La Comala de Colima y la Comala de Rulfo

Visitar Comala es un excitante recorrido por el punto de reunión de mundos paralelos, el real y el literario.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre,

un tal Pedro Páramo.”

Juan Rulfo

Vine a Comala porque es donde sucede Pedro Páramo, una novela tan abismal como los grandes misterios que aloja México.

El pueblo de Comala, en Colima, poco tiene que ver con la Comala que se imagina Juan Rulfo en Pedro Páramo. ¿Quién desearía visitar la Comala de Rulfo? Un lugar entre el cielo y el infierno, un páramo como el limbo, un no lugar.

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Juan Rulfo en Comala en 1961.

La Comala de Rulfo no puede compararse ni con el más seco de los desiertos. Está tan profundamente alojado en la conciencia, o en el inconsciente, de un hombre que supo tocar las vísceras de este país, en su identidad, en su nostalgia, en su pérdida y melancolía; la Comala de Rulfo se encuentra en todas partes. En la mirada de los mexicanos que trabajan en el campo, en el valle de los cirios de la Baja California Sur, entre los magueyes de Oaxaca, y los árboles de Nayarit, en la selva de Chiapas, en las voces de los tríos y mariachis, en las risa de la mamá grande, o del recién nacido en Guanajuato, en las sonrisas de las mujeres de la maquila.

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Aunque la obsesión mexicana por la muerte –su necesaria burla ante esta convicción inevitable– permea cada página de Pedro Páramo, lo cierto es que la historia que se cuenta podía haber ocurrido en cualquier otro lugar. Describe Jorge Volpi en el prólogo a una de las ediciones de la novela de Rulfo.

La Comala de Pedro Páramo es intrínseca a las sensaciones del mexicano, al humor, a la burla, a la soledad y a la tristeza, a la alegría, al sazón y al baile mexicanos.

Es el sitio del hubiera “qué pasaría si”, “cómo fuera en el caso de que”, “y si sí”, “y si no”. Y también del no lo cambiaría por nada. Todo mexicano está orgulloso de serlo. Por las raíces, la tierra y su belleza, la familia y la lucha en común. Todos los mexicanos se reconocen en los mexicanos.

La Comala de Colima, es un pueblo de casas blancas, de calles empedradas, que en la plaza que erige una estatua de Juan Rulfo, venden alcoholes de sabores, dulces, la tuba, una bebida extraída de la espiga de flores de la palma de coco. Es un sitio tranquilo, donde se antoja reflexionar acerca de un lugar que no puede ser acogido por un lugar, sino que está en la tierra y en las almas de los mexicanos.

A pesar de la fidelidad de Rulfo al lenguaje de los Altos de Jalisco, o a la recreación de la historia completa de un pueblo mexicano durante la época revolucionaria, Comala podría estar en cualquier parte justamente porque no está en ninguna. Su aridez y su soledad son universales. Continúa Volpi en su apreciación de Pedro Páramo.

Lo que cierto es que desde Ciudad Guzmán en Jalisco hasta la ciudad de Comala en Colima, los paisajes van develando una serie de fotografías que son parte del México Rulfiano, cuando este se acerca a la esperanza y a los sueños, y no se queda acurrucado en el hubiera, ni en la nostalgia.

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La visita a la Comala de Colima es el presente nítido, el cual nos remite a la imaginación de las grandes mentes mexicanas, justamente porque se vuelve evidente que llegan a abrazar un cosmos que va más allá de lo material y de la escenografía.

Imágenes:1) Cortometraje Comala de Jim Bruno,  3)institutoculturaldeleon.org.mx

 

Alfonso Reyes: sobre por qué la originalidad no debe ser forzada

Uno de los grandes pensadores mexicanos nos habla sobre la crisis de la originalidad y cómo ha sido vendida como un producto, paradójicamente insustancial.

Tal vez, por consecuencias azarosas del destino, algunas personas derraman una originalidad apreciable a los ojos de cualquiera. La historia nos ha enseñado que esta autenticidad es espontánea en algunos, y que el resultado es una completa idea desconocida hasta entonces, que no ha sido creada jamás.

En este sentido, estaríamos hablando de la originalidad como un don, acaso como un milagro, que no le sucede a cualquiera. Este dato es falso, o más bien poco profundo. Para los que no tenemos la fortuna de destacar por una originalidad de nacimiento no todo está perdido. La clave está en no pensar en cómo ser original, sino en analizarnos como individuos.  

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Al respecto, el escritor Alfonso Reyes dedicó algunos breves párrafos a ilustrar cómo la originalidad ha sido forzada –y evidencia que ha pasado durante siglos–, pues nadie en este mundo está excluido de ser original; nadie podría nacer con aquella dicha, pero sí, en cambio, con la suerte de saber observarse a sí mismo. Se trata de una “originalidad que no se busca sino se encuentra”, nos dice, y continua:

Esta originalidad no buscada es fruto de procesos tan inevitables como lo son todos los procesos de la naturaleza. 

Reyes creía que la clave para encontrar esa originalidad estaba en el autoconocimiento, en obligarse a ser quién se es, y defenderlo a toda costa sin importar los escenarios, mucho menos una reputación:

 El descubrirse a si mismos es, más bien, descubrir al hombre abstracto que hay entre nosotros, al universal, al arquetipo, y abrazarse a él con fervoroso entendimiento platónico. 

 

La originalidad del Romanticismo

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Por otro lado, Alfonso Reyes habla sobre la probabilidad de que nadie, a su vez, se excluya de ser un farsante de la autenticidad, pues como bien nos comparte, la originalidad también puede ser vista como un objetivo y no como una consecuencia, tal vez, de la sensibilidad:

Se nos dice que una de las ideas motrices del Romanticismo fue la preocupación por la originalidad entendida como un fin en sí, como meta directa. . . ¡y es un by-product! [subproducto]

Para entender esta idea es necesario ponerse un poco en contexto:

En pleno desdoblamiento del Romanticismo europeo, en el siglo XIX, los hombres y mujeres de literatura encontraban la originalidad como una forma de rebeldía. El artista y escritor de este ciclo personificaba el espejo de la angustia y el tormento, efectos acaso evidentes de la sobrecargada historia de sucesos nacionalistas en occidente. 

Las bellas artes para entonces comulgaban con la visión del artista como profesión; la obra como objeto de mercado. El impulso plausible de aquellos románticos, no fue sino la capacidad de imaginar, soñar y sensibilizarse frente a este paradigma burgués; conectarse con el mundo natural, para regresar a nociones de origen, que les permitiesen asimilar una exquisita variedad de pantones desde la realidad en su obra. 

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Sin embargo, cabe señalar que los parámetros del romanticismo fueron también criticados por Alfonso Reyes. La postura romántica era radicalmente opuesta al movimiento de la Ilustración –una hazaña sin duda innovadora–, pero su extremismo algunas veces llegaba a otros confines, donde la originalidad era vista con cierta arrogancia y anclada a una serie de vicios humanos, tan banales como el mismo acto de considerarse un artista con “sensibilidad”.

En este sentido, las palabras de Alfonso Reyes parecen tan frescas como en aquella época. Escribe:

Cuando el poeta, cuando el artista declaran que al fin se han descubierto a sí mismos, a veces solo logran desagradar a los demás. Y es que confunden la originalidad con la indisciplina, y creen haber encontrado su ruta por entregarse a sus impulsos temperamentales, a sus manías, a sus tics nerviosos.

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Reyes no estaba en contra de utilizar la sensibilidad como vía de acceso a la originalidad, ni tampoco a favor del arte y literatura como productos. Lo que en algunas breves líneas cuestiona, es que la originalidad sea vista como un acto individual y no como lo que realmente es: una obra colectiva, que no es ajena a los matices que nos regala la vida, ni a las perspectivas del otro, ni del pasado, ni a la gama de ideas que ya se han servido al mundo en bandeja de plata: 

Aunque tal angustia [la de alcanzar la originalidad] hace crisis en los extremosos, tanto que todos acaban por resultar triviales, habría que meditar mucho la sentencia de un maestro ultra, Lautréamont, quien dice que el milagro no puede ser obra individual, sino colectiva. 

. . . No entendamos groseramente la doctrina. No se trata de collage, sino de absorción, digestión, refundición de los temas tradicionales. Toda creación es re-creación, y recreación.

 

*Referencia: Obras Completas de Alfonso Reyes, Tomos VIII y XII, Fondo de Cultura Económica.

*Ilustraciones: Joanna Neborsky

 

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Editora de tiempo completo, música y ser humano. Ha escrito numerosos artículos en este medio, dando vida principalmente a los rubros de Arte, Cultura, Misticismo y Surrealismo. Escribe y edita Ecoosfera. Su tiempo libre lo dedica a leer literatura griega, tarot y ocultismo, además de crear música con sintetizadores.

¿Por qué Juan Rulfo es tan célebre si escribió poco?

Se trata de una especie de voz humana, de tono, que Rulfo entendió, quizás por su sencillez misma.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo cuando ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo”.

A todos se nos queda en la mente para siempre el profundo comienzo de Pedro Páramo, pero. ¿Por qué?

Todos albergamos frases aprendidas e inclinaciones artísticas inculcadas. La historia nos enseña que tal o cual creador es de gran calidad, y en ocasiones ello es tan obvio que no suscita cuestionamiento, pero en otras, surge polémica sobre ciertas eminencias. Existen otros casos, sin embargo, donde el consenso es simplemente un hecho, una cierta reverencia colectiva, muy silenciosa, como discreta y a lo largo del tiempo, y con Juan Rulfo pasa esto

Resulta extraño, pues en total, Rulfo no escribió más que un puñado de 200 páginas, solo dos novelas y un libro de cuentos, y luego decidió no escribir más, como si supiera que en el mundo de las letras su aportación ya estaba dada. A Rulfo se le incluye en el rubro de realismo mágico, por este surrealismo que se desdobla entre lo real y lo fantasmal-onírico-fantasía, pero su hechizo, va mucho más allá.

Se trata de una especie de voz humana, de tono, que Rulfo entendió, quizá por su sencillez misma. Su obra, sin embargo, ha sido a nivel mundial de las más traducidas a mayor número de idiomas. Es, reconociblemente, el autor mexicano más estudiado y leído. Y es que, algo resuena, Rulfo entendió la voz y manera elocuente y hermosa de entender el mundo de los que no tienen nada que perder pues no tienen nada, que solo son ellos mismos y sus experiencias:

Rulfo se fijaba en las personas comunes, pero extraordinarias, no iba en busca de la poesía rebuscada, su sensibilidad era real, en una anécdota a Fernando Benítez, por ejemplo, apuntó:

Un día habló de unas milpas de por el rumbo de Zapotlán donde se metían unos fulanos a escondidas a hacer sabe qué cosas. Hacían mecerse las milpas de mala manera. Entraban y salían. Entraban otros y salían los de antes. Algunos no salían. Las milpas seguían moviéndose. Sucedía todo esto todo el tiempo en ese tiempo en Zapotlán, pero nadie hablaba de eso en ese tiempo en Zapotlán.

Elogiado por autores tan disímiles como José María Arguedas, Jorge Luis Borges, Tahar ben Jelloun, Kenzaburo Oé, Susan Sontag, Mario Vargas Llosa, Urs Widmer y Gao Xingjian, o incluso por inmortales del cine como Werner Herzog, quien en algún dijo: “Juan Rulfo tiene una visión única, los personajes que narra son poderosos. Hay que leerlo para saber cómo desarrollar personajes, lo leo antes de calentar motores para escribir.”

A continuación compartimos fragmentos de otros autores que intentan explicar y reconocer el porqué de este encanto casi inefable de Rulfo, una especie de honestidad que viene desde la vos humana más honda, sincera:

  • “Pedro Páramo es una novela perfecta, escrita por uno de los cinco mejores narradores del siglo pasado. Es tan perfecta que apenas se puede añadir algo más a esto, acaso tan solo añadir: sin comentarios.” Enrique Vila-Matas.
  • “El lenguaje refinado que él mismo se ha inventado y que no encontré nunca en ningún escritor (…)Contaba con una prodigiosa imaginación”. Fernando Benítez
  • “Su obra no tiene edad. El México de ayer, de hoy y de mañana es el México de Rulfo. Rulfo lo recreó y en algún sentido lo creó(..) Muertos y vivos susurran en sus páginas.” Enrique Krauze.
  • “Como todo clásico, por que Rulfo ya lo es, nos habla tanto de su tiempo como el nuestro”. Jorge Volpi
  • “Corremos el riesgo de repetir tanto que Rulfo es un símbolo de la mexicanidad que quizá acabemos convirtiéndolo el el nuevo Frida Kahlo. La obra de Rulfo va mas allá. Es un autor fundamental del idioma.” Antonio Ortuño.
  • “Es el tipo de escritor que tiene el don puro, es decir un escritor misterioso”. Tomás Segovia.

¿Y tú, podrías explicar por qué Rulfo resuena de una manera profunda?. *Compártelo con nosotros en los comentarios.

 

Imagen: Sonia Basch
Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

100 años de Rulfo: el momento perfecto para desmentir una leyenda en torno a “Pedro Páramo”

¿Es cierto que Juan Rulfo recibió ayuda para lograr el orden genial, único en la literatura mexicana, de su obra maestra?

Muchos de nosotros conocemos Pedro Páramo o, cuando menos, es un título que nos es familiar. Sea porque lo leímos en la escuela o porque de continuo lo encontramos enlistado entre las obras capitales de la literatura mexicana (esos clásicos que, como decía Mark Twain, muchos alaban pero pocos leen), la novela de Rulfo tiene una gran estima en la conciencia nacional.

Los elogios, por supuesto, no son gratuitos, y cabe incluso la posibilidad de que ni siquiera sean suficientes. En el panteón de nuestra literatura, el poeta nacional por antonomasia es Octavio Paz, quien hizo todo lo necesario –literaria, cultural y políticamente– para ganarse ese puesto, y poco después de él figuran algunos otros como Carlos Fuentes, Alfonso Reyes, José Emilio Pacheco o Carlos Monsiváis, quizá Sor Juana Inés de la Cruz (aunque por razones muy distintas), pero pocos más que ellos. Rulfo, en este catálogo, figura un tanto arrinconado, a la sombra, como si pagara el precio de no haber publicado más que un par de libros, de no haber figurado en la televisión nacional ni haber querido convertirse en el intelectual público a quien se podía acudir en busca de respuesta y clarificación.

La figura de Rulfo es engañosamente humilde, apocada. Acostumbrados como estamos a la monumentalidad y el barroquismo, resulta difícil convencernos de que un escritor con apenas dos títulos archiconocidos (El llano en llamas, 1953; Pedro Páramo, 1955) y uno que tiene aroma a póstumo a pesar de haber sido publicado en vida (El gallo de oro, 1980), sea también un gran escritor.

Con todo, lo es. En un artículo publicado hace algunos años en la revista La Tempestad, el escritor tijuanense Heriberto Yépez sostuvo que Pedro Páramo era el mejor poema de la literatura mexicana, por encima de Piedra de sol o de Muerte sin fin, y esto sin que, a primera vista, Pedro Páramo sea poesía.

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La afirmación de Yépez puede considerarse hiperbólica, un atrevimiento retórico tan propio de su actitud ante la literatura y su forma de expresarla, pero contiene un germen de verdad o de juicio literario válido. Pedro Páramo puede considerarse un poema (con cierta lasitud en el uso del término), porque Rulfo despliega ahí un manejo estético del lenguaje portentoso, autónomo como obra de arte. Es posible tomar cualquier fragmento al azar y, al azar mismo, encontrarse con una perla literaria cuidadosamente labrada, una conjunción de palabras elegidas con conocimiento cabal de su capacidad expresiva y, por último, con un poder admirable de evocación para el lector (en especial el mexicano, aunque no exclusivamente).

En breve, eso basta para hacer de Pedro Páramo una gran obra de la literatura mexicana, para ponerla al lado (o por encima) de El laberinto de la soledad o de La región más transparente, sin embargo, no ocurre así, y peor aún, en torno a su hechura corre una leyenda engañosa e incluso un tanto malintencionada (una que, por otro lado, nadie se atrevería a lanzar a propósito de una obra de Paz o de Fuentes).

Quien haya leído artículos, notas o libros sobre Pedro Páramo quizá se haya encontrado con la historia de que Juan Rulfo recibió ayuda para ordenar los parágrafos de su novela. Los autores de tan samaritano gesto varían según la versión del rumor, pero casi siempre se reducen a tres personajes: Alí Chumacero, Antonio Alatorre y Juan José Arreola, quienes tienen en común haber trabajado en el Fondo de Cultura Económica más o menos en la misma época en que Rulfo escribió Pedro Páramo y entregó el manuscrito a esta editorial del Estado mexicano para su publicación. Arreola y Alatorre eran además paisanos de Rulfo, y Arreola pasaba por ser uno de sus amigos más cercanos, circunstancias que afianzan su papel supuestamente decisivo en la confección de la novela de Rulfo.

Grosso modo, la historia asegura que alguien (Chumacero y Arreola; Chumacero, Arreola y Alatorre en distintos tiempos; o Arreola solamente) ayudó a Rulfo a ordenar las distintas secciones de Pedro Páramo. Como sabemos, la de Rulfo no es una novela narrativamente “convencional”, es decir, no es una en donde los sucesos se desarrollen linealmente ni en el tiempo ni en el espacio ficticio de la narración. La línea de tiempo, por señalar el rasgo más evidente, va del presente de la novela al pasado y por momentos los planos temporales incluso se superponen; y con éstos, los personajes y las líneas narrativas: aquellos que corresponderían al “presente” conviven con los del pasado y las historias de cada uno se cruzan, en una mezcla inquietante y, sin embargo, adscrita a su propia lógica temporal y narrativa. Como han insistido tantos críticos, ese, en buena medida, es uno de los rasgos geniales de Pedro Páramo.

Esta genialidad, sin embargo, se ve disminuida por ese rumor sostenido durante casi 60 años: todavía en agosto de 2015, El Universal publicó en su suplemento cultural Confabulario una entrevista en la que Emmanuel Carballo insiste en la participación determinante de Arreola y Chumacero en la versión final de Pedro Páramo.

Y no es que recibir ayuda sea demeritorio por sí mismo, pero, como alguna vez señaló José Emilio Pacheco al respecto de esta misma historia, por principio de cuentas, en México nunca ha existido esa figura del editor como se entiende en la tradición libresca anglosajona, el editor que poda, modifica, embellece, tachonea, añade, resta, editores como Maxwell Perkins o Gordon Lish, sin cuya intervención no conoceríamos las obras de Francis Scott Fitzgerald o Raymond Carver tal y como ahora las leemos. En segundo lugar, porque aceptar que Rulfo recibió ese tipo de ayuda es contribuir a que su obra continúe en las márgenes de nuestra tradición literaria y no en el eje mismo, que es adonde pertenece.

A la fecha, el principal investigador que ha aportado testimonios que desmienten la participación de los tres personajes mencionados en el “ordenamiento” de Pedro Páramo es Víctor Jiménez, quien en un libro de reciente publicación, Pedro Páramo en 1954 (UNAM-Fundación Juan Rulfo-Editorial RM) reconstruye la historia no tanto del rumor como del esquema narrativo que el propio Rulfo ideó para el desarrollo de su novela.

En dicho libro, Jiménez se sirve de tres tipos de “evidencia” para probar que el carácter fragmentario de Pedro Páramo estuvo más o menos desde el origen en la cabeza de Rulfo. En primer lugar, los informes que Rulfo rindió al Centro Mexicano de Escritores sobre su actividad como becario, en donde al referirse a la novela que escribió con el apoyo recibido por esta institución, habla de una narración en “fragmentos” y cuyo orden no es “evolutivo” ni “determinado”.

Estas aportaciones pueden tomarse como sólo sugerentes, y no conclusivas, pero para fortalecer su caso, el investigador suma las publicaciones que Rulfo realizó de extractos de Pedro Páramo antes de la publicación canónica de su novela (antes, incluso, de que esta tuviera su forma final). A decir de Jiménez, es un tanto increíble, y no en el mejor sentido del adjetivo, que numerosos críticos, académicos o periodistas hayan pasado por alto el hecho de que Rulfo publicó en tres ocasiones “adelantos” de Pedro Páramo que al parecer nadie se tomó la molestia de buscar, los tres en 1954: en el número 1 de Las Letras Patrias (enero-marzo), en el número 10 del volumen VII de Universidad de México (junio) y, finalmente, en el número 6 de Dintel (septiembre).

Rulfo entregó a las tres revistas partes distintas de una especie de proto-Pedro Páramo, es decir, una versión anterior a la novela que ahora conocemos. En el extracto de Las Letras Patrias, por ejemplo, la emblemática Comala lleva por nombre Tuxcacuexco, con lo cual el inicio de la novela, que también muchos sabemos de memoria, dice así:

Fui a Tuxcacuexco porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

En la revista Universidad de México, por otro lado, el episodio publicado se presenta como parte de la novela Los murmullos, uno de los varios títulos que Rulfo pensó para su novela (antes, para Las Letras Patrias, dio el de Una Estrella junto a la luna). Se trata del fragmento en que Eduviges recuerda, en presencia de Juan Preciado, a Susana San Juan y a Pedro Páramo; estos dos personajes aparecen ya con esos nombres, al igual que Comala.

En cuanto a la publicación de Dintel, el nombre de la novela de la que se presenta un avance se maneja, indistintamente, como Los murmullos y como Comala, y de esta se da a conocer el monólogo de Pedro Páramo que comienza con “Hace ya tiempo que te fuiste, Susana” y que, más allá de esta particularidad, contiene un par de frases que evocan claramente otros fragmentos de la novela, entonces no conocidos y, en la versión final, distantes entre sí pero coherentes con su propia lógica narrativa.

Por último, Jiménez añade tres secciones del “mecanuscrito” que Rulfo entregó al Centro Mexicano de Escritores como parte de los informes antes señalados, los cuales requerían de justificantes de actividad relacionada con la beca recibida. Los facsímiles reproducidos corresponden a los extractos dados a la publicación por Rulfo durante 1954 en las revistas mencionadas. De esta forma, redondea la presentación de su caso y, con ello, desmonta la leyenda tejida en torno a la confección de Pedro Páramo.

Basta leer tanto el manuscrito presentado como los fragmentos de la novela antes de su publicación final para darse cuenta de que Rulfo tenía una idea hecha del armazón narrativo que daría a Pedro Páramo. Su habitual reserva (que llega hasta nuestros días, a casi 100 años de que nació y más de 30 de su fallecimiento), nos niega también la idea de Rulfo como un gran conocedor de la literatura, de las técnicas narrativas, de las vanguardias artísticas y de los experimentos literarios que se realizaban en otras latitudes de su propio tiempo. Esa misma reserva nos ha heredado un Rulfo criado en la lejanía de la provincia mexicana, formado con nada más que historias que escuchó de boca de sus familiares, sus amigos o sus tutores, que si acaso leyó libros religiosos y de adoctrinamiento, que caminó y habló con sus coetáneos, pero poco más que eso. ¿Cómo podría alguien así elaborar una obra maestra que funde las cadencias del español del Siglo de Oro con los lances narrativos de Faulkner o de Joyce? ¿Cómo podría un escritor provinciano, tímido, callado, confeccionar por sí mismo una obra admirada por lectores disímiles pero igualmente voraces e inteligentes como Jorge Luis Borges o Susan Sontag? ¿Cómo pudo alguien que rehuyó tanto a las mieles públicas del intelectual célebre escribir una de las mejores obras narrativas de la literatura mexicana?

En este sentido, la investigación de Jiménez es sin duda la más sólida que se ha hecho para desmentir, quizá de una vez por todas, la leyenda en torno a Pedro Páramo, y devolver así a Rulfo el lugar que se ganó, con su genio irrebatible, en nuestra tradición literaria.

Adenda

Hay una historia que Víctor Jiménez sí reconstruye en su investigación: la historia de la insistencia de Juan José Arreola. Vale la pena consultar el relato completo porque, además de que Arreola adquiere aquí una dimensión “humana, demasiado humana” de la que usualmente carece cuando se le recuerda, se recrea una escena que a luz de la evidencia aportada resulta risible cuando no ridícula: aquella en la que Arreola visita a Rulfo en su departamento de Río Nazas, en la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México y, después de darle ánimos para que finalmente entregue el manuscrito de Pedro Páramo para su publicación, salva una parte de éste (Rulfo, supuestamente, había ya quemado varios folios), distribuye las cuartillas restantes sobre una mesa como si se tratara de una baraja y, en un acto de prestidigitación, da a los párrafos de Rulfo el orden con que ahora leemos su libro. Sin duda una conjunción del azar que haría ruborizar a Mallarmé. Además de los testimonios hemerográficos y bibliográficos reunidos, Jiménez ofrece una prueba final, contundente, de la nula participación de Arreola en la confección de Pedro Páramo.

Recomendamos ampliamente la lectura de Pedro Páramo en 1954, editado por la UNAM, la Fundación Juan Rulfo y la Editorial RM en 2014.

 

Juan Pablo Carrillo Hernández
Autor: Juan Pablo Carrillo Hernández
Escritor y lector. Colaborador en los sitios web Pijama Surf, Petite Mort y otros.