Lecciones de los pueblos indígenas para los gobernantes de México

Si nuestras políticas resonaran con la naturaleza, con lo espiritual y lo comunitario tendríamos vidas muy distintas…

julio 13, 2018

La resiliencia de los pueblos indígenas a través del tiempo es suficiente evidencia como para afirmar que de sus formas de vida podemos extraer lecciones muy valiosas. Y aunque estas comunidades han cambiado considerablemente a lo largo de su historia han mantenido bastante estables sus cosmogonías y los territorios que habitan (esto último ha sido extremadamente difícil).

Tal vez el secreto está precisamente en que han sabido administrar cuidadosamente sus recursos —los territoriales y, de manera particular los espirituales— a través de compromisos concretos con el mundo que los rodea y con las personas con quienes co-habitan el espacio. En palabras tal vez más cercanas: el secreto de los pueblos indígenas podría ser su ejercicio de gobierno.

Así, vale la pena extraer algunas lecciones que resuenen en espectros muy amplios y que con un poco de suerte sirvan para inspirar a los gobernantes de México y, por qué no, a todos los que queremos participar de este país.

El mundo es un horizonte

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Para grupos como las comunidades mayas y nahuas, el mundo o “la realidad” no se segmentan con la precisión y arbitrariedad propia de las sociedades contemporáneas de Occidente. Al contrario, funcionan como un fluido que no establece fronteras entre lo humano, lo técnico y lo natural o entre lo sagrado y lo profano.

Esto no significa que todo es sagrado o natural, pero sí que cada acción tiene consecuencias en todos los terrenos, de forma orgánica. Así, quien gobierna entiende lo importante que es enfatizar en esta responsabilidad y pensar siempre que tanto la naturaleza (y el territorio habitado) como la espiritualidad van en primer plano. Todas las “políticas”, entonces tienen que generarse con estas dos cosas en mente.

La decisión política es una fiesta colectiva

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Se ha escuchado nombrar a las elecciones en México una “auténtica fiesta electoral”. Francamente nada más alejado del evento referido. Y tal vez sea la ambición de ser un territorio gigante y diverso, administrado, en realidad, por un solo poder central lo que nos ha llevado a hacer de nuestros procesos democráticos momentos de estrés, lucha, desacuerdos y hasta miedo.

Para otras comunidades en México, como los yaquis y los rarámuri el asunto es muy distinto. La democracia es un proceso donde realmente se hace hablar a la voluntad del pueblo, a través de un ejercicio demandante pero precioso: el consenso. En estos grupos sociales los acuerdos aparecen después de largas reflexiones y discusiones en asamblea. Además, el poder más relevante (específicamente para los rarámuris) es la asamblea comunitaria, no el gobernador. Por otro lado, en la asamblea no se actúa para representar los intereses de una parte (o partido, podríamos decir) sino en la búsqueda del bien común.

Además, este acto político suele estar ligado a la fiesta y a distintos rituales. Porque es en la fiesta donde las comunidades resuelven sus problemas y donde se permiten comunicarse, de manera simultánea, con las autoridades, con los planos divinos, con la naturaleza, con los vecinos y con el propio cuerpo. La fiesta y el baile están siempre ligadas a las decisiones políticas.

Hay que escuchar a los que más han vivido

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Los viejos no son sabios sólo porque sí; en su acervo mental y espiritual se guardan un inmenso abanico de experiencias de vida. Todas estas referencias sobre el mundo les permiten ser profundamente comprensivos. Por eso en casi todas las comunidades indígenas los más sabios son elegidos líderes. Para los nahuas se llaman “tlamatinime ” y se les escoge porque saben de los dioses, de la tierra y de la lengua ancestral. Los tarahumaras le llaman “siríame” y lo consideran el juez de la vida pública, que también reúne esa administración con el dominio espiritual. Valdría entonces para cualquier gobierno tener bien cerca a quienes son viejos, a quienes pueden narrar de la tierra más de lo que otros solo sospechan.

Comunicarse es importante, pero resonar es vital

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Los mayas lo saben: la comunicación es fundamental, hay que hablar y decir lo que se está sintiendo; pero resonar, es decir, ser receptivos con el entorno, comprenderlo y dejarse comprender por él es absolutamente vital. Así, eso que llamamos “comunicación social” no puede ser unilateral, ni puede abarcar una sola intención. Los gobiernos deberían encontrar maneras de dialogar con todas las voces que piden ser escuchadas y deberían de construir tratando siempre de ser flexibles. La comunicación tiene canales fijados, pero resonar con el mundo es una construcción constante.

El poder es una fuerza; si reúne o separa, depende de cómo se administre

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Entre los yaquis hay una costumbre curiosa (que se repite en otras comunidades), cuando un sujeto asume “el poder” recibe un bastón que se ha transferido entre generaciones. Este objeto es un emblema de su autoridad. El bastón es un fetiche; es la cosa que encarna esta fuerza que rige las relaciones comunitarias. Y esa fuerza es resultado de la tensión constante entre sujetos con necesidades particulares que tienen que aprender a vivir juntos y necesitar juntos.

Así, el poderoso administra la tensión social y depende de su ejercicio que la comunidad se reúna o separe. ¿Por qué estar unidos? Porque en el intercambio constante podemos construir cosas magníficas. ¿Cómo mantenernos unidos? Administrando el poder con delicadeza (y también con cariño por eso que se está representando), buscando el consenso, la resonancia, la sabiduría, la extensión horizontal.

También en Más de México: Lecciones desde los Altos de Chiapas: los indígenas y el buen vivir (Lekil Kuxlejal)

*Imágenes: 1) Guillermo Estrada (modificada); 2 y 6) Ignacio Rosaslanda; 3, 4, 5) Crédito no especificado; 

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