Alfonso Reyes: sobre por qué la originalidad no debe ser forzada

Uno de los grandes pensadores mexicanos nos habla sobre la crisis de la originalidad y cómo ha sido vendida como un producto, paradójicamente insustancial.

Tal vez, por consecuencias azarosas del destino, algunas personas derraman una originalidad apreciable a los ojos de cualquiera. La historia nos ha enseñado que esta autenticidad es espontánea en algunos, y que el resultado es una completa idea desconocida hasta entonces, que no ha sido creada jamás.

En este sentido, estaríamos hablando de la originalidad como un don, acaso como un milagro, que no le sucede a cualquiera. Este dato es falso, o más bien poco profundo. Para los que no tenemos la fortuna de destacar por una originalidad de nacimiento no todo está perdido. La clave está en no pensar en cómo ser original, sino en analizarnos como individuos.  

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Al respecto, el escritor Alfonso Reyes dedicó algunos breves párrafos a ilustrar cómo la originalidad ha sido forzada –y evidencia que ha pasado durante siglos–, pues nadie en este mundo está excluido de ser original; nadie podría nacer con aquella dicha, pero sí, en cambio, con la suerte de saber observarse a sí mismo. Se trata de una “originalidad que no se busca sino se encuentra”, nos dice, y continua:

Esta originalidad no buscada es fruto de procesos tan inevitables como lo son todos los procesos de la naturaleza. 

Reyes creía que la clave para encontrar esa originalidad estaba en el autoconocimiento, en obligarse a ser quién se es, y defenderlo a toda costa sin importar los escenarios, mucho menos una reputación:

 El descubrirse a si mismos es, más bien, descubrir al hombre abstracto que hay entre nosotros, al universal, al arquetipo, y abrazarse a él con fervoroso entendimiento platónico. 

 

La originalidad del Romanticismo

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Por otro lado, Alfonso Reyes habla sobre la probabilidad de que nadie, a su vez, se excluya de ser un farsante de la autenticidad, pues como bien nos comparte, la originalidad también puede ser vista como un objetivo y no como una consecuencia, tal vez, de la sensibilidad:

Se nos dice que una de las ideas motrices del Romanticismo fue la preocupación por la originalidad entendida como un fin en sí, como meta directa. . . ¡y es un by-product! [subproducto]

Para entender esta idea es necesario ponerse un poco en contexto:

En pleno desdoblamiento del Romanticismo europeo, en el siglo XIX, los hombres y mujeres de literatura encontraban la originalidad como una forma de rebeldía. El artista y escritor de este ciclo personificaba el espejo de la angustia y el tormento, efectos acaso evidentes de la sobrecargada historia de sucesos nacionalistas en occidente. 

Las bellas artes para entonces comulgaban con la visión del artista como profesión; la obra como objeto de mercado. El impulso plausible de aquellos románticos, no fue sino la capacidad de imaginar, soñar y sensibilizarse frente a este paradigma burgués; conectarse con el mundo natural, para regresar a nociones de origen, que les permitiesen asimilar una exquisita variedad de pantones desde la realidad en su obra. 

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Sin embargo, cabe señalar que los parámetros del romanticismo fueron también criticados por Alfonso Reyes. La postura romántica era radicalmente opuesta al movimiento de la Ilustración –una hazaña sin duda innovadora–, pero su extremismo algunas veces llegaba a otros confines, donde la originalidad era vista con cierta arrogancia y anclada a una serie de vicios humanos, tan banales como el mismo acto de considerarse un artista con “sensibilidad”.

En este sentido, las palabras de Alfonso Reyes parecen tan frescas como en aquella época. Escribe:

Cuando el poeta, cuando el artista declaran que al fin se han descubierto a sí mismos, a veces solo logran desagradar a los demás. Y es que confunden la originalidad con la indisciplina, y creen haber encontrado su ruta por entregarse a sus impulsos temperamentales, a sus manías, a sus tics nerviosos.

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Reyes no estaba en contra de utilizar la sensibilidad como vía de acceso a la originalidad, ni tampoco a favor del arte y literatura como productos. Lo que en algunas breves líneas cuestiona, es que la originalidad sea vista como un acto individual y no como lo que realmente es: una obra colectiva, que no es ajena a los matices que nos regala la vida, ni a las perspectivas del otro, ni del pasado, ni a la gama de ideas que ya se han servido al mundo en bandeja de plata: 

Aunque tal angustia [la de alcanzar la originalidad] hace crisis en los extremosos, tanto que todos acaban por resultar triviales, habría que meditar mucho la sentencia de un maestro ultra, Lautréamont, quien dice que el milagro no puede ser obra individual, sino colectiva. 

. . . No entendamos groseramente la doctrina. No se trata de collage, sino de absorción, digestión, refundición de los temas tradicionales. Toda creación es re-creación, y recreación.

 

*Referencia: Obras Completas de Alfonso Reyes, Tomos VIII y XII, Fondo de Cultura Económica.

*Ilustraciones: Joanna Neborsky

 

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Licenciada en Derecho por la UNAM. Editora por profesión. Música por convicción.

Consejos éticos de uno de los más grandes escritores mexicanos (Alfonso Reyes y su Cartilla Moral)

Siempre, lo bueno nos hará más humanos, más libres, más felices, Alfonso Reyes nos habla al respecto.

 

El respeto a la verdad es, al mismo tiempo, la más alta cualidad moral y la más alta cualidad intelectual.

                                                                                                                                          Alfonso Reyes

 

El hombre es social, y por ello, requiere de alguna especie de organización. Por ello desde siempre ha debido llegar a consensos sobre lo que es permitido, o no. A las reglas para discernir lo correcto de lo incorrecto, lo bueno de lo malo, se les conoce como moral.

Pero, ¿la moral difiere según la época? La respuesta es sí, aunque curiosamente desde hace miles de años ha prevalecido una premisa que habita prácticamente en cualquier religión: “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti mismo”.

Desde esta última, encontramos que existen valores universales que superan las épocas, y que incluso es posible reconocer su veracidad aún cuando el periodo histórico en el que vivamos no les otorgue valor, por ejemplo, el entendimiento y honor que muchas sociedades tenían por la naturaleza, y que aún se manifiesta en grupos nativos de todo el mundo.

Así, existen valores universales que nos hacen más humanos, más conscientes, más empáticos, armónicos, más libres de algún modo, y es este el tipo de moralidad verdadera, la que prevalece no importan las épocas y la religión.

Sobre este complejo y hermosísimo tema, uno de los escritores más grandes que ha tenido México, elogiado por autores como Jorge Luis Borges, y dueño, tanto de una lucidez como de una sencillez conmovedora al escribir, elaboró una cartilla moral en 1944, cuando se la pidió con fines pedagógicos el entonces Secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet: hablamos de Alfonso Reyes.

De esta manera, Reyes desglosó, no solo una serie de preceptos que nos harán tener una vida más encaminada a lo virtuoso, también desmenuza hábilmente el por qué sí existen valores que trascienden las épocas, y que nos engrandecen como seres humanos.

A continuación compartimos algunos conceptos que desarrolló este afable intelectual en torno a por qué la moral importa, el por qué siempre estará presente en nuestras vidas para acercarnos, incluso, a lo más parecido a la felicidad que se puede sentir en esta vida humana:

¿Por qué importa la moral?

Reyes nos invita a encontrar que la moral “humaniza más al hombre”. Nos habla de la belleza inconmensurable de que ejercerla genera un equilibrio entre lo mundano y los valores más universales que van más allá del beneficio propio. Lo cual se traduce en una mayor armonía, tanto individual como universal, que de hecho, termina también siendo un beneficio propio, pero uno desinteresado y que genera una de las satisfacciones verdaderas, más grandes y perdurables en la vida de una persona.

El bien es la más alta cualidad moral pero también intelectual

Reyes nos habla de que una persona verdaderamente culta, no es aquella que puede enunciar conocimientos, sino aquella que, por su inteligencia, da verdadero valor a lo que vale. De este modo, sí, se trata de una inclinación de nobleza de corazón, pero también intelectual, de comprensión del mundo y la existencia humana.

La parte animal y la parte intelectual

Nuestro intelecto y conciencia nos ha otorgado la capacidad de frenar nuestra parte animal (impulsiva) cuando nos hacemos daños a nosotros mismos o a los otros, o a la naturaleza. Reyes es enfático, y muy sensible, al no negar la parte animal del humano, pero a darle su justo equilibrio, haciendo honor a nuestra humanidad. Es decir, hay que cumplir ciertas necesidades, pero siempre con un freno de la conciencia. “Ni hay que dejar que nos domine la parte animal en nosotros, ni tampoco debemos destrozar esta base material del ser humano, porque todo el edificio se vendría abajo.”

El mal es ignorancia

Es verdad que una persona sabia, que hace honor a sus capacidades intelectuales, en ocasiones simplemente tiene esa naturaleza. En su cartilla, Reyes afronta a los que argumentan que una persona que hace el mal es por ignorancia, o bien, pues su naturaleza es más maligna; y no niega lo anterior, pero afirma que justo por ello es necesario que exista una educación que haga ver a los que, por cualquier razón no pueden ver, la importancia de valores universales, que, de hecho, nos hacen más libres, más sanos, más felices. “Aquí, como en todo, la naturaleza y la educación se complementan”.

Cuestiona el concepto de desarrollo

En Occidente se aplaude mucho, tanto el desarrollo de la ciencia como el de las artes, en pro de una civilización, es decir, de una sociedad más culta. Reyes advierte, sin embargo, que no puede ser más civilizada una herramienta que finalmente tiene un objeto pernicioso. Por ejemplo, las armas de destrucción masiva de ninguna manera pueden caber en el concepto de una sociedad más civilizada. Así, también los supuestos avances solo cabrían en el concepto de desarrollo verdadero si contribuyen a la dignidad de las personas, de la humanidad y la naturaleza.

Dar valor a lo que vale

“Saber qué es lo principal, en lo que se debe exigir el extremo rigor; qué es lo secundario, en lo que se puede ser tolerante; y qué es lo inútil, en lo que se puede ser indiferente”. Lo anterior enuncia una serie de herramientas que finalmente son recursos que nos llevan a una inteligencia emocional, a una mejor vida.

También hace énfasis en que moralidad va mucho más allá de lo que suele creerse, y da cabida a fenómenos como “El descanso, el esparcimiento y el juego, el buen humor, el sentimiento de lo cómico y aun la ironía, que nos enseña a burlarnos un poco de nosotros mismos, son recursos que aseguran la buena economía del alma, el buen funcionamiento de nuestro espíritu. “

La conciencia da valor a uno, a los demás, y a la naturaleza

Así como el “no hagas a otros lo que quieras que no hagan a ti mismo” aplica para conducirnos con respeto a las demás personas, esta premisa, en realidad, cuando hemos desarrollado más nuestra conciencia, empatía, verdad, se expande también a la naturaleza, y a nuestra casa entera, la Tierra. “Este respeto al mundo natural que habitamos, a las cosas de la tierra, va creando en nuestro espíritu un hábito de contemplación amorosa que contribuye mucho a nuestra felicidad y que, de paso, desarrolla nuestro espíritu de observación y nuestra inteligencia.”

Más allá de preceptos, Reyes hace un comprensivo análisis de por qué la moralidad importa, por qué no es cosa del pasado, incluso, por qué nos conviene para la felicidad propia. Los humanos solo seremos más civilizados si somos más conscientes de nuestro propio bienestar, el cual no puede ir de ninguna manera desligado al de los demás y la naturaleza.

Sus palabras son sabias, nos resuenan y animan, sobre todo en una época donde pareciera que la vanidad y el éxito son los valores auténticos, una mentira que la verdad irá puliendo, como siempre.

Si quieres leer completa la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, puedes hacerlo aquí.

Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Editora en jefe de +DeMx. Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

¿Sabías que la primera novela hispanoamericana es mexicana?

El Periquillo Sarniento, con humor, relata la vida de un personaje singular poco antes de la Independencia de México.

En 1816, el mismo año en que inició la lucha por la independencia de México, fue publicada la primera novela hispanoamericana del mundo: El Periquillo Sarniento.

En aquél tiempo ya se aludía a México como México, y no únicamente como la Nueva España. Como ejemplo tenemos parte de las primeras líneas de esta novela:

Nací en México, capital de América Septentrional, en la Nueva España. Ningunos elogios serían bastantes en mi boca para dedicarlos a mi casa patria; pero, por serlo, ningunos más sospechosos.

Su autor, José Joaquín Fernández de Lizardi, es considerado como uno de los pensadores más influyentes para el movimiento insurgente que resultó en la lucha por la independencia. Fundó el periódico El pensador mexicano (de donde le viene su sobrenombre), el cual fue vetado por las autoridades por infundir el pensamiento crítico.

Lejos de lo que podría penarse, Lizardi estudió con muchas dificultades económicas pese a haber nacido en una familia criolla. Nació pobre, y murió pobre, y en el inter de su vida se esforzó férreamente por que México fuese un país más justo a través de la educación.

Por ello, podría decirse que su obra, estuvo fuertemente abocada a la propagación de ideas que hicieran que los habitantes de México cuestionaran su realidad social. El Periquillo Sarniento, por su parte, fue muy exitosa, sobre todo luego de su muerte, ya que narra con una voz con la que el pueblo se podía identificar las pericias de un personaje llamado Pedro Sarmiento, alias “el Periquillo Sarniento”, que en su lecho de muerte decide relatar a sus hijos sus andanzas por el México preindependiente, y con mucho humor, nos muestra la realidad social a la que todo hombre está supeditado según su época, así como a las limitaciones o bondades de la propia personalidad.

Sobre todo, esta novela fue un llamado en su tiempo a reconocer las intolerables injusticias sociales, que bien pueden cambiar si se toma conciencia y se forja un camino a la voluntad.

Esta novela continúa siendo todo un clásico, y te invitamos a leerla en el siguiente enlace.

 

*Imagen: Ilustración original para la cuarta edición de El Periquillo Sarniento

 

“Con las estrellas de México podríamos llenar los cielos de Europa”: Fernando del Paso en ‘Noticias del Imperio’

Este fragmento de la novela más conocida de Fernando del Paso nos invita a recordar la generosidad del país en que vivimos.

Aunque a veces lo olvidamos o lo tenemos poco presente, Fernando del Paso es uno de los mejores escritores de nuestro país. Su obra es vasta, rica e impresionante por los límites expresivos a los que ha sido capaz de llegar con su escritura. Más allá de categorías académicas o nociones conceptuales, el talento y la constancia de Del Paso destacan por sí solos, y si a veces dejamos de considerarlo entre los grandes de nuestra literatura, quizá se debe a que a diferencia de otros, él nunca ha estado muy cerca de los reflectores y las entrevistas, quien sabe si porque esto no se lleva muy bien con la elaboración de libros sólidos y deslumbrantes, verdaderas joyas pulidas en la soledad y el silencio del taller.

La novela más conocida y celebrada de Del Paso es Noticias del Imperio, una elaboración ficticia y erudita en torno al Segundo Imperio Mexicano, aquel que resultó de la Intervención Francesa impulsada por Napoleón III (Luis Napoleón) y que estuvo encabezado por el archiduque Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota de Bélgica. Entre otras cualidades, el libro destaca por la polifonía hábilmente ejecutada, esto es, la incorporación de múltiples voces en múltiples registros de buena parte de los personajes involucrados en dicho periodo. Los monólogos de Carlota, los cotilleos cortesanos, la vida anónima de las calles: todo ello, y mucho más, está retratado ahí con vida auténtica, dentro de los límites de la ficción pero cada cual puesto en su propia naturaleza.

En Noticias del Imperio se encuentra también este fragmento transcrito a continuación, extenso quizá pero con una enumeración magistral y emotiva de algunas de las muchas riquezas que se encuentran en nuestro país. Así como a veces olvidamos a las personas que con su trabajo han engrandecido nuestra nación, así también podemos llegar a perder de vista que este es un territorio generoso como pocos, abundante, dueño de esos bienes que al final son los que importan: el sabor de una fruta, una caminata bajo el sol tibio de las montañas, el azul purísimo de ciertos mares. ¿Qué hay más valioso que eso? Apenas unas cuanta cosas, y eso también se encuentra en México.

El párrafo forma parte de uno de los soliloquios de Carlota, aquel que lleva como subtítulo “Castillo de Bouchout, 1927”.

¿Qué no han oído ustedes hablar, le dije al Mariscal Randon y al Conde de Chambord, de las riquezas infinitas de México, de sus metales y de sus piedras preciosas? ¿Quién dijo que tenemos que venderle al rastro tus caballos Orispelo y Anteburro? Maximiliano está nadando en los placeres de oro de la Sierra Madre Oriental, Maximiliano se está dando un baño de pulque en su tina de obsidiana. ¿Qué no saben ustedes, le dije a la Princesa Troubetskoy y a tu tío el Príncipe de Montenuovo y a mi tío el Duque de Montpensier que no hay país en el mundo, como México, sobre el cual la Divina Providencia haya derramado tantos dones? ¿No saben ustedes que México tiene todas las frutas, todos los paisajes, todas las flores? ¿Quién dijo que tengo que correr a todas mis damas de compañía y a la mitad de los cocineros de palacio? ¿Quién que le vamos a vender al Museo Kunsthistorisches de Viena el calendario azteca? Maximiliano está sentado en un trono de rosas que le regaló el General Escobedo. ¿Qué no saben ustedes, le dije al Conde D’Eu y al Duque de Persigny, no sabían la historia del virrey que invitó al Monarca de España a visitar México y le juró que de Veracruz a la capital y a lo largo de cien leguas castellanas sus pies no pisarían, su carruaje no transitaría por otro camino que no fuera de plata pura? ¿Quién dijo que vamos a empeñar nuestro carruaje dorado en el Monte de Piedad? ¿Qué no saben ustedes que cuando fui a Yucatán caminé desde la orilla del muelle y a lo largo de la playa y a través de la selva por un sendero de conchas y caracoles que mis inditos mayas tardaron un mes en hacer y que el camino estaba bordeado de árboles de maderas preciosas de los que colgaban festones de ramos verdes y por dos filas de indias vestidas de blanco que parecían vestales morenas y que me refrescaban con sus grandes abanicos de hojas de palma? ¿Quién dice que vamos a tener que subarrendar el Palacio Nacional? ¿Qué no saben ustedes que con las conchas de México y con sus caracoles podríamos cubrir el lecho de todos los lagos de Europa: el del Lago Como donde mi padre Leopoldo iba a llorar a su Princesa Charlotte de Inglaterra, el del Lago Starnberg donde Luis de Baviera ahogó a todos sus cisnes y sus pavorreales de cristal, el del Lago Constanza donde Luis Napoleón patinaba en invierno y soñaba con ser Rey de Nicaragua? ¿Quién dice que somos pobres y que vamos a tener que rifar el Castillo de Chapultepec? Ah, no, sepan ustedes, le dije a Madame Tascher de la Pagerie, le dije a la Condesa Walewska y le dije al Conde de Cossé- Brissac, sépanlo bien, que Maximiliano está tendido en una hamaca de hilo de plata pura que le tejieron las señoras de Querétaro. ¿Qué no saben ustedes que con la caoba y con el cedro, con el ébano y el palo de Campeche de México podríamos hacer todos los durmientes del expreso de Oriente? ¿Que con su oro podríamos revestir la Estatua de la Libertad, con el carey de sus tortugas cubrir la Catedral de Nuestra Señora de París, con la piel de sus venados forrar las pirámides de Egipto? ¿Qué no sabe todo el mundo, Maximiliano, que con las estrellas de México podríamos llenar los cielos de Europa, con los pétalos de sus orquídeas alfombrar los Campos Elíseos, con las alas de sus mariposas tapizar los Alpes? Ah, no, Maximiliano no está pobre: Maximiliano, en su tina de ónix, se está dando un baño de cochinilla imperial.

 

*Imagen: El País

Juan Pablo Carrillo Hernández
Autor: Juan Pablo Carrillo Hernández
Escritor y lector. Colaborador en los sitios web Pijama Surf, Petite Mort y otros.