La verdad de la vida: 100 años de Chavela Vargas

Lo que conjura Chavela Vargas con su voz franca y desgarradora es la verdad.

En 2019 Chavela Vargas habría cumplido 100 años. Y la posibilidad extinta de esta fiesta nos deja desbordando nostalgia y también deseando un poquito más —solo un poquito más— de este sujeto enigmático, seductor, oscuro y solitario que de muchas formas continúa siendo Chavela.

Ahora no nos queda más que recordarla y, como ella lo hacía, permitirnos sentir ausencia profunda. Sobre ella sabemos todo y nada; su historia es tremendamente atractiva. La nacida en Costa Rica, en 1919, escapó de aquella tierra para encontrarse con la casa que siempre la estuvo esperando.

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Por convicción se declaró mexicana y se transformó después de una lucha fuerte contra sus duras circunstancias —trabajando de todo, viviendo como podía— en un auténtico icono de la identidad nacional, cantando corridos, rancheras y otras piezas tradicionales con una potencia tan grande que rasga el tejido primario de uno.

Con las delicias que ofrecía, eróticas y musicales, conquistó a brillantes personajes de su tiempo: José Alfredo Jiménez, Gabriel García Márquez, Joaquín Sabina, Frida y Diego Rivera, Pedro Almodóvar, Miguel Bosé y tantos más.

Su candor y tremenda seguridad para curar su propia identidad —llamándose mexicana, cantando como le gustaba, vistiéndose con pantalones, siendo contundentemente lesbiana— continúan inspirando a muchos a hacer lo propio y ese es sin duda su legado más relevante y eco que perdurará con suerte otros 100 años más.

Pero tal vez, sus lecciones más valiosas no están en la construcción que hizo de ella misma para el público, ni en su enorme valentía para superar toda clase de trabas existenciales (incluyendo un abrumador alcoholismo, del que también habló con mucha franqueza).

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“Chavela Vargas hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos” escribió alguna vez Pedro Almodóvar. Con palabras, pero especialmente con su sonoridad, demostró que cada uno de nosotros puede hacer de la soledad —esta enorme y pesada soledad que a todos nos alcanza— una casa y llenarla de lo que la vida nos va prestando, a sabiendas de que es prestado. Y así, anclándose en el propio estar, uno puede amar-con-otros la vida.

Y, aunque esta postura es dura y la vida es inmensamente dolorosa y por eso, también, auténtica, la misma Chavela dijo alguna vez que “La verdad de la vida se impone siempre”, sugiriendo que, aunque hagamos toda clase de artimañas para evitar encontrarnos con nosotros mismos, siempre hay espejos oscuros y afilados —como la voz de Chavela— donde no podremos evitar mirar nuestro vulnerable y precioso interior.

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