Cuando Diego Rivera y Picasso se pelearon por un cuadro

Diego Rivera y Picasso llevaron una relación de amor-odio en uno de los momentos más efervescentes para la historia del arte.

La intrincada relación que hubo entre Diego Rivera y Picasso no es solo un mito y está inscrita en cartas que ambos intercambiaron. De 1909 a 1920, Rivera transcurrió sus días entre los intelectuales y pintores de París, en el barrio de Montparnasse.

Imaginemos un Rivera entre Mondrian, Modigliani, Jean Cocteau y la efervescencia del movimiento cubista, el cual aún carecía de manifiesto alguno (y por lo tanto prescindía de definición formal). Nadie sabía exactamente qué era, pero la obra de Rivera en este sentido tampoco era aceptada como cubismo puro. De un cuadro de este mexicano, ‘Paisaje Zapatista’, surgió una controversia tan escandalosa que le alejó de Picasso para siempre.

Rivera había asegurado que Picasso le plagió esta obra en su cuadro ‘Hombre apoyado en una mesa’. Y no era cualquier tema, pues el ‘Paisaje Zapatista’ simbolizaba de algún modo la entrada de México en el movimiento cubista con un aire propio. Ambos dejaron de ser amigos por este tema en 1916.

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Con el tiempo sostuvieron cierta correspondencia, pero solo aludiendo a temas políticos y plásticos. 

En una entrevista a la cubana Loló de la Torriente sobre la relación entre ambos pintores, Rivera confesaba echar de menos a aquel viejo enemigo y maestro:

“No puedo negar que extraño aquel foco de maldad que establecimos Picasso y yo. Por algo el enorme maestro me recuerda y a través de amigos y conocidos que van y vienen de París recibo sus recados pidiéndome que regrese, que se aburren soberanamente y que está seguro de que yo me aburro porque sólo él y yo, conversando entre nosotros, sabemos hacerlo bien hablando mal de las gentes, y esto es verdaderamente divertido en este mundo. En este sentido, en verdad extraño enormemente al gran pintor y amigo”.

Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto ciudadano yanostoca.com. Y pintora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

El Popol Vuh Ilustrado por Diego Rivera: una nueva forma de hablar del origen del mundo

El Popol Vuh ya tiene una edición especial. El libro está ilustrado por Diego Rivera y dedicado a niños y adolescentes.

Todas las culturas y civilizaciones conservan mitos en torno a quienes los crearon. El Popol Vuh es uno de los ejemplos más emblemáticos. Tanto por su belleza imaginativa, como por las imágenes poéticas que  el libro crea, esta obra no sólo habla de la creación del mundo, sino del poder inventivo del ser humano al narrar historias de esta índole. El que Diego Rivera se involucrara con una serie de ilustraciones es quizá prueba de la inspiración que produce este texto a quien se atreva  a leer sus páginas.

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La edición del Popol Vuh, que va dirigida a niños y adolescentes, corre en manos de La Fundación Diego Rivera y, una vez que se logre ver las ilustraciones del artista, la belleza y singularidad de cada una de estas acuarelas se vuelve evidente. ¿Y cómo no hacerlo? El Popol Vuh fue uno de los documentos fundamentales de la cosmovisión Ki’che’ y el más relevante de los textos mayas que aún se conservan. Su contenido, tanto histórico, mitológico y literario, es de una calidad sin precedentes.

La obra está dividida en tres apartados. El primero habla sobre la creación, donde los dioses gestan las montañas, las plantas y, el famoso episodio, en el que crean al hombre de maíz; la segunda sección es la de los héroes divinos, que es el relato de las aventuras de los hombres que liberan a la humanidad de los obstáculos y, por último apartado, la historia del linaje quiché. Esta sección habla sobre el origen de este pueblo. El que cada uno de estos episodios destaque por su mito en torno a la creación es poético. Debido a que se trata del origen del principio.

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Tal vez, sea por esto que Diego Rivera tenía un gran cariño a este compendio de historias. Conocido por su gran genio y admiración a la historia prehispánica, no es de sorprenderse de que las acuarelas de Diego Rivera ilustren el texto. Si se hace un recorrido por toda la obra de Rivera, se podrá observar la reverencia que tenía hacia el pasado, el sentido de deuda que poesía por las culturas precolombinas y la gran inspiración que estas civilizaciones han significado en su arte pictórico.

Guadalupe Rivera Marín, la hija del artista, cuenta que las 20 acuarelas que ilustran el libro estaban en el Museo Diego Rivera y que su padre las hizo para un texto que se iba a ilustrar en Japón en 1930, pero que al final nunca se terminó de elaborar. Independientemente de cuales hayan sido las razones por las que no terminó de publicarse el libro, es de gran importancia que las imágenes salgan ahora y más  si es para un público joven.

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El Popol Vuh es una muestra de que los antepasados tienen una habilidad inventiva para darle orden al universo. La oportunidad de que ahora el libro esté ilustrado por Diego Rivera y dedicado a un público joven, da la posibilidad al pueblo Ki’che’ de contar su origen de una manera más pictórica a las nuevas generaciones.

Las cartas entre Diego Rivera y Einstein: un mito contemporáneo

Los dos grandes, uno de la ciencia y el otro, muralista mexicano, se profesaban una gran admiración y eso nos encanta...

Diego Rivera y Albert Einstein intercambiaron correspondencia una vez. Ambos dedicaron esas breves letras a elogiarse y profesarse profunda admiración. Las dos cartas que conforman esta pequeña colección fueron descubiertas en 2007 y desde entonces, la pequeña anécdota nos encanta cada vez que vuelve a ser contada. 

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La historia comienza un poco antes, en 1933, cuando Rivera inició el afamado mural que hizo para los Rockefeller y que, después, por haber retratado en él a Lenin, tuvo que destruir. Con el dinero que consiguió del trabajo, realizó una serie de paneles portátiles en donde se dejó llevar sin cuestionamientos por sus impulsos políticos. Volvió a pintar un rostro de Lenin, esta vez en gran formato. En otro panel, plasmó su representación crítica titulada “La barbarie Nazi”. Decidió aquí pintar a Einstein, pues el científico judío compartía vocación política con Rivera y habló duramente en contra del racismo; no sólo del que lo desterró a Estados Unidos: también se pronunció en contra de la discriminación del complejo país americano. Parece que haber sido referido, llevó al prominente científico a buscar al pintor. Escribió Einstein:

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No sería capaz de nombrar a otro artista contemporáneo cuyo trabajo haya sido capaz de ejercer un poderoso efecto similar en mí.

 

Aunque, como dice Guadalupe Rivera (la hija de Diego), se sabía de lo mucho que su padre estimaba a Einstein, hasta hace relativamente poco nos enteramos de que alguna vez tuvieron el fugaz contacto epistolar. Las cartas parecen probar que ambos compartían visiones similares del mundo y la extraña y preciosa conexión que esto implica. Esto nos entusiasma profundamente. 

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“Quiero decirle lo mucho que me conmovió su carta. El aliento recibido es muy grande y magnífico por lo poco que he hecho con mi pintura. Por lo que es usted, con su gran energía humana, junto con su ciencia que ha cambiado por la expansión hacia el espacio y la luz, ayudando a elevar el pensamiento humano a un nivel superior.”

Así respondió Rivera.

Nos atrae y sorprende profundamente que los dos icónicos hombres (con todo lo bueno o malo que se pueda decir de ambos) se aproximaran así el uno al otro. Estos llamados “genios”, miembros del panteón sagrado contemporáneo, generaron una mínima intimidad y la fetichizamos fervientemente. Hacemos lo mismo con otros objetos de Diego: su correspondencia con la querida y odiada Frida; los zapatos que aún parecen estarlo esperando en su casa de San Ángel; su colección de figuras prehispánicas; sus dos libritos de Einstein, y hasta sus cuadros.

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Como si se cumpliera una profecía que siempre habíamos esperado, adoramos ver las vidas de nuestros ídolos entrelazándose. ¿Será porque nos construimos a través de esos mitos? Así como Diego respondió emocionado la carta del fantástico científico, nos emocionamos cuando nuestros héroes se comunican, generan una conexión identitaria y refuerzan nuestra construcción de un pasado; refrescando el cuento sobre una época y los discursos que lo sostienen.

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En realidad estas cartas prueban muy poco; en realidad es, una intimidad de la que no somos parte, que no es nuestra, pero a la que nos fascina acceder. La importancia que le damos al suceso demuestra que aún nos creamos grandes mitos; que admiramos fervientemente figuras humanas, caprichosas, emotivas, que, francamente, no están en ningún lugar, pero que constituyen lo que reconocemos como historia, como verdad, incluso, como presente.

El muralismo de Diego Rivera y su importancia en el pueblo mexicano

Se le ha considerado como un artista ejemplar comprometido a un bienestar social, a través de argumentos políticos, trabajadores, figuras revolucionarias como Emiliano Zapata y Lenin.

Diego Rivera es un nombre que retó las normas preestablecidas del arte mexicano, buscando revivir lo prehispánico en la contemporaneidad de su época. Gracias a ello, él renombró la mexicanidad a través de las galerías, museos y murales tanto en EE.UU. como en México, enalteciendo el concepto de que el arte es para el pueblo mexicano

Con ideas de detracción social y comunista, el muralismo de Rivera constituyó uno de los principales influencias del arte y la cultura de México. A través de su colección de artefactos precolombinos, retratos panorámicos de la historia de México y su vida diaria, desde los inicios de la cultura Maya hasta la Revolución mexicana –incluso, en el presente postrevolucionario–, él expresó su compromiso hacia sus orígenes. Tanto así que Rivera usó las paredes de universidad y otros edificios públicos a lo largo del país y EE.UU., como la extensión de su cuerpo inmortal. 

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Se le ha considerado como un artista ejemplar comprometido a un bienestar social, a través de argumentos políticos, trabajadores, figuras revolucionarias como Emiliano Zapata y Lenin. Por ejemplo, en 1921, cuando la Revolución mexicana terminó, Rivera regresó a México para realizar su primera pintura mural en dónde las étnicas mexicanas tenían un papel dentro del contexto político de izquierda nacionalista. Desde entonces, él y artistas como José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Rufino Tamayo, decidieron usar sus pinceles vivos para atacar a la Iglesia, los clérigos y reforzar los ideales postrevolucionarias. 

Entre los frescos más emblemáticos de Rivera fueron bajo la demanda de Porfirio Díaz –seis para colección personal y siete para el gobierno–, están la Epopeya del pueblo mexicano (1929-1935) en la escuela nacional de agricultura de Chapingo; así como Historia de Morelos, Conquista y Revolución (1927-1939), en donde denuncia los malos tratos y la explotación por parte de los hacendados hacia los peones o trabajadores en la industria moderna del azúcar. 

Durante su vida, Rivera elaboró muchos bocetos, en distintos tamaños, como plantillas para trazar las imágenes en los muros. Una vez trazadas, sus ayudantes aplicaban capas de yeso, en donde Rivera comenzaba a pintar con agua antes de que el yeso se secara completamente. Con esta técnica de pintura, Rivera realizó muchísimas pinturas orgánicas al usar una amplia gama de colores de sus obras de arte. 

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*Imágenes: 1), 2) y 3) Carlos Marentes