¿Sabías que la CDMX es la ciudad con más usuarios de Spotify en el mundo?

Los chilangos están marcando tendencia en el mundo de la música, simplemente porque les encanta escucharla.

En México tenemos un “apetito insaciable” por las expresiones culturales. Por lo menos así lo define Spotify, pues resulta que nuestra capital es la ciudad con más usuarios de esta plataforma en el mundo. Así, los chilangos están marcando tendencia en el mundo de la música y simplemente porque les encanta escucharla.

Al mismo tiempo, nos estamos transformando en un boyante mercado que no solo escucha música en enormes cantidades, también produce una inmensa cantidad de datos sobre su consumo que le regalan a nuestros artistas favoritos pistas sobre cómo, cuándo, dónde y en qué escala abordarnos.

¿Y por qué consumimos tanto? Esa podría transformarse en una investigación bastante compleja, pero lo que sí sabemos es que Spotify nos tiene bien amarrados, sobre todo porque la experiencia de uso es extremadamente refinada y cada vez nos complace más. Las playlist hechas especialmente para cada usuario son un pequeño placer en el que muchos no dejamos de caer.

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Aunque hay quienes están preocupados por este hecho. Incluso piensan que los algoritmos responsables de regalarnos una experiencia personalizada, podrían estar transformándonos en sujetos perfectamente auto-complacientes, que por cierto, no tienen la oportunidad de descubrir nuevas formas de oír y hacer música.

Vale la pena reflexionarlo. Pero el asunto es que nuestra relación con la música, especialmente a través de Spotify, es tremenda y en su reporte más reciente, la plataforma nos ha dejado algunos datos interesantes:

  1. CDMX es la ciudad con más oyentes de Spotify en el mundo (más que Nueva York, París y otras grandes polis del mundo).
  2. Esto hará que cada vez nos visiten más artistas de corte internacional, porque al parecer solo la promesa de su presencia hace que nos interesemos en su obra. Por ejemplo, cuando iba a venir The Pixies a tocar al Zócalo, sus números de streaming en Spotify subieron 346%.
  3. O el hecho de que Gorillaz tiene 434,023 oyentes al mes y decidieron cerrar aquí su tour este año.
  4. Por otro lado, Spotify nos cuenta que en México nos gusta de todo. Claro que escuchamos banda y rancheras, pero también somos adictos al rock clásico, al rock alternativo, incluyendo, claro, a nuestros amados Beatles (que tienen 506,174 usuarios al mes) y, por supuesto, Queen, que revivió gracias a la nueva película biográfica sobre Freddie Mercury, (y tiene ahorita 1,278,133 oyentes mensuales).

Por otro lado ¿qué tanta música local estamos escuchando? De eso no hay reporte aún, pero Spotify te deja saber por medio de una aplicación. En septiembre (mes de las fiestas patrias) estrenaron MásMexa, que te permite descubrir qué porcentaje de la música que escuchas es producida por locales y para recomendarte más creaciones mexicanas, basada en tus preferencias. Vale la pena hacer el ejercicio y buscar música local que en serio te mueva el tapete y hacer que las tendencias le apunten también al circuito que ensamblan nuestros paisanos.

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Los mexicanos amamos la cultura cada vez más (aquí los datos que lo demuestran)

Parece que en México somos adictos a nuestras expresiones simbólicas. ¿Tú también eres amante de la cultura local?

Para los que nos llamaron malinchistas; los que nos han tachado de “incultos”; para los que creen que en México no se producen cosas magníficas; que las artesanías están desapareciendo; que no hay buen cine, o que las fiestas populares están en absoluta decadencia: estos datos los van a dejar sin palabras.

Parece que, contrario a los prejuicios generalizados sobre nuestro consumo, México es adicto a su propia cultura; asunto que tiene ventajas y desventajas que deberían ser discutidas (porque siempre vale la pena cuestionarnos cuando estamos completamente seguros de nuestra identidad). Pero, por el momento, lo que sabemos es esto: en 2017 la cultura aportó 3.2% al PIB de México.

Entre los mexicanos, México está de moda

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Las razones concretas no las tenemos claras y, como siempre, todo son hipótesis, pero parece ser que los mexicanos estamos en un momento crucial hablando de la definición de nuestra identidad. Los contenidos virales, particularmente los memes, que nos distribuimos sistemáticamente, nos recordaron que nuestras formas de vida se manifiestan en pequeños detalles que sí compartimos con los demás. Y eso nos dio pie para volver a preguntarnos sobre esta identidad elusiva y demasiado compleja como una posible totalidad.

Así, no es raro que, por lo menos en la superficie más comercial, lo mexicano se esté poniendo de moda. El refinamiento y simultánea popularización entre las clases altas de nuestros platillos típicos, cortesía de los grandes restaurantes; la asimilación del “mestizo” como mexicano primordial entre las grandes marcas; la vuelta a nuestros ingredientes endémicos porque los gringos los calificaron de “superalimentos” y, otras manifestaciones como estas lo demuestran.

Con tanto acceso a la información, con tanto potencial para re-componer nuestros símbolos clásicos, la cultura mexicana está viendo un extraño renacimiento, del cual habrá que ver las consecuencias, pero, en el intermedio, urge experimentar y seguir consumiendola. Y eso es lo que estamos haciendo.

La producción está que arde (pero el consumo más)

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Según este artículo de El Economista, quien está financiando a la cultura en México son las familias mexicanas. El 80% del gasto en cultura lo hicieron ellos, haciendo que “el gasto total destinado al consumo final de bienes y servicios culturales ascendiera a 825,867 millones de pesos en el 2017.” ¿Y de eso cuánto pone el gobierno? Sólo el 9.7%, mientras que los turistas extranjeros nos dejaron el 4%. Sí, somos los mexicanos de a pie quienes estamos haciendo vibrar la cultura (en todos los sentidos posibles). Además los números están a la alza: entre 2016 y 2017 el gasto destinado por las familias aumentó un 6.7%, pero hay que saber que el gasto del gobierno bajó 0.3%.  

La producción de cultura está que arde (y evidentemente el consumo más). Ha sido tan grande que en 2017 los bienes y servicios culturales superaron el porcentaje del PIB aportado por la producción agrícola. ¿Y qué es lo que más se produce? cine; eventos culturales transmitidos en línea, radio y televisión y artesanías.

¿Y qué es lo que preferimos consumir? Pues a la oferta le corresponde la demanda. En primer lugar, cine (y cómo no, si el cine mexicano está cada día mejor) y la transmisión de eventos, artesanías (como textiles, cerámica, joyería y alimentos) y en tercer lugar la producción cultural local, hecha por nosotros mismos, que encuentra su máxima manifestación en las fiestas populares.

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¿En qué gastamos menos? En libros, periódicos y revistas; en espectáculos en vivo como teatro y danza; en las visitas a museos; en conciertos y visitas a las galerías. Estos datos son buenos para reflexionar: hay que volver a leer, hay que ir a escuchar música en vivo y hay que consumir arte de frente. Además de ser la forma básica de estimular su producción, también es una manera rica de exponernos a muchos más productos culturales y no quedarnos con los que ya nos satisfacen evidentemente.

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Es curioso, además, que lo que menos consumimos son actividades que incitan a más interacción social (exceptuando las fiestas populares, aunque, honestamente, muchas de estas tienen el alcohol a su favor), a la discusión, a mayor concentración y a alejarnos de la casa. Urge pensarlo: nuestro consumo cultural está a la alza y eso es fantástico; sin embargo, estamos siendo increíblemente auto-complacientes. Tomemos algunos riesgos y que, próximamente, los datos demuestren que estamos preparados para exponernos a nuestras exterioridades.

También en Más de México: 7 creativos mexicanos nos dicen qué es lo que se necesita para hacer vibrar nuestra industria cultural

*Imágenes: 1) Crédito no especificado; 2) Mourning Bliss/Flickr; 3) El Economista; 4) Carlos Jasso/Reuters; 5) Mexico.mx

Anatomía de la poesía campesina, el huapango arribeño

Los campesinos de la Sierra Gorda Queretena tocan el huapango arribeño, un bello género musical que cautiva a quien lo escucha.

Los campesinos de la Sierra Gorda Queretena siembran sus rimas en el canto. Para ellos, el huapango  arribeño es una poesía musical y las fiestas, una oportunidad para verlas echar raíces. Muchos de los músicos de este género, aprendieron el arte desde niños.

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Algunos se adentraron al canto por la intuición; otros, de la mano de un familiar que tenía conocimiento básico de las notas musicales. Inclusive, hay quienes recuerdan con brillo en los ojos el momento en que fueron introducidos al huapango arribeño a través de las palabras:

“Mi jefe. mi apá, sabía muy a penitas las vocales… entonces andábamos en la milpa y  así donde había tierrita suelta allí le decía: ¿cómo son éstas? me enseñó que así y así…”

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La manera en la que aprenden es muy significativa. Es una prueba de que el conocimiento no siempre se transmite en las escuelas. Para estos músicos, el talento se lleva en la sangre. La pasión por el instrumento o el recitar los versos que la acompañaban se descubrió en ellos como una joya genuina a lo largo del tiempo. Ellos hilan la música con el pleno dominio de cada nota –aunque suelen asignarles apodos, como la floja  o la baja.

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En relación a las letras con las que acompañan su poesía, la manera de proceder de cada músico también es diferente. Algunos de ellos se basan en la poesía oral. Entonces, su principal herramienta es el recuerdo, la memoria con la que han escuchado a otros decir sus canciones. Los que han aprendido a escribir sellan sus versos en un cuaderno. Pero, independientemente del método, el huapango arribeño termina por pintarse de manera indeleble en la memoria de quienes lo escuchan. 

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El ritmo

La letra no es el único pilar del huapango arribeño, la rima y su cadencia es otro factor vital. De acuerdo a sus ejecutores, la poesía del huapango es rítmica, sin esto, no es música.  De aquí viene la importancia de conocer la métrica de los versos, que pueden ser octasílabos, décimas, entre otros. Sin un conocimiento de estos conceptos claves, el huapango arribeño se vuelve un lenguaje indescifrable para quien pretende tocarlo y, sobre todo, cantarlo para cada hora el día.

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El tiempo huapangero

Sí, así es, el huapango arribeño no sólo es un género. Para muchos, éste  podría considerarse como una manera de contar el tiempo. Antes, cuando se solía tocar todo el día, los músicos se ponían de acuerdo en qué tono tocar, dependiendo la hora:

“a veces cuando empezábamos de día, tocábamos en el tono de sol mayor, y cuando se hacía de noche, digamos a las nueve, diez de la noche, tocábamos  en el tono de re mayor hasta la una. De la una para adelante agarrábamos el tono de A mayor”

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El asociar el huapango con el paso de las horas resulta un indicador de la fuerte conexión del músico con la naturaleza y las notas que ejecuta. De esta manera, se nos demuestra que el huapango arribeño es más que un género musical. El destino de sus ejecutores también es distinto. Cada músico ve en el huapango arribeño como una manera de conocer el mundo, ampliar sus conocimientos y relacionarse con la naturaleza. 

 

Escucha la radio que suena dentro de la cabeza de Julieta Venegas (Playlist)

¿Te imaginas a qué suena una vida? Julieta lo explora en este playlist.

La cantante —también compositora, acordeonista y activista— Julieta Venegas tuvo una genial idea: ¿a qué suena la radio de una cabeza? Porque todos tenemos siempre una especie de playlist en nuestra mente.

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Quizás precisamente una radio, con la nostálgica perilla que hace moverse a la aguja de la frecuencia, va cambiando según nuestro ánimo. De pronto puede sonar una cumbia, o una voz grave y fugaz de noticias que se confunde con las trompetas del jazz que se transmite en la estación más próxima.

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Esa es la propuesta de Julieta con esta creativa playlist: escuchar música recomendada que es, en la experiencia de quien la comparte, un pedacito de su vida. Es esa música trascendente y anacrónica, porque no corresponde sólo a un momento, sino a muchos que ahí terminan por reunirse en forma de ondas sonoras. Amores pasados y presentes; caminos andados, desandados y por andar; y chispazos de futuros posibles.

En la fina curaduría que hace esta original cantante pueden encontrarse sonidos que remiten a su propio estilo musical. Clásicos brasileros como Tom Zé, cantantes contemporáneos como el Residente de Calle 13, ritmos cumbiancheros y electrificantes de Bomba Estéreo e incluso hallazgos afortunados como el de la banda Bestia Bebé.

Sin duda esta playlist suena al corazón de Julieta y tiene varios tesoros que conocer. ¿Qué radio tienes tú en la cabeza?