Las lecciones filosóficas de Cantinflas para vivir mejor

Conocido mundialmente por el cantinfleo, este ídolo, si se escucha con atención, entre sus frases se encuentran verdades filosóficas.

¿Quién no ha escuchado del cantinfleo? Esa palabrita que sirve para nombrar al que habla mucho, pero no dice nada. Cantinflas inventó el término al hablar de esta manera. Aunque, si le dedicamos algo de atención reflexiva, curiosamente aparecen pequeñas gemas filosóficas.

De su boca no sólo salen palabras sin sentido, también verdades con las que filósofos o escuelas filosóficas concordarían. Aquí te presentamos algunas de sus expresiones más sabias y, que sin duda, pueden servir para orientarnos en el complejo arte de existir:

“Ya vio para que sirvió el dinero”

Es con esta frase sarcástica con la que Cantinflas finaliza una reflexión que, tal vez hasta podría maravillar al más exigente orador. A partir de una disertación en la que alude al desapego material, Cantinflas rememora a una de las más antiguas escuelas filosóficas: los Cínicos. Estos filósofos apoyaban el desapego a lo material en orden de alcanzar la felicidad.

El fundador de este modo de pensar fue Antistenes, discípulo de Sócrates, y cuentan las historias que él disfrutaba pasearse en público con ropa desgastada y desaliñada. Algo que Cantinflas disfrutaba de hacer.

“Ya se me puso hablador, con esa voz de borracho, presumiendo de tenor”

El señalar la imprudencia o la falta de humildad en otros es un rasgo también de los cínicos. Durante la época griega, los filósofos de esta escuela daban sus conocimientos en la vía pública. Poco les importaba a estos maestros si fueran aceptados por los escuchas. Para ellos, el hecho de decirlo era lo único importante. De ahí que muchos hayan visto sus enseñanzas como molestia.

“que si cobran más que trabajan, que cobren menos; pero que si trabajan más que cobran, pues que cobren más”

La frase no podría decir más. A partir de esta expresión, Cantinflas alude a la importancia de la remuneración laboral de manera justa. Esto significa una visión de la persona que trabaja como un ser con derechos. Algo, con lo que, muchos filósofos de la Escuela de Frankfurt estarían de acuerdo.

Un ejemplo vendría a ser Herbert Marcuse, quien en su obra Razón y revolución, habla sobre el derecho intrínseco de todo individuo por el mero hecho de ser una persona. Algo que Hegel ya había mencionado en su teoría jurídica y que Marcuse rescata.

“cálmese comadrita, al fin de esto ya pasó, como dicen”

Este pésame que da Cantinflas es otra de las breves enseñanzas, entre su humor y risa. La visión de la muerte como algo innegableble es evidente y, más que nada, innevitable. Vivir con la certidumbre de que la experiencia vital puede acabarse en cualquier momento, hace que uno valore la vida misma más allá de cualquier doctrina metafísica o creencia religiosa. Esto es, sin duda alguna, existencialista.

El haber revisado estas frases, así como las ocultas enseñanzas es revelador. Muestra que Cantinflas, más allá de su aparente aspecto despreocupado, ocultaba grandes pensamientos. Algo muy inspirador y que prueba, que todas las personas tienen algo que decir y que la filosofía está más presente de lo que la gente cree en la vida diaria.

Ser humano es mexicano: la conclusión de un filósofo que exploró nuestra identidad

Asumirse mexicano es un acto de valentía y soledad. Este filósofo explica por qué.

Divago entre quimeras difuntas y entre sueños
nacientes, y propenso a un llanto sin motivo,
voy, con el ánima dispersa
en el atardecer brumoso y efusivo…

La tejedora, RAMÓN LÓPEZ VELARDE

Entre todas las cosas, parece que la melancolía ha sido el perfecto punto de anclaje para la descripción —más o menos elocuente, pero cargada de estereotipos y otras fijaciones injustas— de la identidad nacional.

La sensación de pesadez injustificada, de malestar con orígenes elusivos, de tristeza suprema e irreparable, ha sido llamada por muchos el sentimiento mexicano (lo han dicho desde Alexander Von Humboldt hasta Roger Bartra).

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También lo fue para Emilio Uranga, filósofo mexicano que disfrutará leer cualquiera que se ha preguntado alguna vez por lo que significa ser de este país (especialmente si aún no encuentra su respuesta).

La propuesta de Uranga es extremadamente rara, incluso para la mirada contemporánea y, aunque aparenta desde lejos, no se parece nada a las afirmaciones ya bien aceptadas por las instituciones nacionales (afirmaciones como las que hace Octavio Paz en El laberinto de la soledad)

Hacia una filosofía de la mexicanidad

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Recientemente fue reeditado el artículo “La filosofía de la mexicanidad” de Emilio Uranga, una auténtica rareza para distintos campos académicos y también serie de conclusiones que, de manera inesperada, convocan hasta al mexicano menos patriota a re-pensarse como tal.

Para quienes hicieron la nueva edición del texto, la reflexión máxima es clara: “Creer en la sustancialidad de la existencia humana no es solo falso, es inhumano.” Y es claro que los mexicanos no podríamos creer en una existencia fija, simplemente porque nuestras condiciones no nos lo permiten; es decir: las condiciones del país, literalmente.

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Condiciones reprochables (violencia, inseguridad, corrupciones, inestabilidad social, política, económica, desigualdad, discriminación, sismos, volcanes y huracanes);  y otras bien queridas (diversidad en todos los sentidos posibles, por supuesto y un contexto tan desdibujado, que tu suerte podría cambiar en cualquier momento) determinan un destino incalculable y, con esa incertidumbre, ensamblamos vida todos los días.

Ahí nace la melancolía que define la filosofía sobre lo mexicano: en no poder volver hacia ninguna certeza; en convivir de cerca con la muerte y, al mismo tiempo, sentirse relativamente tranquilo porque todo el universo que nos rodea parece estar perpetuamente tendido entre la guerra y la paz: ni en una, ni en la otra.

Melancolía, insuficiencia y zozobra: signos de la tradición

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La melancolía nos define. Pero a los ojos de Uranga no es (como para otros autores) porque nuestras carencias nos hacen sujetos inferiores a otros; sino porque estas circunstancias, que desde antes de la conquista hacían de nuestra región geográfica una tierra de inestabilidad, presentan al contexto como insuficiente.

En México casi cualquier acto parece una apuesta sin fundamento; desde salir a la calle, hasta hacer una afirmación sobre la propia identidad. Las condiciones pueden cambiar en cualquier momento y en esa tensión que provoca la insuficiencia, sobrevivimos.

Este sobrevivimos, aunque no lo diga así Uranga, no significa que “vivimos a penas”, sino que vivimos de más. Vivimos vivencias, no cosas. “Sentimos cabrón” y no superficialmente: “La vida mexicana está impregnada de un carácter sentimental y se puede decir que el tono de esa vida configura el juego de las emociones, de la inactividad y de una incansable reflexión interna”.

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Para el filósofo mexicano, esta emocionalidad intensa nos hace frágiles, extrañamente vulnerables y quebradizos. Así, nos protegemos en distintos sentidos y a través de distintas actitudes: desde el albur y los dobles sentidos, hasta la inmensa “hueva” que nos libra de actuar o movernos (y exponernos)

Claro que Uranga no le llama así (la profesión le impide), a esta sensación peculiar, le llama zozobra: “una especie de inquietud de estar atrapado entre el ser y el no ser.” La insuficiencia de nuestras condiciones, entonces, nos provoca una permanente emocionalidad que podría traducirse en violencia, pero se despliega en la “hueva”: una curiosa indecisión, una pausa, una suspensión de la vida productiva, una negación.

Mexicano, sujeto inoperante

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La hueva (o zozobra) no es cualquier cosa, es un acto que desconecta el aparato de lo cotidiano y se lleva de corbata a la estructura económica, la política, la social. Dejarse llevar por la hueva-zozobra es abrirse a la posibilidad de construir algo distinto a lo que las circunstancias proponen. Esta es una práctica vital, es abrirle la puerta al autoconocimiento, lejos de lo que el mundo está haciendo con nosotros.

Uranga no está solo en su postura, otros filósofos que siguen a Heidegger, como el italiano Giorgio Agamben han propuesto que lo necesario para suspender el aparato poderoso que construye al mundo que habitan los sujetos es portarse como una singularidad cualquiera que genera rodeado de  otras como ella una “comunidad inoperante”.  

El filósofo mexicano le llama “hombre involuntario” a ese que renuncia a operar, a producir, pero que no deja de “ver una estructura significativa en el mundo” y simplemente no le otorga sentido o dirección. Solo la mira. Así, le (se) regala la posibilidad de ser. Sin más.

También en Más de México: Mexico Fellaheen: el mexicano como sabio vagabundo

El mestizo está solo en el mundo

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Tal vez la insuficiencia máxima se manifiesta en la falta de orígenes para la identidad mexicana. El mito más aceptado es que somos mestizos: es decir, los hijos genéticos y culturales de indígenas y españoles. Pero, en realidad, no nos parecemos a ninguno de los dos y tenemos más mezcla de dónde agarrar. Somos, mejor dicho, sus hijos adoptivos.

Así, si como dice Uranga “preguntarse presupone la intuición de no-ser”, los que nos preguntamos sobre qué significa ser mexicano, intuimos que no somos ni eso; porque tal vez no existe. El filósofo prefiere definirnos como “accidentales” (a los mexicanos mestizos) en contraposición a los europeos o los indígenas que define como “sustanciales”.

Sin embargo, en una búsqueda por proteger la fragilidad que implica ser así de quebradizos, nos inventamos discursos de identificación con las sustancias: el malinchismo y el indigenismo, para empezar. Idolatramos a otros, les urgimos que nos hagan suyos. Pero el mestizo está solo y si encuentra en su melancolía y zozobra herramientas y no simples dolencias podría reconocerse como mucho más que una casta.

Lo humano es mexicano

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Hay que decirlo: a estas alturas de la historia humana (y del mestizaje), está difícil probar que las sustancias se mantienen. Tal vez somos o siempre hemos sido todos, accidentales, el asunto es que las circunstancias mexicanas lo hacen evidente y las de otros lados no se aventarían ese tiro.

Asumirse mexicano, en ese contexto, es un acto de valentía y soledad. Lo mexicano, lo melancólico, la zozobra son características de lo humano. Por otro lado, pensar que lo humano es sustancial, que está terminado; aunque sea más cómodo, tal vez es tarea divina.

También en Más de México: En un arranque de mexicanidad absoluta: la identidad mexicana a los ojos de Roberto Bolaño

*Imágenes: 1) Itzel Domart; 2) Luis Montemayor; 3) Reidar Murken; 4) Luis Guzman; 5 y 7) Nick Kendrick; 6) pasnip_lotion/Flickr; 8) Candice Nyando; 9) Ernesto Álvarez. 

María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

5 cosas que nos enseñó el cine de oro que ya deberíamos olvidar

Los clásicos del cine mexicano son realmente entrañables, pero también nos han dejado mensajes bastante extraños…

Es realmente mágico sentarse a ver una película del cine de oro mexicano. El blanco y negro de la mayoría de estos filmes nos pone nostálgicos; el ingenio infinito de personajes como Tin Tan, Cantinflas y las mordaces mujeres encarnadas por María Félix siempre nos hacen reír; la música es magnífica, especialmente con voces como las de Jorge Negrete y Pedro Infante.

Pero al mismo tiempo, extrañamente, nuestro sujeto contemporáneo interior sospecha que algo muy extraño está pasando. Dudosos, tal vez, pensamos: en estos tiempos ese Pedro sería un auténtico machista; y, después, con más seguridad: está súper ofensivo el estereotipo indígena. Sí, el cine de oro es la puerta a otra época, una bien querida y al mismo tiempo, una que posiblemente toca ir dejando atrás.  

Deliciosa nostalgia…

Pero no se trata tampoco de olvidar completamente la época de oro del cine mexicano, ni restarle mérito a los creadores que por 30 años (desde  1936, hasta 1959) ensamblaron uno de los momentos más fantásticos para industria fílmica del país. Y es que el talento entonces desbordaba y el carisma de los protagonistas no tiene comparación. La nostalgia que provoca este cine no es gratuita y el cariño que aún le guardamos a las películas, música, personajes y hasta frases extraídas de los ingeniosos guiones no es reprochable.  

Pero el cine nos forma…

porque nos pone frente a situaciones sociales concretas y nos muestra maneras de reaccionar a ellas. Por eso, en general, toca ser crítico de cualquier producto derivado del séptimo arte.

Aplicando el ejercicio al cine de oro mexicano, el problema se resume fácil. Como dice el crítico Ernesto Diezmartínez, a este cine y a sus creadores siempre se les dificultó ver de frente a sus personajes, explorarlos a profundidad. Esta carencia lo orilló a caer en los arquetipos y clichés: el charro valiente, el pobre inocente, el indio tonto, la mujer virginal. A cada uno de estos personajes se les ve desde abajo con admiración, o desde arriba, condenando. Nunca se les mira, en busca de franqueza.

Esta explotación de los estereotipos es más evidente en las telenovelas mexicanas, también en las contemporáneas, que mucho heredaron de los errores del cine de oro y que traen a nosotros algunas cosas que ese cine nos enseñó, pero que francamente, necesitamos olvidar.

Los hombres son violentos por naturaleza

El imaginario sobre la masculinidad que construyó el cine de oro es bien concreto. Encarnado, sobre todo, en las figuras de Pedro Infante y Jorge Negrete responde a esa época post revolucionaria, donde los “valientes” de los tiempos de Zapata se están extinguiendo y ahora los grandes hombres son los trabajadores del barrio que luchan por sus familias. Tipos picarones, coquetos (o querendones, se dice), determinados, borrachos, tal vez, violentos por naturaleza. Y aunque no se trata de encajarle a Infante la responsabilidad o la figura eterna del macho mexicano, admitamos que sus personajes transfieren la sociabilidad de otra época (donde tampoco era justificable ser machista), que ya se quedó atrás. Las masculinidades mexicanas hoy, por lo menos, no son tan concretas.  

Las mujeres son territorio de conquista

En el cine de oro casi todas las mujeres están sometidas a las voluntades de sus maridos, padres, etc. Y si otro hombre quiere tener una relación significativa con ellas tiene que conquistarlas como si fueran una tierra; incluso domarlas como si fueran una criatura salvaje. Por otro lado, cuando la personaje ya está dentro de la relación, el hombre puede tratarla como le venga en gana y puede asegurar que “se le respete” hasta de manera violenta.

De hecho la violencia, la insistencia, la necedad para forzar una relación con una mujer o las condiciones de la misma se celebra: es signo de resistencia, de nobleza, de lucha y hasta poder. Esto es para olvidar y pronto. (Bien se dice que no es no).  

Los pobres no entienden el mundo…

El personaje de Mario Moreno, Cantinflas, es uno de los más queridos por los mexicanos. Sus películas siguen adornando el desayuno dominguero, porque la televisión abierta insiste en ponerlas una y otra vez. Hay que decirlo: Cantinflas y su sabiduría llanera son geniales, pero refuerzan otro punto, que en realidad es molesto.

El personaje de Moreno es de clase baja, “es pobre”, como se dice abruptamente en estas películas y eso, por inercia, lo aleja de los grandes problemas del mundo. Los pobres son humildes, son sencillos y no tienen tiempo de involucrarse en grandes discusiones. Así, los demás personajes los tratan de forma condescendiente. Es bastante nefasto, especialmente en este país terriblemente marcado por el clasismo y el racismo, donde, por cierto, son precisamente las clases más afectadas las que suelen protestar en contra de las injusticias sociales. Algo para pensar.

Los indígenas son o muy tontos o muy valientes

En la misma línea el tema de los indígenas, figura extremadamente delicada en el cine de oro y, al mismo tiempo, icónica. Quienes representan a este grupo tienen de dos: o son idealizados en un tono nacionalista, por ser la raza pura, original, los protectores de la tradición; o son tratados como tontos, como incultos, burros y hasta infantiles. Es terrible y más aún porque son siempre representados por las mismas grandes figuras del cine (hasta María Félix y Dolores del Río la hicieron de indias): la parodia es prácticamente inevitable y prueba el gran desconocimiento y falta de respeto a estas comunidades. Eso es para olvidar ahora mismo y aprovechar para cambiar la perspectiva.

La “cultura” está en manos de los ricos

En la película Gran Hotel (1944) con Cantinflas hay una escena fantástica en la que al joven desaliñado (con cuerdita para amarrarse el pantalón, en lugar de cinturón) le toca salir de un problema bailando en un elegante salón con una bailarina profesional, para entretener a los comensales y huéspedes del hotel donde acontece el filme. Lo que bailan es una Danza Apache, un baile dramático francés que simula una discusión entre una prostituta y su proxeneta. Así, los bailarines se empujan y simulan golpes, claro que sin perder el estilo. Sin conocimiento alguno de lo que está sucediendo (porque Cantinflas no tiene acceso a este tipo de información por ser pobre) el personaje le va siguiendo la corriente a la bailarina entrenada y lo que resulta es tan magnífico que los ricos comensales aplauden entusiasmados y extasiados.

A Cantinflas la situación se le pasa más o menos desapercibida, precisamente porque desde este imaginario se le llama “cultura” solo a lo que produce y consume la clase alta. A lo demás, con suerte, se le llamará “expresión popular” o “tradición”. En muchos sentidos esto se sigue pensando, pero, francamente ¿es posible imaginar que una comunidad humana no mantenga cultura propia? ¿significado? No se puede ser inculto, porque los sujetos siempre estamos haciendo significar el mundo, en ese sentido, siempre estamos produciendo cultura…

*Imagen destacada: Crédito no especificado.

Los consejos de belleza que María Félix le dio a una joven

Todas hemos queridos ser bellas y María Félix tiene la fórmula para lograrlo.

La belleza física, aunque relativa, ha sido perseguida históricamente por el ser humano. Y si bien todo indica que la verdadera belleza está lejos del plano perceptible, es decir se cultiva internamente, también es importante, para jugar el juego de la cultura, de vez en cuando esforzarnos en sentirnos bien por afuera. Lo cual no siempre es fácil. 

¿Quién no ha querido sentirse hermoso o hermosa alguna vez? El problema es que La única esperanza que queda es pedir consejo y guía, ¿y quién mejor que a una diva mexicana? María Felix es el icónico ejemplo y sus enseñanzas fueron plasmadas en un cortometraje mexicano, dirigido por Amanda de la Rosa

Aunque deja que desear en más de un sentido, María Bonita, estrenado en 2016, es interesante pues narra la experiencia biográfica de la directora Amanda, durante la estadía de la estrella mexicana en su casa en Veracruz. En este entonces, y debido al acoso de la prensa, María buscaba un lugar en dónde disfrutar en paz y no ser perseguida por la farándula. Por esta razón, la madre de Amanda decidió ofrecerle su hogar para pasar unos días. 

Este acontecimiento cambia toda la vida de Amanda, quien desde ese momento, decide a toda costa, hacer que María Félix le comparta sus consejos de belleza. La doña, quien en un principio parece ser escéptica ante la niña, no le da ninguna respuesta. Lo cual provoca que Amanda se desespere y comience a sentirse decepcionada de su ídola, a la que veía como una de las mujeres más hermosas. Sólo es, antes de irse, cuando María Felix le revela su consejo:

La palabra más importante del diccionario es amor, amor propio. La belleza es una percepción, un espejismo, una creencia y tú eres la primera que lo tienes que creer. La que es bella se atreve a llevar lo que es hasta las últimas consecuencias. Haz lo que te dé la gana y, nunca, nunca, te arrepientas.

Es así como María Félix se despide de su joven estudiante, a quien tiene que dejar para seguir su camino, pero no sin antes, haberle dejado una valiosa enseñanza: sólo el amor propio nos hará bellos, de los pies a la cabeza.