Este increíble proyecto cambiará tu visión sobre México para siempre

Tienes que conocer Albora, una plataforma que mapea los proyectos comunitarios e iniciativas sociales más esperanzadores del país...

El panorama sociocultural en México no pinta precisamente bien, sobre todo si nuestra ventana al mundo son los medios noticiosos. Además, la desconfianza va en aumento, se nota en el alza de los índices de percepción de corrupción e inseguridad. Así, aunque las cosas estén efectivamente complicadas, el imaginario colectivo no está colaborando y las alternativas y buenas noticias, se pierden en el mar de información negativa.

Aunque hay momentos donde demostramos ser increíblemente solidarios y se nos olvidan las distancias que nos hacen desconfiar, estos parecen aparecer solo frente a ciertas coyunturas (como los desastres naturales), pero cuando la efervescencia parece terminar, aunque las cosas nunca terminan de acomodarse, dejamos de movernos y tendemos a dejarnos llevar por el flujo cotidiano.

¿Qué nos falta? ¿Por qué nos cuesta tanto colaborar, organizarnos, reunirnos, ser constantemente críticos (y no solo en Twitter) y activarnos? En muchos sentidos, lo que necesitamos es estar inspirados, ver ejemplos de que las cosas sí salen bien o materializaciones de comunidades mexicanas que se han levantado para construir espacios que nos beneficien (aunque a veces sea discretamente) a todos.

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En estos tiempos, donde es crítico cambiar la visión sobre México para cada uno de los sujetos que queremos formar parte de este país, nace Albora, un proyecto que se plantea “recuperar la esperanza como fuerza social”. ¿Cómo planean hacerlo? Su objetivo es consolidarse como una plataforma digital donde cualquiera pueda conocer y celebrar iniciativas sociales locales dignas de reconocimiento. A través de estas historias multimedia Albora quiere “tender puentes entre colectivos organizaciones y ciudadanos involucrados en el cambio social o dispuestos a hacerlo” e invitar a los que aún no se conectan a sumarse.

¡Apoya hoy la campaña de Kickstarter para consolidar los esfuerzos de Albora!

Para entender mejor sus intenciones, nos comunicamos con Étienne von Bertrab, fundador y director de Albora, que además ha trabajado como profesor e investigador en México y Reino Unido en temas de desarrollo sustentable y ha es activista de temas ambientales. Te compartimos fragmentos de esta interesante entrevista:


+DMX: En el contexto sociocultural en el que se inscribe Albora ¿qué significa “esperanza”?

EvB: Partimos de la reflexión de que en el estado en que se encuentra México no sólo abunda (y entendiblemente) el pesimismo, [también] el optimismo, que muchas y muchos ofrecen, y que ninguna de estas posiciones o estados ayudan a salir, como sociedad, de lo que muchos consideramos el momento más oscuro de nuestra vida contemporánea.

Rebecca Solnit habla de que el pesimismo y el optimismo son dos caras de la misma moneda. Se parecen en que con ambas actitudes nos excusamos de actuar, ya sea porque ‘no hace sentido’ o porque ‘todo va a estar bien’.

Gustavo Esteva, fundador de la Unitierra en Oaxaca, ha sido fundamental para nosotros en entender la esperanza no como un estado de ánimo (y por supuesto no en un sentido religioso o que sugiera igual, ‘esperar’), sino como una convicción profunda, que es necesario cultivar y abrigar. Con ella no es que se tengan certezas, sino todo lo contrario. Se reconoce el peligro que nos acecha y sobre todo la incertidumbre, pero existe la convicción de que algo podemos hacer frente a la realidad, aunque no sepamos bien a bien cómo y cuándo surtirá nuestra acción, algún efecto.

Esteva habla de la esperanza como fuerza social, y apunta a que es eminentemente colectiva […]

+DMX: Albora pretende compartir ejemplos que inspiran, pero, en tu experiencia ¿cómo construir relaciones de este tipo en el día a día? ¿Cómo inspirarnos confianza (en todos los sentidos) los unos a los otros?

EvB: Mientras que instituciones como los partidos políticos, la justicia, los militares y policías, la iglesia, se han ganado a pulso nuestra desconfianza, lo lamentable es que desconfiamos también uno del otro. Somos de los países de América Latina donde la desconfianza es más amplia y más profunda.

Desde mi punto de vista y a partir de mi experiencia como activista en México […] llevamos también la desconfianza a la acción colectiva, a las organizaciones y a las redes de acción y solidaridad. Es demasiado común restar legitimidad al otro, por la razón que fuera – por quién es, por dónde o cómo vive, por estar relacionado con algún partido o gobierno, o haberlo hecho en el pasado, por haber recibido dinero público, y así. Por lo que sea. Eso hace que logremos muy poco, y que quienes se benefician del estado de cosas sigan intocados.

Vivimos una ciudadanía de baja intensidad, y profundizarla requerirá un montón de esfuerzos colectivos y comunitarios, y para ello será fundamental restablecer la confianza, reconocer el valor del otro y de lo que hace, aunque no estemos de acuerdo en todo.

[…] En Albora buscaremos construir confianza mediante un entramado de cosas: quiénes estamos detrás y muy particularmente los asesores temáticos, las iniciativas y esfuerzos que elegimos donde pese su impacto y capacidad de transformación, y la calidad del trabajo de documentación y de comunicación: plumas, fotos, video, audio.

La idea es que una parte creciente de la audiencia considere al menos la posibilidad de valorar lo que hacen las organizaciones y colectivos referidos, y se sume de alguna manera, ya sea como voluntario, prestando un servicio profesional, visitándolos, en lugar de ir a Acapulco o al extranjero una vez más, o donando dinero.

Los mexicanos, a pesar de nuestra amplia generosidad, que se manifiesta por ejemplo frente a cada desastre natural, contribuimos muy poco económicamente a las organizaciones de la sociedad civil.

+DMX: ¿Qué hacer para que este tipo de proyectos sociales no sean “emergencias” y se transformen en “estrategias”?

EvB: Esperemos que Albora esté para quedarse, pues siempre habrá iniciativas a las cuales apoyar ampliando su voz. México no saldrá de esta guerra y de las múltiples violencias (la criminal y la institucional, pero también aquella hacia el pobre, hacia las mujeres, hacia los jóvenes, hacia el territorio) fácilmente, y posiblemente nos tome generaciones.

Albora es un esfuerzo colectivo, una apuesta a aportar a algunos de los desafíos que tenemos como sociedad.

¿Quieres ayudar?

Hay muchas maneras de apoyar a esta fantástica iniciativa. La primera es compartiéndola con tus amigos, familia y conocidos. Hay que estar atentos a sus esfuerzos de Albora y también para el lanzamiento de su plataforma digital (que será a mediados de octubre). Además, puedes convertirte en colaborador: si eres fotógrafo, periodista o investigador puedes poner cámara, pluma y corazón para dar a conocer los proyectos que le están devolviendo la esperanza a esta tierra.

¡Y no te olvides de apoyar su campaña para fondear el proyecto!

Descubre más sobre Albora en su sitio web y Twitter.

Doctor en bicicleta: el proyecto solidario de un joven médico campechano

La historia de un joven médico mexicano que atiende comunidades aisladas de Campeche a bordo de una bicicleta (y sin cobrar por sus servicios).

La diversidad en México también se manifiesta de formas negativas. Así como hay una gran variedad de fenómenos culturales, tradiciones, etnias y paisajes, también hay un montón de problemas. Como respuesta, hay muchos mexicanos en acción, tratando de cambiar el panorama. 

Luis Fernando Hernández es uno de ellos y su proyecto, Doctor en Bicicleta, está para celebrarse, pero también para inspirarnos y, en la medida de lo posible, replicar. Doctor en bicicleta comenzó como un reto personal. Luis Fernando, joven médico de 27 años y originario de Campeche, decidió dedicar sus fines a semana a ayudar a las comunidades aisladas de su estado. 

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El sábado en la mañana, agarraba su bici y se lanzaba a los pueblos, buscando gente que necesitara su atención. Poco a poco se fue haciendo conocido y, además, compartía con los pacientes su teléfono e instaló una página de Facebook para que pudieran contactarlo y también conectarlo con nuevas personas. Nunca ha cobrado nada por este servicio.

El proyecto ha ido creciendo cada día más. En los últimos dos años ha llegado a atender a más de 5 mil personas. Y en comunidades como Cayal, Nohakal, Pueblo Nuevo, Tixmucuy, Bonfil y Melchor Ocampo ya lo conocen como el Doctor en Bici. Ayudado por su novia, Luis Fernando también organiza colectas de medicamentos, ropa, alimentos, juguetes y productos de higiene personal que lleva de forma gratuita a sus pacientes.

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Su labor es muy intensa: entre semana trabaja para pagar sus gastos en el Centro Médico Campeche, unidad de urgencias y los viernes organiza las consultas del fin de semana, identifica las comunidades donde hacen falta insumos, se encarga de las colectas y el sábado se lanza en la bici, siguiendo el itinerario; mientras su novia lleva en un automóvil todo lo recolectado.

La consulta no solo se trata de la revisión, en muchos casos implica alimentar, cambiar y asear a los pacientes. Como agradecimiento, la gente de las comunidades los alimentan y ayudan a ensamblar los espontáneos espacios de atención. 

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Doctor en Bicicleta ya es un Asociación Civil y Luis Fernando se ganó el tercer lugar del  Premio Kybernus al valor ciudadano (fue nominado por sus pacientes) y ya hay otros médicos que se han ofrecido a ayudarlo. 

Cuando empezó no sabía que se extendiera tanto, pero el Doctor en bicicleta ya es un miembro esencial de las comunidades a lo largo del estado. Como explica Luis Fernando el aparato de salud de nuestro país está pasando por muchísimos problemas: falta de insumos, personal, espacios y los médicos están frustrados por no poder ayudar.

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Pero él está seguro de que los gobiernos solos no van a resolver cada una de estas aristas. Todos podemos ayudar a que los demás salgan adelante. Como explica, sabia y elocuentemente: ayudar a los más necesitados es una manera de contribuir a mejorar la calidad de vida de todos.

Sin duda, sin estar saludables, no podemos hacer que mejoren las cosas. El cuerpo cuidado y fuerte debería ser prioridad y podemos hacerlo juntos. Lo más lindo es que todo se ha construido en la solidaridad y la confianza. Esta debería ser evidencia suficiente de que las cosas pueden cambiar, si estamos dispuestos a creer en el otro y echar una mano.

Visita el Facebook del Doctor en Bicicleta, ayúdale a difundir su causa y, si vives en Campeche, no dejes de ayudar con las colectas.  

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*Fuente: “Doctor en Bici atiende comunidades rurales”, Iván Cruz para El Universal.

*Imágenes: Facebook “Doctor en Bicicleta”

Danzas de la calle: resolviendo la violencia “a cumbiazos” (VIDEO)

Algunas “pandillas” de Saltillo se organizaron para cambiar los golpes por las cumbias y, así, sublimar la violencia con mucho estilo.

Está clarísimo: la situación de violencia en México nunca había sido tan complicada. Eso todos lo sabemos. Lo que pocos saben son las cosas que muchísimos mexicanos están haciendo para darle la vuelta a este terrible panorama. Y lo mejor de todo es que, estas acciones retoman lo más simple, cosas que nunca imaginamos que servirían para resolver un problema tan grave. Cosas como bailar.

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Un ejemplo increíble es el colectivo “Danzas de la calle”, que ha sabido interpretar bien las dinámicas urbanas de Saltillo, Coahuila, y usarlas para construir una cultura de paz, en lugar de un entorno violento. Su intención es “representar las guerras de bandas o pandillas a través del baile”; así en lugar de “agarrarse a madrazos”, pandillas rivales hacen una reta de cumbia colombiana (cumbia tradicional mezclada con techno) y en ese movimiento subliman su enojo. 

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“Danzas de la calle” ya es un grupo consolidado de danza, que se presenta en distintas colonias de Saltillo, incentivando formas completamente nuevas de comunicarse con los demás y también de encontrarse con uno mismo. Inspirados por el estilo, un ambiente familiar y muy agradable, el movimiento y, claro, una buena cumbia, muchos jóvenes de la ciudad buscan unirse a este grupo; y otros tantos han aprendido que bailar es la mejor manera de “enfrentarse”, expresándose con honestidad, pero sin salir lastimados. 

Pero ser parte de “Danzas” —como le dicen de cariño sus integrantes— es un compromiso fuerte, pues en el colectivo no se permite el uso de drogas, se evitan a toda costa las interacciones violentas y si uno quiere bailar, tiene que demostrar que le está yendo bien en la escuela. Así, esta actividad colectiva es una auténtica alternativa para los jóvenes que viven en las periferias de Saltillo y que, como referente, tienen un contexto bastante descompuesto, pero que sí se puede cambiar. 

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Lo mejor es que “Danzas de la calle” no descarta las ideas de “pandilla” y orgullo barrial, porque encuentran en ellas la encarnación de lo comunitario, la importancia de la familia y sin duda una herramienta para re-ensamblar el tejido social. 

Y claro que ser de barrio es motivo de orgullo. Los barrios suelen ser zonas rezagadas, donde las políticas públicas no aplican de las mismas formas y donde los servicios no llegan con la misma facilidad que en las colonias de mayores recursos. Ser de barrio implica resiliencia y mucha unión social. Y ese orgullo también es un escudo contra la discriminación. 

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La cumbia colombiana está ligada a un estilo que remite a la vida barrial, a la cultura chicana, a la urbanidad y para algunos esto se relaciona inmediatamente con criminalidad y, claro, violencia. Pero los jóvenes que bailan en “Danzas” están fragmentando estos juicios superficiales. Con sus intrincados movimientos y a través de este cadencioso ritual, los bailarines de cumbia en Saltillo están generando una auténtica resistencia. 

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Cultivando paz en un huerto urbano de Iztapalapa

Este colectivo mexicano está cultivando paz para su barrio con un increíble huerto urbano.

Es posible que sean acciones sencillas las que nos ayuden verdaderamente a reducir la intensa violencia que está experimentando México.

Definitivamente, ir de las grandes estructuras (los gobiernos, las empresas, los mercados y otras organizaciones en esos niveles) hacia las localidades más ínfimas no ha probado ser muy efectivo. Frente a ese panorama, el camino está tomando un curso insospechado y fantástico. Se trata de los proyectos comunitarios, frecuentemente gestionados por colectivos locales, barriales y vecinales.

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Fotografía: Mattza Tobón

Uno que destaca y nos inspira es el Colectivo Raíces del Oriente, de la delegación de Iztapalapa en la CDMX. Ellos se dieron cuenta de lo importantes que son los actos más “básicos” para mitigar los problemas de inseguridad en su entorno y por eso decidieron ensamblar un huerto urbano.

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Cultivando la paz

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Imagen: mexico.com

Dos acciones muy sencillas podrían ser clave: el acto de reunirse y por otro lado “poner las manos en la tierra”. La función de la primera es vital: se trata de generar bienestar, pero de forma colectiva. Y no solo va de tomar decisiones junto a nuestros vecinos y familiares sobre nuestro espacio; también de pasar el rato, platicar, chismear, compartir las penas y las celebraciones, hacer comunidad.

Sembrar algo juntos es una gran forma de generar una conexión simbólica y material. Pero, además, un huerto urbano provee seguridad alimentaria y eso es un paso enorme si queremos reducir la violencia. Sin duda, esta tiene múltiples y muy complejas causas (que sí, son estructurales), pero las carencias juegan un papel clave.

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Fotografía: Mattza Tobón.

Muchos estamos acostumbrados a entender los actos violentos como algo ajeno; algo que nos sucede de forma injusta; pero francamente, el desequilibrio de nuestro sistema social ha dejado a muchos sin suficientes alternativas (aunque nada justifique lastimar a otros).

El huerto urbano en Iztapalapa nos inspira

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Imagen: mexico.com

En la región más poblada de la capital, el huerto era igualmente improbable y urgente. Los integrantes del Colectivo Raíces del Oriente lo describen como un “espacio autosustentable donde se realizarán actividades para concientizar a la comunidad de técnicas agrícolas, urbanas y orgánicas”.

Pero ha probado ser mucho más que eso. El espacio de 200 metros cuadrados podría servir para ensamblar un comedor comunitario con comida orgánica y local; además, ya es un área verde que destaca en una zona dominada por el concreto y que refresca el paisaje y, sobre todo, el panorama.

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Fotografía: Mattza Tobón.

En el huerto, además de preciosas plantas como maíz, jitomate y zarzamoras, hay unos murales increíbles, cortesía de un grupo de artistas urbanos de la zona. Es un pequeño oasis que propone un descanso a las duras dinámicas que dominan en la zona.

Aunque está claro que esta propuesta no debería seguir siendo excepcional. El Huerto Urbano de Acatitlán debería ser una inspiración para que —cada vez más— las plantas, las posibilidades, la tranquilidad, el color, el aire limpio y la cosecha colectiva inunden a la ciudad y al país. El medio ambiente, nuestros estómagos y nuestras mentes estarán muy agradecidos.

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