The Shape of Water: la belleza de lo diferente (la nueva película de Guillermo del Toro)

A veces, vemos lo diferente como algo temible, hasta monstruoso, pero con la mirada de Guillermo del Toro en la "Forma del agua", encontramos su belleza.

El mundo reniega lo que es distinto.  Sobre todo si es bello y su misterio se encuentra bajo el agua. La nueva película de Guillermo del Toro, The Shape of Water (La forma del agua)lo muestra. La humanidad no sólo le teme a lo diferente, lo ignora y detesta; como si el ahogarlo en una cubeta de agua, fuera la única opción. Aunque, ¿qué sucede cuando lo extraño aprende a nadar  y caminar en la tierra? Para muchos, esto sería una amenaza, un monstruo y, una incógnita, que Guillermo del Toro no duda en preguntar. 

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Esta premisa, la cual se centra en lo maravilloso, y para algunos terrorífico, del hallazgo de un monstruo marino, es lo que inicia la trama. La reacción inmediata que provoca este ser es el rechazo, la visión de algo inhumano que merece ser sometido a experimentos crueles en un laboratorio. Pero, el amor entre el ser fantástico y Elisa, una conserje de limpieza  que es muda y por esto también marginada, es lo que vuelve única esta película. El director mexicano, caracterizado por una obra en que sus héroes y heroínas son curiosos y soñadores, presenta la historia desde la perspectiva de Elisa, el amor y cariño que tiene al monstruo.

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El uso de personajes igual de marginados o vistos como monstruosos en los 60’s, tiempo en el que está caracterizada la película,  es otro de los recursos que  Guillermo de Toro utiliza para reforzar su premisa.  En la visión de esta película, lo normal es terrorífico, al igual que las  criticas y convenciones de cualquier tipo. Por lo que, la aceptación a lo considerado “diferente” es crucial para admirar la belleza de este mundo. Algo que, sin duda alguna, The Shape of Water ayuda a ver. 

Festival Hola México: una probadita del nuevo cine mexicano (al otro lado de la frontera)

Estas 4 películas se proyectarán en la edición 11 del Hola Mexico Film Festival en Los Ángeles y no podemos esperar para verlas.

El cine mexicano está viviendo una segunda época dorada. “Roma”, “Museo”, “Cómprame un revólver”, son solo algunas de las nuevas composiciones audiovisuales cuyos nombres retumban en el circuito local, pero también internacional.

La lista continuará ampliándose y no es extraño: en México tenemos mucho que decir y la boyante creatividad nacional nos ha permitido traducir estas historias al formato del séptimo arte con elegancia e ingenio. Por eso algunas de las nuevas propuestas que están presentándose en festivales por todo el mundo nos emocionan muchísimo. Uno de esos festivales es “Hola Mexico Film Festival”, una propuesta endémica de Los Ángeles, dedicada a mostrar el estado del cine contemporáneo de nuestro país, al otro lado de la frontera.

En su edición número 11 serán proyectados nuevos clásicos (como la ya mencionada y muy celebrada ROMA); una buena muestra de cine comercial, y una selección de historias que relatan micro-realidades de México que frecuentemente son ignoradas. Entre ellas hay 4 historias que consideramos imperdibles. Aquí te las presentamos.

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Huachicolero

Tocando una serie de temas que urgen discutir, “Huachicolero” es una propuesta que simplemente no podemos ignorar. En esta película Lalo, el personaje principal, es un joven que buscando dinero decide involucrarse con un grupo de huachicoleros; por supuesto la situación se complica, exhibiendo que, por donde la veas, la estructura social de nuestro país tiene fracturas enormes que tenemos que empezar a reparar.

Rita: el documental

Este precioso documental, lleno de música —de La Santa Sabina, por supuesto— celebra la vida de Rita Guerrero, activista, zapatista y vocalista de la épica banda de rock mexicana.

Niebla de culpa

La protagonista de esta película en blanco y negro es Marina de Tavira (nominada a un Oscar por “Roma”); pero esas cosas no son las únicas que este filme comparte con la aclamada de Cuarón, pues también decide abordar temas de desigualdad, ruralidad y trabajo doméstico. Aunque el tráiler promete una narración menos “localizada”, menos enfocada en memorias personales y mucho más poética.

Feral

El buen cine de terror no abunda y no solo en el cine mexicano. Parece que ese género prefiere concentrarse en “asustar” a través de una serie de artimañas técnicas y narrativas predefinidas, que en contar una historia. Pero “Feral” podría ser un antídoto a esta crisis.

Netflix prepara una masiva cantidad de películas y series producidas en México

Netflix prepara más de 50 series y películas producidas en México para 2019 y 2020.

Con el claro reto de sacudir una larga historia de entretenimiento telenovelero y contenidos poco estimulantes para el  imaginario, o eso esperamos, Netflix prepara una verdadera cruzada de producciones mexicanas. Evidentemente el mercado mexicano no es una cancha nueva para el gigante mediático de la era digital; basta con recordar que Roma (2018), la aclamada cinta de Alfonso Cuarón, fue una producción netflixera, además de varias series, entre ellas Club de cuervos, Luis Miguel, La casa de las flores, IngobernableLa piloto y Made In Mexico (con su título desafortunado).

Si bien Netflix presume que esta nueva ola de producciones mexicanas (se tienen contempladas más de 50 durante los próximos dos años, entre series y películas) será un vehículo para, en palabras de Ted Sarandos, CCO de Netflix, “proveer una plataforma para que el talento mexicano se reconozca alrededor del mundo”, también esperamos dos cosas esenciales de esta oleada:

Calidad

1. Que realmente se eleve la calidad del contenido producido en México para un público amplio –y no dicho en un sentido snob o intelectualoide, sino deseando narrativas accesibles pero también propositivas, placenteras y entretenidas, pero también estimulantes y que incentiven la madurez mediática del imaginario.

Identidad

2. Que dichas narrativas se construyan realmente en torno a la identidad mexicana y no atendiendo a una faceta de la globalización cultural que termina uniformando las identidades a favor de estereotipos globales, en buena medida dictados por el entretenimiento hollywoodense y afines. 

En fin, a continuación te compartimos un promo llamado “Listos para lo que sigue. Netflix México, pronto” producido por esta compañía para celebrar su próximo lance en este país (y que, por cierto, esperemos que no refleje el tono ni acercamiento con el que se abordara esta generación de contenidos).

¿Qué sigue para Netflix México?

Estas son algunas de las producciones más interesantes anunciadas por Netflix para México, además de las secuelas de series que en los últimos cuatro años ya fueron probadamente exitosas:

Rio Grande, Rio Bravo (serie de cinco cortos documentales sobre temas fronterizos, cuyo productor ejecutivo es Gael García)

Los corruptores (un thriller basado en la novela homónima de Jorge Zepeda Patterson)

 

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MUSEO es una película preciosa e incidentalmente verdadera (RESEÑA)

Esta reseña no pretende decir la verdad, aunque por accidente se encuentre con ella.

La historia esperada, la que todos quieren ver, es la siguiente: en la madrugada del 25 de diciembre de 1985 (sí, en la Navidad del año del sismo), fueron robadas más de 100 piezas del Museo Nacional de Antropología. Los ladrones: dos jóvenes de no más de 25 años, veterinarios ambos.

¿Cómo lo hicieron? Fácil: Carlos Perches y Ramón Sardina, mexicanos y compañeros de crimen, planearon el atraco durante seis meses, según reportaron las autoridades y para no fallar ni una, visitaron el museo más de 50 veces. Así, se dieron cuenta de que la seguridad era mínima y que lo más importante era evitar las miradas indiscretas de los guardias de, que evidentemente estaban distraídos gracias a las fiestas.

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Sabían perfectamente qué estaban haciendo y cómo se hacía. A la mañana siguiente de lo que los medios de la época calificaron como “El robo del siglo”, la nación entera tuvo noticia del asunto y, así, se inauguró el misterio. A pesar de las múltiples detenciones y teorías policiales que involucraron crimen organizado, narcotráfico y tráfico de arte y otros objetos culturales, las piezas estuvieron desaparecidas por 4 años.

En 1989, por el “pitazo” de un narco, las autoridades dieron con ellas en el clóset donde fueron escondidas por los ladrones, después de ser sustraídas de su sitio de origen (del museo, claro). Llevaba apenas unos meses en el poder Carlos Salinas de Gortari, cuando celebró este triunfo con una conferencia de prensa en el museo y posteriormente, una comida, en un restaurante de lujo.

Narra este final feliz Xochiketzalli Rosas para El Universal con tanta maestría que no hace falta volver a escribirlo:

“Así, mientras el jefe del ejecutivo, los miembros de su gabinete y los diversos invitados abandonaron el museo y celebraban, allá, entre el mármol y el tezontle quedaron los visitantes de todos los días y en la pequeña sala en nichos rigurosamente vigilados, un tesoro y su misterio reposaron de nuevo en las sombras del museo.”

La verdad es narrativa

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Extrañamente, esa historia no es la que se dedica a narrar Museo, la película de Alonso Ruizpalacios, protagonizada por Gael García y Leonardo Ortizgris; en todo caso esa es la historia que poetiza, pero eso ya lo discutiremos más adelante.

No, la historia que nos cuenta Museo es una réplica de la original. La historia original es, claro, el complejo ensamblaje que se armaron los medios, desde el momento en que se enteraron del robo, hasta este preciso instante. Y Museo es una réplica, una pieza que aparenta (por su fachada, por su presencia mediática y la historia que evoca) ser algo que no es. Sin embargo, no por eso es menos verdadera, en todo caso, es su delicioso desdén, cuando se trata de narrar el mundo, lo que la hace tan fantástica.

La evidencia de que estamos frente a un collage, frente a una poesía, antes que frente a un documental (o por lo menos una de esas piezas que pretenden serlo) se nos presenta en las primeras escenas de Museo; pero una realmente icónica es aquella donde se narra cómo llegó a Chapultepec la enorme figura de Tláloc, extraída desde el lago de Texcoco. Las imágenes fueron sacadas directamente de un clip del Museo Nacional de Antropología y el guión, prácticamente es el mismo.

Sin embargo, hay algo que, en la repetición se suma; como cuando miras un fractal, pero en las separaciones entre patrón y patrón, línea y línea, se manifiesta otra forma que también se repite. Así funciona más o menos toda la trama, a la que se le unen la cinematografía y otros detalles como las actuaciones y los sonidos. Sobre cosas que existen, se construyen calcas, pero hechas casi con descuido, casi gritando que son copias.

Así, mientras que el ensamblaje que es esta película, se “chinga” detalles de todos lados, también lo hace como le viene en gana, haciendo que el conjunto valga más que la suma de las partes. Y sí, esta película es un robo, en tantos sentidos; pero tal vez, es necesaria su forma, para poder describir articuladamente unos cuantos robos más.

El robo de Tláloc es uno que destaca: cuando se llevaron la figura de piedra de su lugar de origen (un sitio muy lejano al museo), los habitantes se quedaron tristes; pero el dios no se quedó de brazos cruzados. La cápsula documental del mismo MNA narra: “Es curioso observar que aún cuando el reporte del tiempo no pronosticaba lluvia para ese día, al entrar Tláloc a la Ciudad de México cayó un aguacero torrencial que duró una hora y media, un hecho por demás inusitado para esa época del año.”  

Si llovió o no llovió ese día, es lo que menos importa. El recurso es puramente narrativo, lo mismo que la tristeza de la gente a la que despojaron de su deidad. Aquí la cosa es quién está contando las historias, quién se adjudica este poder divino, de narrar. Alonso Ruizpalacios y el equipo que hizo posible este cuento audiovisual, se empoderaron en serio. Cada detalle de la película genera una tensión enorme entre lo que es verdadero y lo que es falso, aunque, simultáneamente la tensión se disuelve, casi con la misma fuerza, como asumiendo que el producto final está abierto, es poroso y está puesto para toda clase de interpretaciones.  

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Muy distinta era la historia que se agenciaron y distribuyeron los presidentes de la época y con la que crecieron los ladrones, en la película llamados Juan (Gael García) y Benjamín (Leonardo Ortizgris). Pero Juan y Benjamín no eran tan ingenuos, por lo menos no se pensaban pendejos y esa historia nacionalista alimentada por tipos como Luis Echeverría y José López Portillo no los convencía. Incluso se sugiere que a los personajes les importa un bledo la verdad, lo que los mueve son las vivencias. El contacto directo con eso que se promete, a ver si es cierto. ¿Pero y si no? Pues no importa.

Aunque vivir así, tiene consecuencias, cuestionar la historia, profanar las vitrinas que la envuelven podría ser terrible. Algunos, lo consideran incluso un acto de lesa cultura y nacionalidad, por lo menos así llamó Jacobo Zabludovsky en las noticias de la mañana del 25 de diciembre al robo de Juan y Benjamín (o Carlos y Ramón, dependiendo de quién esté narrando).  

Y Jacobo no estaba solo, funcionarios, y probablemente también ciudadanos, refunfuñaron frente al noticiero, sospechando que solo gente miserable, sin pasado, sin futuro, podría haber cometido crimen tal. Ojalá, tal vez se susurraban, se pudran en su maldición de pendejez. ¿Pero no es acaso la pendejez la maldición de ser humano? La imbecilidad pura, pues, la incapacidad de saber qué pasó en el pasado y que será del futuro, la condición de estar sujetos al espacio-tiempo de cada caso.  

Como los personajes, no puede hacer uno más que imaginar y a través de uno mismo dar con un par de respuestas, mientras dura la contemplación deliciosa de las piezas que están enfrente, tal vez dioses de oro en miniatura hechos por hombres o películas de 35 mm, proyectadas en gran formato hechas por otros hombres.

Un sujeto asediado por su destino decide dejarlo atrás

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Cuando se trata de buscar la verdad, la pregunta adecuada es el por qué. Y a quien esta película marchita en lugar de hacer vibrar, es a quien se muere por saber la respuesta correcta a la pregunta de los 50 millones de pesos: ¿por qué lo hicieron?

Dicen que la policía nunca pudo averiguarlo, pero el asunto era, por mucho, lo que intrigaba deliciosamente a la audiencia de los noticiarios. El 17 de junio del 89, por ejemplo se publicó este artículo en Proceso, donde se cita al director del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Roberto García Moll:  “dice que —en forma personal— cree que los ladrones ‘están enfermos, porque para puntada es una puntada muy dolorosa y lastimosa’”.

Cuando no hay respuesta suficiente, la locura es la única verdad posible. ¿Pero será la locura síntoma de que un sujeto (uno como Juan o Benjamín), harto de las circunstancias, harto de saber el fin último de su vida, decide dejar de luchar por la verdad que le ha sido narrada? La vida está llena de mitologías que nos son genuinamente ajenas y otras que simplemente asumimos.

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En Museo se yerguen orgullosas, haciendo reír y llorar a la audiencia. El retrato de la familia clasemediera y sus clichés, por ejemplo, son pequeñas joyas históricas, pero que, contrario a las que se encuentran en el museo, estas sí se sienten nuestras. Por otro lado las mitologías que ensamblamos sobre la familia, la política, los desastres naturales (recordemos que el robo fue en 1985), sirven para hacer valer acontecimientos específicos y ¿después? ¿Tenemos que conformarnos con la verdad ya narrada?

Ruizpalacios en Museo sugiere que no. El truco más obvio y fantástico está inscrito en la cinematografía, en hacerla evidente, en denotarla. Hay un par de escenas, de hecho que exageran la cualidad de cine a tal grado, que no hay manera de “olvidar que estás viendo una película”. Algo así como la escena icónica de Persona de Ingmar Bergman (1966), donde, en el momento de máxima tensión de la película, el film parece atorarse y quemarse.


Y no solo es la actuación y las decisiones visuales las que nos dicen “te estamos engañando”, el audio cumple un papel fundamental y hay que ponerle atención. De hecho, el soundtrack de Tomás Barreiro (que es una auténtica joya), también hace su parte, entre el plagio y los efectos exagerados o reforzando los detalles conceptuales de la trama.

Por si fuera poco, constantemente se nos recuerda que hasta el más terrible drama al que las narraciones del mundo nos hayan atado, hasta el destino más asediante es fútil, junto al auténtico aparecer, junto a la verdad verdadera de que la vida, como la película, como los dramas de ambas y como las mitologías, van a terminar por terminarse. En pocas palabras, la muerte es otro de los personajes que tienen presencia en cada uno de los niveles de Museo.

Un día, alguien se cansó de toda narración y empezó a hacer poesía

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Al hacerse la pregunta por la verdad, Museo, se pregunta por el origen, no solo el de las cosas, pero también de las ideas, de las historias, de toda clase de narraciones. Pero, al no contestar ninguna pregunta, al dejar el mundo de sus personajes y lo que suponemos que el mundo nuestro incompleto, lo que construyen es auténtica poesía.

Al sugerir huecos en los personajes, me sugieren a mí que probablemente no sé bien qué estoy haciendo, pero que, definitivamente, hay una fuerza interior que me impulsa. Esa fuerza bien podría ser nuestra tradición, pero no la “tradición” como la hemos comprendido o la pintan los museos; tampoco como un conjunto de políticas de vida de las que no somos dueños, sino como la manifestación de la propia subjetividad en cada una de las cosas que toca nuestra mirada.

Si hay una especie de verdad o moraleja en Museo, tal vez sea que “chingarnos algo” apropiarnos de la narración de una cosa, desarticularla, (tal vez, usar las reliquias nacionales para hacer cocaína o llevarnos a Tláloc a hacer lluvia donde no pertenece) es hacer poesía.

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Ahí va Tláloc…

Para cerrar, un dato curioso sobre la película. Al parecer replicaron en Estudios Churubusco las salas del MNA, para tener control de las escenas y como espectador puedo decir que lo hicieron con una precisión tal, que si no lo sabes, no tienes motivos ni para sospecharlo. En su defensa (y en la de cualquier artista y casi cualquier cinematógrafo) se puede argumentar que no te están engañando, en su lugar te están diciendo: esto es una verdad ensamblada en un andamiaje de artificios, pero, francamente, ¿eso te importa? ¿Cuál de tus verdades no se yergue así?

La más hermosa de tus verdades es comparable con aquel Tláloc afuera del MNA: con su pinta tan radiante que cualquiera podría jurar que siempre ha estado ahí, pero tú sabes, secretamente, que ese elemento corresponde a otro lado, lo robaste y, solo por eso, es tuyo.

Dicen distintas fuentes que, después del robo, todos los mexicanos querían ver las vitrinas vacías. Tal vez lo que les provocaba tanta intriga era la historia en blanco o, desde otro lugar, la posibilidad de una historia.

También en Más de México: “Extraño pero verdadero” es una brillante visión de nuestra oscura realidad

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.