Descubre cuánto sabes en realidad sobre los pueblos indígenas de México (TRIVIA)

Aprender un poco sobre estas comunidades es vital… ¿Te avientas el reto?

Todas las visiones que hemos fabricado sobre los pueblos indígenas tienen algo de injusto.

Hay quienes dicen que los indígenas son los habitantes originarios del país; pero se olvidan de que todos somos nativos de algún lado. Otros los pintan como sujetos folklóricos, ajenos a cierta noción sobre ciudad y sociedad; pero tal vez no saben que hay muchas personas que se llaman a sí mismas indígenas y viven en las ciudades y que no: no todos los indígenas se dedican a hacer artesanías.

También hay quienes los vislumbran como seres místicos, incluso mágicos y no saben que alejarlos así de lo cotidiano también es discriminar. Y, claro, hay otras personas que abiertamente discriminan a quienes reconocen como parte de estas comunidades.

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Y es que se nos olvida que México no es una síntesis de diversas culturas; al contrario: es una compleja sustancia en permanente composición (y descomposición), donde los intereses de millones de personas se cruzan con los de los demás.

Y entre todos esos sujetos, hay unos cuantos que se llaman a sí mismos indígenas, y otros que se llaman nahuas, wixárikas, rarámuris, chontales, tzotziles, purépechas, mazahuas o, por qué no, mexicanos. Depende de cada uno.

Al mismo tiempo, todas las narraciones y visiones que hemos construido sobre estas personas y sus comunidades, tienen una fuerza tremenda y, en realidad, nos hacen olvidar que cuando hablamos de “indígenas”, hablamos de gente, con vidas ordinarias; como la tuya y la de todos los que te rodean. Así, es interesante hacer el siguiente ejercicio: bajar el asunto a los números, reconocer la presencia de estos pueblos y también, aprender un par de cosas al respecto.

¿Por qué? Porque compartimos este espacio, esta tierra, y aunque “los indígenas” son como cualquier otro grupo humano, son uno del que algunos se han alejado tajantemente y vale la pena abrir las vías al intercambio de saberes; dejar de considerarlos tan extraños.

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Cada uno de nosotros es portador de saberes y tradiciones que sirven para mejorar la vida presente, desde los consejos de las abuelas, hasta cada cosa que aprendimos en la escuela o gracias a nuestras experiencias de vida.

Los sujetos indígenas son guardianes de tradiciones ligadas a creencias que buscan conocer de forma empírica el territorio que habitan, basadas en cosmovisiones con un tipo de organización muy distinto al estándar occidental, que propone formas propias de gobernar, de educar, de practicar medicina, arquitectura, arte y hasta de comer.

¿No sería fantástico poder intercambiar estos saberes? Por lo menos para tener más opciones.

Te proponemos un primer reto: una trivia para que demuestres cuánto sabes sobre los pueblos indígenas de México. Tal vez sabes un montón y seas tú el que tiene que compartir lo aprendido o tal vez terminas con muchas preguntas y una curiosidad deliciosa que solo se resuelve intercambiando, platicando y conociendo.

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*Imágenes: 1) Crédito no especificado; 2) Nacho López; 3) Alfredo Martínez Fernández.

A constelar el desarrollo mexicano (para reconciliarnos con nuestra propia sangre)

Ser mexicano y discriminar a otros es absurdo, porque implica atentar contra uno mismo… Aquí una pista sobre la práctica contraria.

En México no hemos logrado sostener el desarrollo debido a que no nos podemos reconciliar con nuestra propia sangre. En la lógica de la psicología transpersonal, esto resulta mortal. Lo que algún día se intuyó, hoy se puede comprobar con una gota de saliva: se calcula que más del 95% de la población mexicana tenemos sangre indígena. Esto incluye a la alta aristocracia mexicana, de la cual muchos se sienten procreados por los mismísimos reyes de España. La gran paradoja de la discriminación contra lo conquistado o contra lo conquistador es que ambas razas recorren el ADN de nuestras células. En otras palabras: vivimos discriminándonos a nosotros mismos.

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La historia mexicana se ha encargado de encubrir a los millones de indígenas asesinados durante la conquista. La realidad es que el desplome demográfico de la población autóctona no sólo se debió a las epidemias, hubieron violaciones, vejaciones y asesinatos. Al mismo tiempo, prevalece un odio muy arraigado contra los conquistadores y su prototipo actual. Personalmente conozco españoles refugiados del franquismo a quien les tocó en las fiestas del grito en el Zócalo la arenga, que duró mucho más de un siglo, de: “mueran los gachupines”. Sin duda, sangre gachupina recorría las venas de la mayoría que agredía con esas frases ofensivas.  

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Y la necesidad de la palabra reconciliación casi no se encuentra en los libros de texto. Quien haya intentado aprender náhuatl, como yo, habrá descubierto que es de las lenguas más difíciles para un hispanoparlante, más difícil que el ruso o el chino. Miguel León Portilla, primo hermano de mi abuela, Ángeles Gamio León, después de dedicar toda su vida al estudio del náhuatl, reconoce que todavía lo habla con deficiencias. Y las lenguas no son otra cosa que el reflejo de la forma de pensar de un pueblo. La cosmovisión del pueblo mexica y la del ibérico no tenían nada que ver cuando se encontraron. Cuando resolvamos ese dilema, habremos verdaderamente encontrado el camino para forjar nuestra nación.

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En la lógica de un profundo mestizaje en donde el 95% de la población podría tener sangre indígena, cualquier tipo de sentimiento o actitud discriminatoria hacia lo indígena o hacia lo ibérico, se convierte en un auto-ataque. Es algo similar a las enfermedades autoinmunes, en las que el mismo organismo de una persona se destruye a sí mismo. Esto podría estar teniendo repercusiones terribles para el desarrollo personal de cada mexicano en lo monetario, en lo laboral, en lo físico, en lo familiar, en lo sexual.

La psicología transpersonal cada vez adquiere mayor relevancia científica dentro de las universidades más prestigiadas del mundo. Uno de los fundamentos de la psicología transpersonal son las interconexiones energéticas que existen entre los seres humanos, en particular con quienes se comparte material genético.

Quien haya participado en una “constelación sistémica”, que es una metodología de la psicología transpersonal, no podrá negar que hay fuerzas que conectan a las personas con sus ascendientes por consanguineidad. Eventos dramáticos que le ocurrieron a padres, abuelos, bisabuelos, incluso un siglo atrás, podrían estar incidiendo hoy en nuestras vidas. Debido a que las “constelaciones familiares” es un metodología reciente, aún en desarrollo, hay que tener cuidado, en particular con practicantes sin certificaciones universitarias serias.

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En esta lógica, el hecho de que nuestros ancestros hayan violado, vejado y matado a nuestros propios ancestros tiene repercusiones, ya no simbólicas, sino reales, en nosotros, en el ámbito físico y emocional. Así es prácticamente imposible lograr un desarrollo nacional. La única solución que tenemos para lograr un desarrollo sostenido, tanto en lo individual como en lo nacional, es llegar a una verdadera reconciliación: no devaluar la parte indígena, ni menospreciar nuestro linaje europeo, sino aceptar quienes hemos sido y quienes somos hoy.

*Imágenes: 1) Inés Longevial; 2) Michael Schmelling; 3) Heather Thornton; 4) Francisco Leonardo, modificada.

Jorge del Villar
Autor: Jorge del Villar
Economista y escritor. Ha sido columnista de El Universal, conductor de “Caras de la Ciudad” en MVS Radio, y conductor televisivo en el Canal Judicial, Capital 21 y Canal Once, donde actualmente conduce “A Favor y en Contra”.

Lecciones de los pueblos indígenas para los gobernantes de México

Si nuestras políticas resonaran con la naturaleza, con lo espiritual y lo comunitario tendríamos vidas muy distintas…

La resiliencia de los pueblos indígenas a través del tiempo es suficiente evidencia como para afirmar que de sus formas de vida podemos extraer lecciones muy valiosas. Y aunque estas comunidades han cambiado considerablemente a lo largo de su historia han mantenido bastante estables sus cosmogonías y los territorios que habitan (esto último ha sido extremadamente difícil).

Tal vez el secreto está precisamente en que han sabido administrar cuidadosamente sus recursos —los territoriales y, de manera particular los espirituales— a través de compromisos concretos con el mundo que los rodea y con las personas con quienes co-habitan el espacio. En palabras tal vez más cercanas: el secreto de los pueblos indígenas podría ser su ejercicio de gobierno.

Así, vale la pena extraer algunas lecciones que resuenen en espectros muy amplios y que con un poco de suerte sirvan para inspirar a los gobernantes de México y, por qué no, a todos los que queremos participar de este país.

El mundo es un horizonte

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Para grupos como las comunidades mayas y nahuas, el mundo o “la realidad” no se segmentan con la precisión y arbitrariedad propia de las sociedades contemporáneas de Occidente. Al contrario, funcionan como un fluido que no establece fronteras entre lo humano, lo técnico y lo natural o entre lo sagrado y lo profano.

Esto no significa que todo es sagrado o natural, pero sí que cada acción tiene consecuencias en todos los terrenos, de forma orgánica. Así, quien gobierna entiende lo importante que es enfatizar en esta responsabilidad y pensar siempre que tanto la naturaleza (y el territorio habitado) como la espiritualidad van en primer plano. Todas las “políticas”, entonces tienen que generarse con estas dos cosas en mente.

La decisión política es una fiesta colectiva

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Se ha escuchado nombrar a las elecciones en México una “auténtica fiesta electoral”. Francamente nada más alejado del evento referido. Y tal vez sea la ambición de ser un territorio gigante y diverso, administrado, en realidad, por un solo poder central lo que nos ha llevado a hacer de nuestros procesos democráticos momentos de estrés, lucha, desacuerdos y hasta miedo.

Para otras comunidades en México, como los yaquis y los rarámuri el asunto es muy distinto. La democracia es un proceso donde realmente se hace hablar a la voluntad del pueblo, a través de un ejercicio demandante pero precioso: el consenso. En estos grupos sociales los acuerdos aparecen después de largas reflexiones y discusiones en asamblea. Además, el poder más relevante (específicamente para los rarámuris) es la asamblea comunitaria, no el gobernador. Por otro lado, en la asamblea no se actúa para representar los intereses de una parte (o partido, podríamos decir) sino en la búsqueda del bien común.

Además, este acto político suele estar ligado a la fiesta y a distintos rituales. Porque es en la fiesta donde las comunidades resuelven sus problemas y donde se permiten comunicarse, de manera simultánea, con las autoridades, con los planos divinos, con la naturaleza, con los vecinos y con el propio cuerpo. La fiesta y el baile están siempre ligadas a las decisiones políticas.

Hay que escuchar a los que más han vivido

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Los viejos no son sabios sólo porque sí; en su acervo mental y espiritual se guardan un inmenso abanico de experiencias de vida. Todas estas referencias sobre el mundo les permiten ser profundamente comprensivos. Por eso en casi todas las comunidades indígenas los más sabios son elegidos líderes. Para los nahuas se llaman “tlamatinime ” y se les escoge porque saben de los dioses, de la tierra y de la lengua ancestral. Los tarahumaras le llaman “siríame” y lo consideran el juez de la vida pública, que también reúne esa administración con el dominio espiritual. Valdría entonces para cualquier gobierno tener bien cerca a quienes son viejos, a quienes pueden narrar de la tierra más de lo que otros solo sospechan.

Comunicarse es importante, pero resonar es vital

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Los mayas lo saben: la comunicación es fundamental, hay que hablar y decir lo que se está sintiendo; pero resonar, es decir, ser receptivos con el entorno, comprenderlo y dejarse comprender por él es absolutamente vital. Así, eso que llamamos “comunicación social” no puede ser unilateral, ni puede abarcar una sola intención. Los gobiernos deberían encontrar maneras de dialogar con todas las voces que piden ser escuchadas y deberían de construir tratando siempre de ser flexibles. La comunicación tiene canales fijados, pero resonar con el mundo es una construcción constante.

El poder es una fuerza; si reúne o separa, depende de cómo se administre

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Entre los yaquis hay una costumbre curiosa (que se repite en otras comunidades), cuando un sujeto asume “el poder” recibe un bastón que se ha transferido entre generaciones. Este objeto es un emblema de su autoridad. El bastón es un fetiche; es la cosa que encarna esta fuerza que rige las relaciones comunitarias. Y esa fuerza es resultado de la tensión constante entre sujetos con necesidades particulares que tienen que aprender a vivir juntos y necesitar juntos.

Así, el poderoso administra la tensión social y depende de su ejercicio que la comunidad se reúna o separe. ¿Por qué estar unidos? Porque en el intercambio constante podemos construir cosas magníficas. ¿Cómo mantenernos unidos? Administrando el poder con delicadeza (y también con cariño por eso que se está representando), buscando el consenso, la resonancia, la sabiduría, la extensión horizontal.

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*Imágenes: 1) Guillermo Estrada (modificada); 2 y 6) Ignacio Rosaslanda; 3, 4, 5) Crédito no especificado; 

¿cómo desaparecimos los Pirindas?

Alguna vez existió el antiguo pueblo de los Pirindas, que ayudaron a los Purépecha a defenderse, y con ello consiguieron tierras en lo que hoy es Michoacán. Lo rescatamos con la memoria.

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Cartilla matlatzinga (basalenque 1975)

Durante mucho tiempo, entre los pueblos indígenas que los expertos reconocían que aún poblaban Michoacán, no aparecían los pirindas. ¿Por qué? ¿Por qué sólo quedaban purépechas, nahuas, otomíes y nahuas? Este es más o menos la historia de una disolvencia:

  1. Los pirindas fueron un pueblo que durante el Posclásico (del 900 al 1500 D.C.) habitó en la región que abarca de Tiripetío a Indaparapeo (antes conocido como Andaparapeo), extendiéndose aisladamente hasta Huetamo.
  1. El término pirinda es un etnónimo, es decir, el nombre con el que un pueblo o cultura se reconoce a sí mismo. Para algunos académicos, es sinónimo de matlatzinca o matlatzinga, el nombre con que los mexicas les reconocían por ser quienes fabricaban las redes para la pesca, sin embargo, para otros autores, significa los de en medio por estar este pueblo al centro de mexicas y purhépecha. Aún no se ponen de acuerdo.
  1. Los pirindas no eran de Michoacán. Vinieron del Valle de Toluca en auxilio del Rey puréhpecha Characu o Tzitzic-Pandácuare (Rey niño) para combatir contra los tecos que invadían las tierras purépecha por el occidente. Lo hicieron tan bien, que a cambio el rey les ofreció tierras para instalarse. Los guerreros pirindas, que habían visto la fertilidad de la tierra, las bondades del clima, y además, querían liberarse de la tiranía que el emperador mexica ejercía sobre ellos, escogieron quedarse.
  1. Su distribución fue la siguiente: las clases más nobles se instalaron en Charo; los nobles menores en la zona que ahora conocemos como Santiago Undameo, y las clases bajas, en Jesús del Monte y Santa María (la zona donde ahora existe el centro comercial Altozano, en Morelia).
  1. Algunos historiadores afirman que el Rey niño o Calzontzi, otorgó los siguientes pueblos a los pirindas: San Miguel Cicío, Patámbaro, Xaripeo, Cuiceo, Texcaltitlan, Maravatío y Onchécuaro, Tarímbaro, Tiripitío, Necotlán, Taymeo y Huetamo.
  1. Al llegar los españoles, los pirindas que habitaban el Valle de Guayangareo fueron reubicados en la zona de Charo (que en tiempos prehispánicos se llamaba Charao) y utilizados como mano de obra en la construcción de la Nueva Valladolid, hoy Morelia.
  1. Al paso de los siglos, el pueblo pirinda desapareció lentamente sin dejar rastros visibles de su cultura, o casi, porque investigaciones recientes encuentran algunos indicios en lugares como el escudo municipal de Huetamo y en el nombre de sus barrios.
  1. Una curiosidad alrededor de los pirindas es la que escribió el historiador Juan Tavera en 1968. Según él, el pueblo que ahora conocemos como Huetamo, en el siglo XIV era conocido como pirinda cuando el misionero Juan Bautista de Moya llegó a Cutzio y construyó la primera capilla, el fraile le pidió al cacique que invitara a los jefes de las tribus de alrededor. Cuando volvió del encargo, el religioso le preguntó cuántos vendrían, a lo que el cacique respondió: Hue-tamu, que en matlatzinca significa vienen cuatro. Como muchos de los reduccionismos verbales con que los reduccionismos verbales de los conquistadores europeos en América (Yucatán, por ejemplo), se le quedó Huetamo.
  1. A eso, quizá, se deba el nombre del arroyo pequeño que los huetamenses conocen como Pirinda y que es el que baja de la Loma de las Rosas por el poniente.

arroyo pirinda en huetamo

Arroyo Pirinda, en Huetamo

10. El idioma pirinda se perdió. Los últimos datos que daban cuenta de él aparecieron en 1880, cuando Nicolás León (aquel de quien en su honor se bautizó al Museo Regional de Michoacán, en Morelia) afirmaba que:

Todos estos pueblos, florecientes en la época de la Conquista, fueron decayendo poco á poco hasta el grado de ser hoy miserables caseríos. Igual suerte ha corrido el idioma, pues en la actualidad solamente en Charo, San Miguel del Monte y Jesús del Monte lo hablan mal, y en el primero, pocos. En los otros pueblos ya ni su nombre es conocido.

11. Otra curiosidad proviene de un historiador de apellido Soustelle, quien afirmó sin empacho que el último hombre que habló pirinda en Michoacán, murió en 1932, en Charo, a una edad muy avanzada.

12.El 31 de julio de 2015, el Congreso del Estado, hizo una reforma de gran importancia a la Constitución Política de Michoacán, que rescata las migajas de memoria que quedan de los pirindas y que a la letra dice:

ARTÍCULO 3°. El Estado de Michoacán tiene una composición multicultural, pluriétnica y multilingüe sustentada originalmente en sus pueblos y comunidades indígenas. Se reconoce la existencia de los pueblos indígenas, originarios, p’urhépecha, Nahua, Hñahñú u Otomí, Jñatjo o Mazahua, Matlatzinca o Pirinda y a todos aquellos que preservan todas o parte de sus instituciones económicas, sociales, culturales, políticas y territoriales.

Los pueblos, con las chispas luminosas de que emanan de su cultura, también se apagan, pero algo imperceptible de ellos queda en nosotros, para bien y para mal, y siempre será valioso el recordarlo.

Sergio Pimentel
Autor: Sergio Pimentel