llegó a creer que en realidad se trataba de la hermana del presidente López Mateos, Esperanza López Mateos, la que se ocultaba con este pseudónimo, Bruno Traven. También se cree que sus cenizas fueron esparcidas en 1969 en la selva de Chiapas.

7.- Roberto Bolaño (1953-2003)

Escritor chileno, mito actual de la literatura latinoamericana, llegó a México a los 14 años y se fue a los 27 rumbo a Barcelona a hacer carrera literaria donde escribió su obra  y mientras lo hizo fungió varios oficios; de policía de campers hasta vendedor de bisutería. La obra de Bolaño esta poblada de seres desesperados y errantes que deambulan en las calles del centro histórico y el norte de México.

roberto bolaño en chapultepec

Roberto Bolaño en Chapultepec

8.- Malcom Lowry (1909-1957)

Inglés que llegó acompañado por la célebre actriz Jan Gabrial al Hotel  Casino de la Selva en Cuernavaca, Morelos, intentando salvar su matrimonio, cosa que no sucedió. Lowrry, empedernido alcohólico escribiría su obra maestra, Bajo el Volcán, en el cielo de Oaxaca, lugar por el cual vagabundeó bebiendo mezcal y a la que llamó “la ciudad de la noche terrible”.

9.- Wlliam Burroughs (1914-1997)

Llegó a México escapando de la justicia norteamericana. Habitó un frío departamento en la calle de Orizaba donde en una noche de copas mató a su compañera de un tiro en el rostro, jugando a emular a Guillermo Tell. Gracias a la fatídica muerte de su esposa, “Bill” relataría, después, que pudo llegar a ser escritor.

10.- Mario Bellatin (1960)

Es un escritor peruano/mexicano que nació sin el brazo derecho. Su libro, Salón de Belleza es considerado una de las mejores novelas en los últimos 25 años. Es director de la Escuela Dinámica de Escritores un recinto en el que el principio básico para escribir es el silencio.

Alfonso Reyes: sobre por qué la originalidad no debe ser forzada

Uno de los grandes pensadores mexicanos nos habla sobre la crisis de la originalidad y cómo ha sido vendida como un producto, paradójicamente insustancial.

Tal vez, por consecuencias azarosas del destino, algunas personas derraman una originalidad apreciable a los ojos de cualquiera. La historia nos ha enseñado que esta autenticidad es espontánea en algunos, y que el resultado es una completa idea desconocida hasta entonces, que no ha sido creada jamás.

En este sentido, estaríamos hablando de la originalidad como un don, acaso como un milagro, que no le sucede a cualquiera. Este dato es falso, o más bien poco profundo. Para los que no tenemos la fortuna de destacar por una originalidad de nacimiento no todo está perdido. La clave está en no pensar en cómo ser original, sino en analizarnos como individuos.  

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Al respecto, el escritor Alfonso Reyes dedicó algunos breves párrafos a ilustrar cómo la originalidad ha sido forzada –y evidencia que ha pasado durante siglos–, pues nadie en este mundo está excluido de ser original; nadie podría nacer con aquella dicha, pero sí, en cambio, con la suerte de saber observarse a sí mismo. Se trata de una “originalidad que no se busca sino se encuentra”, nos dice, y continua:

Esta originalidad no buscada es fruto de procesos tan inevitables como lo son todos los procesos de la naturaleza. 

Reyes creía que la clave para encontrar esa originalidad estaba en el autoconocimiento, en obligarse a ser quién se es, y defenderlo a toda costa sin importar los escenarios, mucho menos una reputación:

 El descubrirse a si mismos es, más bien, descubrir al hombre abstracto que hay entre nosotros, al universal, al arquetipo, y abrazarse a él con fervoroso entendimiento platónico. 

 

La originalidad del Romanticismo

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Por otro lado, Alfonso Reyes habla sobre la probabilidad de que nadie, a su vez, se excluya de ser un farsante de la autenticidad, pues como bien nos comparte, la originalidad también puede ser vista como un objetivo y no como una consecuencia, tal vez, de la sensibilidad:

Se nos dice que una de las ideas motrices del Romanticismo fue la preocupación por la originalidad entendida como un fin en sí, como meta directa. . . ¡y es un by-product! [subproducto]

Para entender esta idea es necesario ponerse un poco en contexto:

En pleno desdoblamiento del Romanticismo europeo, en el siglo XIX, los hombres y mujeres de literatura encontraban la originalidad como una forma de rebeldía. El artista y escritor de este ciclo personificaba el espejo de la angustia y el tormento, efectos acaso evidentes de la sobrecargada historia de sucesos nacionalistas en occidente. 

Las bellas artes para entonces comulgaban con la visión del artista como profesión; la obra como objeto de mercado. El impulso plausible de aquellos románticos, no fue sino la capacidad de imaginar, soñar y sensibilizarse frente a este paradigma burgués; conectarse con el mundo natural, para regresar a nociones de origen, que les permitiesen asimilar una exquisita variedad de pantones desde la realidad en su obra. 

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Sin embargo, cabe señalar que los parámetros del romanticismo fueron también criticados por Alfonso Reyes. La postura romántica era radicalmente opuesta al movimiento de la Ilustración –una hazaña sin duda innovadora–, pero su extremismo algunas veces llegaba a otros confines, donde la originalidad era vista con cierta arrogancia y anclada a una serie de vicios humanos, tan banales como el mismo acto de considerarse un artista con “sensibilidad”.

En este sentido, las palabras de Alfonso Reyes parecen tan frescas como en aquella época. Escribe:

Cuando el poeta, cuando el artista declaran que al fin se han descubierto a sí mismos, a veces solo logran desagradar a los demás. Y es que confunden la originalidad con la indisciplina, y creen haber encontrado su ruta por entregarse a sus impulsos temperamentales, a sus manías, a sus tics nerviosos.

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Reyes no estaba en contra de utilizar la sensibilidad como vía de acceso a la originalidad, ni tampoco a favor del arte y literatura como productos. Lo que en algunas breves líneas cuestiona, es que la originalidad sea vista como un acto individual y no como lo que realmente es: una obra colectiva, que no es ajena a los matices que nos regala la vida, ni a las perspectivas del otro, ni del pasado, ni a la gama de ideas que ya se han servido al mundo en bandeja de plata: 

Aunque tal angustia [la de alcanzar la originalidad] hace crisis en los extremosos, tanto que todos acaban por resultar triviales, habría que meditar mucho la sentencia de un maestro ultra, Lautréamont, quien dice que el milagro no puede ser obra individual, sino colectiva. 

. . . No entendamos groseramente la doctrina. No se trata de collage, sino de absorción, digestión, refundición de los temas tradicionales. Toda creación es re-creación, y recreación.

 

*Referencia: Obras Completas de Alfonso Reyes, Tomos VIII y XII, Fondo de Cultura Económica.

*Ilustraciones: Joanna Neborsky

 

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Editora de tiempo completo, música y ser humano. Ha escrito numerosos artículos en este medio, dando vida principalmente a los rubros de Arte, Cultura, Misticismo y Surrealismo. Escribe y edita Ecoosfera. Su tiempo libre lo dedica a leer literatura griega, tarot y ocultismo, además de crear música con sintetizadores.

En un arranque de mexicanidad absoluta: la identidad mexicana a los ojos de Roberto Bolaño

Ser mexicano es un asunto de azar y resistencia...

“Supe entonces, con humildad, con perplejidad, en un arranque de mexicanidad absoluta, que estábamos gobernados por el azar y que en esa tormenta todos nos ahogaríamos, y supe que sólo los más astutos, no yo ciertamente, iban a mantenerse a flote un poco más de tiempo.”

Quim Font –en el punto más alto de la locura– en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, escritor declarado mexicano, por su aguante.

Permítase una afirmación vertiginosa: ser mexicano es resonar con la tormenta. Esto sin importar de qué nacionalidad sea uno.

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SIÓN, poema de Cesárea Tinajero en Los detectives salvajes.

 

Es claro, por ejemplo que el escritor chileno Roberto Bolaño fue mexicano, por lo menos en ese sentido. También, porque, como dijo Chavela Vargas (costarricense): “¡Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana!”. Pero ¿por qué nos preguntamos con tanta efervescencia sobre la identidad nacional? ¿Por qué será que la afirmamos con tanta enjundia (como Chavela) o, en su caso, la descuartizamos aguerridamente?

Empecemos a especular desde otro ángulo (y con otra afirmación vertiginosa). Parece que en países como el nuestro –donde existe una tremenda diversidad cultural, resultado de una historia de conquista y mestizaje– hay una necesidad inagotable de representarse. Esto quiere decir, fijar para los sentidos (la visualidad, la escucha, el gusto, el olfato y tacto), los significados ligados a uno mismo. Pareciera que entre tanta remezcla, se vuelve absolutamente vital definir ante los demás –y en cierta medida justificar– la identidad.

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Tal vez recuerdes este juego. Tienes que adivinar a qué corresponde cada dibujo. ¿Qué representa? Son mexicanos haciendo cosas. Se sabe, por sus sombreros. Mexicano fumando pipa, mexicano en bicicleta, subiendo una escalera, mexicanos orinando…

Sin embargo, en los lugares donde los sujetos tienen un argumento más concreto sobre lo que son, es mucho más importante presentar. Quien conquista o ha conquistado un territorio, tiene autoridad para definirse a través de él. Hacer valer como lenguaje u objeto simbólico a otras personas. Se presenta y los otros no tienen más opción que representar. ¿Será la afirmación demasiado vertiginosa?  ¿O, efectivamente, una pista sobre por qué se habla como se habla de “lo mexicano?

¿Y cómo se habla? La verdad es que los discursos presentes son infinitos. Se podrían dilucidar tendencias. Habrá quienes afirmen, por ejemplo, en un arranque patriótico y anclados a su escueta geografía, que es mexicano quien nace en esta tierra. No falta el que entiende por mexicano al buen mestizo; pero este, ciertamente, suele desatender la forma con la que, neciamente, se le retrata. Habrá alguno que afirme (se ha escuchado), que las tortillas son ombligo de mexicanidad, pues no hay mexicano alguno que no consuma este alimento.

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El tormentoso evento de 1985 que desdibujó lo mexicano y lo volvió a escribir.

Pero frente a tantas excepciones de cada definición, cabrá preguntarse si ser mexicano es, “más bien”, una sensación. Tal vez sea un estado de la energía humana. Y supongamos que para poder describirlo, para poder presentarlo, hay que narrarlo; porque sólo una zambullida profunda al contexto en donde acontece “lo mexicano” podría poner, a penas, una luz sobre el asunto (como una vela encendida en medio de una tormenta).

Roberto Bolaño, el chileno, logró percatarse de las cualidades ocultas de este contexto (violento, vertiginoso, colorido, festivo, musical y estruendoso) y describirlo con mucha precisión en su novela “Los detectives salvajes”, de la cual poco nos interesa la trama; pero nos sorprende una frase, en donde se afirma la existencia de una mexicanidad absoluta. Esta se corresponde con un reconocimiento profundo de que estamos “gobernados por el azar”. Un azar tan poderoso y determinante que, desde otro encuadre, podría llamarse destino.

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Bolaño describió en su libro episodios del aguerrido 68 en México.

Una frase mexicana que nos remite a esto y que más nos vale recordar siempre, se vuelve fundamental: “Si te toca, aunque te quites. Y, si no te toca, aunque te pongas.” Así, refiriendo a la muerte, la tradición (en singular, aunque sea diversa), nos quiere hacer saber que no hay que preocuparnos, ni por la vida. Las circunstancias harán con nosotros lo que sea necesario. Cuando te toca, te toca.

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Adivina, ¿qué es esto? Son cuatro mexicanos velando un cadáver.

El destino se convierte entonces en una decisión: ¿afrontaremos este azaroso panorama con la frente levantada o agachados? Lo importante, aquí –en México– es que aguantamos. La muerte es igual en todos lados, pero es que ser mexicano es resonar con la tormenta.

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Relatos viajeros de Aldous Huxley en México

Producto de su fugaz paso por nuestro país, Huxley escribió "Más allá del Golfo de México", un cuaderno de viajes en cuyos pasajes se alaba la majestuosidad oaxaqueña.

Aldous Huxley recorrió México en 1933 durante todo un mes.  De dicha experiencia extrajo un libro más empirista que científico—aunque con mucho valor literario—. Titulado Más allá del Golfo de México, se trata de una obra que sale a relucir una visión limitada por preconcepciones del hombre blanco típico de primera mitad del siglo XX, pero que no deja de exponer una franca admiración por un país, siempre asombroso, como lo es México.

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No se debe olvidar que en Huxley aflora siempre una crítica al sistema económico y a los totalitarismos políticos, esa que también, atinadamente, está presente en sus comentarios sobre el gobierno mexicano en este libro de viaje. Por otro lado, llama la atención comprobar que en nuestro lúcido escritor también afloran chispazos de racismo, o por lo menos de una primeriza incomprensión sobre la vida en México, y una mirada de occidente, casi pueril, frente a un territorio de franca diversidad. Por lo que Huxley, al menos en esta obra, incurre en aproximaciones al mundo indígena que parecieran hechas desde un sentimiento de superioridad. 

Pero, lo que resulta sumamente interesante es cómo este Huxley, pese a su sorpresa, relata su encuentro con la ciudad de Oaxaca, a la cual llegó desde Puerto Ángel, donde por primera vez puso un pie en México. 

A pesar de tres terremotos importantes, a pesar de haber soportado siete asedios, incluyendo uno por el ejército francés al mando de Bazaine, a pesar, sobre todo, de cuatro siglos de existencia mexicana, Oaxaca es aún una ciudad majestuosa, llena de edificios imponentes. […] La catedral ha sido sacudida y resquebrajada, sin embargo, se yergue todavía, enorme, en el centro de la ciudad.

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Resulta todavía más asombroso que poco antes de llegar a la ciudad de Oaxaca se expresara con estas palabras de Pochutla (que a pesar de su dureza constituyen una bella narración):

El camino serpenteaba a través de una densa selva, toda plateada y rosa-tostado en esta estación seca, como un bosque de robles en Inglaterra a fines de otoño. En algo menos de una hora estuvimos en Pochutla, la capital administrativa y comercial del distrito, uno de los pueblos más espantosos que haya visto, hundida en el polvo que llegaba hasta los tobillos, bajo el sol ardiente, irrevocablemente perdida.

Pero finalmente Huxley llegó a la capital, y así lo describe:

[…] caminando por las calles uno se encuentra ante los portales de los que fueron alguna vez monasterios magníficos, ahora transformados en almacenes y talleres y viviendas de indios; se encuentra uno ante hermosas iglesias en las que los santos barrocos aún gesticulan en los altares y el yeso dorado todavía se retuerce con lujuria intestinal sobre las bóvedas y los cielos rasos. Sí, Oaxaca es un bello lugar. Bello y, tal como se mide la alegría en las provincias de México, positivamente alegre.

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El discurso de Huxley en muchos de los pasajes de Más allá del Golfo de México puede ocasionar enfado e indignación a quien no comprenda los sentires finiseculares de la época. De entrada, él era un hombre que aún hablaba de colonias, y no de países, como muchos de sus contemporáneos, y que se aproximaba a la cultura centroamericana a partir de intuiciones y una curiosidad un tanto ingenua. Eso es lo que hace todavía más increíble el hecho de que, a pesar de su estrecha visión sobre México y Centroamérica, la ciudad de Oaxaca encantara tanto al autor, como cuando rememora que en Puerto Ángel escuchó estas sencillas palabras, que, al parecer, le calaron profundamente:

—Cuando fui a Oaxaca el año pasado —dijo una de las mujeres, el rostro iluminado por el recuerdo de tan fabuloso acontecimiento— cuando fui a Oaxaca…

El inglés cierra su narración sobre ese territorio trayendo a colación su admiración por el sitio arqueológico de Monte Albán:

Pero por más grande que fuera la suerte que tuvieron con su religión, también debemos reconocer a los antiguos americanos un volumen asombroso de buena administración estética. Monte Albán es la obra de hombres que conocían consumadamente bien su oficio de arquitectos.

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No cabe duda que los libros de este autor han ayudado a que proliferen los espíritus críticos. Y en Más allá del Golfo de México, —que en ocasiones da más la impresión de ser una especie de ensayo al vuelo—, hay pasajes de esta naturaleza que son valiosos por su agudeza argumentativa y reflexiva. Para Huxley, este viaje corroboró lo que él se temía: que era imposible la simbiosis del mundo “moderno”  con mundos como el nuestro:

Alguna vez creí que se podía evitar el pago o, por lo menos, que podía ser muy rebajado, y que era posible obtener casi lo mejor de ambos mundos. Pero esto, creo, era ilusión.

Sea como sea, Huxley nos ayudó a comprobar, quizás sin quererlo, que ni el más prejuicioso de los espíritus puede pasar por Oaxaca sin ser afectado por su grandilocuencia y magnificencia, misma que se asienta en el temple de sus habitantes, herederos de tradiciones que ya el propio Huxley pudo constatar y por las cuales no pudo resistirse y se arrojó a la maravilla de sus encantos. 


*Bibliografía: 

Huxley Aldous, “Más allá del Golfo de México”, Fondo de Cultura Económica, México, 1934
En busca del Paraíso económico: Huxley en México

*Imágenes: 2) BooksActually; 3, 4 y 5) México en fotos, AA. originales desconocidos