Seductoras postales de los paisajes mexicanos en invierno

Como un sueño que desborda poesía, en el invierno la tierra sufre una hermosa transmutación.

Como un sueño que desborda poesía, en el invierno la tierra sufre una hermosa transmutación. El efecto alquímico del frío se apodera de los árboles, sus raíces, la hierba y las flores. Después de los veranos, con lluvias que no dan tregua, el cielo finalmente se reencuentra con su nítido azul, que se combina con las blancas nieves y la tierra agrietada.  

Aunque los paisajes mexicanos no suelen adornar la idea cliché y romantizada de las navidades, tal vez deberíamos otorgarles ese lugar especial. En México no solamente neva contundentemente —porque nuestro paisaje nacional ha sido tejido por toda clase de ecosistemas— sino que las montañas, los volcanes y los lagos se despliegan sin pudor alguno.

Las vistas invernales mexicanas son inmensamente dramáticas. Nos recuerdan que el ciclo del calendario comienza a extinguirse, realizando una promesa secreta de que las cosas prontamente serán mejores; también que los elementos naturales que componen la onírica visión tendrán su propio renacimiento, cuando la nieve termine de derretirse.

Así, es delicioso relajarse con los ojos inmersos en las seductoras postales de nuestros paisajes mexicanos en invierno.

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Elegantes fotografías de nuestra tierra, romántica y aleatoria (GALERÍA)

El fotógrafo Maximilian Virgil capturó extraordinarias escenas de la vida, la comunidad y la naturaleza mexicanas.

A Maximilian Virgil, fotógrafo originario de Berlín, la constante diversidad que se despliega en nuestro territorio le resultó absolutamente fascinante. No en vano, describe su viaje a México como “romántico, vivaz y un poco aleatorio”.

Su opinión no es aislada, pues se suele asociar a México, desde el exterior, con cierto caos o aleatoriedad. Como si el territorio estuviera desorganizado; o, aún más profundamente, como si nunca hubiese tenido un principio organizador.

A algunos les podría parecer abrumadora la premisa de un país que simplemente carece de un eje que rige y equilibra todas las fuerzas sociales, identitarias, simbólicas, divinas y demás que lo habitan. Pero lo cierto es que, posiblemente esta falta de principio, esta elusividad del origen y la constante ruptura y cuestionamiento de las propias reglas, sean los elementos que vuelven a México uno de los destinos más cautivadores del mundo.

En eso tal vez recae otra asociación: la idea de que México es un país que encanta o un sitio perfectamente romántico, donde las emociones son exaltadas por absolutamente cada detalle, especialmente por la naturaleza y por la muy particular belleza de los sujetos mexicanos.

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Todo esto, claro, se hace obvio para un ojo extranjero, que está completamente preparado para dejarse extrañar por lo que mira. Desde dentro, tendemos a organizar el caos o nos “hacemos de la vista gorda” y navegamos con inteligencia esta tierra fracturada. Así, de pronto, nos olvidamos de lo verdaderamente increíble (y a veces inverosímil) que es este espacio romántico y aleatorio.

Afortunadamente elegantes trabajos, como el que realizó el Maximilian Virgil al capturar extraordinarias escenas de la vida, la comunidad y la naturaleza de San Cristóbal de las Casas en Chiapas y de la Isla Holbox en Quintana Roo, nos recuerdan nuestra delicada rareza.

Al mismo tiempo, no debemos sorprendernos negativamente por esta falta de ejes, en cambio deberíamos recordar que si es difícil resumir lo que somos es porque nos desbordamos y somos infinitamente diversos en nuestras lenguas, flora, fauna, gastronomía, creencias, colores.

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Geniales fotografías de “arquitectura libre” mexicana (GALERÍA)

Adam Wiseman retrató algunas de las construcciones más extrañas y fantásticas, esas que responden al capricho de quien las habita.

La forma en que los humanos habitamos el espacio deja a la vista mucho más de lo que imaginamos. En lo subjetivo, revela toda clase de secretos sobre nuestra vida cotidiana. Y en lo colectivo, nos muestra cómo hemos decidido ensamblar el mundo. Así, las construcciones de nuestras ciudades, responden a principios claros, ligados a nuestras culturas y tradiciones.

En ese sentido es increíblemente peculiar (y relativamente anti-funcional) una construcción que responde al más puro capricho de quien la quiere habitar. Pero en esa expresión de auténtica rebeldía y solipsismo, podría encontrarse una reflexión importante.

Adam Wiseman, un brillante fotógrafo mexicano, realizó una curiosa serie retratando algunas de las construcciones más extrañas y fantásticas que se le cruzaron en frente, en distintas regiones en el país. La mayoría son casas, algunas podrían ser calificadas de mansiones, otras son incluso iglesias rurales, pero construidas en la modernidad.

A Wiseman estas casas no le resultaron interesantes simplemente por su disonancia con el entorno. Al ver que son frecuentes a lo largo del país, comenzó a sospechar que tendría que haber una razón sociológica detrás de su existencia. En general, la obra de Wiseman está ligada a la práctica documental y a la etnografía, aunque su tirada no es hacer estudios formales a través de su obra, sino abrir preguntas en la mente de sus espectadores.  

El diseñador habita al otro lado de la frontera

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Wiseman tenía razón. Mientras que las extrañas construcciones sí responden a un capricho, este encuentra su razón de ser en una narrativa muy determinada. Según su investigación, estos edificios son diseñados por inmigrantes que viven y trabajan (sobre todo de forma ilegal) en Estados Unidos.

Las enormes construcciones son financiadas por ellos mismos, que envían el dinero a su país natal y encomiendan a sus familiares que supervisen el proceso de erigir la casa de sus sueños. Algunos de estos sueños están inspirados en los referentes más extraños como los castillos de Disney (y otras referencias Hollywoodenses), el neoclasicismo (propio de algunas iglesias), las mansiones estadounidenses y las casas de los suburbios del país del norte.

Wiseman le llama “arquitectura libre” a estas fantasías materializadas en block, varilla y cemento. Y como buena fantasía, tienen algo deliciosamente salvaje. Así sus acabados son ruidosos, de inmenso colorido y con torres o ventanas que responden a una lógica de organización que solo quien sueña podría descifrar.

Pero tal vez, ni él mismo. Según Wiseman, las construcciones develan la influencia de los familiares que supervisan, quienes también meten su cuchara en el diseño, posiblemente a espaldas del “libre arquitecto”. Y además, muchas de las casas que retrata el fotógrafo se encuentran inacabadas o abandonadas. ¿Será que la fantasía ya no pudo ser financiada?

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Sueños, caprichos y fugas

A Wiseman las casas no le aparecen como simples rarezas, kitsch o risibles, se guardan al interior algo que deberíamos aprehender. Su existencia denota anarquía. Su origen migrante invita a la movilidad.

Si la forma en la que los humanos habitamos el espacio es cultural y nuestra infraestructura responde a una forma de organizar el mundo, la “arquitectura libre” (aunque no es precisamente libre) aparece como fuga en la enorme masa de principios sobre habitar, que simplemente asumimos. Estas extrañas construcciones, derivadas de un sueño posmoderno terminan por ponernos en cuestión a nosotros mismos.

5 diferencias entre viajeros y turistas. ¿Cuál eres tú?

México se conoce o se comprende. El segundo ejercicio te hará sentir abrazado; pero tú decides.

Hacer turismo y viajar no son la misma cosa. El primero es un ejercicio definido por una fuerza determinada, por las ganas de consumir, de hacerse del mundo. El segundo es una urgencia que se manifiesta de forma dispersa, que puede surgir en cualquier momento, que igual aparece mientras uno está sentado en el sillón de la casa, husmeando las siluetas de los vecinos; en la calle mientras el humo de las taquerías es disipado por la lluvia helada, o mientras observa cómo se pone el Sol en alguna costa del mar de Cortés.

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Viajar es alejarse de lo que uno cree y dejar que la realidad que lo circunda lo lleve a lugares absolutamente insospechados, que aunque uno supone que conoce bien, siempre se guardan secretos que solo le susurran a quien está dispuesto a escuchar algo distinto. Turistear es otro asunto, tiene que ver con ir por sitios construidos para hacerte sentir a gusto, que no te retan, que te esperan con “los brazos abiertos”, pero que no necesariamente te abrazan. Te reciben a ti, como reciben a cualquiera y tú solo los consumes.

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Y claro, México está abierto al turismo definido como actividad de consumo. Sobre todo porque nuestras prácticas de turismo aportan casi el 9% del PIB nacional y genera millones de empleos. Pero, sí, como casi cualquier producto de consumo, el tipo de turismo que en México es popular, está definido por la demanda. Y debemos decir que esta definición nos deja que desear. El turismo se está volviendo una fuente inmensa de contaminación, de producción de basura, depredación de recursos naturales y comercio injusto.

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Así, somos los que viajamos los que tenemos que cambiar la jugada. Dejar de pensar que México es un territorio que simplemente se conoce y pensar que en realidad es un sitio por comprender (abrazar, entender y sentir).

Te dejamos 5 diferencias entre turistas y viajeros. Tú decide cómo quieres recorrer nuestro país.

¿Conquistador o conquistado?

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Dicen que México no podría ser si no fuera por la Conquista. Probablemente sea cierto, sin embargo, sin embargo el mestizaje que de ese evento brutal devino, nos ha transformado en un territorio indómito, en una tierra que se desiste a cualquier definición.

Así, quien es turista quiere conquistar, quiere hacer del espacio uno propio, quiere llevarse consigo souvenirs y retratos. El viajero, en cambio, se permite ser conquistado, deja que el terreno lo desarme, que la gente y sus tradiciones místicas y terrenales, le arranquen la guardia y lo hagan repensar toda certeza.  

¿Buscas encontrarte lo que ya conoces o perderte en lo desconocido?

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El turista quiere desplazarse por el mundo, manteniendo las condiciones, las comodidades y las garantías que ya conoce. Quiere que las cosas estén acomodadas a su manera, que la gente con la que se encuentra hable su mismo idioma, que la comida cumpla las expectativas de su paladar.

Pero ¿sabías que en México, además de español se hablan más de 64 lenguas indígenas, que además tienen alrededor de 3 variaciones cada una?  ¿Y que se come de todo, porque en el inacabable abanico de climas y paisajes de nuestro país brotan toda clase de delicias? México no va a poder evitar sorprenderte. Por eso los viajeros se dejan llevar por lo desconocido, prueban todo lo que se les ofrece y se prestan a aprender nuevas formas de narrar y mirar el mundo que los rodea.

¿Buscas satisfacción o quieres encontrarte contigo mismo?

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Es un simple turista el que busca satisfacción. Por eso el turista demanda lo que quiere y a veces abusa de la confianza de sus anfitriones o no respeta las libertades que le regala un espacio. El turista es el que en las calles tira basura. El que no se preocupa si ha dañado el patrimonio de otra persona. O si se está hospedando en un sitio que ha deforestado, que contamina las aguas o paga injustamente a sus empleados. El turista es el que regatea.

El viajero, por otro lado, es quien, en la incertidumbre, espera encontrarse consigo mismo. El viajero escucha al lugar, su canto natural, las historias de su gente, sus necesidades, el que se presta a encontrarse viviendo como otro, para aprehender durante su vida todos los mundos que le sean posible. Por eso el viajero prefiere las alternativas sustentables, comunitarias y justas. Por eso el viajero se informa, hace preguntas, busca maneras distintas de hacer y disfruta de la sorpresa, a veces insatisfactoria de no estar cómodo, pero aprender a acomodarse, de una forma nueva.

¿Buscas un México ya narrado o te quieres dejar transformar por nuestro vibrante país?

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Los turistas viajan en búsqueda de un México ya narrado, uno que les sugiere la historia, las instituciones, los medios y la publicidad. El turista viaja por la foto, por documentar que estuvo en los sitios consagrados. Por eso busca los centros de folclore, donde la cultura es la repetición mecánica de una simulación sobre el pasado, hecha en realidad solo, para satisfacer al turismo.

El viajero, en cambio, descubre algo nuevo a cada paso. El viajero está dispuesto a desbaratar cualquier prejuicio y dejarse transformar por cada rincón de nuestro país, sin importar que sea o no un sitio relevante para las otras voces. El viajero se abre o toda clase de texturas y colores. Y no le tiene miedo a enfrentarse con las vibrantes expresiones que les son ajenas. El viajero sabe que el mundo entero le es ajeno y que su labor es, respetuosamente, revelarlo.

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*Fotografías: Destacada: Андрей Хрулёв-modificada por Más de México; Interior: Flor Garduño