Fantásticos disfraces inspirados en los mejores dulces mexicanos (FOTOS)

¿Quién dijo que lo mexicano y el Halloween no combinan? Estos disfraces demuestran lo contrario…

Del disfraz, la cualidad tal vez más codiciada es la posibilidad de convertirse en cualquier otra cosa. Pero nada como disfrazarse para conectar de forma ingeniosa con una parte de nuestra cultura, honrarla o simplemente hacerle un tributo divertido a lo que de ella añoramos.

Posiblemente en este sentido se viste la genial Sydney Presley, chicana de California que está subiendo mucho las expectativas para las fiestas de Halloween a la mexicana. Inspirada en las cosas deliciosas que recuerda de su infancia en México, ella hace los disfraces desde cero.

Sin duda la réplica a gran escala de cosas que nos son cotidianas (como los mazapanes, las conchas o los chicharrones con salsa) es un chiste que se cuenta solo, pero también una perspectiva nueva sobre objetos que normalmente damos por hecho, pero que discretamente construyen el significado de nuestras vidas en este lugar. Así, con las memorias más entrañables de Sydney nos podemos identificar todos.

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Además, viviendo las costumbres y tradiciones que ama, sin límites de nacionalidad, esta chica le pone fin a la eterna discusión sobre si los mexicanos deberíamos o no celebrar Halloween (y también viceversa). La disputa se ve, sobre todo, en los pueblos y barrios más tradicionales, donde se pide a los niños que no se disfracen de brujas, monstruos o las figuras de la cultura pop americana.

Pero, mientras que cada fiesta tiene significados distintos y se construye en sentidos definidos por las culturas que los han perpetuado por siglos, está clarísimo que, no solo la comunidad binacional, cualquiera debería poder honrar a sus muertos y festejar la vida agarrando cultura de donde pueda y como mejor le acomode.

Al fin y al cabo, las celebraciones son para tender puentes entre las personas, reforzar nuestro rico sentido comunitario y, si somos capaces, sacar a relucir el inmenso ingenio que le da sabor a nuestras tradiciones.

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¿Por qué celebrar el Día de muertos podría ayudarte a vivir mejor?

Los mexicanos sabemos lo vital que es cultivar todos los días una preciosa relación con la muerte…

Pocas razones tan potentes para querer sentirse mexicano (o estar inmerso en la cultura mexicana) como la relación que este ser-identidad puede presumir con la muerte. Es algo que sin duda todos deberíamos aprender y cultivar. Y es que a través del culto, la burla y el ritual, en este país hemos encontrado preciosas maneras de redimensionar el fenómeno más conmovedor de la existencia humana: su fin. 

En un artículo para Los Angeles Times, la periodista Melinda Welsh explora lo que ella encontró en la posibilidad de reinterpretar la muerte, a través de la fiesta mexicana del Día de muertos. En pocas palabras, la autora argumenta que en Estados Unidos es necesario un día de muertos para conectar con la finitud de sus propias vidas, pero desde un lugar positivo, de cariño, de nostalgia constructiva, de aceptación del hecho.

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Dice: “Qué maravilloso sería que la gente que está muriendo (toda la gente, en otras palabras) salieran de la vida sabiendo que cada año la conexión entre vida y muerte será glorificada en lugar de lamentada o temida. Un Día de los Muertos en Estados Unidos podría alentarnos a detener la negación, considerar el final de nuestros días y reconocer plenamente la cantidad imperfecta de tiempo que nos conecta a todos.”

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Las diferencias, por ejemplo, entre los imaginarios que rodean a la muerte en México y en Estados Unidos son muy claras. La muerte aquí es un sujeto complejo, que se multiplica en los difuntos a los que honramos. El personaje es temible, pero también ingenioso y divertido. Del otro lado de la frontera, la muerte es un evento que, como manifestación cultural explota sus cualidades más grotescas para asustar.

Aunque hay que decirlo, a diferencia de lo que Melinda Welsh supone, el día de muertos no es nada más lo que se muestra en Coco (y todos los mexicanos lo saben). A pesar de que sí, definitivamente se trata de una fiesta y un momento para compartir con los que ya no están, también es un ejercicio para la extrema catarsis.

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Si no has pasado el Día de muertos en un panteón, debemos decirte que es una experiencia para vivir antes de morir. No hay como sentarse entre las tumbas, con el olor del cempasúchil y el humo del copal, mirando a las familias decorar las tumbas y llamando a los tríos para que toquen un par de corridos frente a las tumbas, mientras en silencio se llora y se bebe cerveza o tequila o aguardiente.

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Al caer la noche, con las manos secas por el frío de otoño y la cara empapada y enrojecida por las lágrimas, las lluvias esporádicas y el alcohol, las velas alumbran débilmente los caminos en el camposanto y a la milésima interpretación del precioso corrido “Nomás un puño de tierra” quienes celebraban por la mañana, comienzan a desgastarse en la tremenda tristeza, incluso a dejarse llevar por la furia, hasta que sus familiares más serenos, los sacan del panteón,

Es una escena pesada, tal vez, pero, al mismo tiempo, hermosa, necesaria y relativamente esperada, pues año con año, los mexicanos se permiten cultivar su sensibilidad en niveles dolorosos y profundos.

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Otro argumento interesante de Melinda Welsh es que el miedo a la muerte nos hace violentos, porque seríamos capaces de muchas cosas para evadir la propia posibilidad de morir. Este miedo nos hace intolerantes a algunas personas (en Estados Unidos es muy evidente cuando se trata de la situación migrante), o nos hace alejarnos de forma cortante o agresiva de múltiples situaciones.

Al mismo tiempo, hay quienes argumentan (como los teóricos que propusieron la llamada “Teoría del Manejo del Terror”) que el miedo a la muerte es también la fuerza que nos impulsa a construir fantásticas manifestaciones culturales y sistemas simbólicos que le dan valor a nuestra existencia y nos hacen perdurar. 

Y la cosa es que en México sí le tenemos miedo a la muerte, pero sabemos lo vital que es cultivar con ella una relación dedicada y profunda. Así, es definitivo que celebrar el Día de muertos podría ayudarte a reconciliar con el fenómeno inevitable, con esta aparente falta de tiempo, con un dolor que es rico sufrir, pero, que al fin y al cabo solo significa precisamente que estás vivo.

Lo vegano no quita lo mexicano: aquí está la receta de pan de muerto que estabas buscando

La Democrática nos quiere engordar a todos por igual con sus dulces huesitos…

El Día de muertos podría ser considerada la tradición más fascinante y deliciosa del país. Fascinante, porque nuestra extraña conexión con la muerte, encuentra su máxima expresión en esta fiesta; deliciosa porque una de las grandes protagonistas es la comida. Y de entre todos los dulces, licores y platillos fabulosos que se comparten con los difuntos, el más icónico, sin duda, es el pan de muerto.

Una auténtica rareza, esta pieza culinaria, que damos por sentado y no nos sorprende suficiente, aunque se ha oído a más de un extranjero asustarse por vernos, mexicanos, disputándonos los deliciosos huesitos del pan que hacemos solo una vez al año.  A propósito de los huesitos, o canillas, se dice que tienen un significado profundo y de inspiración prehispánica, pues representan los cuatro caminos del universo.

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Aunque tipos de pan de muerto hay cientos, y se adornan a lo largo del país de maneras distintas, pero tal vez el más icónico o reconocido es el que se prepara en la zona centro el país. Pero si ese no te gusta (aunque esa opción es prácticamente imposible) puedes probar los de ajonjolí de Puebla, los de azúcar roja de la mixteca, el de yema de oaxaca…

Es una lástima, por otro lado, que los compatriotas veganos se queden sin disfrutar las delicias de la ofrenda. Aunque claro que esto se puede remediar: para que no te mueras de antojo nosotros te compartimos la receta de pan de muerto que estabas buscando, con una variación muy peculiar, que demuestra nuestro infinito ingenio.

Ingredientes para 4 porciones:

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  • 7 gramos de levadura seca instantánea
  • 1/2 taza de leche de almendra tibia
  • 170 gramos de puré de papa sin piel, ni sal, ni condimentos
  • 500 gramos de harina para pan
  • 156 gramos de azúcar estándar
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 cucharadita de ralladura de naranja
  • 1/4 taza de jugo de naranja
  • 128 gramos de margarina vegetal, sin sal a temperatura ambiente
  • Para decorar: 2 cucharadas de margarina vegetal derretida y ½ taza de azúcar estándar.

¿Cómo se hace?

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  • En un tazón mezcla la leche, levadura y 2 cucharadas de harina. Deja reposar esta mezcla por 20 minutos en un lugar tibio (cerca de la estufa o el horno).
  • A continuación mezcla en otro recipiente harina, sal, azúcar y ralladura de naranja. Si puedes utiliza una batidora con mezclador de gancho (el que se usa para hacer pan).
  • Mezcla en otro recipiente el jugo, el puré, la levadura con leche.
  • Incorpora esto al recipiente con ingredientes secos, lentamente, mezclando con cuidado o velocidad baja en la batidora, hasta que quede relativamente homogéneo.
  • Corta la mantequilla en pequeños cubos y ve agregando lentamente, amasa un poco más rápido (a velocidad media en batidora) hasta que la masa se despegue del tazón y esté elástica.
  • A continuación, la masa debe reposar. Aquí debe destacar tu paciencia. Pon la masa en un tazón engrasado con aceite (de preferencia uno que no destaque por el sabor, como el de canola) y deja reposar hasta que duplique su volumen. Tardará aproximadamente 1 hora y media.
  • Cuando esto suceda, golpea la masa con el puño y dale la vuelta, de manera que lo que estaba en la superficie del tazón quede arriba. Cubre bien el tazón con plástico y mételo al refrigerador toda la noche.   
  • Al día siguiente, saca la masa, quita el plástico, cubre con una tela y permite que alcance temperatura ambiente.
  • Toma una bolita del tamaño de una pelota de tenis y reserva para hacer los huesitos.
  • Divide lo demás en cuatro partes, forma bolas uniformes y coloca en una bandeja para hornear cubierta con papel encerado. Sepáralas bien para que no se peguen.
  • Con la masa que reservaste haz las 4 bolitas y los 16 huesitos y decora tus panes con cuidado, utilizando un poco de agua para pegar las piezas.
  • Cubre la bandeja con una tela y deja reposar hasta que nuevamente duplique el tamaño.
  • Precalienta el horno a 180 grados centígrados.
  • Hornea por 25 minutos o hasta que el pan esté dorado. Cubre con aluminio y hornea por 12 minutos más. Si tienes un termómetro, puedes checar que el pan alcance una temperatura interna de 88 grados centígrados.
  • Retira del horno y cuando no esté tan caliente, barniza con margarina vegetal y espolvorea mucho azúcar.  
  • Deja que el pan se enfríe antes de comerlo.  

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*Imágenes: 1 y 4) Munchies; 2) Dónde ir, 3) Bon Appétit

Las más extrañas y hermosas tradiciones mexicanas para honrar a los muertos

Para honrar a los muertos, por todo México se realizan deslumbrantes rituales… ¿Los has experimentado?

Por todos lados se rumora: los mexicanos tenemos una peculiar relación con la muerte. Pero experimentando esta conexión, nosotros mismos hemos encontrado que lo más querido  —cuando se trata del elusivo y polisémico concepto— son nuestros difuntos. Así, aunque aquí la muerte tiene muchísimos significados, si estamos tan cerca de ella es posiblemente porque queremos mantener viva la conexión con aquellos que “ya no están”.

Por eso, a través de una serie de deslumbrantes rituales, definidos por las religiones y costumbres, pero que funcionan por nuestra profunda filiación a la espiritualidad, convocamos cada año a nuestros muertos, para pasar con ellos unos días, suspendiendo la distancia que la muerte implica o, desde una visión más optimista, haciendo valer la conexión que la muerte invoca.

Te presentamos, entonces, las más extrañas y hermosas tradiciones mexicanas para honrar a nuestros muertos. Si no las has experimentado, deberías darte la oportunidad.

Xanduu´Yaa, ritual zapoteca

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Este rito que dura 9 días tiene orígenes prehispánicos y es practicado por la comunidad zapoteca en el pueblo de Juchitán, Oaxaca. La celebración comienza el 22 de octubre con una serie de rezos y el ensamblaje de los altares tradicionales, que se hacen de manera comunitaria con los vecinos, siguiendo la antigua tradición del “tequio”. Para decorar las entradas de los casas, se arman unos preciosos arcos decorados con frutas.

Durante los 9 días que dura la celebración, los difuntos reciben visitas en las ofrendas de sus respectivas casas, donde los anfitriones ofrecen pan y café. El día de muertos se hace una tamaliza tremenda en el panteón. La razón por la que se recibe a los difuntos en octubre y no en noviembre es que la celebración está basada en el calendario zapoteca, que tiene 260 días, pues la comunidad nunca ha utilizado el calendario católico que rige a los demás.

Vuelo de los papalotes

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En Oaxaca, el papalote sirve para enlazar nuestro mundo con el más allá. Según la tradiciones, funcionan como vehículos para las almas que descienden en la celebración de los muertos. La visión de los papalotes es una seña para atraerlos de vuelta a casa, donde su familia y amigos los esperan con hermosas ofrendas de flores, dulces, comida y aguardiente. Así, unos días antes del día de Todos los Santos, se vuelan los papalotes, por cuyos hilos bajaran los muertos. Estos están hermosamente adornados con dibujos de aves, estrellas o flores. Después de las fiestas, los mismos papalotes los ayudan a volver a su lugar de descanso.

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Exhumación de cadáver en Pomuch

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Sin duda, un ritual que a muchos puede parecer extraño, pero que para los habitantes de Pomuch, en Campeche, es cotidiano. Después de tres años de fallecidos, los familiares de los difuntos exhuman su cadáver, con muchísimo cariño y delicadeza, para limpiar, uno por uno, los restos. Después de eso, realizan la misma operación cada Día de Muertos.

El mismo día, aprovechan para arreglar los nichos y tumbas, pintar el sitio, adornar con flores. Después de la limpieza, los restos se envuelven en preciosos paños bordados y se guardan en cajas de madera. Al terminar, los asistentes comparten la comida de la ofrenda y celebran el tiempo obtenido con sus difuntos.

“Cuerpo simulado” en Ocotepec

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La fiesta del día de muertos, en Ocotepec, Morelos, es tan popular que hace aparición en uno de los libros más relevantes de la literatura moderna (Under The Volcano, de Malcolm Lowry). Y no es para menos: los habitantes de esta comunidad se toman la celebración muy en serio y adornan ricamente las calles, las casas y el panteón. El aire denso de copal y cempasúchil inunda cada rincón y sugiere, en el sopor, que el mundo conocido se está combinando con otro que les pertenece a los muertos.

La fiesta empieza el 31 de octubre, con misas, campanadas y cientos de personas que transitan las calles disfrazadas de monstruos y catrinas. Pero, entre las monumentales ofrendas, lo que no se escapa a la atención, son las figuras antropomorfas, de tamaño “real”. Son los “cuerpos simulados”, recreaciones de los difuntos que se colocan en las ofrendas y en las tumbas; bultos de distintos materiales, que se visten con la ropa y zapatos de los seres queridos que ya no están. En donde va la cabeza, se coloca una calaverita de azúcar.

Los vecinos y antiguos amigos visitan al muerto, le llevan un cirio (vela para alumbrarles el camino) y comparten con él la ofrenda.

Huehuenchada

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La muerteada o huehuenchada se celebra de forma similar en Tetela del Volcán, Morelos y en San José Etla, Oaxaca. Es una tradición fantástica que por igual se burla de la muerte y honra a los difuntos. Consiste en “prestar” el cuerpo a un ser querido fallecido. El “huehuenche” se disfraza el 1 de noviembre del difunto a quien prestará materialidad, tal vez le toca ser campesino, policía, estudiante o quinceañera. Además se pone una máscara que simula un rostro con rasgos muy exagerados, simpática, pero también aterradora: un buen doble sentido, muy a la mexicana.

As las 12:00 las campanas suenan y los enmascarados van al panteón a “recoger” las almas que encarnaran. Algunos, incluso, se tienden en las tumbas y esperan a que el muerto los habite. Después empiezan las fiestas, al son de unas buenas cumbias, los muertos-vivientes, bailan, brincan, cantan, recorren las calles, beben y comen las delicias de la ofrenda. A continuación pasan la noche con sus familiares y amigos, porque al día siguiente a las 12:00 vuelven a sus tumbas (chumbala cachumbala).

*Imágenes: 1) Therese Beck; 2) Revolución 3.0; 3) Francisco Cubas; 4) Vice; 5) Arkeopáticos; 6) Crédito no especificado.