Los mercados de la Ciudad de México son declarados como Patrimonio Cultural Intangible

La ciudad hoy guarda hasta 329 mercados públicos, una conservada herencia de época prehispánica.

De acuerdo a la mitología mexica, Huitzilopochtli ordenó a esta sociedad que se dividiese en los 4 rumbos del mundo. Según el Códice Mendocino, entonces Tenochtitlán quedó dividida en 4 grandes barrios Cuepopan, Moyotlan, Zoquiapan y Atzacualco

En estos 4 cada uno contaba con grupos de casas llamados calpulli, los cuales disponían de su propio templo, escuela y jefe de barrio, también de sus mercados. Estos últimos fueron siempre un eje fundamental de la vida social y económica en mesoamérica, en derredor de ellos no solo se gestaba un gran intercambio económico, también cultural sobre técnicas agrícolas, mejorías de especies, formas de entender el mundo desde la distinta relación con la naturaleza de los distintos grupos.

En Tenochtitlán el mercado más grande e importante, y que dejó atónitos a los españoles, fue el de Tlatelolco, que había transformado a esta parte de la ciudad en una comercial, dinámica, a donde llegaba mercancías de muchas partes de mesoamérica.

Los mercados, así, han sido eje medular del urbanismo y cultura en la Ciudad de México desde hace más de 700 años. Hasta hoy perviven, incluso, a contracorriente con una globalización que integra grandes supermercados, la mayoría de origen extranjero. Aún así, las cifras muestran que el 46% de la población en la Ciudad de México continúa, afortunadamente, abasteciéndose en el mercado, hoy existen hasta 239.

Por ser estos un eje ineludible de cultura, en estos días por primera vez los mercados de la Ciudad de México han sido nombrados como Patrimonio Cultural Intagible por parte del gobierno de la ciudad. Este nombramiento tendrá el efecto de la implementación de un Plan de Salvaguarda por medio de una Comisión de Patrimonio Cultural Intangible. Esta Comisión estará integrada por las Secretaría de Cultura y la Secretaría de Desarrollo Económico.

 

*Imagen: @mediatrover

 

Breve guía sobre el increíble patrimonio cultural intangible de la CDMX

Desde el juego de pelota, hasta la lucha libre; aquí lo que tienes que saber sobre estas manifestaciones…

Muchas lecciones valiosas nos dejaron los múltiples sismos que, de distintas maneras, tocaron a México durante 2017. Pero, sin duda, una muy especial es la siguiente: el patrimonio más valioso que tenemos es el que está vivo, el que depende de nuestro hacer constante. Tradiciones, fiestas, danzas, recetas, ferias y hasta juegos: resultado, todos, de la imparable creatividad.

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No debemos olvidarlo: nosotros somos los que construimos el mundo; es nuestra fuerza creativa la que fabrica edificios, ciudades, mercados, monumentos. Y esta fuerza, elude la destrucción. Es más: en ella encuentra, incluso, nuevas formas de acción. Así, es vital reconocer como “patrimonio cultural” a las manifestaciones que marcan la identidad de muchos. Porque como los edificios históricos que dibujan el rostro de nuestra tierra; las tradiciones son algo que habitamos y que, simultáneamente, nos habita, porque somos nosotros los que las encarnamos.

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Tal vez podríamos decir, si nos arriesgamos un poco, que nuestro contacto más auténtico con la propia tradición es a través del “patrimonio intangible”, porque ese lo hacemos nuestro. No solo lo vemos de cerca, lo producimos, lo saboreamos y no tenemos que “tratarlo con cuidado”. Al contrario: lo hacemos evolucionar cada vez que lo ponemos en práctica.

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Para honrar esta lección y también lanzarse a vivir en carne propia estas manifestaciones, te presentamos una breve guía sobre el increíble patrimonio cultural intangible de la Ciudad de México, lugar donde convergen expresiones que han tomado prestado de muchos momentos de la historia y muchas partes del país.

Juego de pelota

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Declarado patrimonio cultural intangible de la CDMX en 2008, no solo porque es una fantástica tradición prehispánica, sino porque se sigue practicando en distintas partes de la ciudad (y de México entero).  

Las versiones consideradas patrimonio de la capital mexicana son la pelota tarasca y mixteca en tres modalidades: pelota de hule, de forro y de esponja. Aunque la práctica ya no es precisamente ritual, sino deportiva, continúa siendo una forma de conexión con un aspecto de la identidad que a veces se queda afuera del discurso: la herencia indígena.

Si quieres presenciar un juego o armar un equipo y darte una probada de este intenso ejercicio, puedes visitar la cancha de la Delegación Azcapotzalco, en el Faro Poniente Xochikalli, en calle Cananea (frente a metro Rosario). Las actividades del Faro son gratuitas y ahí te puedes inscribir para aprender a jugar o enlistar a tu equipo para echarte una liberadora reta prehispánica.

Orquesta Típica de la Ciudad de México

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Este ensamble musical fue fundado en 1884, pero continúa activo y por eso en 2011 se decretó que es patrimonio de su ciudad natal. Se llama “típica” sobre todo porque interpretan piezas clave del imaginario mexicano, canciones tradicionales y algunas selectas de compositores locales. Una curiosidad es que integran los instrumentos ordinarios del género orquestal con algunos instrumentos mexicanos (como la marimba chiapaneca y el bajo sexto). Que tenga más de 100 años de historia prueba que su estructura depende de que la hagamos funcionar.

En su cuenta de Facebook puedes enterarte de próximos conciertos y presentaciones.

Pasión de Cristo en Iztapalapa

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Según el decreto que hace patrimonio cultural intangible a esta tradición, el acto se practica en Semana Santa desde 1843. En 2012 fue declarado, de manera muy justa, pues aunque la intensa demostración de fe religiosa levanta algunas cejas, es una manifestación vital para los pobladores de la delegación, de la Ciudad y francamente, para muchos mexicanos que, año con año la siguen de cerca por televisión. El acto consiste en representar la Pasión de Cristo que culmina con el viacrucis: el camino de Jesús cargando la cruz hasta el sitio donde será crucificado.

Solo participan de este evento sujetos nativos de Iztapalapa, pero asisten a ella miles de personas de distintos lugares, entre curiosos y creyentes. Antes, los papeles se heredaban, ahora se llega a un acuerdo. Por otro lado, interpretar a Cristo no es para cualquiera. Hay que dejarse crecer el cabello, teñirlo y hay que estar físicamente preparado para ser azotado, cargar la cruz y luego ser colgado de ella.

Además de la inmensa convicción que solicita esta tradición, es curioso que los mexicanos pongan por unas horas el ojo en la delegación considerada como “la más peligrosa de la CDMX”, probando otra fantástica cualidad del patrimonio intangible: la de hacer comunidad.

Feria de las Flores de la Delegación Álvaro Obregón

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Esta fiesta tradicional se declaró patrimonio vivo de la CDMX en 2013. Se celebra a mediados de julio en el barrio tradicional de San Ángel. Y es una auténtica feria “de pueblo” que se realiza desde 1857 de manera formal, pues en sus orígenes servía para rendir culto a Xiuhtecuhtli, señor de las flores y, del lado católico, para ofrendar a la Vírgen del Carmen. El barrio completo, los parques de la delegación y otros sitios públicos, como los museos, se llenan de flores, muestras artísticas y gastronómicas y música.

Mercados públicos de la Ciudad de México

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Un curioso ejercicio de abstracción este decreto de 2016 por hacer patrimonio a las Manifestaciones Tradicionales de los Mercados Públicos. Pero hay que decirlo: el mercado es una práctica que se hace de muchas y pequeñas tradiciones. ¡Y qué vivo este patrimonio! en donde, además, se rescatan cosas como la medicina tradicional (especialmente en el mercado de Sonora), recetas típicas, música mexicana y mucho más. Aquí puedes revisar la ubicación de muchos de estos sitios.

Alegría de Santiago Tulyehualco

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El amaranto es nutritivo, delicioso y también patrimonio cultural, cuando está en forma del clásico dulce mexicano: alegría. Sí: las alegrías, específicamente las de Santiado Tulyehualco en Xochimilco, son patrimonio intangible. Piensa en lo que esto implica, cada vez que te comas casualmente una.

Prepara tú también este legado: aquí puedes encontrar la receta.

Lucha libre mexicana

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En 2018 se decidió que este deporte con espíritu de dramatización y teatro era lo suficientemente importante para las identidades chilangas, como para pasar a formar parte del panteón de los “declarados patrimonio”. Todo sobre esta manifestación nos habla de la cultura que la trae a presencia: las máscaras y vestuarios, el ring, los protocolos, los personajes, las narraciones, los movimientos y el ambiente. Los capitalinos aman las luchas y ya no hay palabras para quien decía que no son cultura.

También en Más de México: Lecciones de vida de El Santo, el Enmascarado de Plata

*Imágenes: 1)Efe; 2)Mario Guzmán; 3)La ciudad de las sombras/Flickr; 4)Iván Bautista; 5)Mario Guzmán; 6)Antonio Casasola; 7)Rodrigo Puente Guillén; 8)Crédito no especificado; 9)Osei Casanova; 10)Maria/Flickr; 11)Daniela Herrerías

Fantásticas voces de ópera irrumpen este mercado mexicano (VIDEO)

Hay algo en los sonidos que emite esta música que sugiere suspender hasta el más caótico entorno…

Los mercados aparecen caóticos. La ópera se presume elegante. En el mercado pregonan con tonos chillones los marchantes. En la ópera sopranos, tenores y otras fantásticas voces ensamblan un delicado panorama sonoro. Los mercados son públicos. La ópera tiene la mala fama de responder sólo a ciertas clases sociales. Pero ambas manifestaciones son coloridas a reventar y en sus peculiares escenografías se desenvuelven las vidas de fabulosos personajes (algunos de ficción y otros “de carne y hueso”). Ahora imagínalos juntos: la ópera suspendiendo, de imprevisto, el flujo intenso del mercado.

#PorqueEsViernesVamos al mercado a escuchar ópera. 😱😃🤗👀🎼¡Da inicio el Programa de Acción Cultural Comunitaria! En el Mercado Río Blanco, delegación Gustavo A. Madero.

Posted by Instituto Nacional de Bellas Artes on Friday, July 20, 2018

Esto sucedió en el mercado Mártires de la Río Blanco en la Ciudad de México, como parte de un curioso proyecto cultural del INBA llamado “Ópera en Mercados”. La idea es armar conciertos a manera de flashmob en los tianguis de algunas de las colonias más “marginadas” (que probablemente significa lejos de los circuitos grandes de consumo cultural) de la ciudad, pero con un formato casual, abierto y bastante espontáneo.

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Los intérpretes van vestidos de comerciantes y clientes, con bolsas de mandado, mandiles y hasta atendiendo puestos de carne o verduras. De pronto, la música comienza a sonar intensa en una bocinas y los ruidos del mercado, radios, televisiones, gritos que ofertan, reclaman o piden, chismes y demás, cesan. Las voces, completamente lejanas a las convenciones de este sitio resuenan inmensas y todo se desacelera. Los intercambios de bienes por dinero frenan, también las prisas y las ansias, sobre todo la densidad que a veces marca estos espacios, incluso los pequeños actos violentos que se cuelan en lo cotidiano. Comienza la escena.  

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Los cantantes brincan y bailan entre la audiencia dispersa; los tocan e involucran; se suben a las mesas y a los puestos; juegan con las frutas. Sería insólito para un conservador del género. Al mismo tiempo, los rostros de la gente anonadada, que humildemente se deja encantar por esta manifestación que consideraba ajena, son preciosos. Y, en ese momento, francamente da lo mismo si la ópera está diseñada para algunas clases sociales y no otras: aquí la cosa es exponerse siempre a movimientos y piezas que sentimos lejanas, precisamente porque nos dan una lección de humildad o hasta nos hacen sentir empatía por cosas que de antemano habíamos rechazado.

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Uno de los cantantes, el fantástico tenor Francisco Pedraza, no solo se dedica a la ópera, también atiende un puesto de zapatos en el Mártires y sabe que sus compañeros se pasan prácticamente todo el día trabajando, así, tienen bien merecido un momento distinto y la posibilidad de encontrarse con otra cosa; de romper los prejuicios y re-ensamblar la vida diaria.

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Como dice la escritora Henriette Lazaridis, hay que amar la ópera por lo que nos hace sentir; no por la tradición a la que responde, sino por lo que evoca para cada quien. Frívola, en muchos sentidos, está marcada por la necesidad de explorar las pasiones y eso es algo con lo que todos podemos relacionarnos.

También en Más de México: La primera ópera en lengua náhuatl; escúchala (VIDEO)

El tianguis: lugar de encuentro prehispánico y de creación de identidad

Ahí se hacía una fusión de culturas desde tiempos prehispánicos, hoy es una vía hacia la diversidad.

La conformación de la sociedad es en esencia un canal de supervivencia: tanto físico como afectivo. El hombre ha debido aceptar su “dependencia” a la sociedad, considerando lo complejo que es subsistir aislado –ello sin mencionar que somos gregarios por naturaleza. En la sociedad existe la diversidad, de oficios, productos y servicios, y en esta amalgama es posible satisfacer necesidades básicas que resulta prácticamente imposible abastecer de manera individual.

Por ello el intercambio ha sido parte de la historia de la humanidad. Por medio de este los individuos se hacen de servicios o productos de los cuales se carece y, al disponer de otros, se genera un valor que promueve este intercambio.

En el México prehispánico el trueque fue el método más generalizado para hacerse de productos y servicios –aunque sobre estos últimos existieron importantes modelos colaborativos en los que la comunidad se involucraba para resolver las necesidades de un miembro y luego este formaba también parte de las labores cuando otra persona de la comunidad lo requería. Entre los nombres de estos tipos de colaboración están: el tequio y el ipalnemohuani, por mencionar solo un par.

tianguis mexico prehispanico mercado de tlatelolco

Aunque generalmente el comercio se hacía simplemente por medio del trueque, también habían monedas aceptadas como el cacao, las mantas o las hachas de cobre. Y el sitio por excelencia donde en diversas partes de Mesoamérica las personas confluían para hacer estos intercambios comerciales eran los tianguis, cuya palabra proviene de tiānquiz(tli), que significa mercado.

Tan eran imprescindibles los tianguis en la cultura mesoamericana, que cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán, y vieron en el de Tlatelolco a más de 60 mil personas en actividad comercial (y cultural) supieron de inmediato que la ciudad sería tomada solo cuando fuera también sitiada esta plaza.

Los tianguis eran un lugar determinante de reunión. Allí de algún modo se conocía la biodiversidad de tierras lejanas, de lenguas, de creencias. También allí se reafirmaba la identidad, o bien, se nutría de otras influencias.

Era tan importante, que, por ejemplo en Tenochtitlán, a los días de tianguis asistía un consejo encargado de resolver las disputas mercantiles. Se congregaba en torno a ellos tal cantidad de gente, que se hacía indispensable un aparato de justicia presente y contundente en un evento de esta envergadura. Según nos narra la investigadora de la Universidad Autónoma de Campeche, Pascale Villegas, en su artículo Del Tianguis Prehispánico al Tianguis Colonial: Lugar de Intercambio y Predicación (Siglo XVI):

Una de las constantes en los escritos de los primeros conquistadores que visitaron México-Tenochtitlan guiados por Moctecuzoma y los suyos, fue la admiración que sintieron cuando a la vuelta de una de las calzadas toparon con la gran plaza del mercado de Tlatelolco. Cortés y el Conquistador Anónimo, dos de los testigos oculares, no esconden en sus escritos su estupefacción, se quedaron boquiabiertos ante el número incalculable de personas reunidas. Los primeros testigos oculares avanzan la cifra de entre 40 000 y 60 000 personas. (Cortés, Cartas de Relación, Segunda Carta: 63).

También, como eran tan importantes, incluso luego de la conquista, los españoles levantaron centros religiosos cerca de estos mercados. Hoy los tianguis continúan siendo imprescindibles en la cultura mexicana: un estudio del Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE) de 2015 arrojó que hasta el 65% de los mexicanos considera que las frutas, verduras, carnes y pescados son de mayor calidad y “más frescos” en los tianguis y mercados en comparación con los supermercados.

Según estudios de la investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Amalia Attolini Lecón, aún hoy existen tianguis cuyo origen fue prehispánico, como el caso del mítico mercado de la hermosísima Cuetzalan (Puebla); Tianguistenco y Otumba (Estado de México); Tenejapa y San Juan Chamula (Chiapas); Chilapa (Guerrero); Zacualpan de Amilpas (Morelos) o Ixmiquilpan (Hidalgo).

La cultura de los tianguis permitió el intercambio de ideas y la confluencia de sociedades disímiles; hoy aún los asociamos con productos de la región, los vinculamos a México, incluso al México Profundo; son una ventana al mundo rural y artesanal, también a la biodiversidad. Jamás será lo mismo la experiencia comercial en un tianguis que en un supermercado, y es que aquí  confluyen épocas, usanzas arraigadas y la diversidad social del país.

“Ir al tianguis” es  una invitación a la identidad, a la cultura desde el comercio cuando se mira desde el valor de lo ancestral, lo cotidiano, lo diverso: esta última es su exquisita constante.

Y también, comprando en un tianguis se fortalece al mercado interno, lo que conlleva a una economía más sólida, menos dependiente de otros países.

*Imágenes: 1) La Gran Tenochtitlán, mural de Diego Rivera en el Palacio Nacional; 2) Fragmento de la maqueta que representa al Mercado de Tlatelolco en el Museo Nacional de Antropología e Historia

Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )