Magia y alquimia: el épico trabajo de los artesanos de Santa Clara del Cobre (VIDEO)

Las piezas de cobre martillado son un despliegue hermoso de fuerza, precisión y sincronía. Este exquisito corto documental te enseña cómo se hacen.

Entre los purépechas —en Michoacán— continúa activa una de las tradiciones artesanales más complejas e hipnotizantes. Las piezas de cobre martillado son un despliegue hermoso de fuerza, precisión y sincronía. 

Típicas de Santa Clara del Cobre, aún representan la principal actividad de la zona. Comúnmente surgen del reciclaje de la pedacería de cobre, que es cuidadosamente recopilada por los herreros, a continuación fundida y finalmente modelada en un orgiástico espectáculo de brazos y martillos.  

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La labor es primordialmente un esfuerzo comunitario: es vital que el cobre sea martillado simultáneamente por diversos hombres, que, en conjunto lo extienden hasta llegar a la forma deseada. Es un trabajo intenso y físico. El fuego es un componente central en este proceso alquímico. Los martillazos son intensos pero lo que invocan en su densa sinfonía es una forma.  

El creador audiovisual Mariano Rentería, responsable de una preciosa serie de cortos documentales sobre los artesanos de Michoacán, nos muestra cada parte del impresionante proceso y lo que significa para las familias de herreros purépechas en esta pieza imperdible.

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Morelia, la hermosa ciudad de piedra hecha a mano (VIDEO)

Morelia fue construida a mano, pieza por pieza. Un artesano michoacano explica cómo en este entrañable corto documental.

El inmenso repertorio de artesanías que se guarda México, se lo debemos a la riquísima gama de materias primas que podemos extraer de la naturaleza. Cada pieza artesanal resuena con la tierra en donde fue producida, con sus colores, olores y texturas. 

Morelia, una de las ciudades más hermosas de nuestro país, puede presumir haber sido construida con cientos de artesanías, pues los antiguos edificios de cantera de este lugar están compuestos por piezas individuales finamente talladas por los artesanos de hace 500 años. 

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Fotografía: Suil Torres

Sí: cada sección de las iglesias, plazas, fuentes y casas tiene una historia propia; desde el momento en que la piedra fue extraída, hasta que llegó en la forma precisa para componer, junto a otras tantas, las hipnóticas edificaciones y calles de la capital michoacana. 

Sin duda, por esta magnificencia la ciudad es un destino querido en todo el mundo: su perfectamente preservada arquitectura invita a recorrerse y explorase despacio, justo como si lo que uno estuviera visitando fuera una galería exponiendo la riqueza artesanal y no solo el resultado de un trazado urbano.

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Es por esto que en 1991, la UNESCO declaró a la ciudad de Morelia “Patrimonio de la Humanidad”, reconociendo que es un “ejemplo sobresaliente de planificación urbana, que combina las ideas del Renacimiento español con la experiencia mesoamericana”.

Sin embargo y a pesar de todo lo que representa, la tradición de los canteros (sujetos que se dedican a explotar y tallar la cantera) está desapareciendo. Apenas reconocemos a estas piezas como objetos decorativos que aparecen de vez en cuando con su aire serio y antiguo.

Buscando celebrar la existencia y el enorme significado de la cantera en Michoacán, el joven cineasta Mariano Rentería Garnica creó una hermosa pieza documental que, por cierto, es parte de una serie de audiovisuales dedicados a celebrar la tradición artesanal michoacana. 

A los canteros les debemos la enorme belleza de Morelia que tiene más de 500 años y les podemos aprender suficientes lecciones como para alimentar de belleza nuestra tierra por otros 500. El corto documental es protagonizado por Antonio León, quien, en sus palabras “heredó el oficio” de su padre y sus abuelos.

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Y, a pesar de haber pasado 48 años en el oficio, el cariño que le tiene es palpable. Antonio explica que Morelia fue edificada completamente a mano, con una precisión extraordinaria que se deja ver en cada rincón. En ese sentido, cualquier infraestructura nueva de la zona, debería honrar este linaje.

Incidentalmente, lo que propone Antonio es que se mantenga la fina cualidad orgánica de la arquitectura de su ciudad. La cantera es un material de la zona y el hecho de que Morelia haya sido construida con eso, perdure a través del tiempo y sea aún tan hipnótica para la mirada, nos recuerda la importancia de construir con los materiales regionales. Solo así, la intervención humana del paisaje comulga verdaderamente con el espacio natural. 

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Antonio cuenta que, a pesar del trabajo que implica, no podría decir cuántas piezas de cantera ha fabricado y diseñado. En realidad no importa: todas son excepcionales, precisas y tienen impreso el cariño del artesano. ¿Es posible que Morelia encante porque brotan de sus piedras todas estas intensidades?

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*Imagen destacada: Suil Torres.

Guardianes culturales: el hombre que preserva uno de los últimos talleres de juguetes hechos a mano en CDMX

En un local que sorprende por su originalidad pervive uno de los oficios más bellos de México.

De la pared sobresale un diablo rojo de cartón que carga con un letrero que dice: –Te estaba esperando-. Estamos en el 129 de la calle Chihuahua de CDMX. El muro es colorido y una frase sobre un espejo pregunta, irreverentemente: –¿Te peinaste?-

En mitad de una de las colonias más gentrificadas de CDMX: la Roma, vive este pequeño taller de juguetería hecha a mano, el último de la ciudad, según su dueño Álvaro Santillán. ¿Su nombre? gina: Taller Tlamaxcalli; abrió sus puertas hace 15 años.

Álvaro es una especie de rebelde, de algún modo, él reta al tiempo desde dos sentidos: preservando el oficio de la juguetería artesanal y enseñando que el tiempo también tiene distintos ritmos:

La prisa es un problema muy serio con la generación millennial, siempre tienen prisa. Aquí llegan a mi taller y preguntan –¿y en cuánto tiempo aprendo?- Pues en el tiempo necesario, les digo. O quieren hacer un alebrije sin aprender a preparar el engrudo: hay cosas que tienen un tiempo, quieren saltarse los procesos. Se desesperan porque ven que yo no tengo prisa”.

Aquí hay alebrijes, juguetes de madera; diseño de hace más de 100 años. Las curiosísimas Lupitas o mini piñatas de colores eléctricos. 

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Santillán hace cartonería aunque también trabaja madera y es un conocedor del arquetípico juguete. En CDMX, según su experiencia, solo quedan unos 16 cartoneros. Dice que a él no le gusta “intelectualizar”, cuando le pregunto sobre el valor de su oficio: “yo lo hago porque me gusta, así, simplemente. Porque cuando uno hace lo que le gusta nunca tienes trabajo, se vuelve una manera de jugar. Nunca debemos dejar de jugar, ni de adultos”.

Sus juguetes son una metáfora de su manera de pensar y de su oficio que reta a la época, ahí, en un local inesperado de la calle Chihuahua en la Delegación Cuahutémoc.

 

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Ana Paula de la Torre Diaz
Autor: Ana Paula de la Torre Diaz
Politóloga de carrera, colabora para diversas publicaciones digitales como Pijama Surf. Creadora del proyecto huenasnoticias.com Y pintora con bordadora ocasional ( http://bit.ly/2jkE8lD )

Estas hermosas máscaras michoacanas conjuran el lado oscuro de quien las porta (VIDEO)

Un fino corto documental retrata lo poético, místico y divino de nuestra tradición artesanal.

Si uno pretende infiltrarse hacia lo más profundo de cualquier tradición mexicana buscando comprenderla, debe estar preparado para encontrarse con el más complejo y rico de los tejidos simbólicos.

Y es que no hay —simplemente sería inimaginable— una expresión cultural que se diga mexicana y no esté definida por su polisemia. No podría ser de otra forma, pues México se ha construido en un “estira y afloja” entre múltiples culturas que luchan por territorializar la vida cotidiana y la fe de los sujetos que las encarnamos.

Así, para los españoles la vía más efectiva de conquista fue la apropiación de las tradiciones; y, para las culturas nativas, el acto más espectacular de resistencia es corromper las creencias extranjeras con sus particulares formas de simbolizar el mundo. Y esta deliciosa cualidad —nuestra inevitable interculturalidad—  queda impresa y se hace evidente en las artesanías; piezas que, aunque a veces lo olvidamos, cumplen una función ritual o, por lo menos, en esa clase de acto sagrado encuentran su origen.

Un ejemplo excepcional son las hermosas máscaras michoacanas que se portan durante la “danza con el diablo”. Ejecutada como parte de la pastorela, este baile explosivo conjura el lado oscuro de quien interpreta al personaje. Las máscaras son fabricadas a mano por dedicados hombres y mujeres como Felipe Horta.

La labor de Felipe fue preciosamente retratada en este corto documental del director mexicano Mariano Rentería, como parte de una serie de audiovisuales que celebran a los artesanos del estado de Michoacán y nos invitan a revalorar este tipo de trabajo y entenderlo como parte de una manifestación profunda.

Felipe mantiene su taller en el pueblo de Tócuaro y desde hace décadas se dedica a fabricar las coloridas y aterradoras piezas. Su trabajo es una forma de honrar una herencia cultural y una idea de identidad; pero, además, implica un acto absolutamente místico.

En sus propias palabras, la pieza representa la lucha entre el bien y el mal, por eso los colores utilizados son agresivos. Al usar la máscara, dice Felipe, uno se transforma en el personaje, pues hay una “energía” en ella que invoca a este sujeto que el artesano no conoce —el diablo—, pero que puede traer a la vida con las manos. Así, la artesanía materializa lo poético, místico y divino de la danza.

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