Las máscaras que revelan el interior místico de los mexicanos (GALERÍA)

Las máscaras rituales mexicanas canalizan poderes divinos, conectan pasado y presente, abren un umbral entre este y otros mundos.

Más que ocultar, las máscaras rituales revelan el interior místico de quien las porta. 

Algunos piensan que sirven para canalizar poderes divinos o abrir una suerte de umbral entre este y otros mundos. Combinadas con las danzas sagradas adquieren un poder muy particular. Por eso nunca faltan las máscaras en las fiestas tradicionales mexicanas. 

Y como tenemos tantas máscaras como rituales, nuestro territorio podría presumir miles de caras. Algunas inmensamente grotescas, evocan nuestro lado más oscuro y diabólico; otras tratan de parodiar (a veces con cariño, a veces con franqueza) a un enemigo o sujeto extraño. 

Sin duda, las máscaras son uno de los objetos artesanales más vibrantes e interesantes. Cada una tiene una historia particular y ha sido construida con materiales típicos de la tierra que le da origen. Tal vez por eso las máscaras ceremoniales han fascinado tanto a la fotógrafa Phyllis Galembo, quien por más de 30 años se ha encargado de coleccionar, fotografiar e investigar máscaras de todo el mundo.

En su libro “Mexico Masks/Rituals” presenta algunas imágenes muy especiales de las máscaras que exhiben lo más profundo de nuestro intrincado tejido cultural. Además, trata de explicar los mensajes políticos, culturales, religiosos y sociales impresos en ellas.

Su propósito es, ante todo, “mirar al mundo con buenos ojos”, hacer que sus lectores y espectadores entiendan el enorme “sentido de comunidad, creatividad, generosidad y apertura de espíritu” que envuelve a la fiesta mexicana. 

Para muchos es claro que nuestras fiestas tradicionales se tratan, en primer lugar, de reforzar lo comunitario; por eso no es raro que nos encante compartirlas con todo el mundo y que la comida y bebida fluyan incesantes en las casas y las calles de los barrios. 

La manera tan abierta y grandilocuente con la que los mexicanos abordamos lo divino es, definitivamente, uno de nuestros rasgos más nobles.

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Hermosos rituales rondan la milpa en Veracruz (IMÁGENES)

Explora las vibrantes creencias antiguas que resisten entre estos campesinos veracruzanos y conecta con la cara más mística de la naturaleza.

“La tierra es vida para nosotros. Nos da el sustento”, le dijo Arcadio Baxin a Felipe Oliveros. Arcadio es músico y campesino y Felipe es fotógrafo autodidacta. Ambos son originarios de la región de Los Tuxtlas, en Veracruz y comparten la noble misión de mantener activas las tradiciones de su comunidad; especialmente, los rituales en torno a la siembra del maíz. 

“Mi trabajo fotográfico explora el género documental, la noción de identidad y el imaginario simbólico presente en la región de Los Tuxtlas, situada en la zona sur del estado de Veracruz. Este interés me ha llevado a narrar visualmente historias relacionadas a las tradiciones y el misticismo propios de mi comunidad.”

Rituales en torno a la siembra

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Cuando comienza un nuevo ciclo de la milpa, las calles de Veracruz se llenan de color: son los liceres o “tecuanes” (como los conocen en algunas regiones del Sur de México, como Guerrero y Morelos), jóvenes vestidos de jaguares que a través de danzas rituales invocarán al señor de la lluvia. Es una práctica sincrética que se ha popularizado mucho y que, como explica Felipe Oliveros, ha adquirido tintes carnavalescos desde la conquista.

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El 13 de junio, día de San Antonio, se celebra la fiesta. Pero la danza se repite el 24 del mismo mes, en el día de San Juan y de nuevo el 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo. Los bailes van acompañados de gritos y bramidos, que “emulan a un jaguar” y también a la tormenta.

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La práctica puede parecer un espectáculo para algunos, pero para campesinos como Arcadio y sujetos como Felipe, el ritual es vital: “Muchos viven nada más por vivir, no creen en nada. Pero como decía mi papá ¿en qué te vas a agarrar?” le dice Arcadio a Felipe y el fotógrafo concuerda: “La lluvia es necesaria para la vida en el campo”, escribe, “[…] el ser humano necesita creer en la representación de fuerzas que están más allá de su control. A pesar de la modernidad, seguimos danzando.”

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La semilla es el núcleo de todo

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Los dos veracruzanos se encontraron gracias al son jarocho. Pero a Felipe le interesaba hablar con Arcadio sobre el campo, sobre las tradiciones que ahí se articulan: “Yo sé que él se dedica también al campo, así que decidí acercarme a platicar con él sobre toda esta tradición que envuelve conservar la semilla y sembrar para tener el sustento.

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Tal vez lo más relevante para Felipe, lo que realmente buscaba retratar, fueron los lazos comunitarios que estas tradiciones entretejen: “Pienso que es importante mostrar cómo es que una tradición puede lograr el bienestar de todos.” Explica Felipe que, en Los Tuxtlas, “la agricultura va más allá de sembrar y recoger el producto; es todo un estilo de vida que hace comunidad.”

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La semilla es el núcleo de todo. Las semillas se pasan entre abuelos y nietos, padres e hijos: “Desde que yo abrí los ojos, conocí esta semilla, y en mis manos lleva 50 años”, explicó Arcadio Baxin a Felipe. Esta práctica es fascinante y conmovedora: 

“Para lograr la conservación del maíz criollo, se presta o se vende la semilla para sembrar; puede ser entre camaradas o familia. Es una especie de trueque, que mantiene unida a la comunidad; a través de la siembra, y estos intercambios, se mantienen los lazos de comunicación entre los habitantes […] y otras comunidades cercanas.” Así lo explica Felipe

Si no cuidamos la tierra, nos vamos a quedar sin nada

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Y aunque estas formas de relacionarse con la tierra resisten, también se hacen cada vez más frágiles, igual que los rituales y las creencias. Lo preocupante es que hemos dejado de creer en la naturaleza, tal vez la más divina de las entidades presentes. Como escribe Felipe: “Si no cuidamos la tierra, nos vamos a quedar sin nada.” Por suerte, dice Felipe:

“A través de las tradiciones, de la herencia y creencias de nuestros pueblos, de alguna forma se va fomentando la preservación de la naturaleza, la organización comunitaria y la defensa del territorio.”

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Las tradiciones nos reúnen y tenemos que organizarnos

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La organización comunitaria es un antídoto esencial en estos tiempos. Es la única defensa que tenemos ante esta modernidad omnisciente y también ante la inmensa violencia. Explica Felipe Oliveros: 

“[…] en estos espacios se generan universos lejos de cualquier forma de violencia, o problema social actual; gracias a la preservación de diversas tradiciones y costumbres. 

Me parece importantísimo que las nuevas generaciones o los no tan nuevos recuerden un poco cómo es que se vivía antes, haciendo comunidad, preservando los recursos naturales, organizando todo para un bien común, lejos de la violencia, mirando al otro, dejando la individualidad a un lado. 

Hace falta en estos tiempos tener algo de dónde agarrarse para generar un cambio. Un pueblo con identidad es un pueblo sano y es la mejor herencia que podemos dejar a las nuevas generaciones.”

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Mira más del espectacular trabajo de Felipe Oliveros aquí.

*Imágenes e investigación: Felipe Oliveros, “Corazón del monte”

Escucha la leyenda nahua sobre el origen del mundo que inspira un ritual sagrado

El fotógrafo Yael Martínez generó esta hermosa representación visual de una leyenda mexicana sobre el origen del mundo.

“Nosotros comemos la tierra y la tierra nos come a nosotros, porque la tierra es el principio y el fin de todas las cosas.” Así describe nuestra relación más sagrada la hermosa pieza audiovisual del fotógrafo guerrerense Yael Martínez

“La sangre y la lluvia” narra e ilustra la leyenda sobre el origen del mundo que inspira un ritual sagrado típico de Guerrero. De acuerdo a las creencias de las comunidades de la zona, antes de que la Tierra fuera ella misma, antes de que cualquiera pudiera nombrarla, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca atraparon el cuerpo de Tlaltecuhtli (“nuestra señora de la tierra que sembramos”) y lo partieron por la mitad, creando el cielo y la tierra.

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De este cuerpo nacieron absolutamente todas las cosas: ríos, cavernas, flores y vegetales. Pero Tlaltecuhtli pedía corazones para alimentarse a cambio de toda esta abundancia. En el ritual contemporáneo, las comunidades hacen sacrificios menos aniquilantes.

Cuando es tiempo de pedir por la lluvia, se hacen distintas ofrendas para alimentar a las cruces pintadas de azul, que están en representación de la Señora de la tierra y de Tláloc. También se hacen rituales en las cavernas y oquedades de los cerros, comúnmente asociadas con el Señor de la lluvia. 

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Pero la sed de sangre de estos seres divinos no ha cesado, por eso se sacrifican guajolotes y los jóvenes de los pueblos se visten como tigres, preparándose para una batalla muy particular. En Zitlala y otras comunidades, se golpean efusivamente, en un apasionado ritual que busca el derramamiento de sangre. Por cada gota del líquido vital caerá una de lluvia: la tierra nos come a nosotros.

Este proceso místico es descrito en “La sangre y la lluvia”, ilustrado con las hermosas fotografías de Martínez, que definitivamente logran capturar la magia de los rituales. Combinadas ingeniosamente con los gráficos de Orlando Velázquez y el poema de Isaac Carrillo Can, evocan las múltiples capas que componen las creencias de las comunidades en Guerrero.

Escucha la leyenda completa:

Descubre más sobre la obra de Yael Martínez aquí.

El enternecedor ritual de la “muerte niña” (GALERÍA)

De entre los rituales mexicanos en torno a la muerte este podría ser uno de los más extraños (pero también preciosos).

De entre las prácticas mexicanas en torno a la muerte, el enternecedor ritual de la “muerte niña” podría ser uno de los más extraños y preciosos. La costumbre de retratar a los difuntos se popularizó en México a mediados del siglo XIX, pero se volvió especialmente importante para las familias católicas que perdían a un niño o niña. 

Si fallecían los más jóvenes de la familia, se acostumbraba vertirlos de “angelitos” y tomarles un retrato en un acto que servía para despedirlos, pero, sobre todo, celebrar su entrada inmediata al cielo. Es común la creencia de que, cuando un niño muere, está libre de pecado; en gran medida porque su “partida prematura” no le da tiempo de corromperse en el terreno mundano. 

La costumbre aún resulta sorprendente para muchos y cada vez es menos practicada, pero desde que llegó a nuestro país y hasta finales del siglo XX era absolutamente común. De hecho, hay fotógrafos cuyos nombres se hicieron grandes en torno a estos retratos mortuorios: Juan de Dios Machain de Jalisco, José Antonio Bustamante Martínez de Zacatecas; Romualdo García de Guanajuato y hasta los hermanos Casasola (que también fotografiaron a Zapata), en el Distrito Federal.

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Juan de Dios Machain. Finales del s. XIX y principios del XX. Plata sobre gelatina. Colección particular.

Además, por más extraña que parezca, no deja de ser de carácter sagrado: desde la elección de la vestimenta, la escenificación en torno al cuerpo y la toma de la fotografía; cada detalle del ritual se ejecuta con cariño, cuidado y la firme creencia de que al niño perdido no lo lamentamos, le celebramos su condición de pureza.

Sin duda, todos los rituales guardan una cualidad consoladora: al practicarlos le otorgamos propósito y explicación a fenómenos que se se escapan de nuestras manos. Nos reconfortan las mitologías que los envuelven, pero también la sensación de que a través de ellos mantenemos activas energías divinas o que, simplemente, están en un plano cuyo lenguaje desconocemos. 

Es muy posible que mantener una cercanía tan intensa con la muerte y entenderla como una posibilidad palpable, una realidad ineludible, nos ayude a navegar mejor la existencia. Los mexicanos no solo “apreciamos más la vida”, sino que sabemos también darle su lugar al evento máximo: la muerte; evento que, aunque no podremos —paradójicamente— experimentar en carne propia, sí nos toca vivir por lo menos un par de veces. 

Así, aunque puede ser desgarrador admirar estos retratos de “muerte niña”, también es inmensamente reconfortante adivinar el cariño de las familias que los ensamblaron.

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