Este cómic cuenta la épica historia de Tepórame, héroe rarámuri durante la Conquista

La poco conocida historia de este rebelde que luchó por la libertad de su comunidad es representada en un cómic mexicano.

Entre los héroes mexicanos, Gabriel Tepórame es uno de los menos conocidos; pero sin duda uno de los más grandes. 

Durante la conquista, este rebelde de la comunidad rarámuri luchó por la libertad de los suyos. Pero en 1653 perdió la batalla: por haber organizado una revuelta contra los españoles que habían tomado el municipio de Tomochi en Chihuahua, lo condenaron a la horca

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Así lo relata Enrique Servín del departamento de culturas étnicas y diversidad de la Secretaría de Cultura chihuahuense y uno de los creadores de “Tepórame”, el cómic en lengua rarámuri que relata las aventuras del imparable indígena, ilustrado por Jorge Luis Barraza, artista local. 

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La vigencia de Gabriel Tepórame

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Como explican los creadores para Verne (El País) el cómic que han diseñado llena los múltiples huecos que existen en la historia de Gabriel Tepórame con una buena dosis de ficción. En realidad, no hay suficiente documentación sobre este personaje excepto el registro del juicio que lo llevó a la muerte.

Pero, para los creadores, el objetivo no es generar una cronología precisa sobre la historia de Tepórame, sino reforzar la identidad indígena en Chihuahua. Por eso es tan importante que el cómic esté en rarámuri, promoviendo la escritura y literatura en este idioma. 

Además, Tepórame es un personaje accesible, “realista” —en palabras de sus creadores— que genera identificación. En realidad, no es una accidente que la causa central de este luchador fuera una que sigue siendo vigente para muchas comunidades indígenas del país: la defensa del territorio.

El líder rarámuri, explicaron los creadores a Verne, derrotó a los mineros de la zona y logró expulsarlos de Tomochi. La minería continúa siendo una de las prácticas más destructivas, contaminantes e injustas, la mayoría de las veces financiada por capitales extranjeros que no consideran el significado (sagrado, en muchos casos) de la tierra para las comunidades que la habitan.

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Uno de los eventos más dramáticos retratados en el cómic es este y está registrado en un documento que fue extraído por los creadores del Archivo Histórico de Parral sobre la condena de Teporáme: “El sacerdote que lo estaba juzgando le dijo ‘tu alma se puede salvar si besas el crucifijo’. A lo que él contestó ‘yo beso el crucifijo si el sacerdote me demuestra que se va al cielo y regresa con los zapatos puestos’ y posteriormente lo escupe. Una escena muy fuerte y que seguro quedó grabada en los testigos.”

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*Imagen destacada: Collage de Zatriel Madrid/Más de México.

Geniales ilustraciones que transforman iconos de la cultura popular en guerreros mexicas

Imitando el particular estilo de los antiguos códices mexicas, este ilustrador reinventó nuestra cultura popular contemporánea.

Los códices mexicas tienen una presencia tremenda en el imaginario colectivo. No es para menos, son la única auto-representación que nuestros antepasados prehispánicos nos dejaron para hacer contrapeso a todo lo que en el futuro se diría sobre ellos. 

Además, el estilo que utilizaban para pintarse, siempre en esa ingeniosa segunda dimensión; de perfil, e iluminados por los brillantes tonos de la época (como el “rojo cochinilla”) se ha vuelto inconfundible e icónico.

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Códice Borgia

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Ya era hora de que encontráramos la forma de integrarlo a nuestra contemporaneidad. Y de eso va el simpático trabajo de Jorge Garza, un ilustrador originario de Indiana, en Estados Unidos, que experimentó con la particular estética propia de los códices para reinventar a algunos de los personajes más populares de nuestro tiempo.

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Sus figuras contestan una pregunta un poco ociosa, pero muy divertida: ¿cómo serían personajes como Selena, el Chapulín Colorado o los héroes de Marvel y DC si los hubieran inventado los mexicas? 

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Así, armados con escudos y macuahuitles (espadas), ataviados con plumas y pieles de jaguar, joyería prehispánica y acompañados por serpientes y otros símbolos antiguos, estos ídolos de nuestro tiempo, adoptan el papel de guerreros y deidades al estilo prehispánico.

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Te compartimos, a continuación, algunos de nuestros favoritos:

 
 
 
 
 
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Los rarámuri y el sentido divino de correr

Para los rarámuri, correr es un trance que te desliga del ego y te reúne con la tierra.

Los rarámuri, cultura milenaria del norte mexicano, pueden correr hasta por tres días seguidos. Su mente y cuerpo son superados por una voluntad mística, impresa en el sentido divino de correr. Al mismo tiempo, correr significa reunirse con la tierra, comprenderla en un eterno espiral de movimiento: “cuando corres en la tierra y corres con la tierra, puedes correr para siempre”, dice un proverbio rarámuri.

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La intención y el sentido son suficientes para consumar este acto mágico, focalizando la energía que trasciende lo que conocemos o comprendemos, en un acto que a otros les pareciera cotidiano o perfectamente insignificante. Pero para los rarámuri correr es un acto ritual, que persiste en ese sentido a pesar de cinco siglos de intentos de evangelización cultural.

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No en vano, a quienes habitan en esta comunidad los conocemos como sujetos de “pies ligeros” y la fortaleza inaudita de sus corredores es memorable. Hombres y mujeres recorren las escarpadas brechas adentradas en la Barranca del Cobre; día y noche, atraviesan sierras casi inhóspitas.

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Otro de sus más valorados proverbios habla de la fortaleza “¡Quien no aguanta no vale!”. Y, como a su tierra, los rarámuri viven y recorren el aguante profundamente. Su contexto geográfico es tan radical, inmerso en una dinámica de constantes sequías y fríos intensos, que la voluntad resulta vital para sobrevivir. Los rarámuri han soportado las inclemencias de su entorno por siglos, y el más arraigado símbolo de su admirable espíritu, es precisamente el milenario hábito de correr.

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También en Más de México: Un poema audiovisual a los rarámuri, cortesía de Jorge Drexler (VIDEO)

Equipados con la sencillez de su complexión, recorren sus tierras, hacen suyo el entorno –que son ellos mismos–, y trascienden el cuerpo y la mente con su voluntad. Sus ancianos y jóvenes, que en su cosmogonía son adultos desde los catorce años, llegan a correr hasta tres días seguidos sin descanso, ingiriendo cantidades pequeñas de comida y agua.

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Por otro lado, sus cuerpos delgados, livianos pero fuertes, son una extensión de la ligereza de su concepción del mundo. Y, simultáneamente, trascender el “yo”, mediante el rito de correr, es un ejercicio ancestral: los límites del cuerpo son rebasados por la intención.

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Los rarámuri corren con sencillas sandalias puestas: una suela de cuero atada con un lazo al pie y la pierna. Y así se aprecia entre los grandes corredores de la sierra Tarahumara, como Ciro Chacarito y la contemporánea Lorena Ramírez. Pero correr así, con la intención de hacer vibrar hasta lo más recóndito de uno mismo, poco tiene que ver con las sandalias y los caminos. Sus recorridos se convierten en auténticos trances.

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Es posible que para ser dueño de uno mismo, tal vez haya que trascender toda clase de reminiscencia de lo que se es; tal vez hay que fundirse con el profundo movimiento del mundo y los rarámuri alcanzan ese estado en la más sencilla de las expresiones físicas: corriendo.

También en Más de México: Conoce a Romeyno Gutiérrez, prodigioso pianista rarámuri

 
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Conoce a Romeyno Gutiérrez, prodigioso pianista rarámuri

Este increíble pianista indígena se ha transformado en un embajador de la cultura rarámuri en una sociedad donde urge conocer formas nuevas de pensar.

Un músico prodigioso siempre asombra. La perfección en la técnica llama a nuestra curiosidad y las sensaciones que puede provocar un intérprete exquisito son enormes y nos atraen intensamente. Por otro lado, parece siempre sorprendernos mucho cuando el “prodigio” es un sujeto inesperado, como Romeyno Gutiérrez, el pianista rarámuri.

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El joven de la Sierra Tarahumara fue llamado Romeyno para honrar a Romayne Wheeler, un estadounidense que decidió irse a vivir con su piano a esta hermosa zona del país, porque lo que encontró ahí fue una vida excepcional, absolutamente distinta al mundo occidental en donde había sido criado.

En la comunidad de Retosachi, Wheeler se hizo amigo de Juan Gutiérrez, el gran violinista de la zona. Cuando nació el primer hijo de Juan, Romayne decidió apadrinarlo y al niño le regalaron el nombre de quien después se convertiría en su maestro de piano. Aunque nadie podría haber especulado que Romeyno Gutiérrez terminaría siendo uno de los más grandes concertistas mexicanos.



Por otro lado, entre los rarámuris la música es de inmensa y muy compleja calidad y siempre los acompaña en momentos festivos y rituales, en donde acostumbran bailar y cantar dirigidos por intrincadas percusiones y feroces violines con composiciones que no le piden nada (absolutamente nada) a la música clásica europea.

En ese sentido, nuestra sorpresa fundada en el hecho “exótico” de un pianista rarámuri es, en el mejor de los casos, ingenua. Además, más que acercar a su pueblo a la cultura occidental, Romeyno se está transformando en un embajador de la cultura rarámuri en una sociedad donde urge conocer formas nuevas de pensar.

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Romanyne Wheeler entendió esto en el instante en el que puso un pie en Retosachi. En sus palabras, la comunidad rarámuri práctica “de forma cotidiana, esa doctrina de vivir para los demás, de todos ser uno”, como si sus subjetividades resonaran constantemente, como células de un mismo organismo, que se cuidan y acompañan para poder existir.

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Sin duda, una forma de organizarse (hacerse órgano, pues) muy distinta a la que conoce y ejecuta Occidente. Para Romeyno Gutiérrez, la experiencia de estar entre los dos mundos es muy extraña. Como comentó para Sin Embargo:

Muchas veces yo también me hago preguntas que nunca he podido resolver, si ha sido bueno o malo para mí salir. Malo porque he aprendido muchas mentiras, en la comunidad no hay mentiras, no hay groserías y en la ciudad siempre andamos a contrarreloj, siempre hay mucho estrés. Allá no existe nada de eso, si trabajas sólo una hora no pasa nada y acá en la ciudad, pues te corren.

Fue bueno porque pude conocer otro mundo y malo porque ya estoy acá, estoy viviendo como de la ciudad […]

Y aunque, evidentemente, encuentra algo precioso en la música occidental (especialmente en las piezas de Chopin, sus favoritas) que explota y nos deja ver cuando toca el piano, Romeyno trae consigo el espíritu de la Sierra, y eso es lo que nos comparte, con sus palabras, su vestimenta y con arreglos especiales para piano hechos por Wheeler, de algunas de las canciones tradicionales de su comunidad.

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Por otro lado, con lo que Romeyno recauda en los conciertos, apoya a su pueblo en la construcción de un hospital y una escuela, el primero tristemente imprescindible, pues, a pesar de la hermosa eficiencia de la vida en la Sierra, la falta de agua (provocada por factores externos a ellos y tristemente cercanos a la vida “de ciudad”) les genera hambrunas y enfermedades. Así, se vuelve muy importante involucrar a su comunidad en este tipo de procesos de “desarrollo” e infraestructura.

Pero podría ser distinto, si quienes estamos explotando desmedidamente recursos que son para todos nos diéramos la oportunidad de escuchar a Romeyno y sorprendernos, no porque él sea un fenómeno sorprendente, sino porque nos urge estar sorprendidos de nuestras propias formas de vida; para bien, cuando escuchamos a Chopin, para mal, cuando entendemos que somos esclavos de un sistema que vive de los recursos de otros.

Un poema audiovisual a los rarámuri, cortesía de Jorge Drexler (VIDEO)