Leonora Carrington y el desconocido universo de sus bordados

Leones y escudos, símbolos y estandartes... Carrington diseñó escenas que artesanos con un legado prehispánico concluyeron hermosamente.

Leonora Carrington es un mundo que pareciera no dejar de expandirse. Su obra abarca, desde luego, su catálogo pictórico, pero pocos saben que también trabajó muñecas de trapo, esculturas de plata y bronce, piezas teatrales y literarias, y también escenografías.

muneca leonora carrington

Otro de sus lienzos poco conocidos son sus bordados. Carrington, la esoterista y humanista, diseñó tapetes con un estilo que, si bien se sale de su esencia habitual, son símbolos que nos llevan a lo oculto de su mundo. Se sabe que un artesano de Chiconcuac, el pueblo del Estado de México de donde surgió el mítico suéter que Marilyn Monroe hizo famoso en las costas de Santa Mónica en California, ayudó a Carrington a hacer estos ejemplares.

Este lugar es famoso por sus tejidos desde la época prehispánica. Antes de la llegada de los españoles  se tejía el echcat (algodón) y el hilo de matl (maguey) y eran de tal calidad sus artículos que los portaban los emperadores mexicas.

Después, la lana fue el insumo con el que se continuó una tradición de tejidos y bordados.

Estos son algunos de los trabajos en conjunto entre Carrington y la herencia de este lugar (entre ellos algunos son regalos para Edward James, el surrealista escocés creador de uno de los rincones más oníricos de México, y otros amigos suyos:

bordados leonora carrington

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Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

Tilda Swinton recrea en fotografías la obra de Leonora Carrington como un homenaje (FOTOS)

Dos años después de la muerte de una de las surrealistas más inolvidables, el fotógrafo británico Tim Walker la homenajeó con la alucinante recreación de sus pinturas.

Algo tiene Tilda Swinton que encanta, un aire surrealista, ella misma. Es como andrógina, y tiene un halo entre melancólico y determinado, su personalidad es muy fuerte, ello sin mencionar sus facciones especiales, incluso con algo de cubismo.

Y quizá ella, y solo ella, con su esencia fantasmal, podría haber representado las escenas que nos regaló Leonora Carrington, entre encantamiento, alquimia y sueños, y más.

El fotógrafo británico Tim Walker en 2013 hizo un tributo a la obra de Carrington, con imágenes de Swinton que emulan la obra de esta artista plástica. La serie más famosa de este proyecto es sin duda las fantasmagóricas fotografías de Tilda Swinton en Xilita:

A lo largo de 19 fotografías, se advierte una frase que el poeta, coleccionista y surrealista Sir. Edward James –también creador de las enigmáticas esculturas de Xilitla, El Castillo  y Las Pozas– Tilda pronunció sobre la huasteca potosina: “he visto tanta belleza como un solo hombre ha visto pocas veces “.

La serie completa que alude a la obra de Carrington se hizo para W Magazine, y puedes ver la mayoría de las fotos del proyecto, aquí:

tilda swinton leonora carrington Tim Walker fotos

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*Imágenes: fahrenheitmagazine.com

 

 

Del surrealismo prehispánico a tu mesa: la fantástica invención del mole contada por Leonora Carrington

La desconcertante historia de la invención del mole, una narración corta con humor ingenio y cultura, cortesía de Leonora Carrington.

Dicen que el mole encantó a Leonora Carrington, especialmente el poblano. Que fue hechizada por su aleación de ingredientes, tan variados como fervientes. Pero sobre todo por los procesos alquímicos de tan diversos moles que, fusionándose entre chiles, almendras y un poco de chocolate, resultan altamente sabrosos para acompañar una tortilla y cualquier tipo de carne. A este mágico platillo Carrington dedicó su obra La invención del mole (1960), escrita como una especie de guión teatral con humor, ingenio, cultura y mucho surrealismo a la mexicana. 

Pintora, escritora y enervantemente surrealista, Leonora Carrington es, a 100 años de su aparición en este mundo aparente, una de las mentes mexicanas más brillantes de la realidad contemporánea. Y se dice mexicana y no inglesa –como su raíz natal–, puesto que hay en prácticamente la mitad de su vida y obra, una influencia directa de la cultura mexicana, especialmente la indígena y sus misticismos prehispánicos. 

Popularmente, se dice que México es un país en extremo surrealista. Que esa “voluntad psíquica pura” –cuyo nombre fue inventado en Francia, pero en México, en esencia, ha existido desde siempre–,  yace en todos sus detalles: en su sabor, su sonido, su geometría, sus patrones, sus lenguajes, su cultura eterna. Históricamente así se ha mostrado México: como una aleación alquímica, incluso cósmica, de un ingobernable mestizaje. Y en ese espectáculo de sustancias interpoladas, a veces más prehispánicas que mestizas, se dejan mirar personajes que hacen de esta utopía mexicana su orgullo.  Es el caso de varios surrealistas europeos unidos en México, la tierra roja: Leonora Carrington (la novia del viento),  Remedios Varo (la bruja), Sir. Edward James, André Bretón y el incomprendido surrealista Antonin Artaud por mencionar solo unos cuantos.

De este orgullo mexicano se desprenden cuantiosas obras extraordinarias, plegadas de bestias mitológicas y fantasmas de zoológicos oníricos, donde solo es posible accesar si uno cree en su locura y sufrimiento como canales para encontrarse con lo que es verdadero. En las obras que estos surrealistas crearon en y sobre Mexico, también es posible avistar al mundo prehispánico más veces de las que podríamos imaginar. Ejemplo de ello es La invención del mole, una obra teatral breve escrita por Leonora Carrington en 1960. 

 

La invención del mole

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La cocina aromática de la abuela Moorhead (1975)

En este fascinante relato (casi como un cuento), la surrealista nos escribe con humor, ingenio, cultura y mucho surrealismo a la mexicana, la posible aparición del mole, hace tal vez unos 500 años. Aparece “Montezuma”, compartiendo escena con el Arzobispo de Canterbury, una bruja prehispánica, ocelotes, quetzales y otros personajes. En la obra se lee cómo los prehispánicos (caníbales y sanguinarios según la visión del foráneo) preparan una gran festín donde el arzobispo será lavado, marinado en pulque y cocido en salsas para el plato fuerte:

Mi querido señor, no se enoje, no pierda el sentido del humor. Ninguno de nosotros va a vivir para siempre.

Usted será simplemente asimilado, absorbido por estos reales príncipes, una vez que se haya impregnado de las salsas más exquisitas, todo con la mayor dignidad y los modales más aristocráticos. 

Pero, además de esta irónica y canibalesca invención del mole, Carrington hace una agudísima crítica al catolicismo que ha venido imperando desde los tiempos de conquista en México. Escribe:

Montezuma: ¡Entonces el pueblo contempla la misma ceremonia una y otra vez, sin milagros, ni magia, ni sacrificios, ni danzas!…

Arzobispo: la Santa Iglesia está fundada sobre la Roca de la Eternidad, y contra ello no prevalecerán ni las mismas puertas del infierno. La naturaleza universal de la Iglesia le permitirá eventualmente absorber a toda la humanidad. 

Como muchos de sus cuentos de Carrington, el imaginario no tiene limites concisos. No hay razón para entender sus historias, pero sí mucha voluntad para valorar su alta carga de humor negro. 

La peculiaridad que Carrington tenía al pintar en su cocina, en medio de una casa que invitaba a saborear el caos, era exclusiva. Le parecía saludable la influencia que ejercía la comida sobre el arte, misma que habría de detallar en esta fascinante historia. En breve te compartimos el relato completo:

 

En el centenar que la gran surrealista cumple este 2017, uno se pone a meditar cómo ha sido posible que ella se considere la última surrealista auténtica. Que posterior a ella no haya aparecido más de una mente que indague en orígenes sagrados y sanguíneos desde una perspectiva atinadamente surrealista, y la ponga en el reflector de las salas de arte del imaginario mexicano moderno –tan descontextualizado de su realidad–, a 500 años de no permitirnos olvidar la fragmentación de nuestra cultura. Hacen falta más surrealistas que recuerden el pensamiento psíquico puro de México.

 

*Cuento extraído del libro “El séptimo caballo y otros cuentos”, de Leonora Carrington.

*Imagen principal: “La cocina aromática de la abuela Moorhead”, de Leonora Carrington, 1975.

Jaen Madrid
Autor: Jaen Madrid
Editora de tiempo completo, música y ser humano. Ha escrito numerosos artículos en este medio, dando vida principalmente a los rubros de Arte, Cultura, Misticismo y Surrealismo. Escribe y edita Ecoosfera. Su tiempo libre lo dedica a leer literatura griega, tarot y ocultismo, además de crear música con sintetizadores.

Cuando la ciudad de México fue el antídoto terapéutico de Leonora Carrington

Ella dominó el constante coqueteo de la locura y las incidentales calles de México.

Existen ciertas zonas en la ciudad de México en las que habita un aire surrealista, místico y fantástico, como si se intentara mantener vivo el recuerdo de las personas que han pasado por ahí. A lo largo de sus calles y arquitectura se encuentran plasmadas de las anécdotas, esculturas y pinturas de aquellos personajes que sublimaron sus miedos y emociones.

Entre las personas que inmortalizaron esta esencia en la ciudad de México se encuentra Leonora Carrignton, la surrealista mexicana-inglesa que liberó la magia desde la colonia San Rafael hasta la avenida Reforma. Su creatividad la llevó a destrozar las paredes de su castillo en la nebulosa Inglaterra, y aprender a deconstruir a su manera lo que quedaba de ella.

La deconstrucción de Carrington comenzó con Max Ernst. Él, un surrealista alemán de 46 años con reputación de mujeriego, casado por segunda vez y sin dinero; ella, una estudiante de arte de tan sólo 20 años, con un padre adinerado y dominante. Fue un coup de foudre. Y a pesar del pronóstico catastrófico que albergaba en la relación, ambos se fueron a vivir a Francia, en donde se encontraron inmersos entre artistas, surrealistas y aislamientos.

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Esta relación, excesiva para los límites tradicionales del arte y el amor, encontró su fin con la invasión nazi en 1939. Tomaron preso a Ernst; y ella, encontró cobijo en un manicomio en Santander, España. Ahí encuentra a Renato Leduc, periodista y diplomático mexicano, quien se encontraba trabajando en la embajada de México en Madrid sin poder regresar a su país de origen. Fue así que realizaron un acuerdo que beneficiaría a ambos: la única solución para huir juntos del caos europeo era casarse y así llegar a la pacífica ciudad de México.

Leonora llegó a la ciudad de México sin ningún sueño que dejar, muy lejos, el recuerdo de Ernst, Francia y el arte. Sin embargo las calles mexicanas parecieron convertirse en elemento terapéutico para estructurar su propia desestructuración mental; por lo que usó los únicos recursos que ya conocía: el surrealismo.

De cierto modo, el surrealismo se convirtió en la única vía funcional para regresarla a una vida –a la que fuera–. Aprehendió la locura como único método de supervivencia, usando sus recursos de irrealidad, alteración en el estado de consciencia, pensamiento y emociones, asociaciones sueltas y delirios. Hasta que, de pronto, ella dominó el constante coqueteo de la locura y las incidentales calles de México. Se volvió parte de una realidad alterna, en donde descubrió la manera de sobrellevar el equilibrio con elegancia y estilo.

A través de estatuas, como Ya no hay lugar ubicada a espaldas de la Catedral –en la calle de Guatemala– y Cocodrilo reubicada en avenida Paseo de la Reforma, o el muro de En el mundo mágico de los mayas en Reforma y Gandhi, Carrington se apropió de la cultura mexicana. Plasmó en las leyendas, mitos y tradiciones su autoconcepción, desde un ojo ajeno a la realidad.

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