Caminante rojo es la motoneta ecológica diseñada por un joven indígena (VIDEO)

Una alternativa increíble para mejorar la movilidad de las comunidades oaxaqueñas.

La diversidad del paisaje mexicano tiene muchas ventajas (además de ser un deleite inmenso para la vista). La más destacada es que podemos presumir formas ultra variadas de fauna y flora. Por otro lado, la geografía de nuestro país es muy intrincada y, a veces, navegarla se puede volver muy difícil.

La movilidad es un asunto que se problematiza mucho para algunas comunidades de México; particularmente para los grupos indígenas que aún residen en zonas no urbanizadas. Este hecho es ambivalente y la forma de comprenderlo depende desde dónde se le mire. 

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Imagen: Oledoe/Flickr

Por un lado, significa que estas comunidades mantienen una conexión directa con la tierra que, en muchos casos, es sagrada, pero también vital para su supervivencia. Pero, además, implica una fuerte desconexión entre sus territorios y los servicios de salud y educación (que, aunque no todos quieran usar, deberían asegurar acceso universal). 

Con esto en mente Víctor Matías García, un joven oaxaqueño originario de Villa de Etla, diseñó una impresionante motoneta ecológica que podría facilitar, en muchos sentidos, la movilidad de muchas comunidades mexicanas

 

“Caminante rojo” es el nombre del prototipo desarrollado por el ingenioso Víctor. Ideal para transitar los hermosos, pero complejos paisajes oaxqueños, esta eco-motoneta no necesita gasolina y solo se tiene que cargar una vez al año. En realidad, funciona utilizando la energía que se produce con la fricción que generan las ruedas. 

Además, tiene sistemas de paneles solares que sirven para la iluminación y hasta llantas intercambiables entre todo terreno y pavimento. Por si fuera poco, está fabricada con materiales reciclados. 

“[…] como principio básico tenemos una batería de inicio, el motor comienza a trabajar y en el proceso de movimiento del motor a la rueda hay una banda que los conecta […] en ese trayecto de giro entre la banda y la llanta colocamos nuestro generados [fabricado por él y su papá] para poder generar energía al momento de que se produce la fricción en la banda de distribución con el rozamiento del pavimento y la llanta.”  explica Víctor a El Universal.

Muchos problemas se resuelven con su sistema. Además del asunto de movilidad, el vehículo podría ser más accesible que uno convencional y al no necesitar gasolina representa menos gasto. De cualquier manera, el acceso a gasolinas y electricidad también está limitado en las comunidades y es muy caro.

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Por el momento, la familia del Víctor ha financiado los siete prototipos, que son probados por vecinos y amigos. El joven espera que pronto puedan lanzar el producto al mercado. Nosotros también estamos ansiosos, no sólo porque es una idea genial que podría beneficiar a muchos, sino porque es una muestra más de que el ingenio mexicano puede cubrir casi cualquier bache. 

Aunque, hay que decirlo: no es necesario borrar las formas de vida de estas comunidades para dotarlas de un hospital cercano y bien equipado, pero eso ya es responsabilidad de una instancia muy distinta (y a veces menos ingeniosa).

Estas indígenas mexicanas viajaron a India para aprender a cosechar la energía del Sol

Buscando ayudar a que sus comunidades se iluminen de forma sustentable, económica y autónoma, estas mexicanas emprendieron un viaje de conocimiento muy particular.

Entre los saberes esenciales de nuestro tiempo, las técnicas para obtener recursos de forma sustentable, podrían ser los más relevantes. 

En las comunidades indígenas de México se resguardan muchos conocimientos de este tipo; particularmente sobre estrategias para explotar los recursos de forma respetuosa y sustentable. La milpa, un sistema milenario y perfecto, es solo un ejemplo. Pero nunca está de más buscar esquemas en otros lados. 

Así, cuatro mujeres indígenas originarias de los Altos de Chiapas, viajaron a India para aprender a cosechar la energía del Sol; buscando ayudar a que sus comunidades se iluminen de forma sustentable, económica y autónoma. 

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Imagen: Creative Commons

Se trata de Petra Beatriz Gómez, Eulogia Hernández, Manuela Gómez y Fabiola Ordoñez que participaron en el “International Solar Training Program” en el Barefoot College ubicado en la ciudad de Tilonia en India, junto a otras mujeres de países como Guatemala, Colombia, Ecuador, Mali, Uganda, Gambia, Botsuana, Indonesia, Turquía y Nepal.

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Las chiapanecas fueron seleccionadas en este programa por ser líderes de su comunidad y su formación no se limitó a la técnica en la instalación de placas solares; también aprendieron sobre emprendimiento social, derechos y liderazgo con perspectiva de género. Y probablemente dejaron tras de sí un poco de lo que ya sabían, forjando un lazo vital entre ellas y las otras mujeres que formaron parte del programa. 

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Imagen: The Barefoot Collage

Además, el proyecto implica no solo entrenar a estas “Madres solares” —como se les dice de cariño en Barefoot College— también se trata de financiar entre 100 y 150 sistemas solares en las comunidades indígenas de Chiapas, que serán instalados por ellas mismas. 

Esta no es la primera vez que mujeres mexicanas atienden al programa. El Barefoot College es un espacio dedicado a generar conocimientos con este enfoque que empodera —desde sus propios términos, en su propio idioma e identidad cultural— a sujetos de distintas comunidades indígenas del mundo. 

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Imagen: Unión de Chiapas

Tradición y nuevas tecnologías no son conceptos contrapuestos. Las técnicas se aprenden viendo y practicando. Y su buen uso depende de la disposición de estas líderes para mejorar la vida de sus familias, amigos y vecinos.

Intercambiar saberes es, tal vez, una de las prácticas más humanizantes. Regalar la propia experiencia de vida para que otros mejoren la suya es la única forma de equilibrar el bienestar entre todos.

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*Imagen destacada: Yael Martínez/Bloomberg

Esta joven mexicana diseñó una forma muy ingeniosa de reciclar colillas de cigarro

Uno de los peores desechos son las colillas de cigarro, pero esta diseñadora mexicana encontró la forma de reciclarlas (y con mucho estilo).

Nuestro tiempo probablemente sea recordado por la enorme y ultra compleja crisis ambiental que estamos atravesando. Con un poco de suerte y muchísimo ingenio, también destacará la forma en que resolvimos esta crisis. Y, precisamente porque el problema es muy grande, sólo si todos participamos podemos darle la vuelta. 

Hay formas muy sencillas y realistas de ayudar que cualquiera podría poner en práctica, pero algunos mexicanos y mexicanas están explotando su creatividad y generando soluciones realmente ingeniosas. Una de ellas es Nayely Martínez, una joven diseñadora que está haciendo su parte produciendo decoraciones y objetos de papelería con colillas recicladas.

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Las colillas de cigarro son uno de los peores desechos que producimos los humanos. Además de ser muy difíciles de reciclar, son muy tóxicos: dañan el suelo, a los animales que por accidente los comen (como aves, perros, gatos, roedores y otros mamíferos) y cuando acaban en mares y ríos son muy contaminantes para el agua

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Según un reporte de Ocean Conservancy una sola colilla puede contaminar hasta 8 litros de agua de mar y 50 de agua potable. Además, según el mismo reporte, las colillas representan entre el 30 y el 40% de los residuos recogidos en actividades de limpieza urbana y costera. Además, como explica Greenpeace, las colillas y el plástico son los mayores contaminantes de las playas mexicanas. 

Es urgente encontrar alternativas

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Es urgente comenzar a reciclar las colillas y apoyar iniciativas como las de Nayely Martínez. Su proyecto nació pues ella comenzó a notar la omnipresencia de este desecho. Igual en las playas que en las ciudades; en las calles y en los ríos. 

Aliada con otros mexicanos creativos, descubrió que se puede generar un material utilizando madera, colillas y papel (todo reciclado) que sirve para construir objetos de diseño como macetas, libretas y otras piezas decorativas y de uso cotidiano. 

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Las macetas son su diseño más popular y brillante: cuando riegas las plantas, el material reciclado retiene la humedad y las mantiene hidratadas por varios días. Su trabajo ha llamado la atención de distintas cadenas hoteleras que le encargan diseños personalizados para decorar sus recintos. 

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Junto a estas empresas, el colectivo de Nayley que se llama “Verde Halago” organiza “colillatones”: jornadas de recolección de este residuo en playas y otros espacios públicos. Así se hace del material que necesita para dar vida a sus diseños. 

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Si eres fumador, lo sabes: las colillas son una basura muy escurridiza y no hay protocolos claros para deshacerse de ellas. Pero piensa que dejarlas por ahí es ser responsable de un daño enorme a la naturaleza y a la salud de todos. 

Conoce más sobre Verde Halago y hazte de una linda maceta aquí. Además, puedes considerar alternativas al cigarro convencional, buscar filtros biodegradables y también disfrutar de los tabacos nacionales y orgánicos de marcas como Tabaco Mayan Spirit, Tabaco Kin y Tabaco Flor Morada

Cultivando paz en un huerto urbano de Iztapalapa

Este colectivo mexicano está cultivando paz para su barrio con un increíble huerto urbano.

Es posible que sean acciones sencillas las que nos ayuden verdaderamente a reducir la intensa violencia que está experimentando México.

Definitivamente, ir de las grandes estructuras (los gobiernos, las empresas, los mercados y otras organizaciones en esos niveles) hacia las localidades más ínfimas no ha probado ser muy efectivo. Frente a ese panorama, el camino está tomando un curso insospechado y fantástico. Se trata de los proyectos comunitarios, frecuentemente gestionados por colectivos locales, barriales y vecinales.

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Fotografía: Mattza Tobón

Uno que destaca y nos inspira es el Colectivo Raíces del Oriente, de la delegación de Iztapalapa en la CDMX. Ellos se dieron cuenta de lo importantes que son los actos más “básicos” para mitigar los problemas de inseguridad en su entorno y por eso decidieron ensamblar un huerto urbano.

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Cultivando la paz

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Imagen: mexico.com

Dos acciones muy sencillas podrían ser clave: el acto de reunirse y por otro lado “poner las manos en la tierra”. La función de la primera es vital: se trata de generar bienestar, pero de forma colectiva. Y no solo va de tomar decisiones junto a nuestros vecinos y familiares sobre nuestro espacio; también de pasar el rato, platicar, chismear, compartir las penas y las celebraciones, hacer comunidad.

Sembrar algo juntos es una gran forma de generar una conexión simbólica y material. Pero, además, un huerto urbano provee seguridad alimentaria y eso es un paso enorme si queremos reducir la violencia. Sin duda, esta tiene múltiples y muy complejas causas (que sí, son estructurales), pero las carencias juegan un papel clave.

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Fotografía: Mattza Tobón.

Muchos estamos acostumbrados a entender los actos violentos como algo ajeno; algo que nos sucede de forma injusta; pero francamente, el desequilibrio de nuestro sistema social ha dejado a muchos sin suficientes alternativas (aunque nada justifique lastimar a otros).

El huerto urbano en Iztapalapa nos inspira

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Imagen: mexico.com

En la región más poblada de la capital, el huerto era igualmente improbable y urgente. Los integrantes del Colectivo Raíces del Oriente lo describen como un “espacio autosustentable donde se realizarán actividades para concientizar a la comunidad de técnicas agrícolas, urbanas y orgánicas”.

Pero ha probado ser mucho más que eso. El espacio de 200 metros cuadrados podría servir para ensamblar un comedor comunitario con comida orgánica y local; además, ya es un área verde que destaca en una zona dominada por el concreto y que refresca el paisaje y, sobre todo, el panorama.

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Fotografía: Mattza Tobón.

En el huerto, además de preciosas plantas como maíz, jitomate y zarzamoras, hay unos murales increíbles, cortesía de un grupo de artistas urbanos de la zona. Es un pequeño oasis que propone un descanso a las duras dinámicas que dominan en la zona.

Aunque está claro que esta propuesta no debería seguir siendo excepcional. El Huerto Urbano de Acatitlán debería ser una inspiración para que —cada vez más— las plantas, las posibilidades, la tranquilidad, el color, el aire limpio y la cosecha colectiva inunden a la ciudad y al país. El medio ambiente, nuestros estómagos y nuestras mentes estarán muy agradecidos.

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