ROMA: carta de amor a una tierra herida

La película de la que todos los mexicanos hablan es una discreta carta de amor, que con el mismo cariño debería ser presenciada...

La violencia es ineludible. Hagamos un esfuerzo por pensarla separada de su carga moral y, de pronto, se transforma en el proyecto de modificar cualquier cosa. Es violento el viento con los árboles cuando mece las ramas. Y es violento el río que inunda las barrancas. Pero es igualmente violenta la barranca que limita al río. Y así, nuestro mundo se articula y se mueve en la violencia.

En México entendemos eso, los quiebres son el presente por el que nos vamos desplazando, como va un coche por una calle llena de baches. Y aunque esta tal vez sea las más hermosa y filosófica cualidad de nuestra identidad, nuestra resiliencia, nuestro aguante, ha llegado a un punto límite, donde lo que realmente solicitamos es una pausa y tal vez exponernos a otra cosa, a algo un poco más cálido.

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Nuestras fracturas son demasiado grandes. Nuestra vulnerabilidad está tomando rostro. Y así, en el momento preciso, en el instante crítico de nuestra violencia efervescente (que ya es tan tremenda que no puede separarse más de su “carga moral”), Alfonso Cuarón nos regala “Roma”, carta de amor a una tierra herida.

“Roma” nos habla de esta violencia omnisciente

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A quienes no están saturados de información sobre el filme del que todos los mexicanos están hablando, les contamos: “Roma” es casi un estudio de caso sobre una familia de clase media, viviendo en la colonia con el mismo nombre en el entonces D.F., a principios de la década de los setentas. Relativamente bien acomodados tienen a dos empleadas domésticas “de planta” en su casa, ambas mixtecas, extremadamente cuidadosas y cariñosas. La historia se centra en una de ellas, Cleo, quien según el mismo Cuarón, está inspirada en su propia nana, Libo.

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No vale la pena adentrarse mucho en la trama. No porque no sea importante, sino porque la película es una experiencia que hay que vivir en carne propia. Por otro lado, sí hay que hablar de lo que esta joya audiovisual podría hacernos sentir, de lo que oculta detrás de la preciosa trama y sus impecables cualidades técnicas.

En muchos sentidos “Roma” se trata de esta violencia casi omnisciente con la que los mexicanos hemos aprendido a vivir y también a relacionarnos entre nosotros. Aunque a veces es una manera de jugar con los otros, de construir intimidad (como pasa con los albures) o de atravesar crisis socioculturales y políticas, nuestras formas evidentemente no están funcionando y por eso nos encontramos experimentando diversas crisis colectivas.

Es un tributo a tus recuerdos más íntimos

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Por otro lado, “Roma” juega también con la nostalgia y la memoria, con pequeños detalles en la vida cotidiana que la han mantenido muy parecida a sí misma, a pesar de todo el tiempo que ha pasado. Es impresionante sentir que la película te está hablando directamente, aunque no seas de los setentas.

Muchas de tus memorias podrían estár ahí plasmadas, entre los “gansitos” (sí, el pastelito de chocolate), los sonidos eternos de la Ciudad (como el señor de los camotes o el afilador de cuchillos) y cosas menos entrañables, como los regaños maternales que se desbordan, las peleas entre hermanos que se pasan de la línea, los peligros de la calle nocturna y la guerra eterna de los estudiantes contra el gobierno, lo que “Roma” cuenta de alguna manera lo has vivido.

Sobre todo porque se atreve a explorar las vidas de personajes que casi nunca son protagonistas, como las empleadas domésticas y lo hace de una manera muy dulce, con nostalgia por la imagen de sus rituales cotidianos, de sus pláticas privadas y también dando cuenta de problemas que aún son vigentes (como un momento muy particular donde señalan que la mamá de Cleo ha sido despojada de sus tierras, en el ejido).

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En este juego, que explora y hace explotar a la cultura que se manifiesta en lo más ínfimo de nuestra vida, nos recuerda que, frente a la violencia tan arraigada, hay pequeñas estrategias que, aunque suene a tremendo cliché, se materializan en los actos de amor profundo.

De alguna forma, recordar, de la mano de Cuarón, la riqueza de nuestras (múltiples y muy diversas) vidas mexicanas, es una forma de hacernos más fuertes y de volver a comulgar delicadamente con quienes nos rodean.

En ese sentido, la película es definitivamente regional. No solo para quienes no son mexicanos, tal vez también para quienes no han vivido en la CDMX o los otros sitios del país que se le parecen. Puede ser que por eso, en diversas críticas hechas por medios estadounidenses se le acusa a Cuarón de haberse clavado con detalles y secuencias que muestran el contexto, más que con el drama real de los personajes.

Pero el drama de “Roma” está en los detalles, pequeñas cosas con las que muchos nos identificamos profundamente, con momentos que hasta verlos así materializados no sabías que son genéricos, que probablemente muchos de los que te rodean los han vivido y los recuerdan muy parecido a ti. Especialmente los momentos malos.

La película sí ofrece un comentario sobre política

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Al denunciar la violencia, “Roma” sí está tocando un asunto de política, aunque sea en un nivel que al ojo distraído le parece superficial.

Por ejemplo, en “Roma” pasan cosas terribles, pero se aprecian sutiles especialmente por la manera en que los personajes secundarios las administran; de alguna manera entienden que su función es hacer que el mundo siga su curso y así, en ningún momento se detienen a preguntarle a nadie si está bien. Pero el hecho de que este asunto esté tan presente me sugiere que la película es una invitación a ser más sensibles unos con otros.

Tal vez sea una “sobre interpretación”, solo cada espectador podrá decidirlo. Pero vale la pena hacer el ejercicio: cuando la veas, fíjate detenidamente en cómo algunos personajes son prácticamente insensibles a la tragedia y aunque no se trata de inflarla, porque no es una telenovela, “Roma” nos invita a reconocer de frente lo que la tragedia nos hace sentir.

Quizá nuestra cercanía al dolor y a la violencia nos ha vuelto sumamente duros. Y aunque hay algo muy valioso en articular los desastres como asuntos de “muchas caras” (el sismo como solidaridad, la muerte de un hijo como una lección de vida, la violencia cotidiana como una forma de valorar la existencia) si fuéramos un poco más gentiles entre nosotros, tal vez no tendríamos que desgarrarnos constantemente.

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Es así como en “Roma” hay un tratamiento muy profundo de lo político, a través del lugar donde auténticamente se manifiesta: la cotidianidad. Más en la superficie, Cuarón sí se pone a criticar abiertamente la forma en que se aborda desde la clase media a los pueblos indígenas y a los problemas sociales que esta y otras comunidades atraviesan hoy en día.  

Así, al verla hay que dedicarle el mismo cariño que ella nos dedica a nosotros. Además de mostrar una imagen excepcional y un trabajo sonoro brillante (que tristemente solo apreciarán aquellos que la vean en el cine), hay algo más, algo que te deja triste, nostálgico, con unas ganas profundas de ir a casa, estar con la familia, procurar a quien te rodea, llamarle a los amigos, comerse un (pinche) gansito.

“Roma” es una memoria, un recuerdo íntimo compartido, uno que nos reúne, es un cariño lejano, una comida que alegra, es cada una de las cosas buenas de tu historia aquí y también las malas. “Roma” es la evidencia de que el dolor de ser de aquí, este amor y este odio, este miedo y ganas de apaciguar su fuego, son de todos. 

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María Fernanda Garduño Mendoza
Autor: María Fernanda Garduño Mendoza
Estudios y gestión de la cultura, UCSJ. Ensayando discursos, constantemente. Articulando rupturas.

Cuando Diego Rivera y Picasso se pelearon por un cuadro

Diego Rivera y Picasso llevaron una relación de amor-odio en uno de los momentos más efervescentes para la historia del arte.

La intrincada relación que hubo entre Diego Rivera y Picasso no es solo un mito y está inscrita en cartas que ambos intercambiaron. De 1909 a 1920, Rivera transcurrió sus días entre los intelectuales y pintores de París, en el barrio de Montparnasse.

Imaginemos un Rivera entre Mondrian, Modigliani, Jean Cocteau y la efervescencia del movimiento cubista, el cual aún carecía de manifiesto alguno (y por lo tanto prescindía de definición formal). Nadie sabía exactamente qué era, pero la obra de Rivera en este sentido tampoco era aceptada como cubismo puro. De un cuadro de este mexicano, ‘Paisaje Zapatista’, surgió una controversia tan escandalosa que le alejó de Picasso para siempre.

Rivera había asegurado que Picasso le plagió esta obra en su cuadro ‘Hombre apoyado en una mesa’. Y no era cualquier tema, pues el ‘Paisaje Zapatista’ simbolizaba de algún modo la entrada de México en el movimiento cubista con un aire propio. Ambos dejaron de ser amigos por este tema en 1916.

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Con el tiempo sostuvieron cierta correspondencia, pero solo aludiendo a temas políticos y plásticos. 

En una entrevista a la cubana Loló de la Torriente sobre la relación entre ambos pintores, Rivera confesaba echar de menos a aquel viejo enemigo y maestro:

“No puedo negar que extraño aquel foco de maldad que establecimos Picasso y yo. Por algo el enorme maestro me recuerda y a través de amigos y conocidos que van y vienen de París recibo sus recados pidiéndome que regrese, que se aburren soberanamente y que está seguro de que yo me aburro porque sólo él y yo, conversando entre nosotros, sabemos hacerlo bien hablando mal de las gentes, y esto es verdaderamente divertido en este mundo. En este sentido, en verdad extraño enormemente al gran pintor y amigo”.

Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

Sobre el antiguo santuario maya que podría cambiar la historia de Chichen Itzá para siempre

Sin duda una noticia que abruma y emociona: en tierra maya han sido encontradas insólitas ofrendas a Tláloc…

Aunque parezca increíble, seguimos descifrando el pasado. Y este no se cansa de sorprendernos. Por lo menos ese resultado han tenido los insólitos descubrimientos que el investigador del INAH Guillermo de Anda y su equipo han realizado en la cueva de Balamkú, en Yucatán.

El recinto, aunque fue hallado hace 50 años, no había sido explorado hasta ahora y lo que se encontró allí es verdaderamente deslumbrante. Se trata de una serie de ofrendas compuestas por collares de jade, concha y hueso y diversos artefactos de cerámica; todos, los 200 objetos hasta ahora identificados, preciosamente intactos. Además se encontraron cenizas y restos de alimentos.

Pero lo más extraño es la presencia de la figura de Tláloc, una de las deidades clave en el panteón de los pueblos prehispánicos hacia el centro del país. En el panteón de los mayas existe una deidad similar (dios de la lluvia y el clima), se trata de Chaac; sin embargo, estas ofrendas claramente fueron dedicadas a su “homólogo” mexica.

Los investigadores declararon que han descartado la “hipótesis inicial de una invasión tolteca sobre los mayas” y aunque aún no se puede determinar cómo, hubo “influencia del centro de México hacia Chichen Itzá”. Las investigaciones futuras podrían terminar por obligarnos a reescribir la historia del sitio y eso es francamente increíble.

Aunque, tal vez lo más emocionante de la historia es que nunca podremos terminar de construirla. En ese sentido, siempre se queda abierta una puerta que nos obliga a ser un poquito más flexibles; estar dispuestos a abandonar nuestros panoramas y aceptar que nuestro origen es elusivo. Además, hay algo realmente delicioso en estar descubriendo  constantemente cosas nuevas, una sensación de que lo que nos queda por conocer es infinito y, solo por eso, nosotros también.

*Imágenes: Karla Ortega/Cuartoscuro

6 razones por las que, a pesar de todo, Roma es ya una película esencial

Tal vez no se llevó el Oscar a “Mejor Película”, pero definitivamente incidió, de muchas maneras, en las vidas de sus espectadores.

Sin duda ROMA se ha transformado ya en un concepto polisémico. Es el lugar al que todos los caminos llevan; es la entrañable colonia en el centro de la Ciudad de México; es el reconocido detergente biodegradable y, ahora, también es sinónimo de buen cine, de inclusión, de diversidad, de empoderamiento femenino, de cariño maternal.

El responsable es, en gran medida, un cineasta que decidió arriesgarse a contar una historia personal, desde la más diáfana intimidad. A Alfonso Cuarón le debemos muchas cosas, pero, sobre todo un agradecimiento enorme, por haber puesto frente a nuestros ojos ROMA: una carta de amor a una tierra herida.  

Es cierto, un gusto a decepción se siente (aunque ligero) porque no se llevó el Oscar a “Mejor Película” durante la premiación que emociona mucho a los mexicanos y en donde ya ha triunfado múltiples veces el talento nacional. Sin embargo, ROMA incidió de muchas maneras en las vidas de sus espectadores y así no faltan motivos para celebrarla.

Te presentamos 6 razones por las que, a pesar de todo, Roma es ya una película esencial.

Acercó a muchos a un estilo muy particular de cine

Definitivamente ROMA no se parece nada a los productos típicos del cine comercial; sin embargo su éxito podría hacernos pensar que estaba hecha para ser extremadamente popular. En gran medida la enorme publicidad que se le hizo y la inmensa expectativa que generó durante la temporada de premios tuvieron que ver con esto, pero la cosa es que, ROMA terminó por ser vista y nos expuso a un cine de cadencia lenta; con una narrativa que no está ahí para sorprender, sino para emocionar; que está en blanco y negro y que se narra desde un punto de vista que normalmente no es reconocido. 

Nos introdujo a Yalitza Aparicio

ROMA nos dejó muchas cosas buenas, pero una que nos da mucho gusto es la interacción a gran escala con la maestra y actriz Yalitza Aparicio. No solo es la primera mujer indígena nominada al Oscar de Mejor Actriz, sino que como lo declaró Cuarón después de los premios, ha sabido aprovechar bien su papel para hacer declaraciones en favor de la diversidad, la equidad de género y el respeto a los pueblos indígenas.

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Trajo a la mesa la conversación sobre las empleadas domésticas

A muchos la postura de ROMA les parece en última instancia clasista o hipócrita, pero a otros les parece realista. Para nosotros ROMA documenta más de lo que critica, pero, al exhibir ciertas situaciones, nos está invitando a discutirlas y a formarnos una opinión sobre ellas.

Esto sucedió y a gran escala con el asunto de las empleadas domésticas en México, de la forma en que son tratadas por sus empleadores y de su falta de derechos laborales. Afortunadamente, esto último podría cambiar muy pronto y la conversación sigue abierta. ¿Cómo hacemos de la labor doméstica un asunto digno, no solo en la práctica, también en su conceptualización?

Nos recordó que México es un país enorme

Y lleno de diversidad, donde se hablan muchísimas lenguas y donde habitamos toda clase de personas. Y que esto no es malo; al contrario: es por mucho nuestra mejor cualidad.

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Nos enseñó que la violencia está en las pequeñas cosas

En las discusiones familiares, las peleas de hermanos, la forma en la que tratamos a la gente que realiza un trabajo para nosotros, los pequeños actos de racismo. Todas estas son las pequeñas formas en que se manifiesta la violencia y Cuarón nos recordó que a la larga, se suman y ese río de furia, de odio, de confusión y dolor desemboca en un mar terrible de represión, guerra y crímenes que difícilmente podrían ser solucionados.

Pero que el cariño y el reconocimiento pueden apaciguar ese mar

Igualmente, son los pequeños (pero potentes) actos de cariño los que pueden disminuir el dolor y la confusión. Sobre todo, el reconocimiento de lo que otros hacen por nosotros y del valor de su estar-ahí. Como nos enseña ROMA, la clave es respetar la forma en que cada uno se identifica a sí mismo y tratar a quienes nos rodean con ganas de cuidarlo, de hacerlo sentir bien y no lo contrario. Tratémonos con bondad, aunque pensemos que nuestras diferencias nos hacen muy lejanos.