Alguien está transformando los desperdicios en comida en México (y todos tendríamos que sumarnos)

Esta iniciativa recolecta la comida desperdiciada en eventos masivos y los vincula a personas en vulnerabilidad alimentaria.

Mucho se ha dicho sobre el hecho de que el hambre en el mundo no es un problema de producción, es uno de distribución. Cada día se desperdicia 1/3 de lo que se produce, y solo un 25% del total bastaría para alimentar a las más de mil millones de personas que pasan hambre en el mundo, según cifras de la FAO.

Ahora, México no es la excepción, en este país se desperdicia el 30% de los alimentos, según la misma Institución, y más de 23 millones de personas padecen hambre. Y no se trata de un asunto menor, es un indicador de que el sistema necesita ajustes, como siempre, de redistribución.

Hace tiempo, mientras se encontraba en una boda, Fátima Purón del Río, originaria de la Ciudad de México, observó cómo la mayoría de los platillos eran apenas tocados por los comensales.

Entonces decidió hacer algo para aprovechar la comida que se desperdicia diariamente y fundó el proyecto Robin Food, desde el cual un grupo de personas recaba alimentos desperdiciados y los vincula con instituciones para dárselos a personas que puedan aprovecharlos, o bien, a albergues de animales.

Sobre el proyecto, comentó para el sitio Somos Gama:

Nuestro objetivo más importante es contribuir a disminuir el hambre en México; sin embargo, también queremos concientizar a la sociedad acerca de nuestra responsabilidad en el desperdicio de comida y el impacto que esto tiene en el medio ambiente. Sentimos un gran compromiso por dejar de ignorar la situación actual de nuestro país, en la que miles de personas sufren de hambre todos los días mientras que nosotros nos damos el lujo de tirar comida a la basura.

¿Cómo funciona?

La comida se separa por platillos dependiendo su estado, y una vez elegidos, se deparan para consumo humano o animal. Una vez que la comida está separada en los recipientes se llena un formato con información como los ingredientes, fecha de elaboración, caducidad; los métodos de conservación que deberán aplicarse (si es que pueden congelarse, refrigerarse, etc).

¿Quieres ayudar?

Por ahora el proyecto solo trabaja en la Ciudad de México, y la mejor forma de ayudarlos es contactarlos con información eventos donde puedan recoger los sobrantes. También puedes apuntarte como voluntario enviándoles un correo a robinfoodmx@gmail.com.

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Conoce más de Robin Food en su cuenta de Facebook o en su página.

*Imagen: blog.kiwilimon.com

Cultivando paz en un huerto urbano de Iztapalapa

Este colectivo mexicano está cultivando paz para su barrio con un increíble huerto urbano.

Es posible que sean acciones sencillas las que nos ayuden verdaderamente a reducir la intensa violencia que está experimentando México.

Definitivamente, ir de las grandes estructuras (los gobiernos, las empresas, los mercados y otras organizaciones en esos niveles) hacia las localidades más ínfimas no ha probado ser muy efectivo. Frente a ese panorama, el camino está tomando un curso insospechado y fantástico. Se trata de los proyectos comunitarios, frecuentemente gestionados por colectivos locales, barriales y vecinales.

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Fotografía: Mattza Tobón

Uno que destaca y nos inspira es el Colectivo Raíces del Oriente, de la delegación de Iztapalapa en la CDMX. Ellos se dieron cuenta de lo importantes que son los actos más “básicos” para mitigar los problemas de inseguridad en su entorno y por eso decidieron ensamblar un huerto urbano.

También en Más de México: Cómo crear tu propia chinampa casera en 5 pasos

Cultivando la paz

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Imagen: mexico.com

Dos acciones muy sencillas podrían ser clave: el acto de reunirse y por otro lado “poner las manos en la tierra”. La función de la primera es vital: se trata de generar bienestar, pero de forma colectiva. Y no solo va de tomar decisiones junto a nuestros vecinos y familiares sobre nuestro espacio; también de pasar el rato, platicar, chismear, compartir las penas y las celebraciones, hacer comunidad.

Sembrar algo juntos es una gran forma de generar una conexión simbólica y material. Pero, además, un huerto urbano provee seguridad alimentaria y eso es un paso enorme si queremos reducir la violencia. Sin duda, esta tiene múltiples y muy complejas causas (que sí, son estructurales), pero las carencias juegan un papel clave.

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Fotografía: Mattza Tobón.

Muchos estamos acostumbrados a entender los actos violentos como algo ajeno; algo que nos sucede de forma injusta; pero francamente, el desequilibrio de nuestro sistema social ha dejado a muchos sin suficientes alternativas (aunque nada justifique lastimar a otros).

El huerto urbano en Iztapalapa nos inspira

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Imagen: mexico.com

En la región más poblada de la capital, el huerto era igualmente improbable y urgente. Los integrantes del Colectivo Raíces del Oriente lo describen como un “espacio autosustentable donde se realizarán actividades para concientizar a la comunidad de técnicas agrícolas, urbanas y orgánicas”.

Pero ha probado ser mucho más que eso. El espacio de 200 metros cuadrados podría servir para ensamblar un comedor comunitario con comida orgánica y local; además, ya es un área verde que destaca en una zona dominada por el concreto y que refresca el paisaje y, sobre todo, el panorama.

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Fotografía: Mattza Tobón.

En el huerto, además de preciosas plantas como maíz, jitomate y zarzamoras, hay unos murales increíbles, cortesía de un grupo de artistas urbanos de la zona. Es un pequeño oasis que propone un descanso a las duras dinámicas que dominan en la zona.

Aunque está claro que esta propuesta no debería seguir siendo excepcional. El Huerto Urbano de Acatitlán debería ser una inspiración para que —cada vez más— las plantas, las posibilidades, la tranquilidad, el color, el aire limpio y la cosecha colectiva inunden a la ciudad y al país. El medio ambiente, nuestros estómagos y nuestras mentes estarán muy agradecidos.

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En este hospital de Chiapas los pacientes pueden pagar con café y maíz

Un proyecto verdaderamente resiliente, hecho para ayudar a una comunidad igual de aguantadora…

En México decir que las condiciones de vida son “adversas” es simplificar el asunto. Tendría más sentido decir que son inestables y que eso, sobre otras cualidades del “vivir aquí” problematiza la existencia de los habitantes. Por otro lado, además de la falta de estabilidad hay inmensos desequilibrios. Mientras que hay sitios donde la infraestructura desborda (y se cae por su propio peso), como la CDMX, hay lugares donde simplemente no hay escuelas, ni hospitales.

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Estas carencias se concentran principalmente en algunos estados del país, como Chiapas. Afortunadamente, hay sujetos que hacen todo lo que pueden para cubrir algunos de los huecos; utilizando los recursos que tienen a la mano y aprovechando la bondad y el cariño de los que se suman a sus causas. Así nació el Hospital San Carlos en Altamirano, Chiapas un proyecto fantástico que desde 1969 ha acallado los “no se puede” que lo rodeaban.

En San Carlos trabajan con lo que tienen (y funciona)

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70 camillas, un médico cirujano, un anestesista y múltiples voluntarios atienden alrededor de 100 personas al día. La mayoría de los pacientes son indígenas de los pueblos Tzeltal, Tzotzil y Ch’ol; algunos caminan más de 8 horas por la selva para ser atendidos en San Carlos. Y el hospital, consciente de las condiciones económicas de las comunidades, acepta “pagos” de café, maíz y naranja, cultivados por los pacientes. Esta ofrenda podría ser considerada un pago simbólico, pero francamente estos bienes son el capital de las comunidades rurales de la selva chiapaneca.

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Desafortunadamente, las medicinas que los enfermos necesitan no se valúan en café y maíz, lo que complica mucho la labor de San Carlos. Las enfermedades que más atienden son crónicas, como cáncer y diabetes. Por otro lado, la desnutrición a la que se enfrentan las comunidades provoca epidemias poco comunes, como la tuberculosis. En ese sentido, su hacer es limitado, pero los que trabajan en el hospital no se rinden.

Un proyecto resiliente y resonante

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Tal vez eso sea lo más increíble del proyecto: como buena entidad resiliente, se adaptan en todos los sentidos a sus contexto. No sólo aceptan estos trueques, también admiten a los pacientes aunque estos no cuenten con documentos oficiales: el nombre y el lugar de residencia bastan. Por otro lado, han procurado integrar a sus métodos medicina alternativa, como la tradicional, fundamentada en la cosmovisión indígena de la salud. Además, casi todo el personal es de origen indígena, vive en la localidad y habla las lenguas de las comunidades; en ese sentido la comunicación se mantiene abierta y no es unilateral. Por otro lado, constantemente buscan la ayuda de los curanderos y parteras rurales. Ningún saber útil se queda fuera del proyecto.  

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El edificio mismo es prueba de esto: Kees Grootenboer, el arquitecto que lo diseñó explicó a la revista Forbes que la estructura utiliza formas curvas para “repartir la presión de choques sísmicos”, ampliando sus posibilidades de resistir temblores. Chiapas es una de las zonas más sísmicas del país y este tipo de detalles son vitales.

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Sin duda lo más emocionante es que, aunque el hospital tenga deficiencias y necesidades, es un proyecto que se levanta de forma comunitaria, que se hace con la labor constante de los locales y que se integra en serio como un componente social abierto, flexible y fundado en gran medida por la buena voluntad. Ese tipo de servicio no se paga con dinero.

Otro proyecto comunitario que te va a dejar sorprendido: Estas monjas quieren salvar al achoque, curioso primo del ajolote

*Imágenes: Destacada: Tamas Coyo; Hospital San Carlos, excepto no. 4 atribuida a Jessica Martínez. 

La comunidad de Oaxaca que transformó su destino tras rescatar su bosque

En Capulálpam de Méndez, hace 25 años su comunidades decidieron aprovechar su bosque con un manejo forestal sustentable, y los resultados son bellísimos.

Los bosques son sitios fascinantes. Ya sea por que ofrecen experiencias sensoriales que se imprimen en la memoria de sus visitantes, por que son epítomes de vida y equilibrio, o incluso por que estimulan la imaginación, se trata de lugares que presumen una cierta devoción en el imaginario. Sin embargo, pocos consideramos que además de sus bondades poéticas o estéticas, los bosques tienen un papel fundamental en el desarrollo de una comunidad y que pueden ser aliados cruciales de la misma.

Enclavado en la Sierra Juárez (Norte) de Oaxaca, existe un poblado que hace 25 años decidió tomar el control de su bosque. Hoy Capulálpam de Méndez es un caso ejemplar en el manejo y conservación forestal. A continuación te compartimos su historia.

La recuperación de su bosque

Durante casi tres décadas el bosque, que por derecho ancestral y legal pertenecía a la comunidad, fue explotado por la empresa Fapatux. A cambio recibían un “derecho de monte”, que correspondía a una mínima porción del valor comercial de la madera extraída, y eran básicamente marginados de la operación y los grandes beneficios que se generaban.

A finales de los setentas, cuando la concesión fue renovada, Capulálpam, junto con otras 25 comunidades de la región, obligaron al gobierno a retirar la concesión. Fue entonces cuando comenzó una nueva era para esta comunidad, su desarrollo económico y su relación con el bosque.

El bosque, su mejor aliado

Una vez recuperado su bosque, la comunidad entabló con él una relación simbiótica basada en un simple binomio: cuidado y aprovechamiento. Hoy, Calpulálpam de Méndez es una comunidad que encontró en el bosque un motor económico, un eje de identidad colectiva y, en pocas palabras, a su mejor aliado.

¿Cómo lo logró?

– Se convirtieron en la primera comunidad mexicana en obtener la certificación internacional (FSC) por prácticas forestales sustentables.

– Los miembros de la comunidad se capacitaron para aprovechar comercialmente su bosque: adquirieron un aserradero, crearon un taller para fabricar muebles y se abocaron a generarle un mayor valor a la madera que extraen.

– Se establecieron lineamientos de cuidado para evitar la sobreexplotación del bosque y se dedicó una quinta parte del mismo exclusivamente a conservación.

– Los beneficios económicos del bosque, que incluyen la generación de empleos en la propia industria comunitaria, se han utilizado para beneficio de la comunidad: mejora de infraestructura y servicios públicos (hoy el 100% de los hogares cuenta con servicios básicos y se encuentran entre los municipios más desarrollados de Oaxaca).

– Aprovecharon el bosque como motor económico para generar otras actividades productivas, entre ellas una empresa de ecoturismo, una purificadora y embotelladora de agua y una pequeña fábrica de artesanías.

– Se incorporaron conceptos clave al universo de la comunidad, tales como capital social, desarrollo sustentable, desarrollo local, acción colectiva y gobernanza.

Actualmente en México existen alrededor de 2,400 comunidades manejando sus bosques, entre las cuales operan ya casi mil empresas comunitarias. Apoyados por diversas organizaciones, entre ellas el Consejo Civil mexicano de Sivicultura Sostenible, estas comunidades han implementado modelos muy exitosos, y gozan del reconocimiento internacional. Hoy son ellos los verdaderos guardianes de los bosques mexicanos, a quienes corresponde protegerlos y aprovecharlos de forma responsable y sostenible.

*Imagen: 1)visitmexico.com