Conoce algunos de los escritores zapotecas contemporáneos

A finales del siglo IXX la milenaria tradición poética de los zapotecas comenzó a publicarse en textos de poemas y relatos traducidos al español.

Pues estos se creen hijos de las raíces de los vetustos árboles y de las fieras como el tigre y el lagarto, hijos de los peñascos y de las nubes. Toda esa mitología fantástica ha estado presente en la imaginación de los zapotecas de ayer y hoy para crear una peculiar obra de ficción artística.

 

Macario Matus

 

Los binnizá o zapotecas, son un milenario pueblo indígena asentado en la región del Istmo en el estado de Oaxaca. Su tradición literaria, sobre todo en forma de poemas, ha sido muy basta, ello quizá derivado de su concepción sobre su propia descendencia. Los binnizá (originalmente este pueblo se autodenominaba “ben´zaa” o “vinizá” ) significa “gente de las nubes”. Desde esta definición observamos una metáfora con tintes poéticos sobre su surgimiento, una expresión estética sobre el mundo.

Durante cientos de años su producción literaria se hacía de manera oral, hasta finales del siglo IXX fueron apareciendo los primeros poetas zapotecas que publicaron por primera vez por escrito su trabajo literario. Basado en un artículo de Irma Pineda Santiago publicado por la UNAM, enlistamos algunos de los escritores zapotecas más memorables desde el siglo IXX hasta la fecha.

 

Arcado G Molina

En 1876 comienza a producir los primeros relatos o poemas escritos en zapoteco.

 

Enrique Liekenes

Nació en Juchitán en 1882 y empezó a escribir sus primeros textos desde muy joven. A inicios del siglo XX Liekenes se va a vivir a la Ciudad de México, ahí formó parte del Estado Mayor del general Álvaro Obregón y desde ahí ayudó a la donación de terrenos para la construcción de escuelas en su Juchitán. También desde la Ciudad de México dio un fuerte impulso a la literatura zapoteca, apoyó al grupo conocido como la Sociedad Nueva de Estudiantes Juchitecos (posteriormente conocidos como la Generación Neza), esta agrupación publicaba la Revista Neza (el camino, lo correcto).

 

Víctor de la Cruz

En 1909 escribió el poema La Flor de a Palabra. Se reconoce que este poema integra elementos de la cultura zapoteca que son muy propios, alusivos sobre todo a la naturaleza.

 

A una bella juchiteca

 

Si al velorio, huipil llevas bordado,

prendida a la cintura la cenefa

con blanquísimo olán muy bien plisado

haciendo como en verso, sinalefa;

Sin doblones ni traje de brocado

que en la guzanagola acusa jefa,

de la zandunga canto el zapateado

por ti, xhuncu scarú, galana Chefa.

Te llevaré a las velas de Cheguigo

te cantaré mi amor en zapoteco

y un jacal en Xadani te prodigo.

Si me das a fumar guie’ xhuuba’ seco

cual flor de guiriziña y vas conmigo

a bailar al estrado juchiteco.

 

Andrés Henestrosa

Nació en Ixhuatán en 1906. Cuando cumplió 23 años, como regalo obtuvo el primer ejemplar impreso de Los Hombres que Dispersó la Danza. Su trabajo desglosa una infancia en la que le fueron contadas tradiciones orales, como el que los zapotecos se dispersaron luego de una danza, entonces fundaron Juchitán, y otro aspectos como “la venganza del Dios Rayo, el nacimiento de San Vicente Ferrer (Santo Patrono de Juchitán), el romance entre los nenúfares mudubina y stagabe’ñe, la creación de algunos animales, hasta la figura del personaje fundamental en la tradición zapoteca: “el conejo siempre listo que logra vencer todas las adversidades gracias a su inteligencia y que logra burlarse de los más fuertes.” Nos dice Pineda Santiago.

 

Gabriel López

Nació en 1906. Publicó sus primeros textos en la Revista Neza: cuentos extraídos de la tradición oral zapoteca, poemas amorosos y épicos. Su poema más conocido, y quizá el mejor, es Ni gudxi’ba xmani` Duarte (El que montó el caballo de Duarte), publicado en 1936, escrito en octosílabos y lengua materna.

 

Uno de sus poemas:

 

Dicen que se va el zapoteco

Ya nadie lo hablará

Ha muerto, dicen,

La lengua de los zapotecas.

La lengua de los zapotecas

Se la llevará el diablo,

Ahora los zapotecos cultos

Sólo hablan español.

¡Ay! Zapoteco, zapoteco,

quienes te menosprecian

ignoran cuánto

sus madres te amaron.

¡Ay! Zapoteco, zapoteco,

lengua que me das la vida,

yo sé que morirás

el día que muera el sol

 

Nazario Chacón Pineda

Nació en Juchitán en 1916. Estudió en la Ciudad de México la carrera de profesor en la Escuela Nacional de Maestros, la imprenta de esta escuela publica en 1939 su libro Estatua y Danza. Se considera de la Generación Neza, aunque es un poco más joven. En su momento Gabriel López Chiñas comentó sobre su poema Bigu (La Tortuga):“nótese la ingenuidad infantil, primitiva casi, de este poema y la gran sonoridad de sus versos zapotecos”. Su poema Canción de la Sangre fue publicado en 1962 y elogiado por José Vasconcelos y los contemporáneos.

 

El desfile de tortugas

Simula un collar

De tortugas grandes

De tortugas chicas

A la orilla de la mar

Tortugas chicas Tortugas grandes

Y grandes y pequeñas

¿dónde dejó su hijo

Dónde dejó su hijo

La diosa de la mar?

Diosa del Mar, Diosa del Mar,

Mira a la tortuga chica

Mira a la tortuga grande

Donde dejó su hijo

Donde dejó su hijo

La tortuga grande, la tortuga chica

 

Pancho Nácar

La mayor parte de su trabajo literario fue descubierto después de su muerte y reunido por Víctor de la Cruz, en el libro Diidxa (1973), todos publicados en zapoteco.

 

Hoy es la primera visita de tu alma,

sólo me encuentro en esta casa,

aunque en un lejano sepulcro estás

dos cirios ofrezco a los santos por ti.

Una gran ofrenda colocaría en tu honor

si en mi pueblo yo viviera,

cuanto me duele en estos momentos

estar lejos, vivir en la tierra de otros.

Si estuviera en mi pueblo pondría un altar

con sagradas palmas tejería estrellas

para adornar la casa, en la mesa santa

pondría frutos

repartiría tabaco y ofrecería aguardiente.

Todas las mujeres se acercarían a ayudar

las que fueron tus amigas ofrecerían sus manos;

como en una casa donde hay molienda

se vería

cómo preparamos la primera ofrenda por tu muerte

 

Nuevas generaciones

 

Víctor de la Cruz

Víctor de la Cruz nació en Juchitán en 1948. Es uno de los escritores zapotecos de nuestros tiempos. Su trabajo literario lo dio a conocer a la sociedad, aunque en los últimos años su labor de investigación sobre la cultura zapoteca ha sido muy importante y reconocida, sobre todo sobre el pasado histórico el origen mítico de los biznná.

 

Macario Matus

Nació en Juchitán en 1943 y murió en el 2009. Es considerado el escritor zapoteca más prolífico de todos los tiempos (con unos 30 libros publicados). Publicó desde poesía, narrativa, ensayo, teatro, traducciones e invenciones. Fue también un importante promotor de la cultura zapoteca. Estuvo al frente de la Casa de la Cultura de Juchitán por diez años y favoreció el surgimiento de pintores, escritores, músicos, etc. Su obra en los últimos años se caracterizó por una alta presencia de erotismo.

 

Que haré con el cuenco de mis ojos

si la sombra de su pecho

lejos se ha escapado.

Más de mil días guardo su aroma,

originarias en el Sur de México 301 el perfume de su sexo

y el olor a hierba mojada

de su generoso pubis alado.

 

80´s

En esta década destacaron autores como Víctor Terán, Enedino Jiménez, Alejandro Cruz, Natalia Toledo, Rocío González, Jorge Magariño, Esteban Ríos y Antonio López Pérez, formados en los talleres de la Casa de la Cultura de Juchitán (a cargo de Macario Matus). Sus publicaciones fueron también apoyadas por esta instancia. En los 90´s consolidan sus carreras con reconocimiento, incluso, internacional.

 

Un poema de Víctor Cata:

 

Duda

Yo no mendigo un pedazo de tortilla para comer

ni pido un lugar en el cielo ni imploro que me tengan compasión

ni solicito dinero a los que lo tienen

tampoco pido que me alaben

lo que pido de rodillas con todo mi corazón

y con todas mis fuerzas es una palabra tuya.

Una palabra que sea como una luz que me alumbre

que me aproxime en el principio de un camino limpio

de un camino grande, de un camino apacible

donde encuentre lo verdadero, lo justo,

que me devuelva las ganas de vivir.

Si hay algo verdadero, si hay algo correcto

¡dilo! ¡pronúncialo! Que tengo hambre de ello

para que mitigue este gran dolor que me está matando, que me está marchitando el alma.

Deseo tu palabra, la deseo.

 

Según la apreciación de Pineda Santiago, en los últimos años la generación de poetas y escritores zapotecos han buscado una universalidad de la literatura, aunque siempre tocando temas de su cultura; un natural efecto de la globalización, aunque en una generación que en esa globalización reconoce el valor del origen.

 

*Fuente:

La literatura de los Binnizá. Zapotecas del Istmo de  Irma Pineda Santiago 

 

*Imagen: old.nvinoticias.com

 

Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto huenasnoticias.com Y pintora con bordadora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

México de noche: los nocturnos de Xavier Villaurrutia

Una de las voces más poderosas de nuestra poesía le cantó a la noche, a la ciudad, al deseo y a la soledad en piezas que llamó “nocturnos”. Aquí una breve selección…

Pocos fenómenos han inspirado tan incontables obras de arte como la noche y la paradójica luz que vierte sobre algunas cosas. 

Derivado de piezas musicales que en sus inicios se escribían para ser interpretadas de noche, el género poético conocido como nocturno fue cultivado por la poesía romántica y fue, también, uno de los favoritos de grandes poetas hispanoparlantes del siglo XX como Federico García Lorca y Salvador Novo. 

Pero es quizá la colección de nocturnos de Xavier Villaurrutia, reunidos en su poemario “Nostalgia de la muerte” (1938), una de las más deslumbrantes.

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Por insistencia de su padre comenzó a estudiar leyes, pero pronto huyó hacia el mundo de las letras y empezó a publicar sus poemas. Fue parte del grupo literario conocido como Los contemporáneos, al lado de Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, Gilberto Owen, José Gorostiza y Jorge Cuesta —algunos de ellos fueron sus compañeros en la Escuela Nacional Preparatoria. 

Además, Villaurrutia participó en diversas revistas literarias, muchas veces al lado de los grandes de su tiempo como Octavio Paz, y estudió dramaturgia al lado del gran Rodolfo Usigli en la Universidad de Yale. 

Algo que pocos saben es que, el también guionista cinematográfico, escribió con Fernando de Fuentes —uno de los cineastas más importante del periodo previo a la Época de Oro— Vámonos con Pancho Villa” (1935), obra maestra de nuestra cinematografía.

La poesía de Villaurrutia fue tocada de forma íntima por el surrealismo y por una influencia de la ya clásica voz de López Velarde. Sus obsesiones rondaron la muerte, la soledad y la ciudad. 

En los nocturnos esto es implacable: son el epítome de su sensibilidad; una tan particular como universal, tan suya como nuestra. La noche, ahí, se convierte en la irrealidad al ritmo de su música perfecta; es el espacio donde conviven el deseo y la soledad, la angustia y la iluminación, lo humano y el artificio.

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Por su parte, en lo nocturnos, el poeta canta solo, alejado del mundo exterior. Es una voz llena de desazón que casi nunca habla de ningún otro ser vivo o posible compañero; sólo de sus escenarios casi teatrales. Villaurrutia se distingue así de cualquier otra persona, mientras manifiesta un aislamiento guiado por la razón, la conciencia —una soledad voluntaria. 

A continuación una breve y caprichosa selección de estas piezas de Villaurrutia, joyas que aún hoy brillan en medio de la noche.

Nocturno

Todo lo que la noche
dibuja con su mano
de sombra:
el placer que revela,
el vicio que desnuda.

Todo lo que la sombra
hace oír con el duro
golpe de su silencio:
las voces imprevistas
que a intervalos enciende,
el grito de la sangre,
el rumor de unos pasos
perdidos.

Todo lo que el silencio
hace huir de las cosas:
el vaho del deseo,
el sudor de la tierra,
la fragancia sin nombre
de la piel.

Todo lo que el deseo
unta en mis labios:
la dulzura soñada
de un contacto,
el sabido sabor
de la saliva.

Y todo lo que el sueño
hace palpable:
la boca de una herida,
la forma de una entraña,
la fiebre de una mano
que se atreve.

¡Todo!
circula en cada rama
del árbol de mis venas,
acaricia mis muslos,
inunda mis oídos,
vive en mis ojos muertos,
muere en mis labios duros.

Nocturno de la estatua

a Agustín Lazo 

Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
y el grito de la estatua desdoblando la esquina. 

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco, 
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacia el muro y tocar un espejo. 
Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra, 
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista 
y jugar con las fichas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces 
hasta oírla decir: “estoy muerta de sueño”.

Nocturno en que nada se oye

En medio de un silencio desierto como la calle
    antes  del crimen 
sin respirar siquiera para que nada turbe mi  muerte 
en esta soledad sin paredes 
al tiempo que huyeron los ángulos 
en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
para salir en un momento tan lento 
en un interminable descenso 
sin brazos que tender 
sin dedos para alcanzar la escala que cae de un
    piano invisible 
sin más que una mirada y una voz 
que no recuerdan haber salido de ojos y labios 
¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?
y mi voz ya no es mía
dentro del agua que no moja 
dentro del aire de vidrio
dentro del fuego lívido que corta como el grito 
Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro 
cae mi voz 
y mi voz que madura 
y mi voz quemadura 
y mi bosque madura 
y mi voz quema dura 
como el hielo de vidrio
como el grito de hielo 
aquí en el caracol de la oreja 
el latido de un mar en el que no sé nada 
en el que no se nada
porque he dejado pies y brazos en la orilla 
siento caer fuera de mí la red de mis nervios 
mas huye todo como el pez que se da cuenta
hasta ciento en el pulso de mis sienes 
muda telegrafía a la que nadie responde 
porque el sueño y la muerte nada tienen ya que 

    decirse.

Nocturno sueño

a Jules Supervielle

Abría las salas
profundas el sueño 
y voces delgadas
corrientes de aire 
entraban

Del barco del cielo
del papel pautado 
caía la escala
por donde mi cuerpo 
bajaba

El cielo en el suelo
como en un espejo 
la calle azogada
dobló mis palabras

Me robó mi sombra 
la sombra cerrada
Quieto de silencio 
oí que mis pasos
pasaban

El frío de acero 
a mi mano ciega
armó con su daga 
Para darme muerte
la muerte esperaba

Y al doblar la esquina 
un segundo largo
mi mano acerada 
encontró mi espalda

Sin gota de sangre
sin ruido ni peso 
a mis pies clavados
vino a dar mi cuerpo

Lo tomé en los brazos 
lo llevé a mi lecho

Cerraba las alas
profundas el sueño 

 

Nocturna rosa

a José Gorostiza

Yo también hablo de la rosa.
Pero mi rosa no es la rosa fría 
ni la de piel de niño,
ni la rosa que gira 
tan lentamente que su movimiento
es una misteriosa forma de la quietud.

No es la rosa sedienta, 
ni la sangrante llaga,
ni la rosa coronada de espinas, 
ni la rosa de la resurrección.

No es la rosa de pétalos desnudos,
ni la rosa encerada, 
ni la llama de seda,
ni tampoco la rosa llamarada.

No es la rosa veleta, 
ni la úlcera secreta,
ni la rosa puntual que da la hora, 
ni la brújula rosa marinera.

No, no es la rosa rosa
sino la rosa increada, 
la sumergida rosa,
la nocturna, 
la rosa inmaterial,
la rosa hueca.

Es la rosa del tacto en las tinieblas, 
es la rosa que avanza enardecida,
la rosa de rosadas uñas, 
la rosa yema de los dedos ávidos,
la rosa digital, 
la rosa ciega.

Es la rosa moldura del oído,
la rosa oreja, 
la espiral del ruido,
la rosa concha siempre abandonada 
en la más alta espuma de la almohada.

Es la rosa encarnada de la boca,
la rosa que habla despierta 
como si estuviera dormida.
Es la rosa entreabierta 
de la que mana sombra,
la rosa entraña 
que se pliega y expande
evocada, invocada, abocada, 
es la rosa labial,
la rosa herida.

Es la rosa que abre los párpados, 
la rosa vigilante, desvelada,
la rosa del insomnio desojada.

Es la rosa del humo, 
la rosa de ceniza,
la negra rosa de carbón diamante 
que silenciosa horada las tinieblas
y no ocupa lugar en el espacio.

Nocturno de la alcoba

La muerte toma siempre la forma de la alcoba
que nos contiene.

Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa,
se pliega en las cortinas en que anida la sombra,
es dura en el espejo y tensa y congelada,
profunda en las almohadas y, en las sábanas, blanca.

Los dos sabemos que la muerte toma
la forma de la alcoba, y que en la alcoba
es el espacio frío que levanta
entre los dos un muro, un cristal, un silencio.

Entonces sólo yo sé que la muerte
es el hueco que dejas en el lecho
cuando de pronto y sin razón alguna
te incorporas o te pones de pie.

Y es el ruido de hojas calcinadas
que hacen tus pies desnudos al hundirse en la alfombra.

Y es el sudor que moja nuestros muslos
que se abrazan y luchan y que, luego, se rinden.

Y es la frase que dejas caer, interrumpida.
Y la pregunta mía que no oyes,
que no comprendes o que no respondes.

Y el silencio que cae y te sepulta
cuando velo tu sueño y lo interrogo.

Y solo, sólo yo sé que la muerte
es tu palabra trunca, tus gemidos ajenos
y tus involuntarios movimientos oscuros
cuando en el sueño luchas con el ángel del sueño.

La muerte es todo esto y más que nos circunda,
y nos une y separa alternativamente,
que nos deja confusos, atónitos, suspensos,
con una herida que no mana sangre.

Entonces, sólo entonces, los dos solos, sabemos
que no el amor sino la oscura muerte
nos precipita a vernos cara a los ojos,
y a unirnos y a estrecharnos, más que solos 

         y náufragos,
todavía más, y cada vez más, todavía.

 

Cuando la tarde…

Cuando la tarde cierra sus ventanas remotas,
sus puertas invisibles,
para que el polvo, el humo, la ceniza,
impalpables, oscuros,
lentos como el trabajo de la muerte
en el cuerpo del niño,
vayan creciendo;
cuando la tarde, al fin, ha recogido
el último destello de luz, la última nube,
el reflejo olvidado y el ruido interrumpido,
la noche surge silenciosamente
de ranuras secretas,
de rincones ocultos,
de bocas entreabiertas,
de ojos insomnes.

La noche surge con el humo denso
del cigarrillo y de la chimenea.
La noche surge envuelta en su manto de polvo.
El polvo asciende, lento.
Y de un cielo impasible,
cada vez más cercano y más compacto,
llueve ceniza.

Cuando la noche de humo, de polvo y de ceniza
envuelve la ciudad, los hombres quedan
suspensos un instante,
porque ha nacido en ellos, con la noche, el deseo.

*Referencia: 

EL FONDO ANGUSTIADO DE LOS ‘NOCTURNOS’ DE XAVIER VILLAURRUTIA”, Manuel Martín-Rodríguez, Universidad de California, publicado por la Revista Iberoamericana.

*Imagen destacada: NASA, CDMX desde las alturas.

3 conmovedoras cartas de Salvador Novo a Federico García Lorca

El poeta mexicano le tenía un amor enorme al gran poeta español. De esto quedan como preciosa evidencia algunas cartas y otras líneas discretas.

De entre los chismes literarios que se guardan entre líneas nuestros grandes escritores, el apasionado amor que le profesó Salvador Novo a Federico García Lorca es uno de los más conmovedores. Elegante y ceremonioso, el poeta mexicano parece haber sido como sus palabras: discreto solo en cierta medida. 

Como dijo el escritor español José de la Colina

Ante una sociedad hipócrita y de una larga tradición en el escarnio, en la represión moral y social de la sexualidad disidente, el poeta de las arrogantes poses dandísticas, el de la sinuosa y guiñadora prosa, el apodado (con gran regocijo suyo) “don Nalgador Sobo”, se arriesgaba a manifestar lo que la clase alta y dizque culta conocía pero hipócritamente pasaba por alto […]

Su encuentro con García Lorca fue fugaz, pero también apasionante y controvertido. De este Novo dejó registro en “Continente vacío”, sus crónicas viajeras. Además quedan 3 preciosas cartas y un poema en que se le “declara”, de forma bastante más que evidente, aunque ciertamente ingeniosa. 

Cuenta Novo que conoció al brillante español en Buenos Aires, en diciembre de 1933. Fueron a desayunar a un restaurante y, aunque era la primera vez que hablaban, se trataron como “amigos de toda la vida”. García elogió los sonetos del mexicano y después le dijo, poniéndose serio: “Para mí, la amista e ya pa siempre; e cosa sagrá; ¡paze lo que paze, ya tú y yo zeremos amigo pa toa la vida!”. Así lo escribe Salvador, haciendo alusión al acento español de Federico.

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Pero tal vez el momento más entrañable de su feliz encuentro es este, que describe el poeta mexicano: 

Tú cantaste La Adelita, que sabías tan bien, y me dijiste que para ti esa canción  simbolizaba todo el México que querías conocer, que Adelita era para ti una mujer viva, de carne y hueso, idolatrada por los sargentos, respetada hasta por el mismo coronel; fiel a su soldado, apasionada, morena y fecunda, y, hechizado por tu conjuro, por tu promesa de hacerle un monumento, cuando paladeabas su nombre, Adela, Adelita, y te conté su vida. 

Porque en Torreón, cuando vivimos la epopeya de Villa, una criada de mi casa, que era exactamente como tú la imaginas, llevaba ese nombre cuando nació esa canción, y decía que a ella se la había compuesto un soldado. Y al proclamarlo satisfecha, con aquella boca suya, plena y sensual como una fruta, no pensaba sino en el abrazo vagabundo de aquel con quien al fin huyó por los montes de aquella estrecha cárcel de su laguna; no imaginó jamás esta perenne sublimación de su vida en un himno que ahora a tus ojos vuelve a prestarle un corazón y que llena el mío del violento jugo de la nostalgia.

Es extraño y muy especial imaginarse a García Lorca entonando, como podía, el corrido suriano más popular del país; buscando tal vez, un lugar común con el poeta mexicano. 

Aunque es curioso pensar que en los asuntos de Revolución, no tenían casi nada en común: Novo era bastante conservador, tanto que cuando el país era presidido por Lázaro Cárdenas le escribió a Lorca que “este México que ha caído en las peores horribles manos” y a Lorca lo mataron por sus ideales socialistas, muchos de los cuales podrían ser comparables a visión de Cárdenas.  

Después de ese crucial desayuno, García y Novo no se volvieron a ver, pues al día siguiente, el primero cayó misteriosamente enfermo. Según los chismes de Sergio Téllez-Pon, otro poeta mexicano, corría entre escritores la historia (desde la boca del mismo Salvador Novo, dicen) de que, después de desayunar, los dos poetas y amigos tuvieron un encuentro de una naturaleza más sensual a orillas del río, lo que causó en Novo una enfermedad respiratoria tremenda, que lo sumió en “un prolongado, febril sueño”. 

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No sabemos, ni nos interesa, si esto efectivamente pasó: todas las palabras y narraciones suman a la construcción de ambas figuras, bien queridas y dignas de protagonizar nuestras mitologías

Después del episodio, Novo envió 3 cartas a García Lorca. No se tiene registro de respuesta. Pero las palabras son igual de disfrutables que cualquier poema. Además, está el poema, en donde él se pinta como una Adela y Federico es “Angelillo”, un torero y aventurero: 

Ella venía de México

—quietos lagos, altas sierras—,

cruzara mares sonoros

bajo de nubes inciertas:

por las noches encendía

su mirada en las estrellas.

Iba de nostalgia pálida,

iba de nostalgia enferma,

que en su tierra se dejaba

amores para quererla

y en su corazón latía

amarga y sola la ausencia.

Él se llamaba Angelillo

—ella se llamaba Adela—,

él andaluz y torero

—ella de carne morena—

él escapó de su casa

por seguir vida torera;

mancebo que huye de España,

mozo que a sus padres deja,

sufre penas y trabajos

y se halla solo en América.

Tenía veintidós años

contados en primaveras.

Porque la Virgen lo quiso

Adela y Ángel se encuentran

en una ciudad de plata

para sus almas desiertas.

Porque la Virgen dispuso

que se juntaran sus penas

para que de nuevo el mundo

entre sus bocas naciera,

palabra de malagueño

—canción de mujer morena—,

torso grácil, muslos blancos

—boca de sangre sedienta.

Porque la Virgen dispuso

que sus soledades fueran

como dos trémulos ríos

perdidos entre la selva

sobre las rutas del mundo

para juntarse en la arena,

cielo de México oscuro,

tierra de Málaga en fiesta.

¡Ya nunca podrá Angelillo

salir del alma de Adela!

(De Nuevo amor y otras poesías, SEP, 1984)

Puedes leer más sobre esta historia aquí.

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Indelebles poemas de Irma Pineda en el idioma de la gente nube

Con una delicadeza excepcional, esta poeta zapoteca retrata las maravillas y los dolores que acontecen en su comunidad.

Irma Pineda escribe poesía en diidxazá (zapoteco, “idioma de la gente nube”), casi como acto ritual. Pronunciarse a sí misma las palabras suaves de este idioma indígena es un ejercicio que le permite conectar una y otra vez con lo más íntimo de su subjetividad: su lengua materna.

Por otro lado, a través de sus textos, la poeta originaria de Juchitán, describe las maravillas y los dolores que acontecen en su vida y en su comunidad  y en el acto de auto-representarse, además, emprende una necesaria resistencia.

No sólo reivindica su cultura haciendo vibrar el diidxazá de formas ingeniosas y a través de conmovedoras escenas; también describe el dolor de la lucha que los zapotecos comparten con otros pueblos indígenas de México: una lucha por la autonomía, por el territorio y por el reconocimiento y ejercicio de sus derechos humanos.

En 1978, el padre de Irma fue víctima de la desaparición forzada. Este hecho sin duda empapa sus palabras y vuelve a su poesía indispensable; pues el suceso —como sabemos— no es aislado y los niveles de violencia en la zona del Istmo —y en casi todo el país— han aumentado con el paso de los años.

En ese sentido, las palabras de esta poeta zapoteca, resuenan entre muchos y se transforman en un bálsamo que ayuda a aliviar un poco el dolor y también en un buen pretexto para abrir conversaciones propositivas y sensibles sobre estos complejos asuntos.

La violencia es un tema que está constantemente presente en los textos de Irma. Además, habla de la migración por necesidad; la conquista como un proceso social que continúa activo y otros asuntos que afectan a su comunidad. Pero también habla de amor, de maternidad, cariño, deseo, nostalgia, ritos, naturaleza. La vivencia a la que nos invita es preciosa e indeleble. Te compartimos algunos poemas suyos que te marcarán para siempre.

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Cándida

Jñaa bichiá neza lua’

ni rini’ ca beleguí ca

Gudaa ndaani’ diaga riuunda binnizá

Biluí’ naa ca lana ni ricá lu la’ya’

bisiidi naa guiquiiñe’ aju lu guendaró

cuaa bia’ya’ ni nanaxhi ne canela

qui gahua ni naí’ pa ca cayete ndaane’

qui guidxibe’ pa xidxilaa ique yoo dexa

ra gaca xu

Laabe rului’be naa ni qui ganna’

Xisi qui ñuu dxi ninabadiidxa’ jñaa

xi naca guendanabani

ora dxuguiiba’ chiné xheelalu’

Xi naca gudxiilulu’ ca dxi ca

ne xizaa nandaca ñeelu’ ra canazou’

Xi ne diidxa’ gabilu’ ca xhiiñilu’

xiinga “binni que guidxela”

Xi ne xigaba’ riuu bia’ ni que guinni

ca dxi nacahui ca

Xi ganda guzeeteneu’ guirá la

ca guidxi ni guzalu’ cuyubilu’ ti lu

guirá ca binniguenda guni’neu’ ti gului’ca lii

paraa guidxela ti binni zinecabe laa

**

Mi madre descifró para mis ojos

el lenguaje de las estrellas

Depositó en mis oídos los cantos de la gente nube

Me enseñó los signos de mi nombre

A usar el ajo en la comida

a medir el dulce y la canela

a evitar el limón cuando viene la regla

a no temer el crujido del techo de madera y teja

cuando la tierra tiembla

Ella resolvía las dudas

Pero nunca le pregunté a mi madre

cómo trascurre la vida

cuando los soldados se llevan al marido

Cómo se enfrenta lo cotidiano

con la incertidumbre tras los pies a cada paso

Con qué palabras se explica a los hijos

qué es “un desaparecido”

Con qué unidad se mide la ausencia

los días oscuros

Cómo nombrar de un solo golpe

las ciudades recorridas buscando un rostro

los espíritus consultados para tener indicios

de dónde encontrar a un desaparecido

Ni ruquixe donda

Sica ñaca ti guiiba’ nanda’

nuu guniná beela ladi binni

redandá xa ñee’ tobi ni napa ti bezalú si

Ne tobilucha si lu ca rizá neza dani

rididilaaga gui’xhi’ ne guiigu’

Sica ñaca ti gudxiu’ naduxhu’ runiná xa ndaane’

Ruuti

Rusibani

Riguiñe ne xhiana

Raxha ruaa’ guendaruuna

Casi ni ruquixe donda riguiñe bazeendu’

de ra gunadiaga cayete la bido’

**

Dispuesto como clavo ardiente

para atormentar la carne

llega a mis torres el viejo cíclope

Con su único ojo recorre montes

atraviesa selvas y ríos

Como filosa daga hiere mi vientre

Mata

Resucita

Ataca con rabia

Arranca ayes y gemidos

Cual inquisidor castiga la herejía

hasta oír el nombre de dios

Nanaa guendariuu stubi lu telayú

Nanaa guendariuu stubi lu telayú

sicasi rinaa laga binni galaa bacaanda’

Nuaa guidxela’ lii lade doo guixhe

Rului’ ti guiigu’ ga’chui’ ndaani yanne’ pa lii qui guinnu’

Nuaa guiale ti ridxi

guedandá ra nuu za

ti guinaba’ ca ni bisibani naa

gapa chahuiica’ neza zé ñeelu’

Canié sti bieque ca stiidxa’ jñaa gola

neza lu guié sti guendabiaani’

ti guzetenala’du’ neza reeda ra nuaa

Zabeza lii

zuba lu xpangu’ huadxi

Cugaba’ ni die’ ladi beedxe

ni bidii xpinne naa gaca’ bixhoze’

Zaguñe’ ladi be’ñe’

ti guiuba’ guidiladilu’ pa gusiaandu laadu

**

Me pesa la soledad de las madrugadas

como los párpados a medio sueño

Quiero encontrar tu cuerpo entre los hilos tejidos de la hamaca

Tu ausencia se vuelve un río contenido en mi garganta

Quiero que me nazca un grito

que llegue hasta la nubes

para pedir a mis antiguos padres

que bien guarden la marcha de tus pies

Repito las palabras de mi abuela

frente a la piedra de la memoria

para que recuerdes el camino de vuelta a mí

Te esperaré

sentada en la butaca de la tarde

Contando las manchas en la piel del jaguar

que esta estirpe me dio como padre

Rascaré las escamas del lagarto

para que te duela la piel cuando intentes olvidarnos.