Cine en línea para celebrar lo mejor de la producción nacional

Una fina curaduría que podrás apreciar sin salir de tu casa, cortesía de Netflix y FilmIn Latino.

La potencia máxima del cine reside, tal vez, en que nos permite adentrarnos íntimamente en vidas que por nuestra cuenta no podríamos ni sospechar. Así, nos vuelve mucho más empáticos y nos ayuda a reconocer el contexto que define la existencia de otros; a veces nos ofrece pautas para ayudar a cambiar estas circunstancias y en otros casos nos propone cambiar nosotros

Por eso el cine es uno de los mejores medios para tratar de navegar el mar de influencias culturales y problemáticas sociales que se unen para formar el tejido que llamamos identidad nacional. Felizmente, plataformas como Netflix y FilminLatino te permiten disfrutar de esta producción sin salir de casa. 

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Recientemente, Netflix agregó a su colección algunas relevantes películas mexicanas para celebrar el Día Nacional del Cine y también para ir calentando motores para las “fiestas patrias”. Por su lado, FilminLatino hizo una selección de buen cine contemporáneo, pero que solo estará disponible hasta el 22 de agosto. Aunque no te olvides del catálogo en línea que resguardan con puro material gratuito. Es una colección enorme, cortesía del IMCINE, puedes acceder a ella aquí

Te compartimos a continuación algunos de los títulos que podrás ver en las plataformas:

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En Netflix

La colección de Netflix viene con cine de chile, mole, pozole; de verdad: hay algo para todos los gustos. Destacan dos intensas piezas documentales que, aunque muy difíciles de digerir, han probado ser vitales en la labor de concientización y denuncia social en torno a la violencia. Se trata de “Ayotzinapa, el paso de la tortuga” y “Hasta los dientes”. 

Ayotzinapa, el paso de la tortuga (Enrique García, 2017)

Hasta los dientes (Alberto Arnaut, 2018)

Además, hay un par de ficciones que no dejan de retratar realidades locales, aunque se permiten algunos juegos narrativos:

Las elegidas (David Pablos, 2015)

Te prometo anarquía (Julio Hernández, 2015)

Para aligerar, puedes también disfrutar alguna de estas propuestas. “Tiempo compartido” raya entre la comedia y el suspenso, es una pieza muy extraña, pero te va a hacer reír y la actuación de Luis Gerardo Méndez es muy interesante. “El club de los insomnes” y “Almacenados” son historias entrañables, sobre amistades insólitas.

Tiempo compartido (Sebastián Hoffman, 2018)

El club de los insomnes (Giordano y Giordano, 2018)

Almacenados (Jack Zagha, 2015)

Y si no es suficiente estos son otros títulos disponibles: 

  1. “La dictadura perfecta” (Luis Estrada, 2014)
  2. “La vida inmoral de la pareja ideal” (Manolo Caro, 2016)
  3. “Camino a Marte” (Humberto Hinojosa, 2017)
  4. “Bayoneta” (Kyzza Terrazas, 2018)
  5. “Sexo, pudor y lágrimas” (Antonio Serrano, 1999)
  6. “Bellas de noche” (María José Cuevas, 2016)
  7. La delgada línea amarilla (Celso García, 2015)
  8. Roma (Alfonso Cuarón, 2018)
  9. El cumple de la abuela (Javier Colinas, 2015)
  10. Un padre no tan padre (Raúl Martínez, 2016)
  11. Los parecidos (Isaac Ezban, 2015)
  12. Semana Santa (Alejandra Márquez, 2015)
  13. La carga (Alan Jonsson, 2015).

FilmInLatino

Estas son las joyas que podrás disfrutar hasta el 22 de agosto:

La casa más grande el mundo (Bojórquez y Carreras, 2015)

El Remolino (Laura Herrero, 2016)

El sueño de Mara’akame (Federico Cecchetti, 2016)

Tío Yim (Luna Marán, 2019)

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Vibrante e icónica: así se vería la Época de oro del cine mexicano a color (GALERÍA)

¿Has pensado cómo se verían a color algunas de las películas mexicanas más queridas?

A pesar del tiempo, la Época de Oro del cine mexicano continúa siendo un referente cultural clave. Aunque hay mucho de este cine que definitivamente ya deberíamos aprender a olvidar, sin duda tiene maravillosos detalles que siguen inspirando a nuestros creadores. 

Se considera que este momento en nuestra historia cinematográfica estuvo activo entre 1936 y 1959. Una boyante industria y una gran cantidad de consumidores dieron lugar a este fenómeno. 

Se piensa que, en gran medida ocurrió porque durante ese periodo debido a la Segunda Guerra Mundial, el cine estadounidense estaba más apagado y las audiencias comenzaron a ver con buenos ojos el cine nacional. El asunto explotó: empezaron a surgir grandes estrellas (que aún continúan siendo admiradas y queridas) y se produjeron algunas de las más importantes películas de nuestra historia

Vibrantes y encantadores, así eran estos filmes en blanco y negro, que, en muchos sentidos, aún enamoran a miles. No es extraño preguntarse, con un pie en el presente, cómo se verían estas películas si hubieran estado a color, cómo eran los personajes y los escenarios que habitaban. 

Tratando de contestar a la pregunta, Alejandro Pérez Rodríguez, diseñador originario de Tijuana, decidió restaurar y colorizar los antiguos fotogramas, buscando, en sus palabras, “un ángulo nunca antes visto, una nueva perspectiva”. Con esta curiosa labor, sin duda refresca la existencia de estas “crudas y bellas historias” contadas con elegancia por grandes como María Félix, Pedro Infante y Dolores del Río.

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Hollywood ha pintado a México de color sepia (y queremos saber por qué)

Los memes sobre el “color de México” según las películas estadounidenses han abierto una discusión que urge tener.

Representar México siempre es un ejercicio tremendamente ambicioso. No hay una textura, un paisaje o un color que pueda resumir al territorio con precisión, probablemente porque es impreciso y muy vasto. 

Sin embargo, recientemente —en la esteparia geografía de las redes sociales— han surgido memes que evidencian el absurdo tono sepia con el que las películas estadounidenses “tiñen” a México. Señalar este ejercicio de la visualidad hollywoodense es importante, pero sobre todo, tenemos que empezar a preguntarnos por qué se practica.

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Probablemente en muchos niveles solo sea una resolución “simple” a un problema técnico. La conexión constante que tenemos con el vecino del norte lo ha obligado a incluirnos en más de una de sus narrativas fílmicas y, en muchos casos, es necesario dejarle claro a la audiencia que la trama está transcurriendo en México. 

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Así se construyó un cliché: en la visión de Hollywood, México es un sitio caluroso, polvoso, sucio, tal vez, y de donde vienen personajes ultra apasionados o con una pinta criminal (como hacen también con otros países no-occidentales) y eso se deja saber tiñendo la imagen de sepia.

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Pero el cine forma e informa a sus espectadores y el recurso narrativo se transforma en un injusto y peligroso esquema de representación que nunca ha tenido justificación, pero que hoy, en más de un sentido, está desactualizado, pues como explica el teórico de la cultura Edward Said:

Nadie hoy es puramente una cosa. Las etiquetas como indio, o mujer, o musulmán, o estadounidense no son más que puntos de partida, que si son seguidos por la experiencia real por un momento, quedan rápidamente atrás.

Así lo dijo en “Cultura e imperialismo”

Por otro lado —y a riesgo de ensamblar una contradicción— el sepia sí es un tono “muy mexicano”. Hay un momento, en temporada de lluvias (cuando en Morelos y en Oaxaca ya salieron las hormigas chicatanas y los cerros están verdes, verdes) que cuando atardece y el cielo está gris, pero aún hay sol, en el que todo se pone un poco sepia y el ocre del adobe y las arcillas domina absolutamente la paleta visual.

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007 Spectre (2015)

¿Cabe la posibilidad de que en un extraño ejercicio de abstraer al increíble México a través de un solo recurso, los no tan ingeniosos creadores en cuestión optaron por una abstracción que, ciertamente, apela a una de nuestras más hermosas facetas?

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Casa de mi padre (2012)
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Breaking Bad (2008-2013)
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Nacho Libre (2006)
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Once Upon A Time in Mexico (2003)
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Casa de mi Padre (2012)
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Frida (2002)

Chicuarotes: la película que está abriendo una reflexión urgente sobre la realidad en México

La nueva película de Gael García plantea una serie de preguntas indispensables con una potencia memorable.

La relación que establecemos con el lugar donde vivimos –sea el pueblo, la colonia o el barrio– no siempre es fácil. A veces, lograr que prevalezca el sentido de pertenencia y las ganas de hacer comunidad, requiere que seamos muy tercos; sobre todo cuando el contexto que nos rodea es bastante desalentador.

Pero hay en los mexicanos un sentido de resiliencia –una deliciosa necedad– que siempre nos convoca a “estar mejor” y a buscar otros caminos. Esta energía, que distingue a nuestros paisanos, se deja ver profusamente Chicuarotes (2019), la nueva película dirigida por Gael García Bernal.

“Chicuarotes”, palabra que se usa para definir una actitud “terca” o “necia”, se utiliza también como el gentilicio para nombrar a los habitantes del barrio de San Gregorio Atlapulco, en la emblemática alcaldía de Xochimilco en la Ciudad de México.

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Este barrio es el lugar donde toma lugar la historia del filme, que cuenta un episodio en la vida de “Cagalera” y “Moloteco”, dos adolescentes que emprenden una búsqueda peculiar (pero que tristemente se repite entre muchos) para cambiar sus circunstancias. En el camino pondrán en cuestión todas las definiciones que los guían, especialmente la de “sueño” o “aspiración”. 

Xochimilco, donde se filmó esta película, tiene un aura mística y entrañable. Para quien no lo sepa, se trata de una zona al sur de la Ciudad de México que está repleta de tradiciones. Es también lugar que guarda conocimientos ancestrales ligados a la agricultura en chinampas. 

Estos elementos clave para la identidad de la zona –destacando, por supuesto, al enigmático ajolote– son delicadamente retratados en la película y aparecen frente a los personajes como preciosos talismanes: objetos mágicos que podrían cambiar la realidad, si tan solo se permitieran escucharlos. 

Como en otros barrios mexicanos, en San Gregorio hay fuertes dinámicas sociales (en muchos sentidos violentas) que ponen en riesgo la composición de la colectividad. Sin embargo, la belleza y la fuerza de la cultura y las tradiciones se manifiestan como promesa. Tal vez por eso, muchos en Xochimilco están tan profundamente enamorados de los ajolotes: los conciben como un digno representante de lo que son. 

Pero los personajes de “Chicuarotes” habitan una tragedia personal: ajolotes, chinampas y antiguas tradiciones se les presentan como signos transparentes, no como fundamentos para cambiar de vida.

La dura propuesta audiovisual, mucho más que una invitación a la reflexión, se planta frente a uno como una exigencia de compromiso; no solo con la experiencia del filme, también con el contexto que está dibujando (inspirado en una de las múltiples aristas de la realidad mexicana) y, sobre todo, con uno mismo

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Aunque la conversación que abre “Chicuarotes” es una que genuinamente duele abordar, es urgente que se ponga en nuestras mesas. Es un regalo, en muchos sentidos, que una película tenga la capacidad de volver a sacudirnos.

Para muchos, el cine es un espacio frívolo, superficial, un momento para “desconectarnos”; pero es su capacidad de sumergirnos en la vida de otro –en su mundo– la que lo transforma en una herramienta que deberíamos aprovechar para conectarnos.

Si “Chicuarotes” abre preguntas sobre el estado de nuestra sociedad, tal vez sin ofrecer respuestas, es porque nos quiere recordar que solo desde la propia trinchera se puede construir un mundo mejor; un territorio donde todos vislumbremos la materialización de nuestras aspiraciones. Por eso verla es un compromiso: cuando vivas la historia que tiene para contar, no podrás quedarte de brazos cruzados.