Las desconocidas fiestas paganas de México fotografiadas por Oweena Fogarty (FOTOS)

Como especies extrañas de nahuales, personas con máscaras de muñecas; entre la fiesta y el ritual.

Es curioso, estas fotos no tratan el sincretismo religioso que se manifiesta con frecuencia en México, el cual raya entre lo pagano –en el sentido más intrigante y hermoso de la palabra– y lo estético (como los chinelos de Tepoztlán, Morelos, o el baile de los viejitos de Michoacán). Esta serie nos muestra más bien una faceta desconocida de las fiestas en este país, que surgen casi marginales, y  van colmadas de excentricidad, un algo de misterio, y por qué no, hasta de un cierto horror.

La artista australiana Oweena Fogarty, quien ya ha expuesto en nuestro país su trabajo y en su doctorado presentó la tesis de ‘La iconografía ritual en el Espiritismo Cruzado”, nos muestra ahora una serie de un México colmado de momentos festivos, rituálicos, ataviados, que apenas son visibles.

Se trata de resquicios particularmente exóticos, y vistosos, dentro del vasto andamiaje festivo y tradicional de México. Pero aunque la mayoría de estas representaciones nos son desconocidas a la mayoría, incluso de los mexicanos, también muestran algo que sugiere que bien podrían haber sido registradas en un país como este, donde la frontera entre lo fantástico y lo cotidiano simplemente no existe. 

 

Imágenes: Oweena Fogarty

 

Estos oníricos paisajes ilustrados inauguran nuevos mitos mexicanos (GALERÍA)

Los paisajes de este artista mexicano inundan la cotidianidad con míticos personajes.

Tal vez la función esencial de los mitos mexicanos —y la razón por la que aún continúan siendo tan importantes para nuestro imaginario— es la de conectarnos con la naturaleza; el mundo que nos rodea. Mucho más que explicar lo sagrado como algo externo, los mitos nos ayudan a entender los deslumbrantes fenómenos que tiñen nuestra cotidianidad.

Sin duda, cultivar esta conexión es más importante que nunca. No solo porque el medio ambiente necesita el compromiso de nuestra parte; también porque a nosotros nos hace falta sentirnos envueltos por el territorio y sus maravillas.

Pero necesitamos una puerta de entrada a este mundo que se despliega entre lo divino y lo mundano, como entre sueños y visiones. Los oníricos paisajes de Carlos Marín-Campos podrían ser el perfecto punto de partida. Este artista visual mexicano (CDMX, 1983) se ha dedicado a explorar la identidad nacional y su relación con el entorno y con la urbanidad.

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Un asunto que le interesa enormemente es poder reactivar la importancia de ciertos espacios transitorios de la Ciudad de México (como el metro, las calles, los monumentos públicos), atravesandolos con mágicas criaturas: animales significativos (algunos endémicos) pero a muy gran escala, como re-apropiándose de la ciudad.

En sus palabras:

[…] los crecimientos desmesurados de las ciudades han originado que, para el hombre, el entorno inherente sea el urbano. Para el humano, los paisajes más comunes están llenos de estructuras ideadas por él mismo. En este ambiente es fácil que se desarrolle una desvinculación social de su propio entorno global y crea un individualismo exacerbado que propicia que los espacios, los paisajes, sean ignorados.

Un quetzal enorme brotando del World Trade Center o un ajolotote navegando las vías del metro, como si fueran canales subterráneos, son un potente mensaje que inaugura nuevos y muy necesarios mitos.

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Kati Horna, la poco conocida surrealista que capturó México en oníricas fotografías

La fotografía que Honra realizó en México, nos invita a observar los claros oscuros de la sociedad mexicana, en los años 30.

Mi casa es tu casa. Esa es una de las frases más naturales de los mexicanos. Pero, cuando se trata de viajeros que portan una curiosidad notable por México, el significado de este enunciado va más allá. La invitación a nuestro hogar se vuelve una metáfora, y los muros que nos circundan se rompen para dar una afectuosa bienvenida al que no conoce este país. Esto le sucedió a Kati Horna, quien perseguida por sus creencias y las de su esposo, tuvo que salir de Europa y refugiarse en nuestra tierra. 

Kati Horna llegó a México en 1939, acompañado de su esposo José. Como muchos europeos que huyeron de su tierra, los Horna salieron exiliados de Barcelona y París, por compartir afines ideológicos con los Republicanos. México se volvió su segunda patria y, durante lo que sería su nueva vida en esta tierra, Kati se realizó principalmente en la fotografía. 

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Sus trabajos fotográficos involucraban la vida cotidiana y la captura de objetos abandonados. El retratar piezas carcomidas por el tiempo, era una necesidad de atrapar su fugacidad. El efecto de imagen desgastada que lograba, producía a su vez, una sensación onírica en su trabajo. . .había conseguido detener lo efímero. Por otro lado, le encantaba capturar objetos inanimados tras su lente, un comportamiento “típicamente surrealista” entre los practicantes de la vanguardia de los sueños.

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Porque fotografiar artefactos cotidianos era una manera de desatarlos de la razón y la realidad en la que se encontraban sometidos. Aunque, en el caso de Kati Horna este estilo se volvió muy natural. La razón reside, quizá, en que en México el surrealismo se respira en nuestras calles. Los objetos cotidianos no sólo son recipientes, son un algo en constante relación con el imaginario colectivo.

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Sans titre (carnaval de Huejotzingo), por Kati Horna en 1941

Pronto, el trabajo y creatividad singular de Kati Horna comenzó a circular en diferentes revistas mexicanas, como Nosotros (1944-1946), Mujeres (1958-1968), México This Month (1958 y 1965), entre otras. La mezcla de influencias en sus fotografías –pues el surrealismo no era su única herramienta, también lo era así el expresionismo–, comenzó a dar frutos en el contexto mexicano y su diversidad cultural, inmortalizando escenarios épicos de la indómita tierra mexicana. Ejemplo de ello son aquellas imágenes donde el uso de sombras juega un papel fundamental. 

El contraste en la luz y oscuridad resultó idóneo cuando le llegó la oportunidad de retratar La Castañeda, famoso manicomio mexicano por sus contra oscuros en la historia de la medicina en nuestro país.

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La Castañeda, hospital psiquiátrico, por Kati Horna en 1944

La locura y la oscuridad en sus fotos evidenció la fascinación de Horna hacia los temas tenebrosos. Un caso de esto puede verse en la fascinación que tenía por los vampiros y la creatividad que poseía para situarlos en nuestras calles a partir de una serie fotográfica llamada: Historias de un vampiro. Sucedió en Coyoacán. (1962) Aquí, la fotógrafa plasma su ingenio y humor en una serie de capturas en el estudio de una amiga suya. La mezcla del blanco y negro en esta imagen transmite una esencia bella sobre las almas oscuras, y a la vez nostálgico:

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“Historia de un Vampiro. Sucedió en Coyoacán”, Ciudad de México, por Kati Horna, 1962.

La visión que nos compartió Kati Horna a través del lente de su cámara es invaluable. Le dio vida a objetos olvidados, le otorgó rostros a la locura y al mito. Pero, sobre todo, se volvió una mexicana que aceptó todas las (ir)realidades de nuestros país. Cuando Kati Horna llegó a México, no hubo necesidad que le dijeran mi casa es tu casa. Ella, desde un principio, lo supo.

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Domingo en Parque de Chapultepec por Katty Horna, 1959.
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Una noche en el hospital de muñecas por Kati Horna, 1962.

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Oda a la necrofilia por Kati Horna, 1962.
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Calle Moneda por Kati Horna

La Rotonda del Mar: monstruos de cobre en el inadvertido paisaje

Figuras surrealistas y mágicas dan un nuevo sentido al turismo en Puerto Vallarta y nos invitan a ejercer el acto de contemplar.

Maravilladas por el movimiento de las olas, las esculturas con cabeza de pulpo o caballo de mar apenas y pueden permanecer así, impávidas y sin que el viento las devore. Ocho piezas componen una colección de esculturas surrealistas en Puerto Vallarta, realizadas en 1996 por Alejandro Colunga. Cada una de ellas conforma la Rotonda del Mar, y están colocadas en de manera que observan el mar, postradas ahí, como si esperaran algo o a alguien.

El malecón de Puerto Vallarta es una de las zonas más turísticas de la región. Aquí no sólo se admira el mar y la luz solar, también se observan estos seres que salvaguardan el camino y al viajero que va de paso.

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La esencia antropomórfica que aún conservan de su realizador puede constatarse en su apariencia fantástica y soñadora. La contorsión de sus bocas es un largo grito al viento y, la pequeñez de sus manos, su incapacidad de zambullirse y desaparecer del malecón. Sin darnos cuenta, estamos parados frente a un montón de seres oníricos que nos invitan a cambiar el significado de nuestro viaje, por uno más contemplativo. 

Algunas de las nostálgicas criaturas, si se les puede llamar así, poseen un esqueleto que emula el respaldo y patas de una silla. Un deleite para los turistas transeúntes que gustan de parar justo ahí, a mirar el paisaje. La similitud de dichas esculturas con un mueble no es fortuita. El autor lo hizo con la intención de que los viajeros les hicieran compañía en un largo viaje hacia la eternidad. 

Vivir no es fácil y menos si es para siempre. Por eso, cada figura tiene los pies en la tierra y, conscientes de su destino, deciden jamás irse. Y, aunque pudieran, sería en vano. Cuando el tiempo es interminable, el escapar se vuelve una ruta circular, en la que cada pieza encuentra su sitio y sólo queda como consolación, ver el mar, el espejo de nosotros mismos. 

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/ ¿Cómo llegar?

 

*Imágenes: 1) On The Road In Mexico2, 3) Ernest McGray Jnr. – flickr / Creative Commons; 4) Wikimedia Commons; 5) J. David Villalpando – flickr / Creative Commons