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Mira cómo miles de flamencos dibujan un tapiz rosa en la Biósfera Ría Celestún (FOTOS)

En una de las Reservas más biodiversas de México se generan las condiciones para que el flamenco rosa viva permanentemente en él.

Estilizados como pocos animales, los flamencos son una metáfora animada de la elegancia. Sus largos cuellos, extensas patas, pelaje suave, y andar con gracia, los han vuelto ícono de la distinción. Por su parte los flamencos rosados son especialmente apreciados como un espectáculo por su colorido en contraste con la natura.

Los flamencos rosados, gregarios como lo es su especie, se congregan y entonces generan ambientes de contrastes poco usuales (en grupos de unos 500 ejemplares).

En la Reserva de la Biosfera Ría Celestún en los estados de Campeche y Yucatán se genera una combinación de estuario, manglar y playa costera; y en su suelo fangoso se produce un pequeño crustáceo (Phoenicopterus ruber) el cual es precisamente el alimento del flamenco rosado y el que genera su hermoso tono.

Este lugar, una de las Reservas más biodiversas de todo México, es el único hogar del flamenco rosa de todo el hemisferio norte del continente americano. Se le conoce como una gran reserva de humedales costeros; aquí el agua dulce de la ría (estuario) se mezcla con el agua salada del Golfo de México. Además de los flamencos (aves monógamas y sociales como pocas otras), el lugar es también hogar de más de 300 aves.

 

 

Creatividad a favor de la conservación: aves mexicanas de madera (FOTOS)

La serie de aves creada por el diseñador Moisés Hernández es una oda a la belleza y la conservación.

Las aves han sido parte imprescindible en la cultura de las tierras mexicanas. Por solo mencionar algunos ejemplos, un colibrí (que representaba a Huizilopochtli), fue el ave que encaminó a los mexicas en su trayecto a su Tierra Prometida, Tenochtitlán. Por su parte, para los mayas, esta ave era la que llevaba los mensajes de los dioses a los hombres.

En el caso del hermosísimo quetzal, el gran valor que se le otorgaba se manifiesta en que su caza implicaba la pena de muerte para los mexicas, y como muestra de su aprecio por esta ave, sus plumas conforman casi cabalmente el Penacho de Moctezuma. También tenemos el tucán, imponente con sus magníficos colores al sur de México, y de estas tres aves emblemáticas, y que se encuentran altamente amenazadas por la acción del hombre, el diseñador mexicano Moisés Hernández recientemente lanzó una hermosa serie en madera en la que combina la tecnología conocida como CNC, y la cuál consiste en la conversión que hace una computadora, por medio de un software, de un diseño a números, para asó guiar el proceso de elaboración de la pieza.

Su serie materializó en madera hermosos diseños minimalistas, justo, de las aves que mencionábamos anteriormente. Luego las pintó a mano, dando un efecto del intrincado colorido de las plumas de las aves. Su serie no es solo una manifestación de las nuevas tendencias tecnológicas del diseño, es también un llamado a la diversidad, a volver a ver desde los ojos de la belleza la riqueza natural que nos necesita.

Conoce más de la enorme biodiversidad de México, explorando miles de plantas y animales endémicos aquí.

Imágenes: moises-hernandez.com
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La inmensidad y hermosura de la selva de Calakmul como nunca la habías visto en este video

Ahí adentro se desenvuelve la vida como en pocos lugares del mundo, imágenes y sonidos encantadores de la Reserva de la Biósfera de Calakmul, la selva más grande de México.

Cada vez nos hallamos más lejos de la naturaleza. Por milenios, los hombres hacían sus construcciones en relación al funcionamiento de la natura, y no al revés como hoy sucede. Un ejemplo de una relación armónica, de cooperación y gratitud con la naturaleza se da en la Reserva de la Biósfera de Calakmul, donde hoy, aún con la época en contra, se conserva la selva más grande de México, y una de las extensiones de climas tropicales protegidos más grandes del mundo, con hasta 723 mil hectáreas.

Hoy, en la Reserva de Calakmul, la selva persiste en su escabroso y bellísimo tejido de vida; allí adentro existen aún hasta 350 especies de aves, 86 de mamíferos (incluyendo el magnífico jaguar), 200 de mariposas y 70 de anfibios. Por su parte se calcula que guarda hasta más de 2000 especies de árboles y plantas.

Las nubes descienden a complejas bóvedas de vegetación, y se dice que allí adentro, hay días en los que no puede decirse de bien a bien en qué hora del día se está. Este lugar, que le recuerda al hombre lo ínfimo que es ante la naturaleza, es un vestigio viviente, en su interior se crean coros de sonidos casi extintos.

Este video realizado a petición de la Unesco por parte la organización Calakmul, Patrimonio Mixto y de la Asociación Civil Ocelote Artes y Sostenibilidad A.C, y en coordinación con la Secretaría de Cultura, Instituto Nacional de Antropología e Historia,  Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Comisión Nacional de Areas Naturales Protegidas, el Gobierno del Estado de Campeche, La Reserva de la Biosfera de Calakmul, Centro de Estudios Cinematográficos INDIe y la Asociación Civil Ocelote Artes y Sostenibilidad, ha llamado la atención y conseguido la Menzione Speciale World Wildlife Found Sassari.

Ha sido exhibido también en lugares como Kuala, Lumpur – Malaysia, Chile y Serdegna, Italia y  solicitado en las embajadas de la Unión Europea, Arabia Saudita y Dinamarca. En México estará presentándose próximamente. Te dejamos una arrobadora aproximación en imágenes y sonidos que te dejarán encantado por este lugar.

Puedes consultar las fechas de presentación de este material tanto en su Facebook como en su Twitter.

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El canto de las palomas habaneras

Las palomas habaneras forman parte elemental de los centros históricos de las ciudades de México, y sigilosas se adentran a la historia de muchas personas y familias.

 

A mi padre: Carlos, y mi abuelo, Jesús D.

 

¡Oh, alma ciega!, ármate con la antorcha de los Misterios,

y en la noche terrestre descubrirás tu Doble Luminoso,

tu alma celeste. Sigue a ese divino guía, y él sea tu Genio.

Porque él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras.

(Hermes Trimigesto -Llamada a los iniciados.)

 

“¡No cantan, gorjean….!” Les decía su abuelo cada que comenzaban su concierto. De niños, nunca entendieron el significado completo de la palabra “gorjear”. Pero lo descubrirían vívidamente al escucharlo todas las mañanas y a veces al anochecer, cuando los machos ostentaran sus pequeños buches ante las hembras de cuello fino, rodeadas por sus collares de líneas oscuras, para seducirlas. Inclinándose al ritmo de sus canciones y elevándose de nueva cuenta cada vez, para volver a mostrar el buche e hipnotizar a sus parejas.

Y ellos recordarían la palabra “gorjear” muchos años después, cuando el abuelito se hubiera ido de este mundo y tan sólo les quedaran sus recuerdos, evocados por el sonido de las palomas. Por eso siempre les gusto tener palomas habaneras, puesto que les recordaban al anciano patriarca. Aquel canto inducía ciertos estados de calma por las madrugadas, desde las cinco, en las mañanas frías. Unos sentimientos casi místicos de tan cotidianos y naturales venían acompañando esos cantos. Perdidos en la infancia más remota y tranquila. Les hacían sentir que aunque el amanecer se encontraba cerca, aún podían permitirse dormir un poco más antes de la hora de levantarse e ir a la escuela. Igual que si todos los días fuesen domingo.

“¡No cantan, gorjean…!”

Un día que se encontraban de paseo, el abuelo compró un par a un pajarero en Coyoacán, que según les dijo, venía desde Querétaro con todo y su cargamento de aves. Las puso en una jaula de bambú y ellos se las trajeron hasta Guadalajara en el autobús. Eran muy prolíficas, muy cariñosas entre ellas, buenas para hacer su nido en una vieja lata de sardinas y procrear todo el año. Sin importar en lo absoluto de qué estación se tratara. Eso sí, muy fieles entre ellas, pues casi nunca cambiaban de pareja, una vez elegida la adecuada. A menos que el macho fuese medio flojo y no frecuentara el nido familiar. Pronto, del primer par que se habían traído de México, surgió toda una parvada.

Su papá les fabricó un palomar y ellas tuvieron más espacio, volando en su interior, desde los comederos en el piso, donde las alimentaban con maíz quebrado, millo y pedazos de pan duro, hacia sus nidos fabricados con cajas de madera, desde donde asomaban los pichones que aún no se atrevían a descender, exigiendo a sus progenitores su obligada ración alimenticia.

Cuando el abuelo vino de visita, al año siguiente, traía otro par de habaneras, esta vez de color blanco: “copos de nieve…”. Les señaló que se llamaba a aquella variedad. Resultó que ambas eran hembras y al liberarlas en el palomar, rápidamente fueron captadas por dos jóvenes y ganosos machos marrones que parecían esperarlas con ansias. De su cruza no tardaron en poblar el palomar toda una casta de palomas pintas: blancas con manchas café, marrón y negras, incluyendo sus obligados collares, resultando llamativas y elegantes. Las hijas e hijos de estas se mezclaron con las primeras generaciones: color canela y café, generando extraños matices de marrón con puntos blancos, negros y grises. El patio de la casa siempre estaba lleno de su hipnótica música y su gorjeo.

Para el mes de diciembre, el abuelo, quien sabía muchísimo de palomas y aves, pues había pasado su infancia en Tlaltenango de Sánchez Román, en Zacatecas, rodeado de cenzontles, mirlos, canarios, gorriones, periquitos y palomas, les explicó la historia de las habaneras:

“… en realidad no se llaman habaneras, sino palomas de collar. Y no son de la Habana, sino de Medio Oriente. Los turcos las llevaron a España, y ahí se aclimataron perfectamente, poblando por completo la península, enamorando a la gente, que se sintió encantada teniendo a una pareja o más en pequeñas jaulas en sus ventanas. Los españoles las trajeron más tarde y se adaptaron perfectamente a América, proliferando desde Sudamérica hasta los Estados Unidos…”

Y el abuelo interrumpía su historia para dar varias caladas a sus cigarros Raleigh y beber café de Colima.

La historia fue interrumpida cuando llegaron nuevos invitados y el anciano se tuvo que levantar de su equipal para saludar a los recién llegados, que también eran hijos y nietos suyos. El abuelo era igual de prolífico que sus palomas.

Tuvieron que completar la historia de las palomas habaneras por ellos mismos, porque al año siguiente el abuelo no pudo regresar a Guadalajara , debido a un paro respiratorio, falleciendo al poco tiempo. Su amor por el cigarro, igual o más fuerte que el de las aves, no ayudaría mucho a sus pulmones ni a su corazón.

Dedujeron por cuenta propia que las palomas de collar o comúnmente denominadas habaneras, en algún momento escaparon de sus jaulas y comenzaron a mezclarse, cariñosas y fecundas como sabían ser, con las variedades de palomas silvestres de México: con las palomas pintas de montaña, con las güilotas y con otras negras que también tenían su propia variedad de canto.

Las ciudades del Occidente de México no tardaron en poblarse cada vez más y en acostumbrarse a la presencia de las palomas de collar y a las nuevas y extrañas cruzas que surgían con las mezclas de todas, aún más prolíficas, cantadoras, amorosas y adaptables que sus antecesoras. Anidando en árboles, postes de luz, balcones, azoteas y torres.

Pronto las verían llenar los árboles en el Jardín San Marcos en Aguascalientes hasta saturarlos, los Centros Históricos de Morelia, Zacatecas y Guanajuato, y las antiguas colonias empedradas de Guadalajara.

“¡No cantan, gorjean…!” Recordarían cada que fueran llenados los comederos en el palomar de su patio, cada que se dieran las cinco de la mañana y sintieran que aún podían quedarse un poco más en la cama durante las madrugadas frías, antes de tenerse que levantar para ir ahora a trabajar, o para llevar a su propia descendencia a la escuela.

 

*Imagen:Adrian Braidotti

 

Adán de Abajo
Autor: Adán de Abajo
Escritor y músico, psicoterapeuta. Asiduo lector omnívoro y colaborador de Pijama Surf.